“Los meses transcurrieron. Llegó el invierno y, como era de esperar, la vida en el Villarino tornóse cada vez más dura. Breves los días, muy frecuentes los temporales, y el cada vez más precario estado del buque, todo contribuyó a que la lucha fuera difícil y desigual. Du­rante el transcurso de las navegaciones, aun con el puente cerrado, el frío era intensísimo; los vientos aus­trales cortaban la piel curtida por la intemperie. Una botella de whisky, cerca de la mano, resultaba por lo mismo elemento indispensable. En los largos meses del invierno la consabida botella tenía su alojamiento en un costado del puente y pasaba de boca en boca. Los tra­gos bebidos por quienes estaban de guardia, tanto ofi­ciales como marineros, se transformaban en calorías exi­gidas por el físico.

Después de una travesía muy penosa llegaron a Río Gallegos durante el mes de agosto. Sólo el cabal cono­cimiento de la región y especialmente el saber arrancarle al Villarino el máximo rendimiento, evitaron grandes males hasta entonces. De sus velas, reparadas innumerables veces, sólo quedaban girones, lo cual obli­gó al descarte definitivo. Mucho preocupó a la oficialidad este grave contratiempo, ya que siempre pudieron evi­tar situaciones riesgosas sin que ellas implicaran la pér­dida del buque.

La luna llena fue compartida con un violentísimo tem­poral poco antes de arribar a Río Gallegos; y según sus cálculos, todo el proceso lunar continuaría con tiempo malo; los gallegos lo afirmaban categóricamente como algo inevitable. El día que zarparon, iniciando el regre­so, lo hicieron con una inmensa calma que habrían deseado para toda la travesía.

—No se haga ilusiones, comandante —dijo el cabo ga­llego que estaba al timón—, mal tiempo tendremos. La luna empezó mal y hasta que termine nada podemos hacer.

Tenían que hacer la recorrida por el norte de Tierra del Fuego, con escalas en los faros Vírgenes, Río Gran­de y Año Nuevo; luego, cruzar el estrecho de Le Maire, enfilar hacia el canal de Beagle y llegar a Ushuaia. A poco de salir el tiempo empezó a desmejorar; fue arre­ciando cada vez más y ya no los abandonó en todo su trayecto. Cuando llegaron a la boca del estrecho de Ma­gallanes, entre incontables penurias, el Villarino sin la defensa de sus velas que siempre atenuaron las sacudi­das, había sufrido varias averías. A causa de capear, necesariamente, por varios días para evitar males mayo­res, el combustible de la carbonera había ido disminu­yendo considerablemente.

En esta oportunidad tampoco les fue posible, como la vez primera que embarcó Palencia, desembarcar los ví­veres en el faro Vírgenes por la playa del Atlántico; y se vieron obligados, como en la pasada circunstancia, a re­fugiarse en la bahía Posesión. Días después, sin que el tiempo hubiera calmado, debieron realizar el desembar­co por el arroyo Tiburón. Esta maniobra fue resuelta por Palencia solo,  gracias a la práctica adquirida en los viajes precedentes. De ahí regresaron a Posesión, con el objeto de esperar que el temporal amainara y pudieran zarpar con rumbo a Río Grande y Año Nuevo.

Hallábanse en el puente —lugar de reunión cuando imperaba el mal tiempo—, llegó don Tulio y les dio la noticia de que el combustible había mermado en forma alarmante; que seguramente no alcanzaría para toda la travesía, si ésta se efectuaba por el norte de Tierra del Fuego.

El comandante y el segundo no ocultaban su preocu­pación por el estado del buque, pero el único lugar don­de podían someterlo a una reparación era Ushuaia. Pues­ta en consideración la continuidad del mal tiempo y el reciente informe de don Tulio, lo más razonable era demorar el aprovisionamiento de Río Grande y Año Nuevo y realizar el viaje por los canales, donde, en caso de extrema necesidad, podían cortar leña y cargarla.

Desde bahía Posesión las angosturas del estrecho de Magallanes estaban próximas, y el temporal continuaba. Además, en aquel viaje habían tenido una carga extra­ordinaria de correspondencia, al punto de que gran parte de los canastos con su carga estaban trincados en cubierta. Hasta ese momento la correspondencia se ha­bía salvado de las olas, pero para evitar este inconve­niente era aconsejable y prudente hacer el viaje por los canales.

La decisión sólo dependía del comandante, y éste dis­puso lo más razonable en las circunstancias especiales por las que se atravesaba. Sólo esperaron la luz del día para zarpar, porque el mal tiempo ya no les preocupaba, pues dentro de los canales irían a reparo. Pocas horas después de tomada la determinación, se recibió un ra­diotelegrama de Año Nuevo, que decía:

... sólo tenemos víveres para veinticuatro horas; hay enfermo grave. Traten de venir urgente. Jefe del Observatorio.

(…)

Antes de relatar las consecuencias de este radiotele­grama, conviene recordar la ubicación de la isla de Año Nuevo. Se halla situada al norte de la isla de los Estados, y ésta al este de Tierra del Fuego, separada de esta isla grande por el estrecho de Le Maire. Está for­mada por un conglomerado de picos de vértices agudos, y produce la impresión, a quien la ve por primera vez, de que hubiera brotado del mar en momentos de un ca­taclismo o de una erupción volcánica. Áridas, deshabi­tadas e inaccesibles sus costas, los puertos son apenas hendiduras donde pueden entrar y fondear pequeños buques. El de más fácil acceso es puerto Cook, al norte y al centro de la isla; es una larga entrada que corre entre dos montañas y termina en una playita de pedre­gullo, con muchos chorrillos que bajan por las laderas cubiertas de heléchos. Estos chorrillos provienen de la­gos situados en las alturas y contenidos como grandes albercas entre cinturas de picos.

