En las afueras de Sigüenza, durante el sitio a las tropas republicanas, entre el barro helado de las trincheras de Atienza, una mujer buscaba el cuerpo herido de muerte de su marido, caído en combate por una bala enemiga. Era agosto del año 1936 y la Guerra Civil Española había atraído combatientes de todas las nacionalidades; “Mika” buscaba a Hipólito Etchebéhére nacido en la pequeña localidad de Sapereira en Santa Fe, Argentina. La muerte había sorprendido muy rápido a este argentino, descendiente de inmigrantes franceses, que a poco de llegar a España ya comandaba una columna del P.O.U.M., Partido Obrero de Unificación Marxista, nacido de la fusión del Bloque Obrero y Campesino de Cataluña con la Izquierda Comunista.

Micaela Feldman había nacido en 1902 en Moisesville, otra de las pequeñas poblaciones originadas por la inmigración extranjera en el Norte argentino. Antes de decidirse a cruzar el Atlántico y participar de la Guerra Civil, la pareja de “Mika” e “Hippo” (como se les conocería de allí en más), habían vivido temporalmente en la Patagonia. 

Años más tarde, luego de haber visto por última vez a su compañero, ya decidida a escribir sus memorias de la guerra, recordaría en relación a la Patagonia aquel momento específico y terrible en que perdió para siempre a su amor: “Al sacar del bolsillo el reloj de Hippo para mirar la hora, una especie de corriente eléctrica onduló con trazos de relámpago detrás de mi frente. En sus trazos luminosos se escribió un nombre, Esquel. Hippo había comprado este reloj en Esquel, bonito pueblo de la precordillera de los Andes en la Patagonia. Recuerdo que le pagó quince pesos a un comerciante druso que pasaba por ser tan hábil en negocios como en el manejo de su carabina. Contaban que en su boliche de la Cordillera había matado a dos asaltantes y enterrado los cadáveres bajo el piso de su cocina.

El reloj de Hippo me recuerda también el inmenso Lago Futalaufquen, de un  verde más verde que los lagos de leyenda, abierto a los flancos de los Andes, bordeado de árboles gigantescos. Podíamos haber vivido en sus orillas porque el Gobierno argentino concedía allí gratuitamente diez mil metros cuadrados con la única obligación de construir dos piezas de ladrillo en el terreno. Fue la tentación más fuerte de nuestras vidas”

Esta reflexión contiene varias lecturas, una de ellas quizás la más obvia, habla acerca de que al haber tomar esa decisión y quedarse, Mika no tendría en ese momento entre sus brazos el cuerpo sin vida de su amado compañero. Deja también al descubierto que existen personas que muchas veces postergan sus ambiciones personales, en pos de ideales que tienen que ver con un sueño mucho más grande, con un compromiso con el “nosotros”, algo que ya no es muy común de ver. La pareja Feldman-Etchebéhére se había impuesto luchar por la revolución y en esos convulsionados años, la Guerra Civil Española era una contienda entre dos ideologías enemigas: los ideales de una sociedad más justa e igualitaria y los principios del Capitalismo, sostenido en ese contexto por los fascistas de todo el mundo. Esto explica por qué en la Guerra Civil Española participaron todas las potencias del mundo.

 

Me llevó algo de tiempo localizar los escritos de Mika, pero mucho más encontrar descendientes de este matrimonio y poder documentar su paso por Patagonia. Una mañana de esas en que los acontecimientos transforman en “no cualquiera”, me reuní con Arnoldo Etchebéhére —sobrino de Hipólito— en un café cercano a Cabildo y Juramento en el barrio porteño de Belgrano. La reunión comenzaba a cerrar una búsqueda que me llevaría a dar con él. No puedo decir que fue “de casualidad”, aunque esta posibilidad todavía podía estar presente ya que aún, teniéndolo frente a mí, yo desconocía que Arnoldo residía en Europa y andaba en Buenos Aires “de paso”. Será entonces a través de él que llego a los datos necesarios para poder reconstruir la interesante historia de esta pareja en Patagonia.

