(…) ¿Podría usted indicarme la dirección que debo seguir desde aquí?

-Eso depende (le contesto el gato) de adónde quieras llegar.

-No me importa adónde… (empezó a decir Alicia).

-En ese caso, tampoco importa la dirección que tomes (le dijo el gato).

-…con tal de llegar a algún lado (acabo de decir Alicia).

-Eso es fácil de conseguir (le dijo el gato). ¡No tienes más que seguir andando!

Lewis Carrol.

este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba libre (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballería con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda.

(…)

Con estas razones perdía el caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara sólo para ello.

Miguel de Cervantes Saavedra.

 

LA “RACIONALIDAD” DE LA FANTASÍA

Hoy como ayer, las advocaciones a las condiciones mágicas de Patagonia son moneda corriente. Forman parte de un conjunto de figuras retóricas con las cuales se califica al territorio y a sus habitantes desde hace largo tiempo. Se los viste así con las galas del exotismo, la extrañeza, la fantasía… Vienen sin duda en ayuda de esta costumbre las grandes extensiones que permiten mantener la ilusión de estar frente a una tierra incontaminada y en estado inicial, a pesar de las transformaciones que las manos del hombre y las pezuñas de las ovejas imprimieron en el paisaje. Incluso, más allá de los adelantos de los transportes y de la comunicación, Patagonia mantiene un halo de Finis Terre; un estatuto de confín que facilita los discursos que la tienen por tierra de fantasía.

 

Pero la magia tuvo y tiene en todas las culturas una doble condición: un anverso claro y un reverso oscuro. Los hombres han perseguido su dominio y su disfrute a través del tiempo, a la vez que temen las consecuencias de sus secretos, la profundidad misteriosa de sus arcanos. El halo mágico seduce a la vez que espanta.

 

Desgraciadamente estas no son cuestiones de simple retórica. Con su incorporación al sistema mundo a principios del siglo XVI a partir del viaje de Hernando de Magallanes, los territorios que comenzaron en ese momento a ser Patagonia (por contigüidad a la nominación impuesta a sus habitantes), fueron objeto de estas calificaciones que responderán en cada tiempo a una racionalidad y a una estrategia política puntual, con sus correspondientes violencias físicas y simbólicas. En este sentido, la invención de Patagonia como tal, se inscribe en el proceso más amplio de expansión y conquista del mundo por parte de las nacientes potencias europeas, y de la Conquista de América en particular. Así la impronta conquistadora europea marcará a fuego la historia, y “la magia” con su carga ambigua sobrevivirá en el imaginario social hasta nuestros días, alimentando nuevas estrategias de marketing y dominación.

 

Cuando se lanzó a la conquista, Europa nominó al mundo (re-nominó en la mayoría de los casos) como el Adán bíblico el paraíso y sus habitantes. No es extraña esta maniobra ni caprichosa la cita bíblica. Ambas marcan la fuerza inigualable de la palabra (y de sus silencios), las asimetrías del poder que en su uso anidan, y la potencia de quien puede detentarla.

En este ejercicio de bautismo de escala planetaria, a América le tocó el sobrenombre de “Nuevo Mundo”.  Como todo sobrenombre este no es ingenuo ya que califica y ordena las partes. “Nuevo Mundo” en relación a un “Viejo Mundo”; nuevo en relación a Europa que es lo antiguo y por lo tanto se arroga la autoridad por ser la hija de la Roma de los césares y de la Grecia de los filósofos, artistas y pensadores que han comenzado a ser rescatados. Autoridad que le da también la tambaleante y resquebrajada, pero monolítica institución de La Iglesia que santificará la conquista. Pero también nuevo en contrario de lo viejo y caduco que debe ser reformulado, pues las fisuras en las verdades consolidadas amenazan con derrumbar el edifico conceptual de la Europa tardo-medieval. ¿Qué se podía hacer con esa limitada representación del mundo que le era propia, luego de que los barcos y marinos lo ampliaran? ¿Qué hacer con esa visión de la naturaleza que la escolástica construyó sobre las espaldas de Aristóteles, cuando los datos de la experiencia sensible que aportan las exploraciones, unidas a la reflexión y las “nuevas” matemáticas aportadas por los árabes, hacen que las cantidades y las figuras desciendan del cielo platónico a la tierra, asegurando una mejor forma de intelección? ¿Qué hacer con esta nueva visión que permite unificar el conjunto de lo visible bajo unas leyes únicas con cada vez menos necesidad de una causa externa trascendente, y que viene a decretar la lenta agonía de Dios?

Es indudable que el orden socio cultural tambaleante no iba a quedar inmune luego de los desafíos que las aventuras expansivas, comerciales y mentales le imponían, ya que como dice Ricardo Foster, el viaje “abre la fronteras de lo nuevo, deja al viajero en medio de la incertidumbre, despuebla de referentes familiares los lugares por los que deambulan[1]. Sin embargo, a diferencia de este autor, consideramos que la incertidumbre no es total y que los referentes familiares no desaparecen completamente. Todo viajero transita con el equipaje de su hogar. La percepción inmediata no entraña la ruptura total con el universo desde el que se parte. La percepción inmediata de lo otro distinto inaugura un momento de tensión entre lo familiar y lo ajeno; entre lo desconocido y lo que se desconoce; entre lo corriente y lo exótico; entre lo normalizado y lo anormal. Es una tensión dicotómica en el interior de cuyos pares anida “la distancia”; y no hay distancia sin puntos de referencia.