Pero este puertito carece de reparo de los vientos del polo. El abra de las montañas prosigue formando un callejón hasta el puerto de Vancouver situado en el sur. Al soplar los vientos sureños se encajonan en las abras y adquieren inusitada y extraordinaria fuerza. Sin em­bargo, Cook es recomendado por su buen fondo para las anclas que prenden y se afirman bien.

En tierra se observan restos de un muellecito de ma­dera y un pequeño galpón, recuerdo de un hombre de gran audacia y valentía que vivió solo durante muchos años. Cazaba lobos de mar y canjeaba sus cueros por ví­veres y elementos de su utilidad. A pesar de los reno­vados requerimientos que se le formularon, se negaba a abandonar su voluntario destierro. Los buques de es­tación de la marina de guerra en sus periódicas visitas al puerto de referencia, cuando encontraban a su único habitante le ayudaban con víveres y con los implementos que pudiera necesitar en esa vida nómada y silvestre. A veces, el solitario abandonaba su voluntario retiro y hacía algunos viajes a Ushuaia.

El hombre, ese ser extraño que vivía en la más abso­luta de las soledades en la isla de los Estados, casti­gada por los vientos y los golpes de un mar nunca en calma y entre nieblas casi permanentes, había alcanza­do en su aislamiento una particular mentalidad. Vivía aferrado a su idea sobre los derechos adquiridos en su retiro y, por lo mismo, había solicitado se le concediera el título de gobernador de aquella ínsula; de aquel mon­tón de peñascos habitado sólo por lobos marinos y pingüinos.

La isla de Año Nuevo situada, según se ha dicho, pocas millas al norte de la isla de los Estados, es pe­queña, lisa, desprovista de otra vegetación que no sea la turba, se asemeja a un medio casco de una esfera que emerge del mar, en medio de una gran desolación. En ella fue instalado un faro a causa de su posición estratégica. Los buques, especialmente los veleros, la utili­zaban para sus recaladas y para orientarse y proseguir la navegación. Completaban sus instalaciones una esta­ción de radio y un observatorio bajo el manejo y control de oficiales de la marina de guerra.

A excepción de la arribada forzosa de algún velero, el único vínculo que ligaba a aquella isla con el mundo civilizado era el buque de estación. Carente de elementos naturales que proporcionaran algún género de vida, sus habitantes sólo contaban para su alimentación con los víveres que el Villarino dejaba en sus periódicos viajes. Y fue precisamente de aquella dotación de ofi­ciales, de quienes se recibió el angustioso radiotelegra­ma. A bordo del Villarino, entonces, no se dudó sobre la actitud a asumir. Zarparon de bahía Posesión, tras­pusieron la boca del estrecho y salieron al Atlántico.

El temporal continuaba, aunque ya en declinación. Esa noche llegaron a Río Grande, puerto del que hemos hablado y peligroso para hacerlo con lancha en mal tiempo y con rompientes, única forma posible dado que el Villarino carecía de quilla chata para varar. El alfé­rez Falencia, ya baqueano, intentó varias veces, durante la noche, cruzar la barrera de rompientes; de aquellos regazos  del mar de fondo. Con la nueva creciente de la mañana recién pudo hacerlo y llegar al interior del puerto, donde hizo desembarcar víveres, combustible y correspondencia. Tanto en la navegación de ida como en la de vuelta, los bajos fondos los pasó deslizándose so­bre las crestas de las olas que rompían al bajar.

Terminada la maniobra de Río Grande, inmediata­mente zarparon hacia Año Nuevo. El tiempo volvió a descomponerse; se hallaban, decididamente, en la mala racha de la luna. El carbón escaseaba de manera alar­mante, y sólo con muy buena fortuna apenas les bas­taría para terminar el regreso.

Cuando llegaron a Año Nuevo el temporal estaba de­clarado y aumentaba en violencia, en compañía de fuer­tes chubascos de nieve. No obstante, era imprescindible desembarcar víveres, medicamentos y al cabo enfermero.

Penetraron en puerto Olla, fondearon y maniobraron con las máquinas para evitar el garreo y, a la vez, for­mar un reparo para desembarcar el bote que debía ir a tierra. El riesgo de estrellarse a cada minuto con la isla era inminente; finalmente, se consiguió enviar al cabo enfermero con parte de los víveres. Como no les resultaba posible resistir más el temporal, cuando re­gresó el bote de su primer viaje a tierra, lo izaron en medio de una espesa cortina de nieve. En plena lucha con el huracán, cuya furia se había desencadenado, pu­sieron proa a la isla de los Estados y luego lograron entrar en puerto Cook. En el interior de éste, fondearon con las dos anclas, no obstante lo cual las rachas pro­venientes del puerto Vancouver —al sur de Cook— ad­quirían, en el cañón, una violencia tan poco frecuente que ponían tensas como cuerdas las cadenas de las an­clas y mantenían al buque en continua vibración.