 

Cuenta Arnoldo que Hipólito nació en 1900 y Mika en 1902, que se conocieron en Buenos Aires durante los años de las revueltas por la Reforma Universitaria en una reunión del grupo “Insurrexit” en donde militaban. Ella estudiaba odontología y él en un colegio industrial. En esos años, entreverados con anarquistas y otros militantes de izquierda, participaron activamente de las manifestaciones que derivaron en la llamada “Semana Trágica”. Entre los años 1923 y 1924 ya se los podía encontrar entre los miles de afiliados del Partido Comunista; agrupación de la cual serán expulsados por expresar su adhesión al trotskismo. Finalizada la Guerra Civil Española, Mika Etchebéhére, “La Capitana”, escribirá sus memorias. A pesar de los pocos párrafos dedicados a Patagonia, el libro de Mika sobre la Guerra Civil permite deducirque su breve estadía no los privó de observar y constatar en el terreno el sistema opresivo de explotación, la injusticia y numerosas referencias a los nativos y el trabajo; algo que Arnoldo nos confirmó.

 

Detrás de esos documentos inéditos se encaminaba mi rastreo, fui explícito con Arnoldo al respecto. Lamentablemente este sufrió, como tantos, las consecuencias de las dictaduras, y desde el año 1978 está radicado en España. Pero para mi sorpresa, también su vida estaba relacionada en algo con Patagonia, ya que en el año 1958 hizo el servicio militar en Esquel. Ya era estudiante de Medicina y logró que al salir del Ejército, mientras terminaba su carrera, durante las vacaciones, fuera incorporado en las guardias del Hospital de la ciudad solo por “techo y comida”, en tanto de paso conocía bien la zona. Luego de recibirse ingresó a Salud Pública y se desempeñó en los hospitales de El Maitén, Cholila y Comodoro Rivadavia. Su actuación y compromiso como médico fue cuestionada, cuando fue tipificado como un hombre de “izquierda”, principalmente por presentar informes que denunciaban el empobrecimiento de la gente y sus causas. Uno de sus informes llegó al Obispado de Comodoro Rivadavia, y en el año 1976, durante la Dictadura Militar fue despedido. Como consecuencia de ello debió exiliarse en Europa donde todavía reside. (Su relato de estos años merece ser rescatado, y forma parte de la entrevista que le realicé).

 

Para el año 1926, ya expulsados del Partido Comunista, Mika e Hippo deciden viajar a la Patagonia. Lo harán ganándose la vida con sus oficios, ella como odontóloga recibida en la UBA y él como técnico en prótesis dentales.

Existen los apuntes que ellos tomaron, interesantísimos, sobre todo ese viaje por Patagonia. Ellos iban con un consultorio ambulante de odontología” me dirá Arnoldo.

El primer paso de la pareja fue llegar hasta Conesa en Río Negro. Para tener una idea de lo que su diario puede llegar a aportar, ya en la primera página se pude leer una anotación que proviene de las palabras del doctor de esa pequeña comunidad: “El Dr. Joliffe de Conesa nos dice que en una oportunidad envenenó con estricnina carne de oveja para que los indios yaganes y sus perros que merodeaban por su campo quedaran fritos.”

Luego vendrá San Antonio Oeste, allí conseguirán alquilar un lugar donde poner en práctica sus conocimientos. De sus apuntes surge que luego tomaron rumbo al Sur por la llamada Línea Sur del ferrocarril.

De las entrevistas orales primero y de sus manuscritos surge su derrotero. Hay referencias a su estadía en Esquel, donde colocaron avisos en los diarios locales para informar a los vecinos que atenderían en ese lugar.

 

A partir de allí me interesé en saber qué ruta habían tomado, pues lo lógico era que recalaran en Comodoro Rivadavia para luego entrar en Santa Cruz. Así fue. De su paso por este puerto hay referencias a temas que hablaron con Ibarguren, el dueño de la Usina Eléctrica, entre otros apuntes.

En su paso por Patagonia, además de trabajar, continuaron militando, tomando nota de los sueldos, de la explotación obrera y escribiendo sobre el latifundio.

