COSTA SUR 

El vapor que nos lleva hacia la Patagonia del Sur parece un arca de Noé; lleva un poco de todo, un pasaje nutrido de caballos, vacas, perros, un gato y un muerto (en la bodega). Sobre todo no olvidarse que lleva carga, esa preciosa, multiforme carga, “modus vivendi” y alma de las empresas marítimas, a la que todo va supeditado: las fechas de llegada y de salida, la estada en cada puerto, la duración del viaje: la valiosa carga que por ser más el tiempo ocupado en cargarla y descargarla que el empleado en navegar, contemplaremos con resignación y oiremos con sobresaltos, al ser transportada con grúas de las bodegas a las chatas y viceversa. Pero no hay que quejarse, ya que de no existir carga no habría viaje y que éste vale la pena.

En cada puerto suele bajar a tierra una bulliciosa “barra” de pasajeros entusiastas, es decir los novicios y los enamorados, los que, infaltablemente, primero se retratan mutuamente, luego van peregrinando al correo, a una tienda y por fin terminan en algún “boliche”, bar o restaurant. Únicamente Madryn y Deseado tienen un muelle en que el vapor puede atracar. En todos los otros puertos, se queda el barco en la bahía, bastante lejos de la costa, y hay que valerse de una tosca chata de carga, en que van todos parados, utilizando una larguísima tabla para descender en las playas de barro y pedregullo. Muy pintoresco. Excelente para zapatos finos.

El primer puerto es Madryn, pueblo sin vegetación, de apariencia desierta como todos los de la costa. La naturaleza lo favoreció con una buena playa y una solícita intendencia municipal, con un parque artificial, juegos, trampolines, etc. Hasta tiene un almacén que por la adjunción de una torrecilla, se transformó en iglesia, en la que se atiende esporádicamente a las necesidades espirituales de los fieles.

El día siguiente el vapor fondea frente a Camarones; puñadito de galpones y casitas de chapa canaleta, desparramados caprichosamente con una loma pelada, en cuya cumbre perfilan dos arbolitos. Pero es bonita la bahía: semicírculo de lomas rosadas, respaldadas por cerritos violetas de perfiles suaves y dentados que se esfuman en planos malvas y azulados: mar azul cobalto purísimo, salpicado con islotes y arrecifes negruzcos, en los que las olas franjeadas de espuma se rompen ruidosamente.

El aspecto de Comodoro Rivadavia es sorprendente. A la izquierda de la bahía, se ve un cabo chato y alargado, de perfil nítidamente horizontal, luego carros elevadísimos, entre los cuales se encuentra el Chenque: la ciudad. Estos cerros vistos desde el mar, parecen gigantescos acantilados de contornos duramente recortados, extrañamente africanos por su color blancuzco y grisáceo amarillento, como también por su apariencia seca ya árida. Se ve claramente que están formados por aluviones arcillosos y arenosos, con estrías horizontales separando las distintas capas. Hacen pensar en ciertas tortas de alto arte culinario en que, al cortarlas, se descubren sabias superposiciones de distintos elementos gastronómicos. Ninguna arboleda, únicamente matas grisáceas y secas: conjunto severo, imponente, desolado, ni un vapor, ni una lancha en la bahía. En la misma agua de color azul fuerte, se levantan, sobre pilotes, las torres petrolíferas. Son armazones de barrotes metálicos en forma de pirámides truncadas, altas y angostas. Son tan numerosas que en ciertas partes conjuntamente como puentes metálicos y los alambres parecen una extraña vegetación grisácea, endeble, transparente: recuerdan algo como un bosque de ramas esqueléticas que hubiera sido quemado y hubiese quedado medio anegado. Esas torres se repiten por todo. Se ven sus puntas negras en todas partes: abajo en el llano, arriba en las laderas o en los mismos cerros, perfilándose contra el cielo. Al desembocarse, se advierte que las torres sostienen bombas automáticas que van extrayendo paulatinamente del suelo, el graso líquido negro, pegajoso, que se está convirtiendo en una fuente de riqueza mineral tan importante como la agropecuaria. Creía que la región hubiera que oler a petróleo, pero no hay tal cosa.

Debo a la gentileza del ingeniero Meaglia, el poder visitar la usina de energía eléctrica con su imponente instalación de maquinaria y sus tres turbinas de cinco mil caballos: maravillas modernas. Las salas se asemejan a una clínica cirújica por su nitidez y por su elegancia. La usina central distribuye la fuerza motriz hasta un radio de noventa kilómetros a sus 2.600 torres, cuyas bombas automáticas funcionan día y noche. En otra planta se transforma el petróleo en gasolina, en gas y en supergas; se ven a lo lejos, los enormes tanques redondos, llenos del precioso combustible.

Tomando un trencito de trocha angosta que consta de un coche único, se costean las playas de pedregullo, bonitas y anchas, bastante mejores que las de Mar del Plata; Comodoro Rivadavia será seguramente algún día un balneario importante. Con su “corniche” en miniatura que corre a la base de los distintos faldeos. Recuerda, en menor grado naturalmente, la avenida Minamar de Río de Janeiro, la explanada de Mar del Plata y la Costanera de Buenos Aires, por su curiosa tendencia a expandirse hacia el Sur. La ciudad está encajonada entre dos cerros, siendo uno el Chenque (Cementerio, en idioma tehuelche, porque los indios de antaño solían enterrar allí sus muertos).

Mientras los demás componentes de nuestra “barra”, fieles a la tradición tácitamente establecida, se quedan a refrescarse en un restaurante, dos valientes y yo misma, emprendemos a duras penas la subida al Chenque, cuyas laderas de tierra blanda son muy escarpadas y resbaladizas. La ascensión despierta pronto la curiosidad de bastantes vecinos, los que, la cara en alto, regocijados, vigilan las peripecias desde sus ventanas. Desde la cumbre recibimos la primera impresión característica del panorama patagónico que, de ahora en adelante, va a repetirse varias veces: cerros y más cerros, cimas redondas grisáceas, amarillentas, con planos plateados y azulados en el horizonte; conjunto vago, indefinido, avaro de colores pero rico en matices. El Chenque está sembrado de muchas variedades de conchas petrificadas, enormes de peso y de tamaño, encantarían a un geólogo que vería en estío la confirmación de que el continente americano estuvo bajo el mar, en épocas remotas, justificando la teoría de la existencia de la Atlántida.

En Puerto Deseado uno sigue familiarizándose con el carácter típico del paisaje patagónico, es decir el gris: todos los matices de gris, todos los tonos descoloridos; azul grisáceo del cielo; gris azulado de la chapa de canaleta de la que consta toda la edificación; gris plateado de los postes de toda naturaleza que se ven en todas partes; gris rosado de las rocas roídas por el viento; gris amarillento del pasto moteado de vez en cuando por matitas de “champa”, planta espinosa que crece al ras del suelo; gris violeta de las estacas y alambres de los terrenos en que se secan los cueros y que parecen cementerios sembrados de estelas; gris de los cantos rodados en todos los tonos delicados y patinados. Barrancas y pendientes llevan, entre los terrenos pelados, al pueblo de aspecto triste, pobre, abandonado: ni un alma por las calles, nadie abre una puerta, ninguna mano aparta una cortina: parece una aldea castigada por alguna plaga…Visitamos la fría y humilde iglesia de chapa canaleta con campanario de vigas de madera. En ella se ve un Cristo crucificado, muy realístico, con rodillas y codos desollados. La única nota alegre, por ser día de los Inocentes, la dan dos o tres chicos, advirtiéndonos que llevamos el abrigo desgarrado o los zaparos rotos y al contestarles a su pregunta de que sí, que somos todos de la misma familia, comentan: “¡Qué chorrera son ustedes!”. Efectivamente, parecemos una hilera de deudos a la salida de algún velorio. Después del paseo, el vapor nos parece un lugar de esparcimiento.

Ahora la costa se hace cada vez más chata. En San Julián, los contornos de la bahía son más planos, menos rocosos, la marea deja más playa al descubierto. La mayor parte de las construcciones son naturalmente de chapa canaleta y de postes de madera. Cunde la misma impresión de silencio, de soledad que va aumentando al llegar a Santa Cruz, de casas descoloridas, azotadas continuamente por un viento despiadado y nubes de tierra. Se llega a divisar dos o tres hombres por la calle pero ninguna mujer. Me cuentan que para ver a las damas hay que ir a la salida de misa el domingo o a los bailes de Carnaval.

El crucero termina en Río Gallegos, único puerto patagónico. Los techos de chapa canaleta son todos pintados de rojo, lo que alegra algo el aspecto del lugar. Aquí hay un verdadero derroche de postes de todas clases: nada menos que tres hileras en cada calle, pues existen dos compañías rivales de luz eléctrica y una de teléfono. Además se ven un sin número de astas para banderas, palos para antenas de radio, estacas y alambres en el aire por todas partes. A lo lejos, los techos parecen erizados de una extraña vegetación, endeble, grisácea, de ramas esqueléticas.