De esta manera las tierras son recorridas con un agudo sentimiento de amenaza y de extrañeza, lo cual genera violenta necesidad de anclaje. Lo nuevo debe ser estabilizado dentro de los parámetros de lo conocido. En esta lógica se vacía de sentido, se “manipula” lo “extraño amenazante” para poder fijarlo mediante un nombre, una marca, un referente que lo torne “familiar”. En esta táctica de la necesidad ninguno de los recursos del universo mental de los viajeros resulta inadecuado si se logran los resultados buscados. Todos son puestos en práctica, sobre todo el de la fantasía, y se articulan para traducir lo esquivo de la experiencia.

La epistemología de los viajeros y conquistadores se articula así en una rara mezcla de imaginación y pragmatismo, de realismo y ensueño, de practicidad e ilusión.

De allí las numerosas apelaciones a la magia, a lo monstruoso, a lo desaforado, a lo extravagante. Apelaciones que en la comunidad de origen, la familiaridad del trato con el entorno cotidiano solo permite en forma del juego, la burla, la crítica o la poética; pero que en el ejercicio de la conquista cobra una dimensión política de relevancia.

Las fantasías del Génesis bíblico[2], de la literatura culta y la literatura popular, los versos de los rapsodas y las representaciones de los actores y saltimbanquis que recorrían Europa, son emergentes de este imaginario[3] que en el Continente americano cobrara cuerpo de otra manera. La dialéctica dominara así la lógica de este proceso, pues se convierte en resultante, síntoma y señal de las representaciones mentales, a la vez que se consolida como matriz generadora de dichas representaciones, mediante las cuales se mensura, se valora y se captura la realidad desconocida. Es por ello que Colón encuentra sirenas y el Paraíso Terrenal en la desembocadura del Orinoco, que Pánfilo de Narváez  busca la fuente de la eterna juventud en La Florida, que en las espesuras de Sudamérica se encuentran las guerreras amazonas y la ciudad del dorado y que más al sur florecerá la Ciudad de los Césares y viven gigantes de novela.    

 

UN ESPACIO DE CAPTURA

En la actualidad las crónicas de viajeros, conquistadores y misioneros (a los que más tarde se sumaran los científicos), conviven muchas veces en los anaqueles de las bibliotecas y librerías con los relatos de aventura, y las más de las veces en esta lógica son leídos. Pero los hombres que recorren el globo en el período que analizamos no se detienen a “crear literatura” y sus intenciones distan mucho de ser (puramente) estéticas. Su práctica está inserta en unas situaciones de naturaleza bien concretas: descubrir, comerciar, conquistar, evangelizar[4] e imponer sus reglas. En este contexto la escritura de crónicas no es más que otra  manifestación de su espíritu pragmático y parte de estas tareas.

Estos relatos y crónicas son, salvo excepciones, realizados sobre el terreno, casi simultáneamente o a muy poco tiempo en relación a los acontecimientos vividos. Por lo general el emisor cuenta sucesos protagonizados por él, aunque a veces otras voces aparezcan citadas o se haga referencia a otros textos. Ambos convidados: textos y voces, las más de las veces sólo vienen a confirmar opiniones u observaciones propias.

Como dijimos, su finalidad era pragmática: consignar y reproducir informaciones fiables para la mejor consecución de sus empresas; informar sobre costumbres, geografías, recursos y economías. En resumen: su propósito era obtener un registro de beneficios concretos para reyes o naciones. De esta manera el viaje y sus crónicas desplegaron entre el hombre europeo y un mundo que se ampliaba, “la potencia demiúrgica de la imaginación, ensanchó los límites de lo posible y logró que las formas fantasmagóricas del sueño encontrasen un lugar en los lenguajes sociales, intelectuales y políticos.”[5] Por ello, todas las observaciones fueron hechas desde el propio universo de referencia, lugar desde el cual se realizaba la intelección y la captura de “lo extraño”. Paisajes, hombres y objetos quedaron vaciados así de propia entidad, subordinados bajo el estatuto de los valores culturales europeos a partir de lo cuales las potencias vieron legitimado su accionar.

El texto de las crónicas configuró ese espacio de captura. En este punto pensamos con Alejandro de Oto, que “escribir es una forma de colonizar[6]; y colonizar significa implantar una forma de organización y orden nuevas a algo que ya tenía una propia, ya que “la acción concreta de los colonizadores tiende a organizar y trasformar áreas no europeas en constructos europeos.[7]

Un hito de este proceso fue el primer viaje de circunvalación del mundo y la crónica de Antonio Pigafetta

           

EL PERSONAJE Y LA MISIÓN

Antonio Pigafetta es un claro exponente de finales del siglo XV, principios del XVI, época en la que ya son evidentes las nuevas formas de vida. El sensualismo, la preocupación por los fenómenos naturales y el mundo físico (vistos ahora con mirada profana), el afán de lucro y otros rasgos constitutivos de la mentalidad moderna ya están claramente presentes en su crónica, conviviendo con fuertes rasgos de mentalidad feudal.

Nacido en Vicenza[8] (en el Veneto italiano) en el seno de una familia patricia acomodada, de adolescente fue acogido bajo la tutela de Monseñor Francisco Chiericato, pronotario apostólico, figura influyente en la corte papal de León X, quien le facilita el ingreso en las más prestigiosas aulas universitarias de la época y a los más distinguidos cenáculos de su propia corte personal y de otros personajes influyentes. Es un hecho conocido el que muchos aristócratas, príncipes y reyes; el que muchos encumbrados señores, propiciaban en su entorno la compañía de viajeros, literatos, artistas y “científicos”, imbuidos de las corrientes de pensamiento que florecían en el momento. Honestos y embusteros personajes hacían las maravillas y la diversión de las cortes y magistraturas, a la par que aportaban valiosas y falaces informaciones. 