Nevaba con intensidad y sin pausa, mientras corría el mes de agosto, y el Villarino aparecía cubierto por un espeso manto blanco. Dado que el carbón tocaba a su fin, fueron suprimidos casi todos los servicios con el ob­jeto de disminuir el consumo. Debían zarpar inminentemente para llegar otra vez a Año Nuevo y completar la misión de auxilio. Pero. . . ¿cómo? Durante cuatro días se mantenía el temporal sin ninguna clase de inter­mitencias, lo cual descartaba toda posibilidad de salida. Sin embargo, los inconvenientes del mal tiempo fueron aprovechados, pues con los restos de astillas del mue­lle y con leña de los bosques se completó la capacidad de la carbonera.

Cuando avistaron un recalmón, se alistaron para la zarpada y zarparon. Luego fondearon en Olla cuando anochecía e iniciaron los viajes a tierra para terminar con la descarga. Se vino la noche; entonces, suspendie­ron la faena con el propósito de terminarla al día si­guiente. ¡Toda la noche quedaron fondeados en aquel puertito! Tremenda temeridad que pocos se habrían animado a arrostrar. Muy mal tenedero era este puer­tito; con un fondo de piedra, sin reparo alguno, a escasos metros de la costa y de las piedras, cualquier imprevista racha de viento hubiera causado, casi segu­ramente, la pérdida del buque. Como agregado a dichos riesgos, predominaba la angustia que producía la extre­ma escasez de combustible. La leña se quema rápida­mente, sí, pero a ellos les parecía de oro.

Navegar hasta puerto Cook y volver a zarpar para Año Nuevo era un lujo inalcanzable. Aparte de que ya no quedaban restos del muellecito... Sin embargo, tuvie­ron suerte, la sombra de Dios cayó sobre ellos; una cal­ma chicha los acompañó durante toda la noche. Sobre el puente, una guardia permanente vigiló el barco que giraba con suavidad sobre el ancla sin tironearla. Más allá, en medio de la tierra árida y desolada, unas im­provisadas luces indicaban su posición con respecto de aquélla.

Concluido el carbón, se recurrió a la leña recogida y cargada en Cook; pero ésta se consumía con aterradora rapidez. No bien aclaró terminaron la descarga de víveres y combustible, embarcaron al enfermo —algo mejorado— y zarparon rumbo al oeste, para alcanzar el estrecho de Le Maire. Tuvieron la suerte de localizar una corriente favorable que los ayudó a llegar al estre­cho y, ya anochecido, fondearon en la bahía de Buen Suceso. Es de recordar aquí, que en invierno las horas de luz son muy contadas. Esta bahía se halla situada en medio del estrecho de Le Maire, sobre la costa de Tie­rra del Fuego.

Cuando fueron a observar la carbonera comprobaron que estaba prácticamente vacía. El tiempo proseguía en su buen estado; y aun cuando soplaba viento arrachado y la nieve seguía cayendo intermitente, no era como para quejarse; naturalmente que la tolerancia era mu­cha, cuando se pensaba en los temporales y borrascas ya pasados. Esa noche las anclas resistieron. Al despun­tar el alba se lanzaron botes al agua para ir a tierra en procura de leña. Por desgracia no había leña seca; sólo ramas verdes. Entonces derribaron árboles, los serru­charon y fueron trasladándolos a bordo.

El único lugar apropiado para realizar esta tarea era una playita de arena. Un hueco cercano a un paredón de piedra al norte, permitía entrar un trecho el bote y luego, los hombres en el agua hacían una cadena para llevar la leña desde la orilla. Después se enteraron de que en el extremo sur de la playa había un riacho que bordeaba un paredón y salía al mar. Su boca era límpida y permitía a los botes entrar sin peligro cortando la rompiente. Pero este hallazgo fue hecho varios días des­pués de haber naufragado.

Tierra adentro, el lugar era agreste y salvaje. Tal vez después de sus descubridores, el hombre no había vuel­to a poner sus plantas en ella. Síntoma de lo expresado, fue la presencia de un magnífico zorro que observaba curiosamente desde pocos metros mientras cortaban leña, sin mostrar el más mínimo temor. El bosque, cuya ma­dera recogían, estaba formado exclusivamente por el Argus Antartico, en altura de diez a treinta metros, con enorme ramaje y encimados unos sobre los otros en ¡la tierra húmeda y verde. Por eso, muchos se pudren y pierden solidez, y de ellos sólo queda la corteza. En apa­riencia son árboles grandes y magníficos, pero al apo­yarse sobre ellos se vienen abajo con gran facilidad. Por tal causa, al internarse en los bosques se camina entre una maraña de troncos y de ramas de lo más irregular, que a veces alcanza a más de diez metros de altura sobre el nivel real del suelo. Los siglos han ido amontonando las vidas y las muertes de esta inmensa belleza forestal. Si se camina entre la maraña sin las debidas precaucio­nes suele ser muy peligroso, porque se puede pisar un grueso tronco que se quiebra con el peso del cuerpo, entonces éste se hunde dentro de aquél a varios metros de profundidad. Para escapar de tan extraño atolladero es necesario trepar por los restos del tronco podrido y otros troncos y ramas circundantes hasta llegar al piso firme, desde donde, a veces, la espesa maraña no per­mite ver, al accidentado, ni siquiera un retazo de cielo. ¡Extraña tierra la nuestra, que tantos enigmas encierra y tanta belleza atesora!