Son estos puertos de la Costa Sur las entradas a la Patagonia, región relativamente desconocida por su acceso difícil, pero dotada de una atracción tan innegable como inexplicable.

 

POR LA PAMPA PATAGÓNICA 

Dejando la costa, el auto se interna por un trazado de pedregullo, arena, polvo y cantos rodados que serpentea indefinidamente, a veces por llanuras, a veces entre ondulaciones de terreno, moteadas con hacecillas de “coirón” amarillento, y con calafates negruzcos y secos, en forma de cúpulas; a lo lejos se ven más ondulaciones de perfiles suaves, azulados en el horizonte, rosáceos en segundo término, amarillentos en primer plano. Pero aún estos tonos son variables, pues el valor gris del paisaje, por carecer de color definido y franco, adopta sucesivamente todos los matices, por ejemplo a veces azulados, a veces rubios o plateados según esté sombreada la llanura por una nube o iluminada por un sol pálido y fugaz.

De vez en cuando se ven algunas ovejas, pero muy desparramadas. Huyen despavoridas a la vista del auto. Algunos caranchos se encaraman en los postes de alambrado. Liebres galopan despacio de una mata a otra. Al lado del trazado hay, de trecho en trecho, un cajón de madera en cuatro postes o clavado en una tranquera: son los buzones de distintas estancias, sitas a varias leguas de distancia. El auto correo que recorre la región tres veces por mes en verano y dos en invierno, deja en ellos la correspondencia y las encomiendas.

A veces en el horizonte, una manchita que parecía una mata de calafate se transforma paulatinamente en un camión cargado de lana que se dirige hacia la costa. En algunos sitios se divisan y a menudo bastante cerca, unos guanacos altivos que dejan de pastar para mirarnos, desdeñosos como pequeños dromedarios. En otras partes se ven avestruces grises que se alejan, corriendo pesadamente en sus altas piernitas, meneando el cuerpo como mujeres obesas. De vez en cuando se da con un esqueleto de caballo, con  un montón de osamentas desparramadas o con el cadáver putrefacto de algún cordero, con el vellón todavía, y, cosa curiosa, lo que nunca falta, aun en regiones muy apartadas, es la clásica lata de kerosén y la botella de cerveza vacía, tiradas a lo largo del camino y utilizadas a menudo para servir de mojón y de indicador. Cada dos o tres horas pueden divisar a lo lejos algún techo bajo, aplastado en una depresión, para resguardarse del viento: son estancias, chacras o puestos ovejeros.

En otros parajes existen extensiones enormes de “mata negra” tupidísima, cobrando el paisaje un aspecto desvastado, sobrio, como si el campo hubiera sido incendiado. En una cierta parte, en cambio, la inmensa llanura absolutamente plana brinda a la vista una vastísima sábana de coirón amarillo pálido. Si se recorre el horizonte todo enderredor con la mirada, no se ve sino un mar ocre clarísimo que se une al azul cerúleo del cielo. Con poca imaginación, puede uno figurarse que se está en un barco en medio de un océano rubio. Hay regiones más cerca de la cordillera en que se viaja horas y horas seguidas, sin ver ni un ser humano, ni un pájaro, ni una señal de vida.

Sin embargo, para un observador atento, dentro de la monotonía aparente se renueva el paisaje, pero todos sus aspectos conservan un carácter común: la tonalidad grisácea y los rastros del viento despiadado. En el panorama como en el cielo movible y cambiadizo, entran todos los tonos rubios, plateados todos los matices apagados y descoloridos, todos los tintes delicados. Los planos son tan lejanos y profundos que la atmósfera parece brumosa, esfumada, irreal. Los contornos de las ondulaciones de terreno, de las lomas y de las mesetas son como raspados y suavizados por la acción del viento cuya violencia aplana y achata todo, nivela los accidentes del terreno, roe las rocas, seca y quema la escueta vegetación de pasto y de malezas: paisajes de líneas y de planos sintéticos; panorama de lejanías livianas y diáfanas de perspectivas desoladas, carentes de figura humana, caracterizada por la soledad y la inmovilidad absolutas.

Uno avanza siempre, creído de que después de esta meseta, atrás de esa lomita, el desierto revelará algo distinto, contestará a la curiosidad del novicio ávido de novedad; pero el interrogante se prolonga, se alarga sin conseguir ninguna contestación, pues los horizontes planos se renuevan y se suceden indefinidamente, siempre iguales a los anteriores: paisaje inquietante por su silencio, alucinante por su obstinación casi provocativa en repetirse siempre enigmático. País de ensueño y de pesadilla; tierra de encanto y de brujería, país que se teme y que se termina por amar, como se ama a todo ser que tuvo que ser subyugado y conquistado.

 

EL REINO DE LOS VIENTOS 

Ahora entiendo por qué le ocurrió a Darwin llamar a Patagonia “tierra maldita, tierra del diablo”. Ese demonio es el viento que, sobre todo en la cordillera, parece el soplo de un genio maléfico, de algún dios pagano, tal el Eolo de la mitología griega y romana, enfurecido ante la presencia de los seres humanos que se atreven a pisar y profanar su reino, tanto tiempo ignorado y misterioso. Hay épocas en que parece que ese ser perverso se durmiera de noche, él también, pero para actuar de día con más fuerzas y rechazar al invasor temerario, poblador o viajero.

Por haber amainado algo el viento, trato de sacar apuntes a pesar de todo, porque si espero que se calme, arriesgo  el quedarme sin hacer nada. Pero al rato me barre una ráfaga a mí y a mis útiles, como si fuera un trapo; la tela se clava en un calafate a 100 metros más allá, mi caja se llena de paja y basura; no puedo ni cerrarla, porque apenas si alcanzo a retener los pinceles. Tengo que hacer tres viajes para traer todo a casa.

Otro día hago otra prueba; es como luchar con un ser malvado e inteligente. Termino por hablarle como si fuera alguna entidad visible, gastando con él mi peor vocabulario. Camino oblicuamente, arropándome en mi abrigo, pues hay pocos grados encima de cero, llevando la caja de modo de ofrecer el menos frente posible, pero gira el viento alcanzándome como si fuera vela de barco y casi me arranca el tapado. Cambio de posición, me arropo nuevamente y me llevo la caja de costado, pero también vira el viento, levantando ropa y caja en el aire. Dejo un momento la valija en el suelo, cerrada, zurriando y vibrando por la ráfaga y digo en voz rabiosa: “¡A ver si la vas a dejar allá!”. No he terminado de expresar esa duda que ya está abierta la caja de par en par con un ruido seco y se han volado los cartones que están adentro. Me empeño en seguir trabajando. Veinte veces echo a un lado la punta de un echarpe y la sujeto, veinte veces seguidas la arranca el viento y me la entra en el ojo derecho con una precisión impresionante, no es ni en la nariz ni en el ojo izquierdo, tiene que ser en el derecho. Necesitaría seis manos para pintar. Siento la presión como de una mano invisible que alza la paleta para echármela en la cara; otra fuerza oculta empuja la tela en dirección distinta, un torbellino retuerce mis ropas, se insinúa por todo. Termina la tela clavada otra vez en un calafate y los pinceles hundidos en un pantano. Parece una sesión de espiritismo con demostraciones de levitación y fenómenos de transportes, casi me puedo imaginar que soy un médium en cuyo torno se desplazan los objetos y vuelan por el aire. Salgo disparando por casa, embarrada de pintura, despeinada, aturdida y desecha, con la extraña sensación de que me persigue un ser diabólico, alguna inteligencia demoníaca.

Es impresionante, cuando cunde un temporal, escuchar los aullidos de la tormenta, tan fuertes que recuerdan un tronar lejano. El viento silba, furioso, levanta nubarrones de arena y torbellinos de tierra, sacude frenéticamente los alambres, retuerce los arbustos miserables en todos los sentidos, hace que se estremezcan y crujan los edificios, enloquece a la vegetación, a los animales a los hombres. Se oyen ruidos indefinidos, gemidos extraños. Los seres se tornan silenciosos, resignados, se enervan, esperando la tregua con impaciencia y con quietud.

Todos los pobladores conocen esos momentos de angustia y muchos de otra índole. Todos se quejan de la tierra maldita, pero todos se quedan y todos vuelven a ella. La Patagonia es un país que hay que conquistar y someter como lo hicieron los hombres primitivos que raptaban las esposas ariscas: es el país que se ama y que se odia al mismo tiempo, como al amante que se adopta porque hace sufrir; país que a la vez atrae y rechaza: tierra que fascina y que espanta por su incógnita, por sus fuerzas desconocidas.