En la localidad de Paso Ibáñez, hoy Luis Piedrabuena, recogieron valiosísimos testimonios de los sobrevivientes de las masacres obreras, llevadas adelante por las tropas de Varela, en el marco de las huelgas rurales patagónicas. En Puerto Santa Cruz tomaron también varias notas, de diversos aspectos sociales y políticos. Recorrieron así Puerto Deseado, Río Gallegos y desde allí cruzaron a Tierra del Fuego.

 

Después de reflexionar sobre su futuro personal como pareja, de cotejar qué puede más, si sus necesidades personales o sus más altos ideales, tomaron la decisión de alistarse en la Guerra Civil. Enterados y dispuestos a pelear por la causa ideológica que compartían es que deciden dejar la Patagonia, viajar nuevamente a Buenos Aires y desde allí embarcarse hacia España. Anotarían así en sus memorias: “Esta guerra y esta revolución son las mías” —Mika luego dirá: “Para servirla, Hipólito y yo hemos rechazado los grandes lagos de la Patagonia”.

De esta manera en el año 1931 viajan a Europa siguiendo los principales acontecimientos de las revoluciones populares que intentan modificar la realidad política del momento. Elsa Osorio, escritora que durante años “siguió” los pasos del matrimonio por el viejo continente y que se ha puesto a escribir una novela sobre Mika, me cuenta que en Berlín, en el año 1932, fueron testigos directos de la derrota del proletariado alemán y del ascenso de los nazis al poder. El año 1933 los encontró en Francia, militando en el grupo clandestino Que Faire, opositor al stalinismo y editaban una revista. Allí, en Francia, Mika ganaba sus primeros francos dando clases a domicilio de español. Su esposo contrajo tuberculosis y ella lo cuidaba pacientemente. De común acuerdo han renunciado a tener hijos para dedicarse de lleno a su compromiso, a lo que creen en común y más los une.   

 

En tanto, en España los obreros asturianos han desencadenado una revolución contra el gobierno reaccionario surgido de las últimas elecciones. Arrastrados por los hechos recientes, durante la Guerra Civil Española, los acontecimientos sobre el campo de batalla llevarán a Mika a reflexionar: “El mundo detrás del frente se me ha hecho extraño”.

Ya alistados, al pasar por Sigüenza observan que el trigo está listo para ser cortado, pero que no hay tiempo para detenerse en ello. Las mejores casas del pueblo han sido abandonadas, pero hay disciplina entre los militantes, pues el saqueo será sancionado con pena de muerte. A partir de allí los combates serán intensos; deberán evitar se cercados por un enemigo mejor armado y equipado, resistiendo el hambre y el frío de las trincheras. Durante las guardias nocturnas, los milicianos verán endurecer sus capas ante las feroces heladas. Dormirán en pozos cavados en las mismas trincheras. Un día entran a un convento convertido en cuartel, allí unas monjas atienden a los milicianos con dedicación. Cuando una de ellas intenta ayudar a Mika, ella le mira directamente a los ojos y le dice: “No intentes hacerme creer que nos quieres, que te has convertido sinceramente a nuestra causa así, del día a la noche, entre llamaradas que queman tus iglesias y matan a tus curas. La monja no rehúye mi mirada y contesta con voz firme: “Yo creo en Dios y lloro por las iglesias quemadas, no tanto por los curas, aunque también los hay buenos. Mi conversión a vuestra causa, como tú dices, se hizo el día que “ellos” comenzaron a bombardear Madrid, a matar niños. Muchas monjas han ahorcado los hábitos para llevar una vida alegre. Yo, no. Yo no me acuesto con los milicianos, pero estoy con ellos contra los “otros”, y todos los días le rezo a la Virgen María para que ayude a los “rojos”, castigue a los fascistas y proteja Madrid ¿Crees que te cuento mentiras?”

Luego, a pesar del fragor de la contienda, vendrá el canto en las trincheras, el canto imposible de censurar, que se impone compartido solidariamente, incluso de frente a frente, pues los enemigos se encontraban separados por menos de trescientos metros.

