Hemos llegado a Esquel, que es un pueblo cordillerano en for­mación y que se esconde en el estrecho abrazo de las montañas que preside el cerro Pedro Llano con sus 2.800 metros. Esquel es el asiento de la Inspección Seccional de Escuelas 10º, a cuyo cargo se hallan gran número de escuelas rurales, en su mayoría fronterizas.

En la escala de valores que, de acuerdo con la distancia de los centros po­blados y las comodidades para la vida, han formulado tácitamente los maestros de territorios, Esquel y su zona escolar son de lo menos deseado, y una designación aquí implica algo así como un extraña­miento. La enorme distancia, que la aleja notablemente de las ciuda­des populosas, las condiciones de la existencia y diversos factores pro­pios de la región, imponen a la vida un margen que linda con el sa­crificio, pues el docente es un ciudadano que debe adaptarse por un proceso que suele ser, a veces, doloroso.

Muchos maestros han llegado con su nombramiento a estos para­jes. Pocos han permanecido. El terreno y el ambiente ponen a prue­ba vocaciones. Está pues explicado que allí se hayan formado profe­sionales como don Néstor González Salvatierra, sanjuanino, que se ini­ció en las tareas del aula, fué luego director y es hoy inspector de zo­na, todo dentro de la misma región cordillerana en la que puede apreciarse hasta con la simple vista su obra de veintitantos años de docencia. Sería injusto, no dando sus nombres, no mencionar en general la pléyade de maestros que con don Néstor González, siguieron los primeros las huellas del profesor Díaz, creador y organizador de las escuelas territorianas. Fueron ellos los que, siguiendo el ejemplo del primer Inspector General de Escuelas de Territorios, levantaron el mástil que debía sostener la bandera nacional por primera vez en muchos sitios estratégicos, y si hoy el símbolo representa lo que en verdad significa entre la población que se desparrama por los valles —indígenas y extranjeros en su mayor parte—, todo se debe a la obra lenta, penetrante, silenciosa y elocuente de esos esforzados héroes anónimos de la profesión que, allá por los años 13, 14. 15... abandonaron los halagos ciudadanos para llegarse a la cordillera después de muchos días de duro viaje a lomo de mu la o en carretones en pos de una vocación que estaba al servicio de un gran ideal de patria. A la escuela, por su intermedio, le correspondió ser la institución ar­gentina que hizo llegar primero, después de la conquista militar, su influencia patriótica a los más desolados confines del país.

Nadie podrá arrebatarle esa gloria sin inferir un atentado y sin cometer una injusticia, hundiendo en el olvido, desde lejos, una obra cuyos resultados son notorios, tanto que ya no es necesario trasladarse a estos lugares para apreciarla. Si se quiere tomar como índice puede hacerse notar que en nuestras universidades son muchos los cordillera­nos que están estudiando carreras liberales.

Como el maestro citado son numerosos los que, a cargo de grado en la capital federal, pidieron su nombramiento para los territorios, y llegaron al Chubut, en la época heroica, época de conquista espiri­tual de nuestra Patagonia, en que el menor enemigo era la enorme distancia que debía recorrerse para llegar a la escuela que sólo existía en el papel. 101 maestro era, entonces, toda la escuela. Y su obra pre­via comenzaba por el local y terminaba por lograr el afecto de los habitantes cerriles de la zona; cariño sin el cual su labor docente no podía triunfar.

Pero estas conquistas de la escuela, para no pecar de injustos, no deben ser dichas en un artículo, pues bien merecen el libro.

Nos ha sugerido estas reflexiones una escena que pudimos pre­senciar en el Chubut cordillerano. Esta escena era la realización de una iniciativa que lleva la intención de brindar un homenaje de re­cuerdo y gratitud a los docentes fallecidos en el territorio y que de­jaron aquí su vida y su obra. Numerosos son los que reposan en hu­mildes y borradas tumbas de cementerios aldeanos, perdidos en las sinuosidades enormes de la cordillera. Olvidados por todos, lejos de los familiares que podían haber puesto una flor en la tierra, una in­gratitud ajena a nuestra idiosincrasia las había relegado al olvido. La obra, perdura. Pero la obra del maestro es anónima, no individua-Usable.