 

EL FITZ-ROY

INTERNÁNDOSE EN LA CORDILLERA 

Después de viajar en auto todo el día, de repente, desde una loma, se divisa a lo lejos la cordillera, irreal, blanca, azulada, confundida con las nubes. Ahora se distingue el Fitz-Roy, en medio escondido por una niebla que envuelve los picos: allá está nevando. A otra vuelta del trazado, se descubre el lago Viedma, de un verde veronés franco, algo pálido, con extraños reflejos metálicos, fríos y duros. Se alarga nítidamente, purísimo de color y seco de contorno, al pie de la majestuosa cordillera. Esta se parece a un enorme lienzo azul arrugado y salpicado de harina, como se ve en los ingenuos “Nacimientos” ideados por los piadosos fieles, pero es fantásticamente diáfana, con contornos cristalinos, transparentes, con partes brumosas y lechosas. Unas nubes blanquísimas que parecen motas de algodón se anidan en los huecos. No hay palabras para describir el azul de la cordillera, no hay color ni pincel para figurarlo. Se asemeja a un enorme zafiro azul claro, o a una monstruosa agua-marina, caprichosamente tallada con millares de facetas en las que se refleja un sol azulado y brillantísimo. Es como si los macizos estuvieran iluminados desde adentro, por seres translúcidos como lámpara de alabastro. Recuerda, en mucho mejor, esos efectos escénicos en los que la luz azul de los reflectores sume los telones de fondo de una fantástica atmósfera de ensueño y de poesía.

Ahora, después de unos días de descanso, se trata de internarse en un desfiladero de la cordillera y llegar hasta el pie del Fitz-Roy, límite entre la Argentina y Chile.  El auto-camión que tiene que pasar entre el río de las Vueltas, cuyo cauce divide en una multitud de ríos correntosos, formando delta. Luego hay que valerse de monturas, de caballos cargueros y de una carreta. El auto-camión se porta bien; pierde agua, no funciona el freno, pero lo llevan a todo lo que dá, costa arriba y costa abajo; cae en los pozos y sale de los mismos, como por milagro, ladea en las pendientes, saltea las rocas. Pero hay un dios aparte para los automovilistas de la Patagonia. Me preguntan si voy bien, y contestó que sí, que estoy encantada. De repente, me advierte el motorista que hemos llegado a los “Buzones”. Se llama el sitio así, por los viejos tambores de metal y los cajones de madera en que se deja, un par de veces al mes, la correspondencia y las encomiendas destinadas a los pobladores de la cordillera. Aquí se termina la civilización. Estamos en un desierto de pasto seco y amarillento. A lo lejos de ambos lados, se divisan imponentes faldeos, color de terciopelo marrón desteñido. Y en esta estepa desolada, están sentadas cuatro personas, como ristra de pajaritos, en un tronco de árbol derribado. Nos esperan. Son: el señor Madsen, figura popular en la región, tipo del “gentleman-farmer” fino y sencillo, a cuya atención debo de poder llegar hasta el Fitz-Roy, su hijita, personita sumamente simpática, de bombachas kaki, saco de cuero azul y boina colorada; el entusiasta y delicado Comisario Chacón, muy elegante con su uniforme negro de charreteras doradas, tan apuesto como para pasearse en la misma calle Florida; por fin, un canoso vigilante de cara melancólica y de impecable uniforme gris y rojo. Se me ocurre que formamos en este rincón tan apartado del mundo civilizado, un grupo perfectamente heteróclito y absurdo. Saludos y presentaciones. Emprendemos camino, porque hay que llegar en el día. A mis preguntas respecto al río de las Vueltas me habían contestado que iba a verlo y de sobra. Efectivamente lo vi, toda la tarde, porque no hicimos otra cosa sino pasar sus distintos brazos y torrentes a cada momento. Caminamos en fila india, subiendo y bajando lomas escarpadas, entre pintorescos y elevadísimos cerros. Como siempre, hay muchísimo viento en la cordillera. Estamos sin almorzar. Habían dicho que hay como un kilómetro para llegar hasta cierto puente, pero será a vuelo de pájaro, porque tardamos más de una hora en llegar. Separación con el administrador y su esposa, en medio del puente colgante de madera, tipo “Brooklyn” que se mece en todos los sentidos.  Me entregan al señor Madsen, deseándome buena suerte. Ya soy un mero bulto a la merced de los que quieran hacerse cargo de mí. Más caminata en el ancho cauce del río de las Vueltas, entre dos acantilados altos y arcillosos. Otra subida más para salir del río y allá, abajo, nos espera una carreta , a todas luces, viene prestando servicio desde muchísimos años. El banco con respaldo fue una vez de un auto y una de las ruedas, con llanta partida y reforzada con alambre enroscado, perteneció, hace cuarenta años a un carro de la expedición del perito Francisco P. Moreno, de la que formó parte el señor Madsen también. Durante el viaje nos cuenta anécdotas del señor Onelli que por lo visto siempre fue bromista. Nunca hubiera pensado que en un rincón tan apartado del mundo civilizado iba a oír hablar de figuras que había conocido personalmente.

La carreta adelante, penosa pero valientemente, salta en el “coirón”, se hunde en zanjas profundas, sube victoriosamente costas rocosas, brinca con violencia en todos los sentidos, vadea estrepitosamente torrentes lechosos y crecidos. A cada rato me pregunto si el antiguo carromato y su contenido no nos vamos a quedar deshechos en una sacudida o si alcanzarán los mancarrones a sacarnos del fondo arenoso del río. Pero estamos con suerte. El señor Madsen tiene “humour” inglés.  Pregunta a los que viajan atrás si no se desinfló la goma y si siguen ellos en la carreta. El comisario Chacón se arrodilla para ponerse en cuclillas; la cara del estoico vigilante, sentado las rodillas en alto, se ha vuelto triste; no se mueve. A medio camino hay una roca enorme, de perfil redondo, que señala un descanso. En ella algún gracioso pintó con letras rojas “Hotel Bristol”. Pero por supuesto no comemos nada. En cambio, los hermosos panoramas se suceden, siendo cada uno más soberbio que el otro. El desfiladero se hace cada vez más estrecho, los cerros se ponen cada vez más altos. Estamos ya en plena cordillera, la que nos domina, orgullosa, con sus imponentes picos nevados, dándonos una sensación aplastadora de pequeñez.  

Como broche de oro, nos anuncia el señor Madsen que un torrente es demasiado crecido para vadearlo. Hay que desatar los caballos y luego, subir con el equipaje un cierto cerro escarpadísimo, atrás del cual pasaremos el río en un bote. Así se hace, pero en silencio perfecto. Apenas si nos alcanza el soplo para subir el cerro ese, no es el momento de cambiar impresiones las que, por otra parte, cada cual trata, por amor propio, pero en vano de disimular. La fisonomía del comisario es tan lúgubre que habría que augurar acontecimientos catastróficos. Anita parece muy preocupada; la cara del pobre señor Madsen no se ve, porque va primero con mi valija al hombro. Si mis facciones expresan lo que siento, deben de estar muy cansadas; en cuanto al vigilante, parece que siguiera el entierro de algún ser muy querido. Después de llegar en fila india a la cumbre, hay que bajar, tratando ahora de no caernos sentados y resbalarnos al río correntoso que se ve inmediatamente abajo, entre las ramas de los robles.

Por fin damos con el botecito. Hay que achicarlo primero, con una vieja lata de kerosén, porque hace agua. Es tan minúsculo que no podemos pasar más que de a dos a la vez. Una última trepadita y estamos en la estancia “Fitz-Roy” al pie del mismo pico que yergue, orgulloso, sus 3800 metros encima de nuestras cabezas, altivo, enigmático, casi irónico, como desafiador en su soberbia.

Después de una suculenta y bienvenida colación, servida por la fina y solícita señora de Madsen, quiso el comisario encontrar cierta quinta de frutillas; caminamos bastante pero no la encontramos. Después, para terminar el día, quise yo trepar otro cerro con el fin de ver la vista mejor y lo trepamos. Todos dormimos bien esa noche.

 

ESTACIÓN METEREOLÓGICA del FITZ-ROY 

Hoy tampoco se pudo salir de la casa. Sigue el temporal. Día lúgubre y oscuro. Frío glacial; lluvia, neblina, nubes bajísimas. El Fitz-Roy y los cerros son invisibles. Las ráfagas de viento hacen el mismo fragor como un trueno lejano o como la caída de un témpano en el ventisquero.

El jefe de la familia está ausente desde un par de días y no se sabe por qué no puede volver. Cavilo melancólicamente en las consecuencias de la tormenta que posiblemente hará imposible el vadear los ríos para salir de mi encierro en el desfiladero. Estamos sentados en torno a la cocina económica. La dueña de casa va y viene, charla, maneja las cacerolas, bombea agua, pela las papas en medio del chirriar de la manteca frita. De repente echa a un lado la rumorosa sartén y desaparece misteriosamente, con ceño arrugado y mirada preocupada.