Antonio Pigafetta pasa su juventud en estos salones, “y vive la euforia de los tiempos nuevos [estudiando] afanoso la geografía y la astronomía.”[9] Es así que cuando en 1518 viaja en compañía de su protector Monseñor Chiericato, en misión diplomática a la corte de Carlos I de España[10], decide embarcarse en la empresa de Hernando de Magallanes, quien se ha comprometido llegar a las islas Malucas navegando hacia el oeste. “En la corte no se habla sino de la expedición que bajo auspicio real se arma en Sevilla, confiada al mando del marino portugués (…). El joven vicentino, pletórico de ansiedad geográfica, se lanza sobre esta oportunidad que puede traerle además gloria y fortuna.”[11] Con la influyente ayuda de su protector es incluido en la expedición. Para unirse a ella se embarca en Barcelona con rumbo a Málaga, continuando desde allí su viaje por tierra con rumbo a Sevilla, donde finalmente embarca en mayo de 1519, en aquel tranquilo puerto sobre el Guadalquivir.

La expedición estaba compuesta por cinco naves que transportaban doscientos setenta tripulantes. La Trinidad, nave almiranta, a cuyo mando se encontraba Magallanes y a en la cual embarca Pigafetta como parte de la tripulación; la San Antonio, capitaneada por Juan de Cartagena; la Concepción al mando de Gaspar de Quesada; la Victoria, a cuyo frente se encontraba Luís de Mendoza (quien además era Tesorero General de la expedición); y por último la Santiago, comandada por Juan Serrano. En cuanto a la composición “nacional” de la tripulación de la empresa, cabe destacar su heterogeneidad. Como dice Braun Menéndez, “podemos advertir que estaban representados casi todos los países europeos (…). Portugueses eran el almirante, la mayor parte de los pilotos y otros oficios hasta completar treinta y un tripulantes; los italianos, en particular genoveses y venecianos (…) sumaban veintinueve; en el rol figuraban además diecisiete franceses, seis griegos, seis flamencos y cinco alemanes (…); no podía faltar la representación inglesa con cuatro tripulantes; se contaban finalmente dos malayos, un morisco y cuatro negros esclavos; el resto, hasta alcanzar la cuenta total, eran españoles…[12].

El 10 de diciembre, las cinco naves con sus doscientos setenta tripulantes abandonan las radas del puerto de Sevilla.

 

IDENTIDADES MÓVILES Y PRÁCTICAS HÍBRIDAS

La Historia muchas veces se despliega con los métodos y la retórica del teatro del absurdo. De no ser por la hondura de sus dramas, muchas veces figuraría ser una comedia de equívocos. No en vano, para la misma época de las grandes expediciones transoceánicas William Shakespeare ponía en boca de un desengañado Macbeth, herido por la muerte de su mujer y próximo a la derrota militar, este maravilloso parlamento: “El mañana y el mañana y el mañana avanzan a pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia la muerte… ¡Extínguete, extínguete, fugaz antorcha!... ¡La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena, y después no se lo oye más… un cuento narrado por un idiota lleno de sonido y de furia, y que nada significa!...[13]

 

Hijo de una transición (¿cuándo la Historia no es transición?), la subjetividad llamada Pigafetta es cumplidamente móvil e hibrida. Péndula entre un pasado que no muere y un futuro que aun no llega. Época de grandes fervores y grandes desengaños. Sin dudas Pigafetta (al igual que Magallanes[14]), es un entusiasta. También lo era Macbeth cuando lo dominaba su ambición, y traicionaba y peleaba por el trono y el poder. Salvo que el lance de Pigafetta tuvo buen final y el de Macbeth un oscuro destino. De haber triunfado su discurso hubiese sido otro.

No eran pues tan diferentes. A ambos los movilizaba la aventura, que es lo que moviliza a los hombres cuando se quedan sin Dios o cuando pelean en su nombre para no perderlo, lo cual viene a ser casi lo mismo.     

Las prácticas en las que se encuentra inmerso son también integralmente híbridas, y muchas veces toman el tenor de este absurdo, pues están soliviantadas sobre el equívoco y la incomunicación. El mismo viaje en el que él se embarca tiene como móvil un estímulo geopolítico y un impulso religioso: España busca encontrar y dominar un paso por el Atlántico al Pacífico, alternativo al del Cabo de Buena Esperanza, con el fin de mejorar el flujo comercial de especias con el Oriente, en competencia con otros estados; aumentando a la vez el número de almas conquistadas para “mayor gloria de nuestro señor Jesucristo”. El cuerpo geográfico y el cuerpo humano deben pues ser confiscados para la gloria de Dios y de sus lugartenientes terrenales.   Registro de este accionar y canto a sí mismo, su crónica se constituye como producto del pragmatismo de su empresa y como evangelio de su gesta que es camino de expiación[15].

Estamos sin dudas frente a un típico hombre de la transición renacentista entrelazado en el nudo de sus contradicciones históricas. Esto es: una mezcla de caballero feudal y humanista moderno. Su texto es testimonio de ambas condiciones, ya que en sus páginas queda plasmada su visión de cruzado y su condición de ilustrado, ágil en el conocimiento de los clásicos griegos y latinos y de las nuevas ciencias.