Emociona saber del cruce amistoso entre trincheras de soldados y milicianos, que también intercambian vituallas, no dudando en cruzar de trinchera a trinchera y brindar por motivos de clase.

 

Nada escapa a la inteligencia de esta mujer que enseguida se hace respetar. Nombrada capitana por los mismos compañeros, Mika participó de las batallas de Sigüenza, Moncloa y Pineda de Humera. Su figura se irá afirmando entre los extremeños, soldados duros de su batallón, provenientes de las partes más humildes de España, de allí mismo de donde provenían los duros Conquistadores de América como Pizarro.

 

Luego vino la responsabilidad de dirigir junto a otros combatientes la toma del cerro de Ávila. Conteniendo a su tropa y avanzando entre las balas enemigas, lentamente fueron silenciando las ametralladoras con granadas improvisadas. Sin el respaldo suficiente, allí verá morir a sus más cercanos compañeros. En esta contienda ideológica participaron todas las naciones, sin embargo, aquí es donde Trotsky se sentirá defraudado cuando el Reino Unido y Francia deciden alejarse y no intervenir en la Guerra Civil, lo cual les dejará a los reaccionarios más posibilidades de victoria.

 

Tras la derrota se sucedieron las “purgas stalinistas”, y Mika será capturada, pero una brigada a cargo de Cipriano Mera la rescatará. Liberada, fue ayudada a cruzar clandestinamente la frontera y se refugió en Francia, de donde también debió huir por su origen judío.

De regreso en Argentina, fue asilada y protegida por la familia de Natalio Botana.

En 1943, durante el Golpe de Estado, si bien en la quinta del director del diario Crítica acostumbraban a reunirse escritores como Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Pablo Neruda, o aún desconocidos pintores como los jóvenes Berni, Spilimbergo y Castagnino; y ésta podía ser un ámbito intelectualmente atrayente, el clima de la época era más que preocupante, y había que cuidarse de las violentas y peligrosas redadas de la Sección Especial de la Policía. Por motivos de seguridad, entonces, Mika decide salir nuevamente del país.

En 1946 se encontraba otra vez en Francia, donde residió hasta su fallecimiento. Sobre esos años, cuenta Elsa Osorio en: “Capitana de la Guerra Civil Española”, en Página 12: “No hay acontecimiento político en el que no se involucre, que no provoque sus lúcidas reflexiones. En el 68´ francés, con unos guantes blancos, recoge adoquines y explica a los estudiantes cómo evitar que el negro en sus manos delate si son sorprendidos por la policía. No puede imaginar el guardia que acompaña a su casa a esa señora de 66 años, elegantemente vestida, que en su cartera están aquellos guantes tiznados.”

En su exilio de Francia conoció y entabló amistad con Julio Cortázar, con el argentino Copi, con Alfonsina Storni, André Bretón y con muchos de los intelectuales involucrados en las contiendas ideológicas que atravesaron el siglo XX —y que tienen influencia en este siglo—, como por ejemplo Sartre y Foucault.

Según Arnoldo, el sobrino de Hippo: “Cortázar, cuando decide ir a Europa le escribe a Mika y ella le escribe a él contándole qué condiciones iba a encontrar,  aconsejándole de qué forma llegar ahí y le da trabajo de traducciones”.

Parece ser que el gran escritor sudamericano se encontró con un manuscrito de ella y al leerlo le escribe el 21 de junio de 1974: “Mika, no estás, tu teléfono no contesta y yo me voy a Saigón. ¿Qué hacer? Necesito tanto devolverte el manuscrito y decirte que la lectura me llenó de alegría –en el sentido en que nada es más triste que encontrar que la obra de un amigo es mala, y en cambio hay un gran júbilo cuando se puede decir que se ha leído un bello libro, como ocurre ahora.