Contestan a mis preguntas que fue a tomar las observaciones meteorológicas. Es una práctica que todavía no presencié y salgo también corriendo atrás de la señora de Madsen que baja la pendiente con presurosas zancadas. El viento azota sus ropas. Con una mano ella sujeta el pañuelo que lleva atado en la cabeza; en la otra mano tiene un lápiz y una planilla. Me recuerda las esposas de los guardianes de faros solitarios, las respetuosas del deber, cumplen con las tareas del esposo impedido por la enfermedad.

La estación meteorológica consta de una diminuta casilla de techo rojo, puesta en cuatro postes. Parece una colmena. La rodea un cerco para impedir que las vacas la estropeen. La observadora abre una puertita y se ve una media docena de instrumentos, alineados fraternalmente como aves en un palo de gallinero: hidrógrafo, barógrafo, termómetro, mínima, máxima, etc. Con monótono tic tac e impulsado por un mecanismo de relojería rueda lentamente una tira de papel enrededor de una bobina. Es el control automático en que el funcionario debe, tres veces al día, hacer un jeroglífico en un plazo de media hora. Ya está. Ahora se trata de apuntar la dirección del viento, el grado de humedad, la temperatura, la visibilidad, el color y la forma de las nubes. Tiritamos de frío. Las gotas de lluvia helada nos pinchan la cara. Con toda conciencia y seriedad, consultamos la veleta del galpón, la diminuta columna plateada del mercurio, el cielo bajo y gris, la aguja de los instrumentos. La señora de Madsen llena un renglón de la planilla con guarismos, letras romanas y abreviaturas. Luego hay que descolgar el pluviómetro, el que, subiendo la barranca, se lleva a casa religiosamente con exquisita precaución, para verter su contenido en una probeta. Abren un cajón de la antigua cómoda, en la que se guardan toda clase de enseres, y, orondos, me muestran dos imponentes sellos del Ministerio de Agricultura, destinados a dar carácter legal y oficial a la obra. Quedo admirada e impresionada.

Una vez por mes, las planillas debidamente labradas y selladas, serán llevadas a caballo, a lo largo de los abruptos faldeos y a través de los brazos correntosos del río de las Vueltas, para depositarlas en el cajón de madera que hace de buzón en medio del desierto. Luego un auto-camión cruzará con ellas la inmensa pampa patagónica, hasta la costa en que algún vapor las llevará a la lejana capital.

Si las cosas tienen alma —y creo que las tienen— cómo se sentirá cohibido en su pesada y oscura carpeta, el humilde pliego de papel llevado desde tan lejos, después de tantas peripecias. Qué pintoresco contraste con la salvaje y conmovedora soledad donde se labró y el ambiente lujoso del Instituto de Meteorología, Geofísica y Hydrología, en que funcionan los ventiladores de verano y los radiadores de invierno, en medio del teclear de las máquinas de escribir y del bullicioso vaivén de empleados.

 

LAGO VIEDMA Y SU VENTISQUERO

El único medio de locomoción en la cordillera es el caballo: ser inteligente que tiene un profundo conocimiento de los senderos que costean los faldeos, al pie de los cuales corren los ríos y un no menos profundo conocimiento de la pericia del jinete que lleva encima, aprovechando, cuando soy yo, para negarse a adelantar y quedarse comiendo el “coirón” juncoso. Así que tengo que dejarme cabecear por otro, reconociendo que mejor es así.

Para ir del Fitz-Roy al lago Viedma hay que atravesar un caos de rocas, robles y todas clases de arbustos espinosos, en una ladera escarpadísima, entre un acantilado enorme y el río de las Vueltas. Y así vamos, ora serpenteando a grandes alturas, casi a pique, ora vadeando la corriente levemente turbia. El caballo se contonea como una víbora, salta una zanja, se echa de repente a correr en una bajada. Entonces hay que apoyarse en los estribos y echarse por atrás con el pálpito de que uno va a resbalar por encima de la cabeza de la montura y terminar en el río que se ve burbujeando abajo, entre las entreveradas ramas de los robles. De vez en cuando alguna roca alta y puntiaguda le quita a uno el pie del estribo, cuando sería el momento de utilizarlo para apoyarse; otras veces se quedan prendidas las bombachas en alguna rama espinosa, o hay que agacharse para no golpearse en algún árbol. Queda poco ánimo al molido jinete para admirar las bellezas del panorama y sin embargo son muchísimas. Se podría pintar un sin número de telas soberbias a cada recodo de los faldeos.

Después de salir, por fin, del imponente desfiladero, se cruza un puente colgante de madera, el que tiembla y se mece a impulso del viento, luego se sube a una meseta y se sigue durante horas bajando y subiendo más valles y más mesetas, hasta ver de repente y desde una gran altura, el lago Viedma. El efecto es teatral como si se hubiera corrido un telón gigantesco. El agua inmóvil y apacible, lisa como espejo, se parece a una inmensa y preciosa plaqueta de turquesa, de matices irisados y opalescentes que cambian incesantemente, sin motivo explicable. Encima se yergue la cordillera de tonos rosa, malva, zafiros y blancos, destacando su purísimo perfil contra el azul del cielo. El espectáculo da una extraña sensación de frescura, de acidez…No se puede vivir ante los más bellos panoramas de la naturaleza en un estado constante de emoción artística, pero hay en la cordillera momentos de tal hermosura, debido a alguna circunstancia atmosférica, que uno no se olvida de la existencia de la propia; queda uno como aliviado del peso y de la materialidad que representa el cuerpo; el yo espiritual, o sea lo que sea, se siente vaporoso, permeable, expandido, en compenetración, en estrecha comunión con el alma de esas maravillas. Se vibra en unísono con la esencia enigmática pero indiscutible de esas armoniosas bellezas. La mente ya no formula conceptos, se anula ante el plano anímico, quedando el ser unido con algo misterioso y escalofriante.

Unos días después, emprendo con un acompañante la excursión al ventisquero. Esta vez es el río Túnel, cuyos distintos torrentes lechosos y burbujeantes hay que vadear a caballo, varias veces. Luego se sube, zigzagueando, un cerro escarpado de vertientes casi a pique, erizado de matas espinosas y de coirón. Abajo, a una distancia vertiginosa, está el lago verdísimo en que se echa el agua cremosa del río Túnel. La pista es tan angosta que apenas si tiene sitio el caballo para pisar. El animal pega saltos bruscos para subir, se echa a trotar para bajar, se contonea como una serpiente. La ladera consta, a veces, de tierra blanda y seca en cuya superficie chorrean constantemente piedras y pedregullo hacia abajo. Por momentos lo único que sostiene la pata del caballo es una de esas piedras. Parece milagro que no se desbarranque y eche a rodar también. El pobre animal agacha la cabeza, vacila, bufa, resuella, se ladea hacia la montaña. El jinete se ladea más todavía. Un par de veces me salta el corazón, porque una de las patas traseras de mi caballo ha resbalado, despidiendo una pequeña avalancha de tierra y piedritas. Miro con angustia los movimientos de la montura que va delante. Es admirable verla tanteando con la pata antes de apoyarla, mirando, cabeza gacha, como oliendo el suelo, para elegir el sitio. Me estremezco al pensar que sucede otro tanto con mi caballo. Recuerdo las novelas de aventura en que los viajeros tienen que costear abismos y precipicios. Ganamos siempre más altura: 800 metros me dijeron después. Por fin nos internamos en una meseta y seguimos costa arriba y cerros abajo. Cruzamos enormes extensiones de bosques incendiados: parecen un cementerio de osamentas blancas en que se levantan los esqueletos trágicos de los troncos ennegrecidos y leprosos. Se diría que sus ramas retorcidas y puntiagudas maldicen en cataclismo que paralizó sus vidas. El efecto de esos brazos frágiles, secos, duros y grises sobre el lejano azul intenso del lago es feérico: una sinfonía delicada, fantástica de azul cerúleo y de tonos plateados. Se podrían sacar muchísimas vistas pero el tiempo apremia y hay que seguir adelante.

