ESTRECHO DE MAGALLANES

 Ante nuestros ojos, las olas lentas, pesadas, como gra­sosas, del Atlántico, se deslizan a lo largo de la Costa Sur. Se echan adelante, irresistible, implacablemente, densas y perezosas como aceite en perenne persecución de la com­pañera que se retuerce sinuosamente. A veces, se alcan­zan, se confunden, se mezclan en borbotones blancos, luego se desploman, formando valles de fondo movedizo, de los que emergen nuevamente, altivas y conquistadoras.

Los días en que hay mar de fondo, es como si el bar­co estuviera en medio de un océano sin más límites que el horizonte circular, en el centro de un mar de metal derre­tido, como de mercurio en ebullición, bajo un sol pálido, fil­trándose a trasluz por nubes de ensueño.

A veces, las lejanas lomas grises de la costa recortan su baja cumbre horizontal contra el cielo gris. Frío, viento, chubascos. Luego Punta Arenas, apodada "la perla del Pa­cífico", escalonando sus rojos techos de dos aguas en ce­rros verdosos.

Por imperar una huelga marítima, un escampavía de la armada chilena se encarga de llevar pasajeros y carga a Porvenir, cruzando el Estrecho de Magallanes. Tenemos que viajar parados, hacinados en la cubierta, a la intem­perie, en medio de cajones, bolsas y equipajes. Viento cor­tante, frío polar, lluvia que pincha como agujas heladas. Alrededor, caras átonas y preocupadas. Por lo visto, el ca­lado del escampavía no le permite aproximarse a Porve­nir, así que de repente se detiene casi en medio del Es­trecho y tenemos que trasbordarnos por nuestros propios medios a una goleta destartalada, accionada simultánea­mente por un velamen desgarrado y un motorcito jadean­te y barullero. En medio de mucha bulla y griterío los pa­sajeros cargan penosamente con su respectivo equipaje y escalan los obstáculos, sogas enroscadas, cajones, palos, tablas y se deslizan, torpes y temerosos, por la borda, sal­tando como mejor pueden a la goleta, en cuya cubierta quedamos apretados, pies y manos helados, tiritando de frío, bajo ráfagas de granizada. Nos alejamos del vaporcito, bajo la mirada divertida de los oficiales chilenos.

Todos, viejos y jóvenes tenemos cara amoratada, ama­rilla, arrugada, cruelmente fea. Parecemos todos encorva­dos y envejecidos. Los niños se han tirado al suelo y yacen, acurrucados miserablemente los unos contra los otros, co­mo ovejas sorprendidas por una tormenta repentina. Otros pasajeros bajaron a la chalupa que se aleja a fuerza de remos hacia una playa lúgubre, desolada, que se adivina a través de la neblina y de la lluvia. En rededor, siluetas inmóviles en actitudes dramáticas, entre palos y sogas, sobre el fondo gris del agua de acero. Será novedoso y pintoresco, pero carece de atractivo. Si no fuera por la ex­presión relativamente apacible de los semblanteas tristes y resignados, parecería el salvamento de unos náufragos que hubieran tenido tiempo de vestirse antes de echarse al mar. Nunca me sentí más acongojada y abandonada. Es­toy helada hasta el alma. Nadie se toma el trabajo de contestar a mis preguntas respecto a tantas maniobras. Tal vez no me oigan por la borrasca. Paralizada, física y mentalmen­te por el frío, dejo de moverme y de pensar en lo que está sucediendo. Me resigno de antemano a lo que pueda acon­tecer. Me acuerdo únicamente que, lo mismo como en el de­lirio febril, el cerebro de un enfermo atina solamente a for­mar imágenes de arroyos frescos y bebidas heladas, en igual forma, cuando se sufre indeciblemente del frío, la inte­ligencia se apaga, incapacitada para imaginar algo que no sea el alivio. No puedo sino seguir preguntándome maniáti­camente por qué no estoy echando una siesta en la tibia at­mósfera de mi estudio de Buenos Aires, en vez de estar afe­rrada de una escotilla, en medio de este cuadro de desola­ción.

Lomas grisáceas en el horizonte brumoso. Bulla de pin­güinos y de abutardas en el agua. Por fin, al cabo de lo que me parecen muchas horas, llegamos al muelle de ma­dera de Porvenir, en que los habitantes se han congregado por grupos, para presenciar el lamentable desembarque de los casi náufragos, ateridos de frío, y preguntar ansiosamen­te lo que está pasando en Punta Arenas, porque están sin noticias desde ya varios días.

Según los entendidos, si me tocó a la ida la peor tra­vesía del año, en cambio me aseguraron a la vuelta, unos cuantos días después, que muy pocas veces es dable tener un cruce más feliz que el de Porvenir a Punta Arenas.