En estos bosques inviolados, con mareas de silencio y siglos de soledad, no prosperan los seres mínimos como las víboras, las moscas y los mosquitos, como tam­poco ninguna alimaña de las selvas del trópico. Abunda la algarabía de las cotorras en lo alto de las frondas. Los zorros y los guanacos, que merodean en el silencio, son bellos ejemplares y ostentan una talla mucho mayor que los de la Patagonia. Y por las costas se ven colonias de lobos marinos, abundancias de nutrias de mar y una prodigiosa variedad de aves marinas. Así es, someramen­te, Tierra del Fuego, nuestra tierra de fábula y de asombro.

En la medianoche del 22 de agosto, el teniente Riquelme terminó con la faena de cortar y embarcar la última remesa de leña, con lo cual la carbonera del Villarino quedó llena al tope. A la una de la mañana izaron la lancha y el bote. Ya en condiciones de zarpar, lo hicie­ron casi en seguida. De la bahía de Buen Suceso, de boca ancha y libre de peñascos, es posible salir aun con noche cerrada.

El teniente Riquelme quedó agotado tras un día y una noche de trabajar sin descanso: idas y venidas con los botes, cortar árboles con el personal, abordar rom­pientes y, luego, con el agua hasta la cintura, cargar las embarcaciones. Hizo entrega de la guardia al alférez Palencia que estaba en el puente con el comandante y en seguida bajó a su camarote. Se acostó vestido, hasta con botas, y quedó instantáneamente dormido; pesado como un tronco.

En estos barcos, quien permanece en el puente es amo y señor; sobre sí recae la responsabilidad total; en él descansa la seguridad del buque. El que hace entrega de la guardia se aleja y trata de dormir y descansar, despreocupándose de la navegación y de todo lo que ocu­rre en el buque, pues sabe que hay otro que vigila. Como había sólo dos oficiales, éstos se turnaban en el puente con guardias de ocho horas. Riquelme habría de ser despertado a las ocho de la mañana para relevar a Palencia. Aquél dormía profundamente cuando entró un marinero en el camarote y lo despertó bruscamente:

—De parte del comandante, que suba al puente.

Se incorporó sobresaltado, encendió luz y vio que eran las tres. Pensó que el comandante se había confundido y le avisaba sobre el relevo de la guardia, dado que Pa­lencia tenía que estar hasta las ocho. Le dio la explica­ción al marinero, dióse vuelta y se hundió de nuevo en el sueño. A los pocos minutos regresó el marinero para decirle:

—El comandante lo espera en el puente, porque hay consejo de oficiales...

Como un gamo saltó de la cucheta, púsose el capote y la gorra de polo. Recién entonces advirtió los pronunciados cabeceos que daba el buque, y rápidamente se halló en cubierta.

Un violento temporal tomaba de popa al Villarino y lo arrastraba y apenas podía avanzar por sus propios medios. Unas olas gigantescas lo apresaban, lo subían y bajaban. Se las veía por las bandas, blancas de espuma sus crestas, rompiendo con el estrépito característico; con la grandeza y majestad de las grandes masas de agua en movimiento.

El viento azotaba la obra muerta del buque y hacía vibrar las jarcias con el sonido musical y potente de la tempestad en el mar. Éste es un canto muy particular, que el marino, aun dormido, presiente con su otro yo como preludio de mal tiempo. Todos los hombres de mar cuando se encuentran en sus hogares después de una larga navegación, suelen despertar sobresaltados al oír la vibración que el viento produce en los hilos del teléfono. Pero esta vez la fatiga de Riquelme le hizo dormir sin su otro yo y nada llegó a presentir sobre lo que estaba ocurriendo.

Llegó al puente. Allí estaban el comandante, el alférez Palencia y don Tulio. Lo estaban aguardando para for­mar el Consejo de Oficiales.

¡ Consejo de Oficiales! Sólo su nombre era indicio de un problema de vida o muerte.

El comandante de un buque es el único responsable del mismo; ordena lo que considere más conveniente, sin más autoridad que su propia conciencia. Le han sido entregados el buque y sus tripulantes; por lo tanto, to­das sus energías y saber deben estar dedicados a la de­fensa y custodia de ambos, hasta sus últimas conse­cuencias. Es por ello que al concederle el máximo de responsabilidades lo han investido con el máximo de la autoridad. Cuando situaciones de suma gravedad ponen en peligro la seguridad de lo que se halla a su cargo, el código del mar le dice: Llame a sus oficiales para realizar con ellos consejo.

Les expondrá lo que ocurre y les requerirá opinión. Una vez oída, hará lo que crea conveniente, esté ella o no de conformidad con la opinión de los demás. Pero es el único responsable, ya sea que ponga en práctica el consejo de los oficiales o lo contrario, si lo considera mejor.

En resumen: el consejo de oficiales es obligatorio para el comandante en los casos de extremo peligro, porque la opinión de varios pares lo orientará hacia la mejor solución. Terminada la sesión, se levanta un acta donde firman todos los que intervienen. Cuando Riquelme lle­gó al puente, el comandante le informó:

—Estamos a diez millas aproximadamente de la bahía Buen Suceso; calculo que a unas tres millas y a la altura del cabo del mismo nombre. Tenemos un temporal del norte que nos va arrastrando; y estas millas las hemos hecho casi exclusivamente impulsados por su fuerza. Las máquinas apenas se mueven; la leña, casi toda ver­de, da mucho humo y poco calor; levanta apenas la pre­sión, y aun así queda ya muy poca. Las hélices giran casi únicamente por arrastre y sirven a duras penas para mantener el gobierno del buque. Concluida la reserva de leña, que habrá para una media hora más, el buque quedará al garete. .. ¿Qué opina usted que debe hacerse?