Ahora vemos al Fitz-Roy otra vez, pero desde el lado Oeste; sigue orgulloso, inaccesible, como enigmático y despreciativo. Adelantamos, siempre trepando y trotando abajo. El viento sopla cada vez más, arrebatando las ropas. Ahora la pendiente es tan abrupta que hay que desmontar y trepar un cerro más desde cuya cumbre se descubre, por fin, el ventisquero inmenso, inmóvil: banco enorme, surcado de extrañas huellas como de camino. Su acantilado blanquísimo surge encima del lago azul turquesa, moteado de níveos témpanos con facetas intensamente verdes y azules durísimos; más allá está el cerro Huemul, azul oscuro, profundo y transparente a la vez. Una vez más cohíbe la grandiosidad majestuosa de la cordillera con su algo de hostil, hosco, cortante, desdeñoso como si fuera alguna poderosa deidad ante la cual uno se siente ínfimo, impotente, casi como un intruso aplastado y humillado ante tanta gloriosa hermosura. El espectáculo de la cordillera fascina y espanta como el de la muerte: ambos atraen e inquietan; ambos parecen recelar, atrás de su inmóvil solemnidad el mismo enigma insondable, el mismo misterio sublime.

A la vuelta se apresuran los caballos. Tiemblo de antemano al pensar en las subidas que ahora habrá que bajar. La montura se sacude como si estuviera yo en uno de esos sillones mecánicos ambulantes del Parque Japonés. Mi acompañante se hace el valiente. Se da vuelta en la silla para mirarme con curiosidad irónica en los pasos difíciles; se sienta juntando los pies colgando encima del precipicio. Charla, hace preguntas. No quiero ser menos y contesto comparando mis sensaciones visuales con las que probé en un vuelo en avión: mismas montañas como alfombradas, perspectivas de terciopelo, tintes esfumados verdosos y azules, franjas grises y violetas que son arboledas, hilitos blancuzcos que son brazos del río Túnel, motitas rubias que son caballos. Coincida el relato de un “looping the loop” con ciertos pasos peligrosos a una altura de 500 metros. Me admiro irónicamente a mí misma, por la sabia aunque involuntaria asociación de dos emociones violentas (ideal para el sistema nervioso). Es el arte de sacar de una experiencia el máximum de sensaciones. Al mismo tiempo me maldigo en mi fuero interno por mi temeridad, pensando que si termino mis días desbarrancándome y rodando abajo del faldeo, no tendré más que mi merecido.

Zigzagueando, trepando y bajando, llegamos por fin a la llanura. Respiro. Todavía hay que vadear varios brazos correntosos del siempre espumoso río Túnel con estribos en el agua; pero tan contenta por haber llegado abajo sin mayores males que todo me parecen flores, y recibo con falsa modestia las felicitaciones de toda la familia congregada delante de la casa para presenciar el regreso de los expedicionarios.

 

CRUZANDO EL DESIERTO

LAGO ARGENTINO 

Tenemos ahora que ir del lago Viedma al lago Argentino. Salimos temprano, porque hay que llegar a la meta antes de la noche. Calor tórrido. Polvo. Vegetación de siempre: calafate oscuro, “coirón” juncoso, “mata barrosa” de tonalidades grisáceas y violetas; todo está seco, quemado, espinoso. Ningún árbol a la vista. El trazado es más rocoso, los cerros de ambos lados son más altos, más pelados y más ásperos. El valiente camión-automóvil que nos lleva pierde agua (llevamos en una lata de kerosén lo necesario para echarlo al tanque de vez en cuando), la dirección es floja, el freno no sirve, el motor tira mal, pero el coche igual anda a todo lo que da, entre la polvareda, por las consabidas subidas y bajadas, a lo largo de las intrincadas vueltas del trazado que, debido a la naturaleza accidentada del terreno, tiene que contornear los cerros, serpentear en las hondonadas, zigzaguear por las pendientes, volver  para atrás en distintas alturas para salvar las dificultades. En todo el día no encontramos ni un alma, no vimos ni una casa, ni un buzón típico. Sin embargo, no faltan los característicos alambrados y hay que bajar a menudo para subir y cerrar las tranqueras. Uno de mis acompañantes, el que maneja, nunca hizo ese trayecto, y el que lo asesora lo hizo una vez solamente. Pero no hay que afligirse por tan poca cosa en la Patagonia. De vez en cuando nos paramos para echar agua al tanque que hierve desesperadamente, sacudiendo la tapa hacia arriba. Charlamos, pero cuando subimos una barranca abrupta, y ahora todas lo son, guardamos un silencio religioso; escuchamos, angustiados, el ronquido del motor puesto en primera. ¡Alcanzamos la cima! Mis compañeros tienen una expresión dura, tensa, inquieta. Pero llegamos. Suspiros de alivio. Intercambio de miradas y de sonrisas alegres. ¡Al fin y al cabo, la vida es hermosa!, ¿no? Es que quedarse abandonados en ese desierto de polvo y de calor, a leguas y leguas de todo ser humano y de todo refugio no sería gracia. Tampoco lo es escuchar a los compañeros discutir; a veces, si estamos o no en el buen camino; si las huellas del trazado que elegimos son las más frescas, si la tranquera es la misma que la que uno de ellos franqueó el otro día, al venir por aquí…¡Vaya una aventura si se equivocan y vamos a parar a algún desierto, a horas y horas de todo lugar habitado! Tres seres humanos en la pampa árida, sin agua, sin otra orientación que la posición del sol. Pero hay un dios aparte para los valientes. Aciertan los compañeros. Son suertudos e inteligentes y si no lo fueren, el instinto se despierta en estas regiones. Vamos despacio y con dudas, pero bien.

Estamos por llegar al valle de la Guitarra, así nombrado seguramente, por la configuración complicada del trazado en este lugar. La barranca que lleva hacia él es altísima y abrupta. Se siguen pruebas y maniobras. Por fin al camión le da por arrancar otra vez. Estamos tan contentos por el éxito que casi cantaríamos, y la vista desde lo alto es tan hermosa y extraña que volvemos a bajar para admirarla. El panorama es único en su género. Es una sinfonía de valles brumosos y trasparentes, de planos sencillos, de grises delicadísimos. A lo lejos, en el fondo, la cordillera esfuma sus azules de ensueño, sus blancos lechosos y vaporosos. Es un lirismo de diafanidad,  de poesía materializada, de sugestiones misteriosas. La feérica visión parece el umbral de una región de leyenda, cuyos arcanos guardan el enigmático Fitz-Roy y la legión de agujas que lo acompañan.

Da pena pensar que tal vez nunca volveremos a admirar semejante espectáculo, pero la realidad de la necesidad apremia y seguimos adelante. Entramos ahora en el valle de la Guitarra. El ambiente es tan distinto que el contraste no puede ser más llamativo. Ahora nos rodean altas murallas perpendiculares formadas por rocas enormes que parecen haber sido amontonadas por la sabia mano de algún albañil gigantesco y luego desmoronadas a medias por un cataclismo. Enrededor nuestro, todo es negruzco, carbonizado, color lava, apenas algún asomo de pasto seco. El silencio es aplastante, el ambiente sombrío y trágico, enlutado como esos lugares históricos a los que se peregrina después de una antigua catástrofe. Quedamos cohibidos por la soledad aterradora y la tristeza dramática del sitio. Ningún indicio de vida, ningún soplo de aire, inmovilidad absoluta, sensación de achatamiento, de angustia, como si acechara algún peligro detrás de una roca y fuera a surgir, amenazador. Nos alejamos silenciosos.

Pronto estamos en otro valle, cuyas laderas son perfectamente peladas de todo vestigio de vegetación, por más ínfima que sea. Todo es color de tierra y de ceniza, como si algún chorro de líquido corrosivo hubiera asolado la hondonada. El suelo parece el cuero desollado de un monstruo, surcado de heridas, de erosiones, de gangrena babosa. En mi cerebro se dibujan las ya célebres palabras “Tierra maldita, tierra del diablo” y en mi corazón surge como una ola de gratitud y admiración para los valientes pobladores de la Patagonia que afrontan los rigores del clima, la aspereza avara del suelo, los peligros, las privaciones, la falta de comodidades y de compensaciones, con el fin de labrarse un porvenir para ellos y para sus hijos. Trajinan paciente y humildemente, edificando la Patria a la que, igual como hoy nosotros, los hijos de los que vinieron primero, sus descendientes saludarán también con el himno sagrado: “Al gran pueblo argentino, salud”.