Después de esperar todo un día, en Porvenir, la llegada de una escuadrilla de setenta esquiladores que nunca lle­gaba, el barco tiene que ir a fondear en el Canal, pues bajó la marea. Cuando llegan a galope los carros en que viajan, desde las cuatro de la mañana los esquiladores, con sus colchones y fardos, hay que embarcarles en botes, sin darles tiempo de comer y zarpar inmediatamente. Pero se per­dió la marea. Hay poco fondo. El capitán, un tipo pintores­co de la marina mercante chilena, malhumorado y arriesga­do, trata de zarpar a pesar del peligro, pues las varaduias están constantemente a la orden del día. Maniobras y gri­tería en rededor del timón. Ruido de la quilla que toca el fondo. Olas cargadas de arena en torno al vapor. Hemos quedado varados. Consternación general. Se habla de vol­ver a Porvenir en los botes. Desesperación unánime. El ca­pitán y el timonel gritan como sordos, empujan el timón frenéticamente con cara crispada y esfuerzos titánicos. Por fin el artefacto vuelve a obedecer a la maniobra y el vapor se mueve despacio y se desliza con precaución entre los bancos de arena. Salimos de apuros con un susto más que agregar a los demás sustos. Cosa común en la Patagonia.

Ahora se ve nítidamente el Monte Sarmiento, casi siem­pre cubierto por nubes bajas, sobre un fondo de montañas dentadas, cuyo perfil apenas se diferencia del cielo color turquesa. El mar de esmalte irisado parece un espejo en que se reflejan nubes de plata bruñida y gris perla, con destellos de cristal en los contornos. Por todo, matices de claro de luna y tonos delicados de ópalos nacarinos. Vapo­res de gaza luminosa y transparente. Sinfonía de materias preciosas, imponderables, sutiles. Uno se olvida de todo, del ambiente, de la misma tierra. Se tiene la sensación de vol­verse liviano, alado, de planear, de elevarse a los espacios interestelares, como poniéndose a tono con una divina ar­monía de diafanidad serena, en que reina una música de vi­braciones extraterrestres.

 

RIO GRANDE

Panorama difícil de describir, imposible de pintar por carecer de detalle de primer término en que aferrarse como punto de partida. Visiones de lejanías monótonas e indefinidas, de perspectivas suaves y esfumadas. Aunque la asociación de palabras tales como carácter y ausencia de motivo plástico parezca una paradoja, es justamente esa ca­rencia de algo nítido y definido, la que constituye el rasgo dominante, negativo, de esas regiones de aspecto borroso que parecen amodorradas en un ambiente de sopor que todo lo achata y lo uniformiza.

Una serenidad melancólica baña esos horizontes infini­tos de terciopelos verdosos y levemente acarminados, de matices pálidos. Una atmósfera apacible envuelve de gris las lomas bajas, las hondonadas y las vegas. Ni un árbol. Ni una roca. Más allá, franjas azuladas que son montes. Más cerca, puntos blancos que son ovejas y puntos negros que son caballos. Reina un ambiente de paz, de silencio y de tristeza. El viento, amo y señor, hace ondular las cortas es­pigas del pasto. El movimiento progresivo de ese estreme­cimiento simula una humareda transparente que corre lige­ra, grisácea, rozando los campos y perdiéndose en la lejanía. Las distantes lomas parecen médanos de arena, cu­yos contornos apenas se definen por estrías amarillentas: alambrados, huellas, postes telefónicos. Muchas lagunas es­trechas y alargadas hacen de espejos de plata bruñida, en los que se refleja un cielo gris y unas nubes blanquecinas que cuelgan de él entre parches de azul anacarado. El sol pálido, filtrando algunos rayos a través de vapores finos co­mo gaza o tul, cruza lentamente el cénit y desciende, pere­zoso, hacia el horizonte, como reacio en no poner término al larguísimo día patagónico.

Las estancias parecen un puñado de cascotes de ladri­llos rosados, esparcidos en una que otra hondonada. Cer­ca de ellas los grisáceos "piños" de ovejas ponen manchas hormigueantes, con movimientos circulares de lentos torbe­llinos. Alrededor van y vienen puntos negros que son ove­jeros con sus perros. Gaviotas en el cielo.

Siempre está lloviendo en algún punto del vastísimo horizonte circular. El lejano chubasco se distingue por sus nubarrones gris acero, de los que cuelga el chaparrón en forma de flecos humosos y esfumados, que recuerdan tela­rañas desgarradas. Luego se produce otro en distinta parte, oscureciéndose los campos y la atmósfera en esa zona. Co­sa curiosa: Por desgracia, el chubasco siguiente siempre cae sobre el desafortunado observador, el que debe escapar bajo el aguacero, llegando a casa, empapado y embarra­do, en el preciso momento en que vuelve a asomar un poco de sol.

A la larga, ese algo que parece haber achatado y ni­velado el paisaje de horizonte a horizonte, termina por re­petirse en el plano anímico y filtrarse en todo el ser, comu­nicándole un ritmo lento, una vibración disminuida, como un estado de laxitud con sensación de neutralidad y de aplastamiento. ¿Identificación con el ambiente? Afinidad pro­gresiva, anticipándose al aletargamiento invernal que, bo­rrando los últimos detalles bajo la helada capa de nieve, su­me la naturaleza en una inmovilidad y un ensueño hipnó­tico.