El texto refleja así la actividad de un Pigafetta observador del universo circundante, y que lleva adelante unas prácticas que todavía tardarán mucho en tener sus propios discursos que las “conviertan” en saberes instituídos con su propia esfera de conocimientos y procederes validados. No exageramos en decir que Pigafetta es un “naturalista” que aún no cuenta con un método. La naturaleza que ha dejado de ser una potencia enemiga, destructora del hombre (si bien en ella aun anidan espíritus y demonios), es un objeto pasible de estudio y manipulación a pesar de la falta de elementos teóricos instituídos que apuntalen dicha actividad[16].

Esto hace que nos encontremos frente a hermosos párrafos.

 

“Lo que he encontrado por demás extraordinarios son árboles cuyas hojas caídas tienen cierta vida. Estas hojas se parecen a las del moral, salvo que son menos largas; su pecíolo es corto y puntiagudo y cerca de él, de uno y otro lado, dos pies: si se les toca se escapan, pero no echan sangre cuando se las revienta. Metí una de ellas en una caja y cuando abrí estas después de nueve días, la hoja se paseaba por todo el interior: pienso que se mantienen del aire.”[17]

 

Esta claro que Pigafetta se confundió un insecto con una hoja[18]. Sin embargo la sorpresa encuentra el límite que la neutraliza pues todo milagro es posible en la obra de Dios. Pero el brusco choque con lo extraño y con la riqueza de lo observado, pone en marcha los mecanismos de lo maravilloso, que se inscribe en el texto para traducir y comunicar lo que con inmediatez percibe la experiencia sensible. Por ello en el texto de Pigafetta conviven las más asombrosas leyendas del imaginario medieval y las más racionales descripciones de lo observado:

 

“De camino nuestro viejo piloto moluqués nos contó que en estos parajes hay una isla llamada Amcheto, cuyos habitantes, tanto hombres como mujeres, no pasan de un codo de alto y que tienen las orejas tan largas como todo el cuerpo, de manera que cuando se acuestan una les sirve de colchón y la otra de frazada…” (Pág.148).

 

“…entramos en un puerto de la misma isla llamado Monte-Rosso, donde pasamos dos días. Nos contaron de esta isla un fenómeno singular, que en ella jamás llueve, y que no hay ni fuente ni río, pero que crece un árbol grande cuyas hojas destilan continuamente gotas de un agua excelente, que se recoge en una cavidad al pie del árbol, donde los isleños van a coger el agua, y los animales, tanto domésticos como salvajes, a abrevarse. Una neblina espesa que sin duda suministra el agua a las hojas, envuelve constantemente este árbol” (Pág. 41).

 

“En esta isla, que se llama Palaoán, nos proveyó de cerdos, cabras y gallinas, bananas de  varias especies, algunas de un codo de largo y tan gruesas como el brazo, aunque otras no tenían mas que un palmo de largo, y otras, que eran las mejores, eran aun mas pequeñas. Tienen también cocos, cañas de azúcar y raíces semejantes a nabos. Cuecen el arroz en el fuego, dentro de caña o en vasos de palo, por cuyo sistema se conserva más largo tiempo que el que se cuece en marmitas…” (Pág. 108).

 

Llegados a las tierras del sur americano, el asombro fue parejo. El nombre de Patagonia fue consecuencia del despliegue de esta estupefacción, de esta lógica[19] de intelección en la cual la imaginación apuntaló la episteme de los conquistadores al momento de captar y traducir la especificidad de lo que enfrentan.

 

UNA TIERRA DE GIGANTES

“…Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca…” dice Pigafetta. “…este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura.” (Pág. 47) Así comienza el mito del gigantismo de los aborígenes que para la época habitaban el lugar. Con la circulación de la crónica de Pigafetta entre los eruditos y cronistas posteriores, y con la consagración que de ella hacen los historiadores indianos López de Gómara y Fernández de Oviedo, se populariza la etimología Patagonia-Patagón, que “será recogida y divulgada por la totalidad de los expedicionarios y cronistas posteriores, y de ellos pasará inalterada a los manuales de historia, a los diccionarios y las enciclopedias (…) Sobre la base de tan amplia consagración del error, las obras de difusión o de carácter general no dudan en recurrir a la autoridad de los arriba mencionados, contribuyendo así a la asimilación de la etimología popular por parte de un público lector más vasto.”[20]

 

La cartografía tampoco será inocente en este despliegue. Como sostiene Dionisia Gómez, el cartógrafo será tan importante como los navegantes en la empresa de colonización y descubrimiento de América. “Junto a la línea de la costa, del río, de la montaña, dibuja plantas, animales, hombres y monstruos, poniendo al alcance de los europeos una realidad fantástica…[21]. Parte de esta fantasía serán las representaciones de inmensos hombres mansos, casi siempre mirados desde abajo por atónitos y empequeñecidos agentes europeos.

 

Pero María Rosa Lida primero, y Javier Roberto González ampliando luego, probaron que la etimología popularizada; basada según los casos en el gigantismo de los aborígenes o en el tamaño de las huellas, era errónea. Para ello González esgrime tres argumentos irrefutables. El primero es de naturaleza textual: el único registro directo que recoge el acto por el cual Magallanes impone el “mágico” nombre de patagones a los aborígenes, es el diario de Pigafetta, y en él el cronista se limita a consignar el suceso sin hacer ninguna referencia a las posibles motivaciones de Magallanes[22]. El segundo argumento es de tipo lingüístico: “el nombre patagón fue impuesto por un portugués al servicio de España (Magallanes), y recogido por un cronista italiano de la región Véneta (Pigafetta); Cuatro son, por lo tanto, las lenguas potencialmente involucradas en el proceso: el portugués, el castellano, el italiano y el veneciano; lo cierto es que ninguna de las cuatro admite la gramática la formación de un aumentativo mediante la adición de un sufijo agon (…) Puesto que lo que tenemos es patagones y no patones, los pies de los aborígenes, viene a decirnos la gramática, poco o nada han tenido que ver en la imposición de su nombre.”[23] Por último queda un argumento de naturaleza bioantropológica: este atestigua que los tehuelches, pese a tener una estatura relativamente alta, no lo son desmesuradamente, y mucho menos llegan a tallas de gigantismo.