En diversos cementerios de aldea perdida deben yacer los restos de muchos maestros territorianos de la época heroica. Nada señala su paso, pues la modestia de su obra en vida pasó los límites de la muerte niveladora. Pareciera que el destino del maestro debiera se­guir cumpliéndose hasta el fin. Ningún pueblo, ningún lugar lleva un nombre de maestro, a pesar de que fué un maestro el primer ar­gentino que llegó a ciertos parajes del país a enarbolar la bandera y a pronunciar palabras de amor por ella. Pareciera que la incomprensión aumentase el anónimo de una profesión que en nuestro país, por necesi­dades nuestras, tiene mucho del sacerdocio y tuvo mucho del heroísmo, particularmente en territorios. Las nuevas fuerzas que hoy se lanzan a afirmar nuestra soberanía en los confines de la patria, se sorprenden, reconocen y elogian la obra inegable de ese ejército de la paz que, di­seminado por las quebradas, los valles, las hondonadas y los desiertos de piedra patagónicos, las precedió en la preparación de una conquista absoluta.

El mismo pueblo, ¡qué extraño contrasentido! se nombró con un patronímico de alguien que no conoció, cuando no tomó el nom­bre de algún caprichoso incidente, o lleva la palabra indígena por la configuración del suelo; pero no se le ocurrió a ese pueblo, cuya primera casa fué, tal vez, la escuela, nombrarse con el apellido del primer maestro al que inegablemente tanto le debían.

Hace ya algunos años, vuelto a su retiro, el profesor Alemandri, creador de innúmeras escuelas territorianas, hablaba de ese olvido injusto con el señor González Salvatierra y otros visitadores. La ini­ciativa del señor Alemandri, si no recordamos mal, Consistía en que, por intermedio de maestros y vecinos de los distintos lugares en que hubieren fallecido docentes, se construyese un sencillo mausoleo que levantase del nivel del suelo el nombre de ese maestro, y ante el cual rendir, en los aniversarios, el homenaje debido. Aún después de muerto, el maestro lo seguiré siendo; estas tumbas enseñarán al pue­blo, con su elocuente silencio, a ser agradecido.

Y pasaron algunos años hasta (pie fué posible llevar a la práctica esta iniciativa justiciera, que sólo podía venir de quien conoce perso­nalmente el medio en que han actuado los maestros territoriales y quien ha visto la obra por ellos realizada con el interés lógico del maes­tro, del jefe, y de) Creador de la esencia. ¿Y quién podía realizarla sino el que comprendiese por propia experiencia la magnitud del olvido?

El señor González Salvatierra llevó la iniciativa a su zona. Halló el auspicio «le los colegas; aunar voluntades, conseguir dinero, dispo­ner los trabajos, todo se realizó y realizará hasta completar el cometido.

El día 14 de enero de 1940, en Languiñeo, a 31 leguas de Esquel. se descubrió el mausoleo, humilde de toda sencillez, del maestro Aní­bal Márquez, hermano del general. Celebraron el acto maestros y vecinos —entre éstos ex-alumnos del muerto—, familiares, y las auto­ridades de la Inspección. El Inspector de zona a cargo de la Seccional, señor Guillermo Pérez —un maestro—, habló en nombre de todos. El viento y el frío de la Patagonia, y el cielo nublado de plata y plo­mo acentuaron la hondura de la emocionante escena. Los rostros ex­presaban el sentimiento, y los maestros presentes sintieron el hálito de eternidad que los penetraba para hacerles experimentar hasta en lo físico, la trascendencia patriótica de su obra.

Y como en ésta, en otras tumbas se va repitiendo fervorosamente el homenaje de los docentes a los desaparecidos en plena lucha. Uno de los mausoleos levantados consiste en dos piedras de la región semitalladas. En la horizontal dice: Aquí yace un maestro. En la vertical, el nombre.

Tal vez, algún día, un pueblo agradecido se honre llamándose como un maestro, cuando tenga fin la injustificada exclusión que de ellos se ha hecho en el cómputo de los servidores heroicos de la patria.