Bello, necesario y eficaz, porque testimonia de algo que va más allá de la Guerra de España y toca de lleno los problemas de nuestro tiempo, su incesante desgarramiento y su invencible esperanza. Todo esto te lo hubiera dicho mejor de viva voz, y te lo diré cuando nos veamos a mi vuelta. Quisiera saber si tenés posibilidades de publicarlo. Los editores, imbéciles de nacimiento, suelen retroceder ante libros así, pero si yo puedo serte útil en algo concreto, no vaciles en decírmelo. No soy hombre de prólogos (como nunca se los pedí a nadie, me resulta artificial hacerlo para otros) pero en cambio puedo (y en tu caso quiero) empujar personalmente cualquier tentativa que proyectes. Dame noticias, pues.

Mika esta carta no sirve para nada, yo quería hablar largo con vos mientras el libro estuviera fresco y presente en mi memoria. Me duele que no sea posible, pero vos te darás cuenta de que estoy bajo una fuerte impresión profunda y vital después de esta lectura.

Dejo el manuscrito en manos seguras. Escribime a Saigón con instrucciones y la persona en cuestión te lo llevará a tu casa en cuanto quieras. No me fio del correo ni de los porteros en un caso así.

Escribí a 84400 Saigón par Apt.

Te doy un gran abrazo por tu libro y por vos, mujer como pocas.

                    Tu amigo  Julio”

           

Cuando Arnoldo deja el país como disidente y viaja a Francia, ubica y conoce por primera vez a Mika. En su familia prácticamente no se hablaba de ellos, en principio porque no compartían la ideología política de la pareja. Ansioso por saber quién era esta mujer y el hermano de su padre, la ubica a través de la guía telefónica y acuerdan un primer encuentro al otro día de llegar.

De ahí iniciamos una amistad” –dirá Arnoldo. “La dirección era en 4 rua de Saint Sulpice, París. Era un “bulín” de estudiantes, vivía en invierno allí y en Perigny, a una hora de París; un lugar muy muy bonito, una casa en medio de la naturaleza que había sido de los Rossmer”, [1] que habían sido del grupo íntimo de amistades de León Trotsky.

Cuando le pregunté sobre el destino final de Mika, Arnoldo me dijo: “… las cenizas fueron echadas en el Sena creo, yo estuve en la cremación y pensé en llevarlas a España y tirarlas en Atienza, pero yo tenía miedo de que en la frontera me hagan problema con el cruce de las cenizas. Hubiera sido el lugar lógico… que estuviera ahí con Hipólito”.

 

Arnoldo conocerá personalmente la catedral donde Mika, sus milicianos y la gente del pueblo resistieron el último asalto de los fascistas. Incluso llegó a conocer a uno de los combatientes, que ya contaba con noventa y dos años y conocía el libro de Mika; y que no le perdonaba a su “Capitana” no haberlo nombrado en sus páginas. Especialmente porque este miliciano se atribuía la construcción de la escalinata que describe Mika, la misma que les permitió traspasar el alto paredón de la catedral y burlar el cerco mortal del enemigo para poder escapar; atravesando campos en plena noche, devastados por el crudo invierno y los morteros de los franquistas.

Casi al final de la charla me dijo Arnoldo, mientras terminaba su café: “Mika fue presa por gente del stalinismo y cuentan que Cipriano Mera la sacó. Se plantó y dijo: “Que salga Mika, me la entregan a Mika o entro yo a los tiros”. (…) Eso fue a finales del 36´ y ahora se están encontrando papeles en Moscú en donde parece que no fue casual, desde allá venía la orden de captura.

Luego nos despedimos. En pocos días Arnoldo viajaba a Esquel. Dos personas relacionadas con el cine, uno de ellos hijo del conocido director Héctor Olivera, se habían interesado en la historia y lo llevaban allí con el propósito de hacer un documental. Lo cierto es que ninguno de ellos conocía aún los apuntes de la Patagonia. Resta esperar la realización.

Me queda ese manuscrito en el archivo, sé que no pasará mucho tiempo hasta que comience a circular. La paciencia debe ser uno de los atributos con los que los historiadores debemos convivir cotidianamente, luego, solo la constancia nos permite ir siempre más allá.