El teniente Riquelme meditó.

Estaban en medio del estrecho de Le Maire, uno de los lugares más peligrosos cuando hay mal tiempo, de unas quince millas de ancho. Por el lado del este, la isla de los Estados —una costa llena de arrecifes y puntas e inabordable—; por el oeste la costa de Tierra del Fuego, de paredones cortados a pique y con un único refugio: la bahía de Buen Suceso. Sus corrientes marítimas, a veces cuatro a la vez y en opuestas direc­ciones; que cuando chocan entre sí —principalmente en tiempos de temporal— provocan un mar tan irregular y peligroso que en tales condiciones el paso por el Le Maire es esquivado aun por buques con gran potencia de máquinas.

El Villarino se hallaba en medio del estrecho. Era invierno pleno con días cortísimos de cuatro a cinco horas de luz; noche cerrada a las tres de la mañana. Al sur del estrecho era mar abierto; y más al sur, allá lejos, los hielos eternos de la región antártica. En la suposi­ción de que el buque fuera salvado de estrellarse con­tra las abruptas costas del estrecho, no había duda de que sería llevado al garete, ya sin máquinas, arrastrado por las borrascas australes, hacia el Atlántico polar, de­sierto de toda navegación e imposibilitado de comunicar su situación...   ¿Quién iba a encontrarlos?

Seguir adelante procurando doblar el Cabo y continuar la ruta hasta encontrar el canal de Beagle, penetrar en la bahía Aguirre o fondear en la rada de Picton, era el ideal de todos los deseos; pero ello implicaba muchas horas de navegación y sólo tenían una escasa media hora de presión, si es que pudiera llamársele presión a tener calientes las calderas y que las hélices apenas giraran. No había una vela sana, el mes lunar de temporales había rifado a todas.

La voz del comandante lo sacó de sus reflexiones:

—¿Qué opina usted que debe hacerse? —le repitió.

¡Opinar! —pensaba—. ¿Qué haría el soldado herido a quien se le concluyen las fuerzas y tiene por misión un mensaje confiado a su hombría y honor? Seguir adelante rumbo a su objetivo, aunque supiera que después de tres o cuatro pasos más caería para siempre... Mas su conciencia le dicta que cumpla con la obligación ine­ludible; porque algo hay que hacer hasta el minuto final: ¡cumplir con el deber!

¡Opinar!... Claro, había que tomar determinaciones; después Dios, más allá de todo razonamiento. ¿Quién sabe? La obligación era, sí, hacer; luego confiar en la providencia. Y entonces, escapando al vértigo de sus pensamientos, habló:

—Opino que debemos virar con el buque, proa al mar y tratar de volver a Buen Suceso.

El comandante y el alférez Palencia habían coincidido en lo mismo; era lo único que podían hacer en seme­jantes circunstancias. El jefe de máquinas dijo:

—Tal como van las cosas no llegaremos. La leña que falta quemar es igual a la que se ha gastado y no espero que levante mayor presión. Sin embargo, creo que no hay otra solución en este callejón sin salida en que es­tamos metidos.

Lentamente iniciaron la virada. El Villarino apenas marchaba hacia adelante; marinero como era, no traía mayor preocupación el tener que atravesarlo. Eran muy otras y más serias las prevenciones que los conturbaban. Lograron un aparente recalmón,  las olas venían más rendidas y rompían menos. El Villarino, si bien se sa­cudía atrozmente, no embarcaba tanta agua como ellos esperaban.

Ya con la proa al norte, mantenían el rumbo dificul­tosamente, pero no avanzaban; el viento y el oleaje im­petuoso los seguía arrastrando hacia el sur. Palencia se retiró a descansar. En el puente quedaron el coman­dante y el teniente Riquelme.

Era el 23 de agosto de 19...; a las cuatro de la mañana.

Oscuridad absoluta y temporal de viento y nieve. Nieve que los envolvía como una espesa niebla; nieve por donde miraran sin poder localizar la costa; a esa costa que aun en noches oscuras se la puede distinguir como si fuera un conjunto de sombras fantasmagóricas reinantes en el silencio infinito. La mayor preocupación era mantenerse libre de los peñascos y bajofondos, por­que si no podían arribar a Buen Suceso el temporal los seguiría arrastrando hacia el sur sin estrellarlos, por lo menos. Pero los llevaría a mar abierto... Y después. . . ¡Dios diría!

Asomado en el puente y soportando los golpes de mar que le llegaban, Riquelme procuraba descubrir a través de la oscuridad y de la cortina de nieve, los paredones de la costa. ¡Nada se veía! Y además, el buque no avan­zaba. De repente sintieron que el Villarino vibraba con el característico rugido de la máquina que aumenta de velocidad... ¿Qué ocurría?... ¿Un milagro? ¡Sí, un milagro!