Por lo tanto, el origen del apelativo es otro que el que tradicionalmente se creía.       

 

LA INVENCIÓN DE PATAGONIA

En 1952 la hispanista María Rosa Lida propone un nuevo origen para el gentilicio patagón, sosteniendo que está inspirado en un personaje monstruoso de una popular novela castellana de caballería de comienzos del siglo XVI, titulada Primaleón. Esto despertó adhesiones y reacciones en el mundo letrado, debido a que la proposición de Lida tenía su talón de Aquiles, ya que esta autora nunca tuvo contacto con la obra original, y sus referencias habían sido siempre oblicuas, realizadas sobre textos posteriores al contacto de Magallanes con los nativos de Patagonia. Pero la discusión quedó zanjada cuando Javier Roberto González accedió a la edición princeps[24] de la obra, impresa en Salamanca en 1512, y a partir de allí escribe su trabajo en el que contribuye a divulgar la tesis de María Rosa Lida, ampliando, corrigiendo en parte y enriqueciendo la argumentación original de Lida.

Como dice este autor, “los conquistadores españoles de América, lejos de ocuparse solamente en la rapiña y la muerte como pretende la leyenda negra, tenían también, como todo el mundo y en la medida de los horizontes mentales y culturales de cada uno, sus intereses espirituales y estéticos, y consumían su buena dosis de literatura, ya por la lectura directa y solitaria, ya por audición en ruedas de lectura pública. Las obras a las cuales muy preferentemente acudían, por una evidente razón de identificación vital, eran los libros de caballerías.”[25]

 

No podemos más que coincidir plenamente con Javier Roberto González en lo que este dice. Sin embargo, nos gustaría hacer una aclaración. Los “intereses espirituales y estéticos” no son asépticos así, sin más. Cuando estos son trasladados al espacio americano (patagónico en este caso), lo que se despliega es una fuerza, una voluntad de poder que captura el espacio y los seres “descubiertos” negándoles toda autonomía, toda posibilidad de existencia propia, más allá de los postulados de las leyendas negra o rosa. 

 

La opinión de Pigafetta (como la de casi la suma de los conquistadores de todos los tiempos) es oscilante. Y en esto no hay mayor diferencia, aunque indistintamente trate del espacio geográfico, de plantas, animales o seres humanos. En parte esto se debe a que los seres humanos son ubicados en un estado de naturaleza, fuera del espacio de la cultura o limítrofes a esta. Aunque, como dijimos, su opinión es ambigua. Oscila de la asimilación a la incomunicación, de la posibilidad de igualación a la distancia insalvable de la inferioridad representada por el nativo y la superioridad representada por el descubridor-conquistador.

En cualquiera de los dos casos el resultado es el mismo. La negación de la divergencia y la imposibilidad de registrar al otro como una existencia humana diferente, con existencia y derecho propio.

Como dijimos, no sólo los seres humanos son objeto de esta lógica. Su descripción del guanaco es sumamente reveladora del mecanismo de esta racionalidad. Dice Pigafetta: “Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita.” (Pág. 49.). El guanaco, de esta manera, ha quedado despojado de toda entidad propia. No es otra cosa que un ser hecho de partes ajenas, un constructo inferior realizado con los despojos de las figuras arquetípicas de la mula, el camello, el ciervo y el caballo (animal sublime cuya posesión ennoblece), “cuyo relincho imita”.

 

ORÍGENES DE NOVELA

Podría pensarse que exageramos si siglos más tarde Georg Wilhem Hegel, el filósofo más grande de su época y uno de los más grandes de todos los tiempos, no hubiese escrito que el Nuevo Mundo (América y Australia) no era sólo “nuevo” en tanto estas tierras “no han sido conocidas hasta hace poco por los europeos[26], sino que también lo eran de manera absoluta. Su juventud, y por lo tanto su inmadurez, son para este filósofo también geológicas, biológicas y culturales. En virtud de esta inferioridad, el contacto con los europeos “señaló la ruina de su cultura, de la cual –según Hegel- conservamos noticias; pero que se reducen a hacernos saber que se trataba de una cultura natural, que habría de perecer tan pronto como el espíritu se acercara a ella.”[27] Los animales no fueron mejor tratados en el balance. “En los animales mismos se advierte igual inferioridad que en los hombres. La fauna tiene leones, tigres, cocodrilos, etc; pero estas fieras, aunque poseen parecido notable con las formas del viejo mundo, son, sin embargo, en todos los sentidos más pequeñas, más débiles, más impotentes.[28]

Como le manifiesta Humpty Dumpty a Alicia, lo verdaderamente importante no es si las palabras significan o no tales o cuales cosas, sino de quien tiene el poder para fijarlas.[29]    

 

El conquistador trasladará sobre el terreno americano las figuras y los elementos clásicos de la novela caballeresca, y los espacios y las gentes sobre los que deberán “imponer su orden aparecen claramente connotados como de índole mágica[30] o monstruosa. Nuestras tierras no son la excepción. Sucede que tanto el conquistador real como el caballero de novela se encuentran ante sí con un entorno natural exuberante, que los supera en potencia y en grandeza y que desafía el límite de sus fuerzas. Se enfrentan así contra las potencias monstruosas de lo extraño y el desconocimiento, que los descentra desestabilizando su universo de referencia. Potencias tan monstruosas como el personaje Patagón de la novela Primaleón, cuyo resumen transcribimos a continuación, tomándolo del texto de Javier Roberto González:  

                              

En el capitulo CXXXIII del Primaleón, éste y algunos otros caballeros arriban a una isla poblada por espléndidas ciudades; en ellas son recibidos por Palatín, hijo del señor del lugar. Palatín acoge a los forasteros en su palacio, y les refiere que en las partes más apartadas y montañosas de la isla moran una extraña criatura y sus no menos extraños congéneres.