El viaje sigue. Nos sirven en Campo Fernández, en nombre de la proverbial hospitalidad patagónica, un abundante almuerzo. Allá, otro viajero, feliz dueño de ocho cilindros, muy atento, ofrece llevarme en su auto y hacernos de guía. Aceptamos encantados. Queda naturalmente el camión muy pronto distanciado. Abrimos las tranqueras dejando que las cierren los de la chata. En cierto sitio, por distracción, vuelve el dueño del auto a cerrar la tranquera. Ahora bajamos rápidamente por un trazado arenoso hacia un ancho valle pantanoso. Atravesamos médanos juncosos. Pero de repente notamos que hace ya mucho tiempo que no vemos más al camión. Pido que se paren. Esperamos. Nada. Baja el chofer y sube a una lomita para ver si viene. Tampoco. Conjeturas. ¿Se habrán perdido los compañeros, novicios en estos parajes? ¿Habrán tomado otro trazado? Ya una vez el chofer tuvo que llamarlos con bocina porque iban en otra dirección. ¿Se habrá roto el camión que tan bien que digamos no andaba? Pasa otro rato largo.  Principio a pensar que la situación no es exactamente alegre. Aquí estoy en el desierto, sin equipaje, con dos personas, excelentes sin duda pero a quienes no conocía hace unas horas. ¿Y si sucedió algo a los compañeros? El dueño vacila en volver atrás porque calcula que tiene poca nafta. Otra complicación. Por fin resolvemos ir en busca del camión. Silencio preocupado. Pesimismo visible. Por fin divisamos la chata. Por haber encontrado cerrada la tranquera, pensaron que se habían equivocado y volvieron atrás hasta encontrar algún indicador rústico que les informara.

La característica del desierto es repetirse y seguimos subiendo barrancas y bajando hondonadas en la polvareda. De paso se ve el río Leone, luego el río Santa Cruz, el que se cruza en balsa en Charles Fuhr. Una hora más y se atraviesa el Calafate, y por fin, el sol ya en el horizonte, se divisa el lago Argentino: espejo violeta, estirado entre elevadísimos cerros al pie de la cordillera: escala extraña de todos los azules y violetas más inverosímiles: sinfonía magistral de tonos fríos y apagados, pero de carácter severo y áspero algo suavizado por una leve neblina.

Sin embargo estamos demasiado rendidos para admirar mucho las bellezas naturales. Por fin, al cabo de otra hora más, llegamos a la estancia “La Anita” en donde hicimos levantar a los habitantes que ya se habían entregado al reposo, para pedirles la acostumbrada hospitalidad y contarles nuestra odisea.

 

LAS ESPINAS 

La naturaleza en los Alpes y en Tirol es innegablemente hermosísima, pero comparada con la de la cordillera patagónica, resulta bonita y atrayente, como ciertos carteles de propaganda para turismo. En Suiza, el césped es tupido, verdísimo, los abetos son fornidos, pletóricos de vida, se ve poca maleza: hay flores para alegrar el conjunto y deparar una acogida amable al visitante. En cambio, el carácter curiosamente espinoso de la vegetación patagónica merece una mención especial. Al fin y al cabo, autores famosos, entre otros Giovanni Papini en su obra “Gog” dedicaron capítulos enteros a temas todavía más inesperados.

Es como si la naturaleza quisiera idear una protección en su lucha contra los elementos adversos: el viento, el frío, la presencia humana y animal: como si quisiera defenderse y vivir a pesar de todo y de todos. Parece que la región cordillerana se hiciera más y más áspera, arisca, hosca, agresiva para desalentar a los atrevidos que vienen a averiguar los secretos. Allá todo es espinoso, punzante, ofensivo. El “coirón” pasto de la pampa, es duro, alto, puntiagudo, crece en hacecillas redondas netamente separadas las unas de las otras. Las negruzcas matas de calafate alcanzan hasta un metro y más, tupidas, erizadas de larguísimas espinas, con pocas hojas y poca fruta; están  entremezcladas de filamentos de vellón, de tierra, de fragmentos de pasto, etc., parecen fortalezas. La “mata negra” más bajita, consta de tallos completamente cubiertos por escamas imbricadas, como para protegerse del frío y del diente de las ovejas, además es tan amarga que los animales no la comen, ni siquiera en tiempo de penuria. La “mata verde” a pesar de ser del color indicado no vale más. Luego hay lo que llaman abrojos y que no lo son: maleza provista de pinchos amarillos y finísimos que se adhieren a las medias, a las piernas, a las manos y quedan clavados en la piel. Hay que desalojarlos de la ropa por medio de sistemas distintos: hoja de cuchillo, puñado de vellón, es a gusto de uno. El roble, de su verdadero nombre “haya antarctica”, no es exactamente espinoso, pero se las arregla para producir ramas y ramitas duras, retorcidas, punzantes muy a propósito como para arañar al transeúnte o al jinete y arrancarle un ojo. Al cabo de estar unos días recorriendo la cordillera, uno tiene las manos llenas de cicatrices de pinchazos y de arañazos de espinas; la ropa erizada de hilos salidos y puntos corridos. Me hablaron de una planta trepadora llamada “incienso” cuyas espinas son venenosas y producen infecciones. En las casas, es espectáculo común ver a los pobladores armados con una aguja, desalojando a alguna espina que se introdujo en un dedo o en un pie. Claro es que a veces se producen abscesos. Hay tanta clase de plantas espinosas que no se conocen todas. Cuando uno va caminando o cabalgando, apenas se ha desprendido de alguna rama espinosa, cuando ya está agarrado en otra más allá. Parecen dotadas de un alma perversa e inteligente; es como si las matas y las malezas estuvieran cumpliendo con órdenes secretas de alguna deidad de la majestuosa y enigmática cordillera, tratando de rechazar al presuntuoso que se permitió invadir sus fueros.

 

LOS POBLADORES

Uno vuelve de la Patagonia con admiración para su abigarrada población, oriunda de todas las regiones de Europa. Está formada por valientes, los que, tales los griegos de la antigüedad cuando fundaron la Magna Grecia, dejaron, ellos también, los hogares seguros para crear otros nuevos allende los mares. Es curioso constatar cómo los rasgos característicos de su idiosincrasia parecen nivelarse, unificarse paulatinamente, posiblemente por la influencia del mismo clima, las condiciones comunes de la vida, las mismas privaciones y los mismos afanes. Todos son trabajadores y pacientes, sencillos, desprendidos y modestos: muchos son del tipo del “héroe desconocido” ignorado de los demás y hasta de sí mismo.

Son parcos en el hablar, lentos de ademanes. Hablan en voz media, casi entre los dientes. Se interrogan con la mirada, se contestan con algún monosílabo, con un gesto de la cara, con un movimiento de cabeza. Hay entre ellos comidas tan silenciosas y recogidas como misas. De vez en cuando alguien hace un comentario lacónico referente al tiempo, a la temperatura, al viento probable, al polvo; a veces mencionan la carreta que encontraron en el camino o al Chileno que iba “por afuera” o por “adentro” (entiéndase de la cordillera). Entonces cambian una mirada más clara, un asomo fugaz de sonrisa, las voces se alzan un poco, pero pronto vuelven todos a la expresión apagada y a la meditación. No necesitan cambiar conceptos respecto a los acontecimientos del lugar; se enteran enseguida, ya sea por la misma presencia de tal o cual persona, por su expresión, por su actitud, de lo que tienen interés en saber. Son observadores, se vuelven instintivos, parece que se comunican trascendentalmente. Su vida se desliza así, sin sobresaltos, sin apresuramiento, sin agitación, salvo en el tiempo de las faenas estivales. ¿Para qué discutir ante el destino fuerte e inexorable como el mismo viento o el frío? Si mueren las ovejas, si hay sequía, si la lana se vende bien o mal, si hay líos a raíz de los campos fiscales, de nada sirve comentar los hechos; por otra parte ya saben lo que piensa o siente el vecino. Y siguen viviendo ante las lejanías brumosas, sumidos en el silencio soporífico de los días calmos o recogidos ante el fragor del viento malvado.

En casi todas las partes tienen radio, pero las noticias que llegan del mundo lejano son escuetas, tardías, entrecortadas por espantosas descargas eléctricas, por silencios profundos, por estridencias repentinas, murmullos gigantescos, gruñidos, chillidos. Terminan siempre por abandonar el dial e ir a acostarse temprano a la luz del larguísimo día patagónico.

A veces, cuando hay alguna visita por ejemplo, se nota que sube el diapasón de la conversación perezosa, se agitan los concurrentes, hasta se contradicen. Al aproximarse, con la creencia de que por fin sucedió algo inesperado, resulta que están hablando del tiempo: uno dijo que, temprano por la mañana, estuvo a punto de llover, siendo exactamente lo que Fulano auguró ayer y Mengano confirma que es muy posible que caiga lluvia hoy todavía. Otro dice que la semana anterior fue igual, con tiempo muy variable y el verano pasado fue peor, o tal vez era el año anterior. ¡No! Era el otro año, porque ahora se acuerda que en esa misma época tuvo que ir a tal puesto con Mengano. Como no, también Mengano se acuerda y bien frío que hacía “más mejor” fue el verano del 35 o del 34, en fin, uno de los dos. Todos escuchan con atención, meneando aprobativamente la cabeza. Luego se hace paulatinamente el silencio otra vez.