El suboficial de máquinas, en la angustia de ver que los leños desaparecían en la boca del horno y se quema­ban como paja sin que aumentara la presión, tuvo una idea nacida tal vez de la desesperación. Recordó que había una provisión de tarros de aceite Gargoile. Los tomó, los abrió y fue untando con el aceite a los pocos leños que restaban antes de echarlos en la caldera. La temperatura del horno subió rápidamente y con ella la presión. Y así hubo fuerzas para hacer girar más rápi­damente la hélice.

Don Tulio subió al puente y dijo a Riquelme:

—Aproveche esta presión que durará poco, pues el Gargoile se va rápidamente y queda para poco tiempo. Se va... se va... ¿Dónde está Buen Suceso? —preguntó.

Por única respuesta Riquelme lo invitó a mirar. Im­posible ver nada. Don Tulio giró la cabeza, miró y en silencio bajó a las máquinas.

El teniente procuraba determinar la situación del bu­que calculando el viento, el tiempo de cada rumbo, las corrientes, la corredera y, más que nada, recurriendo a su instinto de marino. Don Tulio subía y bajaba desde la máquina al puente y viceversa, mientras decía con desesperación:

—¡Se acaba... se acaba! El buque va a detenerse solo...

Riquelme se aproximó al comandante —que, como él, trataba infructuosamente de localizar la costa— y le dijo:

—Señor, hay que tomar una decisión; las máquinas están por detenerse y cuando esto suceda quedaremos al garete a merced del temporal. Creo que la costa de Buen Suceso queda en esta dirección —y señaló con el brazo a través de la oscuridad—. No estoy seguro, pero virar y probar es la única chance que nos queda... y sólo por muy breve plazo. Si no es la boca, puede que nos estrellemos contra la costa y nos perderíamos con el buque, pero si no lo intentamos, el riesgo es el mis­mo. Será una posibilidad entre diez, pero es la única que tenemos...

El comandante, completamente de acuerdo, dispuso el cambio de rumbo: proa a la costa.

Viraron y quedaron atravesados al mar. El Villarino, aunque muy marinero, en esta posición obligada sufría los embates de las olas que barrían la cubierta y llega­ban hasta el puente. A excepción de ellos dos y un par de timoneles, no había nadie en cubierta. No hubieran podido estar en ninguna parte.

Tal vez en ese preciso momento estuvieran atrave­sando una zona de tide ripps, pues las olas embarcaban e inundaban como si fueran chorros verticales y el buque era sacudido con movimientos desordenados y vio­lentísimos.

—¡Ya se paran las máquinas! —se oyó gritar a don Tulio a través de la bocina.

A proa, sólo sombras densas. Nada se veía. ..

El Villarino empezó a disminuir velocidad y fue de­teniendo poco a poco su arrancada, hasta hacerlo del todo. Riquelme miraba el mar; observaba las olas que parecían cortadas y más tendidas. En eso, como por una ventana abierta entre la nieve mediante una ráfaga di­chosa, vieron, el comandante y él, una sombra. Supu­sieron que era la punta norte de la bahía Buen Suceso. El teniente bajó del puente; corrió a proa con los dos timoneles, mientras el comandante quedaba al timón; destrincaron el ancla, y la fondearon.

El ancla arrastraba la cadena; cuando ésta iba llegan­do al quinto grillete, Riquelme notó que aflojaba en su tensión, con lo cual indicaba que había tocado fondo. Entonces, no pudo evitar un hondo y largo suspiro. Dios estaba allí, con la mano tendida. Se hallaban en el veril y en el centro mismo de la entrada de la bahía. El Villarino, exhausto, en un último esfuerzo, los había arrastrado hasta allí.

Aquella navegación por el Le Maire, fue, indudable­mente, uno de los momentos más dramáticos y de mayor peligro que tuvieron. Estaban fondeados con el pequeño reparo de la punta norte, pero no seguros ni a salvo de mayores riesgos. Sin embargo, tuvieron un respiro. To­dos se mostraban contentos, aun cuando el barco se movía mucho, las olas eran enormes, pero llegaban ate­nuadas por el reparo y rompían con mucha menos fuerza.

La leña y el aceite habían desaparecido totalmente. Cuanto antes era imprescindible reabastecer la carbo­nera. Riquelme, entonces, hizo alistar la lancha de nafta y el bote, los arriaron, se embarcó y... ¡a tierra! ¡A cortar leña!

Muy fea, impresionante, estaba la costa para abordar­la. Peligrosas rompientes que aumentaban de tamaño segundo a segundo. La carga de leña se hizo difícil, casi imposible; sólo un bote y medio pudieron llenar. Con ese combustible a bordo levantaron presión nuevamente y el Villarino navegó hacia el fondeadero del sur, donde largaron el ancla.

El viento iba rondando hacia el sur sin disminuir su violencia y rapidez. Mal síntoma aquél, pues las carac­terísticas de este giro —igual a las agujas de un reloj— indicaban que probablemente se afirmaría por largo tiempo desde el sudeste al sudoeste. Volvieron a cargar tanta leña como fue posible. No fue mucha debido a que, en un momento dado, la costa desapareció bajo un tupido collar de espumas que iban elevándose vigorosamente.

La tempestad dio vueltas hasta quedar fija al sudeste. La bahía ya no ofrecía reparos, las olas del mar abier­to penetraban directamente a su interior. Por momentos, el tiempo aparecía con dureza inusitada. La nieve pro­seguía cayendo con tanta intensidad que, no obstante la fuerza de las ráfagas, impedía la visibilidad a esca­sos metros.