Pese a las advertencias de Palatín acerca de que “más vale ver al diablo” que al Patagón, Primaleón decide ir en su busca, enfrentársele, y librar así a los habitantes de la isla, que tan hospitalaria acogida le han brindado, del constante peligro que el monstruo y los suyos representan.

Los leones atacan a Primaleón, que va montado, pero el caballero se apea y las fieras quedan luchando con el caballo; Primaleón en tanto, traba feroz combate con el Patagón (…) después, procede a encadenar al abatido Patagón.

(…)

Los caballeros conducen al Gran Patagón, siempre encadenado, a la villa capital de la isla, donde el prisionero “mostraua tanta saña a todos que fuýan ante él, según la su catadura era espantosa”; allí los caballeros curan sus heridas y lo mismo intentan hacer con las del Patagón, pero éste rehúsa violentamente, y solo se amansa y aquieta al contemplar la belleza de Séluida, hermana de Palatín.

Primaleón, ya aliviado en sus heridas, quiere llevar a Patagón a las naves para conducirlo hasta Apolonia y allí ofrecerlo a su enamorada Gridonia como curioso don; pero la criatura se resiste, y sólo con la ayuda de Séluida se lo puede embarcar. (…) nuestro héroe llega a Apolonia. Allí, y tras el emotivo reencuentro con Gridonia, conduce a ésta y a la infanta Zerfira a la nave donde está el Patagón para presentárselo.

(…)

A partir de aquí el Gran Patagón adopta una mansedumbre permanente y se incorpora en forma definitiva al mundo humano y civilizado.”[31]

 

Retengamos en la memoria este último párrafo, ya que es de central importancia. Pero antes veamos algunos paralelismos entre el argumento de esta novela y el actuar de Magallanes según la crónica de Pigafetta.

 

El primero es el de la periferia geográfica en la que se ubican las criaturas encontradas, que figura para las mentalidades eurocéntricas de los conquistadores, no sólo la suma de la marginalidad geográfica sino también la  cultural. Racionalidad esta, forma de sensibilidad plantada en un egocentrismo que identifica al “yo” y los valores propios con “verdades universales”, que es una síntesis de la ecumene cristiana y de un incipiente culto a la personalidad, que se ira desarrollando y acentuando a lo largo de la modernidad. Esta confluencia configura la forma propia de todo colonialismo; su manera particular y terrible de concebir al “otro”. Este trato con la alteridad tiene como consecuencia práctica su negación; su sujeción, manipulación o exterminio.

 

Quiso el capitán retener a los dos más jóvenes y mejor formados para llevarlos con nosotros durante el viaje y aun a España; pero viendo que era difícil apresarlos por la fuerza, usó el artificio siguiente: dióles gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de tal manera que tenían las dos manos llenas; en seguida les ofreció dos de esos anillos de hierro que sirven de prisiones, y cuando vio que deseaban mucho poseerlos (porque les gusta muchísimo el hierro) y que por lo demás no podían tomarlos con las manos, les propuso ponérselos en las piernas a fin de que les fuera más fácil llevárselos: consintieron en ello y entonces nuestros hombres les aplicaron las argollas de hierro, cerrando los anillos de manera que se encontraron encadenados.” (Pág. 50)

 

He aquí el drama de la historia bajo la forma de una comedia de equívocos. Los aborígenes con su cultura de la reciprocidad (en la cual quien acepta un don acepta un compromiso), confunden las señas y las intenciones de los españoles. Hijos de racionalidades distintas, los gestos de los españoles no hablan a los indios, de la misma manera que los gestos de los indios no hablan a los españoles. La moderna historia patagónica tiene comienzo así bajo el signo del error, la incomunicación, la sujeción y la captura de los cuerpos. 

No hay puente posible en este encuentro. Tal vez uno de los más maravillosos que se haya producido nunca.   

 

En segundo lugar (para seguir con los paralelismos con Primaleón), se encuentra el pretendido tamaño gigante de los personajes. Como dijimos, si bien las medidas antropométricas de los aborígenes contactados distaban mucho del gigantismo, el promedio de altura de estos era mayor que el de los europeos de la época. Diferentes autores concuerdan en que la estatura media de los aborígenes era de 1,75 m aproximadamente, mientras que la de los europeos era de 1,65 m. Sin embargo, la diferencia no es lo suficiente “bestial” como para generar por sí misma el mito.

En tercer término (y en estrecha relación con el segundo), encontramos la pretendida fealdad de estos “gigantes”. Como bien sabemos, los patrones de belleza son culturales e históricos. Lo bello para los conquistadores podía resultar feo para los aborígenes y viceversa. Seguramente hoy, frente a los hombres y mujeres europeos de la época, sentiríamos una repulsión pareja a la que estos conquistadores sintieron frente a los aborígenes. Estaríamos ante gente con unos rostros en su mayoría estragados por las marcas de la viruela, ulcerados, sin varios dientes y con olores corporales que nos resultarían nauseabundos. En suma, nos encontraríamos con modelos lejanos a nuestros estándares de salud y de cosmética y  nuestros patrones actuales de belleza. 