Claro que hay otros incidentes. Una vez durante el almuerzo, saltó un buey el alambrado de un cultivo y se puso a comer la avena verde en pie. Pero lo vieron y salieron algunos comensales corriendo, a echarlo con palos y malas palabras. Otra vez, también al mediodía, le dio a un perro ovejero por “rodear” por su cuenta a un rebaño de ovejas que esperaba en el corral el momento de ser esquilado. Hubo que ir a echar al demasiado afanoso animal y volvieron todos a la mesa hablando peste del intempestivo can. Todo esto es muy natural, pues se trata de los elementos de que está hecha la vida de campo, pero para nosotros, los urbanos, acostumbrados a zarandear ideas de otra índole, el contraste resulta inesperado.

Una vez hubo espectáculo gratuito, bien aprovechado por los pobladores que acudieron a ver, encaramados en el alto cerco de madera del corral. Se trataba de una pelea de toros (por culpa de una vaca coqueta, por supuesto). Durante más de una hora se empujaron, testuz contra testuz, en silencio, avanzando y retrocediendo, tratando de vez en cuando, de cornearse mutuamente el abdomen. No tenían mayor expresión de furia, salvo los ojos enrojecidos y la boca babeando. Cuentan que ciertas peleas duran varias horas, terminando a menudo por la muerte de uno de ellos. Pero peor son las peleas de vacas. Parece que en cada rebaño hay una vaca dominadora, algo como el jefe de la tribu; y el puesto se disputa entre las dos vacas más voluntariosas y caprichosas. La pelea suele ser reñidísima y terminar mal. Por lo visto el elemento femenino se extrema siempre.

Un cierto día un viajero, algún esquilador o peón por lo visto, entra en la casa sin llamar. Dice buenos días, da la mano a todos los presentes y, sin hablar se sienta en un cajón y no se mueve más. Al rato llega otro, también saluda y da la mano, luego va a sentarse al lado del otro. Parecen una pareja de pájaros en la misma rama, mirándonos con toda la calma y discreción. También los miramos nosotros, en silencio. Dicen que es costumbre local. El dueño de la casa debe preguntar a los viajeros primero lo que desean y luego convidarles con algo, pero no debe averiguar ni a dónde van ni a qué van.

Los pobladores no son amigos de las definiciones claras. Nunca contestan que sí o que no. Prefieren dejar un margen para la duda: es fácil… es difícil…, etc. Ejemplo: ¿Qué es este dulce tan rico? Una cosa que hacemos en casa ¿Pero de qué es? De una planta de quinta. ¿Pero de qué planta? Ha de ser ruibarbo. Claro que allá el tiempo no apremia.

Son hospitalarios. Jamás se niega casa y comida al viajero desconocido, al menos por veinticuatro horas, y sé de algunos buenos corazones que albergan desocupados durante todo el invierno.

Son confiados porque son honestos. Nunca cierran con llave la casa ni los muebles y nunca se les roba. Cuando las encomiendas que trae el auto-correo no caben en el buzón, se dejan tiradas en el suelo con la mayor tranquilidad y nadie las toca. Igual pasa con los fardos de lana, rollos de alambre, etc., que quedan semanas y semanas al aire libre en pleno desierto, esperando que el dueño venga a llevárselos.

Son patriotas, hablan mal el castellano, pero lo enseñan a sus hijos. Quieren ser argentinos y aman más al suelo patagónico que al que los vio nacer y al cual no piensan regresar.

Los pobladores de la Patagonia, chacareros, estancieros, chicos y grandes, sus colaboradores: empleados, capataces, peones, viven estoica y sencillamente, olvidados del mundo, confiados en el porvenir, a menudo con sueldos o ganancias modestos. No se quejan mayormente, esperando pacientemente las mejoras sociales que se les prometieron y contribuyen a ellas en la medida de sus medios.

Es una raza fuerte y sufrida que se va formando en el crisol de las duras pruebas de la lucha por la vida; es merecedora de toda ayuda y de toda admiración.

 

FAENAS RURALES

Se sabe que la fuente de riqueza de la Patagonia es la cría de ovinos; pero, por haber visto demasiado cuadros y cromos europeos, representando rebaños de ovejas, vigiladas por pastores de capa y cayado, sobre un fondo bucólico de árboles y flores, es difícil que uno se pueda dar una idea de lo que es en el Sur de la Patagonia.

Primeramente no hay rebaños, salvo en los tiempos estivales en que se “rodean” y se arrean los animales al galpón, para ser esquilados y bañados. Las ovejas están esparcidas, sin vigilancia, en pequeñísimos grupos de dos o tres, a veces más, muy separados los unos de los otros. Se ven, a lo lejos, desparramadas en la inmensidad solitaria de la pampa, como puntos de un blanco sucio, pastando el magro “coirón”: pasto durísimo, seco, amarillo, juncoso, calculándose que una legua cuadrada puede alimentar a mil animales. Son sumamente sobrias y sufridas. Se quedan sin comer dos y más días en las estancias en tiempo de esquila, y a veces más de una semana, de invierno, cuando la nieve cubre la tierra.

Cuando llega el tiempo de las faenas estivales, es decir, de la esquila y del baño, es curioso ver aparecer, a lo lejos, en alguna lomita, un punto negro, luego dos o tres que se transforman, poco a poco, en ovejeros a caballo, perfilados en el horizonte contra el cielo; luego se divisa una mancha grisácea y blancuzca que se agranda y hormiguea, se desliza, chorrea por la loma y se convierte en un “arreo” de ovejas, borregos y corderos: se aproximan, saltando, empujándose, balando en todos los registros: graves, agudos, medianos. Las persiguen, juntando las rezagadas, hermosos perros ovejeros, de ojos expresivos, de pelambre larga y ondulada y de carácter sumamente manso. El rebaño adelanta por algún camino y se arrea a un corral grandísimo de postes de madera, él comunica por una tranquera con un corredor construido de mayor a menor. Empujan, poco a poco, una remesa de animales a este corredor: se valen de varios medios para asustarlos. Unos los persiguen con una soga tendida, otros baten las manos, otros hacen un grito especial “jui-ji-ji”. Otros prefieren sacudir una vieja lata de kerosén con algunas piedras adentro. El  resultado final es que las ovejas se apretujan en el corredor en que, al llegar a la parte más angosta, hay dos aperturas con una sola barrera de por medio, abriéndose una de ellas sobre un corral y la otra sobre otro distinto. Un capataz competente maneja la barrera, dirigiendo los corderos hacia un corral y las ovejas y los carneros hacia el otro. Estos últimos serán esquilados y bañados; los corderos serán bañados solamente. Luego llegan los animales al galpón, cruzando corrales sucesivos y contiguos. En la media oscuridad se ve un corredor a lo largo del cual están los corrales pequeños, en donde esperan las ovejas. En este corredor funcionan las máquinas de esquilar que se parecen, en más grande, a las que utilizan nuestros peluqueros para cortar la pelusa de la nuca de sus clientes. Esas máquinas son accionadas por un motor eléctrico o a nafta.

Un peón abre la puerta de un corral, arranca una oveja afuera por una pata y le manea los cuatro miembros con una piola de cuero. Luego se apoderan de ella un esquiador, principiando su tarea en el mismo suelo. Comienza por la pata derecha delantera, siguiendo con el cuello, la cabeza, a parte delantera izquierda, el lomo y la trasera; por fin desata el animal para esquilar el abdomen. Luego abriendo una puertecita que se encuentra atrás de él, con un empujón o una patada echa el animal a un pequeño corral exterior. La oveja ni patea, queda como atontada; el carnero forcejea a veces. Ambos son inexpresivos; lo único que demuestra su agitación es su respiración fuerte y rápida. Después de esquilados, los pobres animales quedan flaquitos, esqueléticos, con una delgada capa de lana blanca, dejando ver la piel rosada en las estrías marcadas por la máquina, como también una que otra herida. Ni balan siquiera. Una vez en el corral exterior se husmean mutuamente, se apretujan uno contra otro o se echan al suelo.

Luego, el mismo día u otro, se les manda al baño. Este consta de una trinchera profunda, más angosta en el fondo, revestida interiormente de madera o de cemento; su largo varía de diez a treinta metros, según las estancias: está lleno de un líquido desinfectante, color ocre. Después de marcar los corderos agujereándoles las orejas con un cuchillo, se abre de repente una barrera sita a una extremidad de esa trinchera y se empuja en cualquier forma a los pobres animales. Desde lo alto, caen al baño, cabeza primera, se zambullen, vuelven a la superficie y se ponen a nadar, a veces en dirección a la otra extremidad; otras veces atontados, tratan de volver hacia donde cayeron. Pero un peón, provisto de un “croche”, palo larguísimo terminado por un gancho ancho y doble, los empuja bajo el agua y hasta la salida. Los corderos cierran los ojos y la boca. Tratan de balar: M-e-e-e. Las ovejas se defienden mejor, tal vez por más experiencia, porque este baño se repite dos o tres veces al año: se yerguen en las patas traseras y saltan a lo largo de la trinchera. Da compasión ver a las caritas sucias y amarillas, dirigirse nadando penosamente hacia la otra extremidad, por la cual salen finamente, chorreando, temblando, balando ahora a boca abierta “B-e-e-e”. Se lamen los labios, se apretujan las unas contra las otras. Quedan algún tiempo en el corral con el piso del cemento, de donde el exceso de líquido chorreando de los vellones vuelve al baño por un caño subterráneo. Luego las arrean otra vez al campo.