Fondearon las dos anclas; pero cedían arrastrando las cadenas que trabajaban a estrepadas, cuando no templa­das. Las garreadas del buque los llevaban de la costa sur a la norte. Levaban, daban máquina adelante y volvían a fondear al sur, donde aguantaban un tiempo, hasta que las anclas volvían a ceder. Y así repetían la maniobra de garrear, levar y volver a fondear.

La leña cargada se consumía, a pesar de que sólo uti­lizaban lo indispensable para la maniobra; y ya presen­tían que de continuar así su fin estaba próximo. Así pasaron desde el 23 hasta el 26 con sus días y sus noches llenas de angustia, relevándose y, cuando no, los tres juntos en el puente. La borrasca alcanzó una tal po­tencia y duración, que los pobladores de Ushuaia no re­cordaban haber visto un huracán semejante en fuerza e intensidad.

Dentro de la bahía de Buen Suceso disponían de la ayuda del ancla, la cual se tornaba de seguridad rela­tiva, pues el mar, al arrastrarlos con sus olas gigantescas, los llevaría sobre el paredón norte, precisamente donde ellos las veían chocar y retroceder en un vaivén potente que ponía los pelos de punta. De ser llevado hasta allí, el Villarino quedaría hecho añicos.

La leña llegó a su fin y empezaron por alimentar el horno con las maderas de una chata; después fueron las puertas de los camarotes. ¡Todo se fue! Y el viento continuaba soplando cada vez con mayor violencia; y el mar crecía con vértigo inusitado. Se habían puesto de acuer­do sobre las consecuencias que esta situación acarrearía, si no les quedara nada que quemar. La única posibilidad de salvación consistía en embicar el buque en la playita de arena; de este modo se evitarían de ser estrella­dos contra el paredón de la costa norte. Asimismo, la alternativa era de gran riesgo y llena de peligros. Las olas de este mar, provenientes de un huracán, que pe­netraba directamente en la bahía se transformaban, al ir hacia la costa y disminuir la profundidad, en rom­pientes que giraban rugiendo y rompían a más de tres­cientos metros de la orilla, pero que ellos veían de tamaño colosal.

Habían largado las dos anclas y un calabrote de alam­bre con el ancla de esperanza. Hacía unas dos horas que el buque parecía resistir. Estaban hacia mediodía del 26 cuando sintieron una violenta estrepada que sacudió al Villarino. Éste empezó a garrear y a ser llevado hacia el paredón norte. A unos treinta metros de esa pared de piedra alcanzaron a detenerlo mediante los restos de presión que quedaban en las calderas. Pero los iba absor­biendo el vaivén de las olas que entrechocaban y re­trocedían.

El segundo se dirigió a proa para tratar de levar y, repitiendo la maniobra, volver al fondeadero. Encontró las anclas hechas un verdadero matete: al garrear se habían enredado entre sí y con el calabrote de alambre. Subió al puente para informar al comandante; allí en­contró a don Tulio que le trasmitía a aquél una estremecedora información:

—Queda presión para un cuarto de hora... Ya no queda nada por quemar.

El paredón, como un fantasma viviente, los absorbía poco a poco...

Rápidamente formaron consejo con el comandante. Riquelme le trasmitió la opinión de Palencia y resolvie­ron cortar las cadenas y embicar en la playa. Y así, como quemándose en un fuego interior, se dirigió a proa y mandó cortar las cadenas. Entretanto, el comandante ordenaba dar adelante con toda la fuerza posible de las máquinas.

Por unos minutos que parecieron eternos, el Villarino, envuelto en espumas, subió y bajó a merced de las olas; demoró en arrancar, pues parecía que éstas lo vencerían, pero al fin fue adelante: rumbo proa a la playa. Unos 300 metros antes de llegar a la orilla, la proa tocó fondo. La gigantesca rompiente los arrolló; los puso de costado, tumbados hacia el lado del mar y con una inclinación de unos sesenta grados.

La rompiente los atrapaba, los levantaba. Después los sacudía contra el fondo en una sucesión de golpes vio­lentísimos, para luego pasar sobre ellos y proseguir rugiente hacia la playa donde se desmembraba. Al pasar, las olas barrían toda la cubierta arrasando con cuanto hallaban a su paso y arrancando de cuajo lo que aún estaba en pie. El bote que estaba sobre el lado del mar fue arrancado con los pescantes y parte del costado de chapas de hierro, y arrojado con furia sobre la playa en donde apareció después.

Las hélices se destruyeron a los primeros golpes con­tra el fondo. Un anclote lanzado por popa, no hizo más fuerza que un espinel tendido.

Quedaron sin anclas y sin hélices. Sobre la playa no se distinguían restos; lo cual indicaba que el mar arro­jaba hacia afuera lo que iba destruyendo. Si al Villarino le ocurriera semejante desgracia, no habría salvación posible para ellos.

Al asomar por un momento fuera del puente, el ca­pitán Balmar fue tomado por una ola que lo arrojó sobre cubierta; el golpe sobre ésta le produjo una profunda herida en la cabeza con pérdida del conocimiento. Ya iba a ser arrastrado hacia el mar, cuando don Tulio, providencialmente, consiguió asirlo de un brazo, aguan­tarlo cuanto pudo y luego introducirlo en la timonera. Cuando se recuperó en parte, Riquelme se acercó al he­rido para expresarle que no se preocupara, porque él se haría cargo de todo.