En cuarto lugar encontramos que las armas y la vestimenta utilizadas tanto por el personaje de ficción, como por los aborígenes “descubiertos”, son idénticas.

 

“…llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada con la tripa del mismo animal [se refiere al guanaco]; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro.” (Pág. 48)

 

Por último tenemos la dieta. Según Javier González, es seguro que este paralelismo “haya pesado bastante en la elección del nombre por parte de Magallanes. Ambos pueblos patagones son consumidores de carne cruda…[32].

 

Se alimentaban de ordinario de carne cruda y de una raíz dulce que llaman capac. Son grandes comedores: los dos que habíamos cogido se comían cada uno en el día una cesta llena de bizcochos y se bebían de un resuello un medio cubo de agua. Devoraban los ratones crudos y aun con piel.” (Pág. 52)

 

Pero la periferia, el “gigantismo”, la fealdad, el armamento, la dieta y la voracidad son atributos que remiten a una categoría mayor. La del “salvajismo”, a partir de la cual los conquistadores legitiman su accionar, la violencia y sus abusos. Pagados de sí mismos y de sus valores, sublimes en su pedantería, superlativos en su orgullo; los conquistadores, plantados intransigentes en su eurocentrismo, con el “yo” de su cultura elevado a verdad universal, configuran la alteridad como inferior, salvaje, bárbara e inconclusamente humana.  

 

EL  SALVAJISMO Y LA MAGIA EN LA ACTUALIDAD

 

En el imaginario conquistador, Patagón no significa otra cosa que salvaje, y Patagonia viene a ser así la tierra en donde moran estos salvajes. En el imaginario conquistador estos sólo serán redimidos cuando se incorporen al cosmos del dominador que en el 1500 es el del evangelio y hoy es el del mercado.

 

Cuando Hernando de Magallanes impuso el nombre de Patagones a los aborígenes que encontró en estas tierras, buscaba resumir mediante la analogía con el monstruoso personaje de la caballería medieval, la suma del salvajismo y el “primitivismo” que debía ser redimido, de la misma manera que lo fue el gran Patagón, incorporándose “en forma definitiva al mundo humano y civilizado”. En el mismo movimiento aspiraba a las alturas. Buscaba enaltecerse, elevarse a la estatura de un hidalgo, convertirse en protagonista de su propia aventura caballeresca. De esta manera, los elementos que las novelas de caballerías, los mitos, las leyendas y la escatología cristiana proporcionaban a los conquistadores, entraron en confluencia con el emergente de una realidad esquiva, extraña, “maravillosa”, poniendo en marcha una lógica de identificación y traducción de la diferencia, en la cual la fantasía propia de los conquistadores, sus intereses espirituales y estéticos, sus horizontes mentales y culturales, jugaron un papel central en la trascendencia política de sus actos de conquista.

           

Esta mecánica de la fantasía, de la ficción y sus consecuencias políticas y sociales, no son exclusivas de este suceso y tampoco de este periodo. Sucesivas formas de capturar y traducir la diferencia para su manipulación o su supresión han ido urdiéndose a lo largo del tiempo. Hoy, no esta demás decirlo, contamos con las nuestras.

 

Por ello pensamos que la historia no sirve sólo para contar el cuento, para rescatar, revisar o reflexionar sobre este u otro pasado distante en tono complaciente como se pretende o se ejercita las más de las veces. Sirve también  para ver sus reflejos, para hurgar en sus honduras, poder meditar sobre nuestro presente y sobre la implicancia que las políticas y los discursos actuales tienen en nuestra realidad.

           

Lo decimos porque no es extraño toparnos hoy con las apelaciones a nuestra condición periférica o a unos supuestos salvajismos que esperan redención. Para muchos, este “salvajismo” se encuentra allí cristalizado, suspendido en un supuesto pasado, ofreciéndose a la espera de la mirada de los turistas atraídos por la magia y el encanto. Y esto no ya en nombre de la evangelización cristiana, sino en nombre de la integración al mundo legal del mercado actual. 

De la misma manera que en la primera conquista, los sucesivos asedios implican formas parejas y renovadas de dominación y control. Que dudas caben que conviene estar alertas. No sea cosa que terminemos siendo personajes en un nuevo drama de esta comedia de equívocos.

 

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[1] FOSTER, Ricardo. Crítica y sospecha. Los claroscuros de la cultura moderna. Editorial Paidos. Buenos Aires. Pág. 50

[2] Tomadas como verdad incluso hoy por los sectores más conservadores de la iglesia católica y por los partidarios del “Creacionismo”, corriente de pensamiento que sostiene que el Libro del Génesis de la Biblia describe el proceso de creación del mundo tal cual fue. 

[3] Para una más extensa indagación sobre el tema, consultar obras de BATJIM, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais. Alianza Estudio. Buenos Aires 1994; y BURKE, Peter. La cultura popular en la Europa Moderna. Alianza Universidad. Buenos Aires. 1991.

[4] Habíamos dicho más arriba que la nueva forma de ver el universo venia a decretar la agonía de Dios. Los sectores religiosos se percataron tempranamente de esta amenaza. Esto motivó su reacción, lo cual imprimió más fuerza a su mesianismo conquistador y a las lógicas represivas al interior de la Europa de aquel momento. Las persecuciones, torturas y asesinatos de la Santa Inquisición, y las oleadas persecutorias de la contrarreforma (ante el avance del protestantismo que venia a disputar el poder religioso a los popes de Roma) estuvieron a la orden del día. A pesar de su larga agonía, Dios goza hoy de buena salud. Sin embargo, a partir del momento que estamos analizando, entran en escena, en el mundo occidental (europeo), extendidamente, nuevas formas de interpretar el mundo. El ateísmo, y el agnosticismo, impensables en los siglos del medioevo, amenazan el edificio religioso.    