Huelga decir que algunos animales no resisten al tratamiento. Los corderos débiles o enfermos que tragaron agua o se resfriaron se ponen a temblar, agachan la cabecita se acuestan sacudidos por espasmos, se acurrucan, se encojen para morir, montoncito miserable, amarillento, confundido con el terreno amarillento también. Un perro los despedazará y se tirarán a algún pozo de basura.

 

ESTANCIAS Y CHACRAS

Todas las estancias y las chacras de Patagonia se parecen. Todas constan primero del galpón con su correspondiente baño para ovejas: es el corazón y alma del establecimiento, ya que en él se esquila, se baña, se marca, se enfarda con actividad febril, durante dos o tres meses cada verano.

Luego y siempre muy separadas las unas de las otras por centenares de metros, hay una casa-habitación, otra cocina y dormitorio de los peones, otra para los capataces, una herrería, una caballeriza, un garage, según la importancia del establecimiento. Salvo pocas excepciones, en todas partes, aun en los pueblos de la costa, el techo es de chapa canaleta, las paredes exteriores son de madera revestida por lo general de hojas de zinc. Las paredes interiores constan de tabiques de madera terciada. Uno se queda maravillado de que el viento no se las lleve o de que no se produzcan incendios, ya que el alumbrado consiste casi siempre de lámparas a kerosén y de velas comunes.

Huelga decir que las cosas son sonoras… se oyen los pasos, los portazos, los golpes de los muebles desplazados. Si uno estornuda, tose o bosteza, todos se enteran. Me pasó hacer preguntas a mi compañera de pieza y recibir la contestación de los muchachos que dormían del otro lado del tabique. A veces es sorprendente oír que alguien hace una pregunta en voz normal a otra persona que está encerrada en la pieza vecina, o sino, escuchar la voz de alguien, miembro invisible de la familia, que de repente toma parte en la conversación.

Las casas, aun en las estancias acomodadas, nunca son exteriormente de aspecto elegante, pero en muchas se puede encontrar las mismas comodidades y lujos como en las ciudades del norte. Están agrupadas escuetamente en el campo raso, sin arboleda, sin quinta, apenas sin huerta, por la falta de agua que constituye el más grave inconveniente de que adolece la Patagonia.

Sin embargo, se están haciendo experimentos de sumo interés. En pocos años por ejemplo, la estancia “La Julia” y en grado menor “La Anita” fueron convertidas en oasis verdísimos, en medio del desierto patagónico, por la iniciativa creadora y la profundidad de mira del señor Menotti Vianchi, innovador activo y entusiasta, uno de los “pioneers” más avanzados de la Patagonia, a cuya firma y la del señor Borgialli debo el haber podido efectuar esta gira.

Parco de palabras, pero rebosante de energía previsora e inteligente, puesta al servicio de una competencia y de una penetración sorprendentes, el señor Bianchi supo captar agua del río Chico, por medio de una canalización minuciosamente estudiada, previo delicados trabajos de nivelación por tratarse de una topografía llana, con poca diferencia de altitud. Ahora un sin número de arroyitos con compuertas riegan abundantemente “La Julia” en donde uno podría creerse en alguna quinta de los alrededores de Buenos Aires. Las casas están rodeadas de verdísimos y soberbios álamos del Tigre, de tupidos cercos de mimbre. Las quintas producen numerosas hortalizas, verduras, frutillas, cerezas. Hay hasta el inesperado flujo de flores. En los cultivos la alfalfa crece hasta casi un metro de altura y es impresionante ver perfilarse en el cielo de una loma, la mole de parvas enormes de alfalfa aromática, crecido en lo que era, hace poco, un arenal sembrado de pedregullo. Representa el resultado de un esfuerzo perseverante de varios años de planos laboriosamente preparados y ejecutados. La estancia debe también a la iniciativa emprendedora del señor Menotti Bianchi otras innovaciones, tales como la fabricación y el empleo de postes de cemento en vez de las costosas y frágiles estacas de madera, como también tubos y caños de cemento para riego, alcantarillas, etc. Esto da una obra, cuyo desarrollo siguen con interés creciente los entendidos, por ser una adaptación al medio ambiente hostil, la realización de un deseo vehemente de comprobar que la vida puede ser despertada y ayudada; que el pensamiento junto con la energía puede fertilizar el desierto patagónico y hacer de esa región una fuente más de riqueza para la Nación Argentina.

 

GOBERNAR ES POBLAR- RÍO GALLEGOS

Al recorrer el territorio de Santa Cruz, oí nombrar con aprecio y gratitud al Gobernador, teniente de navío Gregores, y deseo escuchar de su boca las explicaciones y la confirmación de la obra que está desarrollando.

Caballero cultísimo y distinguido en toda la extensión de la palabra, habla con entusiasmo de la tarea vastísima y multiforme que emprendió, pero demasiado modesto, trata de restar mérito a sus iniciativas, considerándolas como naturalísimas y haciendo recaer el honor de las mismas en sus colaboradores, es decir en los mismos pobladores, los amigos y las damas de beneficencia que responden con tanta eficacia a su llamado.

El hecho es que, con poquísimos recursos, el gobernador Gregores se ingenia contra vientos y mareas en mejorar las condiciones materiales de la vida en el territorio. Repite las palabras de Juan Bautista Alberdi: “Gobernar es poblar”. Efectivamente, poblar consiste en facilitar la existencia al poblador de pocos recursos, es alentarlo, es mostrarle que se está enterado de sus privaciones y de sus necesidades: escuelas, asistencia médica, hospitales, organización policial, vialidad, comunicaciones rápidas por avión o por radiotelefonía; en síntesis todo lo que se pueda, desde ya, ligar más el habitante al suelo, está fecundado y atraer a esos parajes más elementos de progreso.

Quiere también el Gobernador que sus colaboradores administrativos y otros se compenetren de su valor propio como también de su responsabilidad, con el fin de ponerse en condiciones de merecer el respeto y el prestigio que le corresponde; por eso fundó la Municipalidad Policial y el Club Policial. Cuentan con emoción contenida los términos conmovedores en que la madre de un vigilante fallecido le agradeció, no el importe que le tocaba, sino el cariño filial que, para ella, representaba la cuota pagada regularmente desde años a su favor por el hijo pródigo. Refiere con fervor de prestigio la lucha sostenida contra los elementos, con el fin de proporcionar asistencia médica, en pleno invierno del año 1934, a una señora del interior, cuyo estado gravísimo, necesitaba una intervención quirúrgica urgente; es decir, cómo, por medio de transmisiones radiotelefónicas bajo la dirección del mismo gobernador, pudo el abnegado Dr. Delaretta, de San Julián, llegar hasta la enferma, por trazados escondidos bajo la nueve: rompiéndose sucesivamente siete y ocho automóviles. Pero se salvó una vida preciosa.

A pesar del poco personal de que dispone la Gobernación las actividades múltiples desplegadas en ella son asombrosas, por llegar los despachos más o menos 6.000 por mes.

Por indicación del teniente de Navío Gregores, visité la chacra de la gobernación, distante una legua de Río Gallegos. Es un edificio coqueto, de material, y estilo colonial en que, bajo la dirección del competente y dedicado Jefe de Comunicaciones Sr. Fabri (al mismo tiempo artista emérito del violín y que sigue cultivando su arte con amor en la lejana PATAGONIA) se comunica dos veces por día, a las cuatro am. Y a las siete pm. Con las tres “cabeceras”. Cada cabecera comunica a su vez con las estaciones que dependen de ella, en forma que todo el territorio tiene un servicio público y particular que lo une con rapidez al resto del mundo. La estación transmite también indicaciones meteorológicas a los aviadores a punto de emprender viaje por la región. El término medio de comunicaciones que se mandan por día es de 200.

Hay que haber recorrido la cordillera y los lagos para aquilatar lo que representan todas esas ventajas para los pobladores, aislados por leguas y leguas de distancia, en un desierto intransitable. La obra del gobernador Gregores recuerda en un plano laico, las luchas de esos misioneros que emprenden la tarea sin seguridad de ayuda y de protección, movidos únicamente por la fe interior, por la necesidad de lograr sus propósitos, cueste lo que cueste, aunque fuese solamente en proporción ínfima comparada con la magnitud de los proyectos, con tal de que resulten beneficiados los que precisan ser alentados.