Apreciada la situación, Riquelme y Palencia coinci­dieron en que, para evitar ser arrastrados mar afuera, no había más posibilidad que llegar a tierra con un cabo y retener desde allí al buque. La costa estaba a unos trescientos metros, y para llegar a ella había que atra­vesar toda la línea de rompientes, cuyas olas, producidas por el huracán, venían directamente de un mar abierto para romper y chocar después contra la costa.

Fue alistado el bote que restaba y que había quedado sobre el costado de tierra. Se colocó un cabo de cáñamo amarrado al bote, el que irían filando de a bordo a me­dida que la embarcación se alejara. Cuando llegaran a tierra devolverían por el mismo medio, otro de alambre.

Riquelme se embarcó con cuatro marineros, todos pro­vistos de salvavidas. Ordenó arriar el bote, y sucedió lo que temían. Poco antes de llegar al agua, la rompiente arrolló a la embarcación y a sus tripulantes, y les hizo dar infinidad de vueltas. A manotazos, revolcados por la rompiente y con el auxilio de los salvavidas, los náu­fragos lograron alcanzar la playa, helados y contusos... pero a salvo.

Poco después, empujado por la rompiente sobre la arena del fondo, apareció el bote con la increíble fortu­na de que el cabo de cáñamo no se había cortado, tal vez porque lo habían seguido filando desde a bordo. Pron­tamente lo recobraron y le amarraron uno de alambre. Con maderas, restos de remos y con las propias manos cavaron en la arena un pozo amplio y profundo y en el fondo le hicieron huecos transversales donde introduje­ron troncos y palos. A estos travesaños amarraron el cabo de alambre y luego llenaron nuevamente el pozo con arena.

Cobraron de a bordo tezándolo. El Villarino quedó, de esta manera, a resguardo y en la seguridad de no ser arrastrado mar afuera.

 

(…)

 

Desde la playa no se vislumbraba la más remota po­sibilidad de volver al buque. Al llegar la noche encen­dieron fuego. En medio de la nieve que caía sin intermitencias, levantando paredes que circundaban el sitio donde se hallaban las brasas, durmiéronse rendidos. Ol­vidados de todo, agotados por el cansancio...

A la mañana siguiente cambió la dirección del viento sin decaer su violencia, pero valió para aplacar en parte la rompiente y pasar más cabos a tierra y afirmar con mayor fuerza el buque. El temporal se prolongó por tres días más, acompañado de fuertes nevadas. Los hom­bres de la playa regresaron entonces a bordo.

Amarraron con firmeza el buque. Consiguieron ende­rezarlo por medio de cabrias a los palos y arrimarlo a la costa. Y así se dedicaron a pasar la invernada de la mejor forma posible. Próximo al buque desembocaba un pequeño riacho de agua excelente y sabrosísima. Lleva­ron a tierra un tanque, lo elevaron en un trípode, lo car­garon con el bombillo y, por medio de mangueras, lle­varon agua al Villarino. Desde ese momento, el agudo problema del agua estaba solucionado. Dispersa por la playa había abundante leña, así como en los tupidos bos­ques de las laderas.

Por fortuna, los alojamientos del buque no habían su­frido muchos deterioros; de modo que con las calderas encendidas podía mantenerse una temperatura agrada­ble  en  el  interior.  Construyeron  una  pasarela,  mitad escalera y mitad puente, que les facilitaba el traslado a tierra. Aprovechando las horas de pleamar, tironeaban al Villarino llevándolo cada vez más arriba, al punto de que, en algunos días, el mar no lo alcanzaba. Poseían víveres en abundancia; sólo la carne escaseaba. Pero fue problema resuelto, pues cazaban guanacos que mero­deaban por los alrededores.

Para atraparlos en esa época crudamente invernal, sólo les bastaba seguir por los callejones que los propios animalitos abrían en la nieve hasta encontrarlos en el claro de los bosques. Y no habría sido posible de otra manera; la nieve de esos callejones sobrepasaba los tres metros de altura.

En seguida de embicar en la playa se hizo la comuni­cación del naufragio a las autoridades correspondientes. El probable auxilio que llegaría de Puerto Belgrano de­moraría de tres a cuatro días. Los piratas de los canales, aquellos picaros loberos que seguramente tuvieron co­nocimiento del naufragio por las comunicaciones, salie­ron con sus goletas para auxiliarlos, o para recoger lo que quedara; pero el temporal no se los permitió y tu­vieron que regresar.

Varios días después llegó un remolcador enviado des­de Puerto Belgrano y, más tarde, un transporte: el 1º de Mayo, con otro remolcador. Por causa del mismo tem­poral que los obligó a capear, unos y otros demoraron más tiempo que el normal en llegar a Buen Suceso. Tras los contactos iniciales entre los náufragos y el au­xilio, la primera operación a cumplir por el 19 de Mayo fue enviar una chata con carga que la Dirección Admi­nistrativa en Buenos Aires, al tener conocimiento del naufragio, había enviado con carácter de urgente y con orden terminante de ser entregada con la mayor premura y con el debido control de haber sido recibida. Se trataba de las velas de repuesto que desde hacía dos años se pedían infructuosamente. ¡Se clamaba por ellas!”