[5] FOSTER, Ricardo. Op. Cit. Pág. 35.

[6] DE OTO, Alejandro J. El viaje de la escritura. Richard F. Burton y el este de África. El Colegio de México. México. 1996. Pág. 24.

[7] DE OTO, Alejandro J. Op. cit. Pág. 105.

[8] La fecha de su nacimiento no ha sido constatada con certidumbre. Algunos la sitúan en el año 1485 y otros en el año 1491.

[9] BRAUN MENENDEZ, Armando. Estudio preliminar a PIGAFETTA, Antonio. Primer viaje en torno del globo. Editorial Francisco de Aguirre. Buenos Aires. 1970.  Pág. X.

[10] Quien en pocos meses sería coronado como emperador del Sacro Imperio bajo el nombre de Carlos V. 

[11] BRAUN MENENDEZ, Armando. Op. cit. Pág. X-XI.

[12] BRAUN MENENDEZ, Armando. Op. cit. Pág. XIII.

[13] SHAKESPEARE, William. Obras completas. Aguilar. España. 2007. Pág. 207.

[14] ZWEIG, Stefan. Magallanes. Editorial Debate. Buenos Aires. 2005.

[15] Hombres y naves irán quedando en el camino, en un continuo progresivo de desventuras. De los doscientos setenta hombres que zarparon de España, dejaron sus huesos en la travesía unos 170, y lo mismo ocurrió con tres de las naves, la Santiago, la Concepción y la Trinidad. La San Antonio desertó en la boca del estrecho para retornar a España con cuarenta y cinco tripulantes. Fueron sólo dieciocho los individuos que completaron el periplo a bordo de la Victoria, que llego el 6 de septiembre 1522 al puerto de Sanlúcar, bajo el mando de Sebastián Elcano. Lo primero que hicieron los dieciocho tripulantes fue cumplir con una promesa a la Virgen. Trasladados a Sevilla, descalzos y con sólo la camisa puesta, con un cirio encendido en sus manos, se trasladaron en peregrinación a las iglesias de Santa María de la Victoria y Santa María Antigua. Como espectrales figuras en marcha, dieron así cumplimiento a sus votos de esperanza.

[16] Para ello aun hará falta la agregación de otros descubrimientos y adelantos y, sobre todo, la sistematicidad de Carl Lineo y la publicación de su obra Sistema Naturae (El sistema de la Naturaleza) en 1735. En esta obra el naturalista sueco formuló un sistema de clasificación, una taxonomía destinada a categorizar y ordenar todas las formas vegetales conocidas o por conocer. 

[17] PIGAFETTA, Antonio. Primer viaje alrededor del globo. Ediciones Orbis S.A. Barcelona. 1996. Pág. 118. (En adelante todas las citas que corresponden a esta edición, tendrán consignado su número de página inmediatamente después de las líneas, en el marco del texto central).  

[18] Claro desde nuestra perspectiva histórica. Obsérvese además el efecto poético que la distancia con la sensibilidad de la percepción de Pigafetta nos produce, y que, podemos especular, es comparable a la distancia en la que estaba inmerso Pigafetta en relación a su objeto de observación. 

[19] Debemos aclarar aquí que cuando nos referimos a esta lógica de captura y organización de la diferencia, no pensamos que este proceso se lleve a cabo de manera completamente voluntaria por parte de los personajes que en el actúa. La lógica implícita en estos actos de conquista están ocultas en buena parte para los sujetos que llevan adelante las acciones.  

[20] GONZÁLEZ, Javier Roberto. Patagonia-Patagones: orígenes novelescos del nombre. Secretaria de Cultura de la Provincia del Chubut. Chubut. 1999. (Pág. 6-7)

[21] GÓMEZ, Dionisia. “La globalización del Orbis Terrarum. Imaginario cartográfico.” En: PADILLA LÓPEZ, José Trinidad y CHAVOLLA, Arturo (Coordinadores). La seducción simbólica. Estudios sobre el imaginario. Prometeo libros. Buenos Aires. 2007.

[22] Nos permitimos aquí, recomendar al lector la lectura directa del diario de viajes de Antonio Pigafetta, ya que este es un texto simplemente maravilloso.

[23] GONZÁLEZ, Javier Roberto. Op. cit. Pág. 8.

[24] Cuyo sólo ejemplar, sabemos por el autor, se encuentra en la Cambridge University Library bajo la signatura F.151.b.88.

[25] GONZÁLEZ, Javier Roberto. Op cit. Pág. 26.

[26] HEGEL, Georg Wilhelm. Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Altaza. España. 1997. Tomo 1. Pág. 169.

[27] HEGEL, Georg Wilhelm. Op. cit. Pág. 170.

[28] HEGEL, Georg Wilhelm. Op. cit. Pág. 171.

[29] CARROL, Lewis. Alicia en el país de las maravillas / A través del espejo. Altaza. España. 1996. 

[30] GONZÁLEZ, Javier Roberto. Op. cit. Pág. 28.

[31] GONZÁLEZ, Javier Roberto. Op. cit. Pág. 30 a 35.

[32] GONZÁLEZ, Javier Roberto. Op. cit. Pág. 51.