 

LAGO FAGNANO (Kahmi)

Día frío y lluvioso. Viento. Región baja, llanuras, lo­mas de pasto. Al principio, camino aceptable. Se costea el mar: promontorios, aguas pálidas, verde amarillento delicado. Luego el auto va subiendo paulatinamente a la re­gión de los montes. Panorama algo cordobés, pero en escala más grande. El camino barroso atraviesa bosques de robles (Haya antárctica) de altura mediana. Al salir de ellos se ba­ja por vallecitos y hondonadas en cuyo medio serpentea el río Eva... En los valles, puentecitos de madera bruta; en las hondonadas "planchados". (Troncos pequeños alineados transversalmente sobre dos grandes troncos, tirados en el fango y en los charcos.) Todo tambaleante y carcomido.

A lo lejos, llaman la atención las colinas cubiertas de tupidos montes verde-azulados: están moteados de manchas blanco grisáceas. Parecen salpicados de ceniza. Al acercar­se, uno se da cuenta que esas manchas son árboles podri­dos y secos, los que quedarán parados, recostados los unos contra los otros. Hay extensiones en que todos los robles yacen, cubriendo colinas enteras hasta la cumbre con sus troncos tumbados, enmarañando sus ramas retorcidas y per­filando en las nubes oscuras alguna que otra columnita tronchada por la mitad. De ia arboleda, tanto la verde como la seca, cuelga un musgo filamentoso color verde blan­quecino. Destruyen los bosques esas fungosidades parási­tas, como también la humedad excesiva del terreno, debida a los numerosísimos manantiales, cuyas aguas fluyen y se filtran por todo, pudriendo las raíces. Su aspecto es extraño.

Los árboles, verdes todavía, parecen trabados y ahogados por esos flecos que los van apretando y sofocando cada vez más. Algunos, por su forma, recuerdan a los árboles de Navidad, engalanados con flequillos verdosos; otros, en cambio, reducidos a un tronco pelado, despojado de ramas, parecen estremecerse de frío, bajo sus harapos mojados, después que un vendaval les hubiera arrancado casi toda su vestidura.

Las cuestas del camino son cada vez más empinadas, hay que subirlas "en primera". La huella se vuelve más barrosa, los planchados más numerosos y profundos. En cada hondonada hay un pozo. Los planchados tambalean­tes, medio podridos bajo su capa de lodo, se multiplican.

Llueve con más intensidad. El día se pone cada vez más som­brío y también la cara del chofer cuya mirada se hace dura y tensa y cuyos labios trompudos se contraen coda vez más. El auto se columpia en todos sentidos.

En una cumbre, en medio de un bosque oscuro nos em­pantanamos. Ronquido del motor. Maniobras inútiles. El co­che patina, se desvía. Hay que bajar. El chofer se afana, trabaja, coloca las cadenas, saca el barro de las ruedas, aparta un tronco de árbol, rompe unas ramas.

Estamos al lado de un cementerio de árboles podridos, tumbados, de cortezas enverdecidas por el musgo y los flequillos filamentosos. Yacen lamentablemente, retorcidos unos, otros rotos y desgarrados a media altura, colgando de ellos tiras largas de corteza. Algunos parecen saurios enormes aplastados en el barro; otros, pulpos tentaculares o al­gas raras, o bien, serpientes medio enroscadas, cabezas de hidras, dragones informes, quimeras, animales monstruosos desformados por tumores, todos inmóviles, como paraliza­dos, cubiertos de lepra verdosa, de fungosidades cancero­sas, de úlceras supurantes.

Esos cadáveres esqueléticos, medio esfumados en la at­mósfera húmeda que lloran gotas de lluvia a lo largo de los musgos filamentosos que se pegan a ellos, parecen creaciones sobrenaturales y pavorosas. La claridad glauca es de acuario. Huele a hojas descompuestas, a tierra em­papada, a leña podrida, a hongos enmohecidos. La lluvia crepita, despacio, monótona.

Parada en el barro me encojo y me estremezco. Hasta el chofer, un chileno parco en palabras y medido en los con­ceptos, no puede a menos que decir a media voz: "¡Cómo será de extraño aquí de noche!" ¡Más que extraño, será es­calofriante! Ya me parece que estoy tiritando de miedo, pe­ro en verdad es de frío y de tristeza.

Por fin, el automóvil que en, este ambiente, parece una monstruosa tortuga bajo su capa de fango grisáceo, arran­ca estrepitosamente entre el ronquido del motor y el chapoteo del barro negro que salpica alrededor. Seguimos viaje.

Al salir del bosque, nos encontramos en las colinas cu­biertas de manojos de "coirón" bastante espaciados, entre los cuales aparecen montículos de musgo verde ácido. Aba­jo, en las hondonadas, hay turberas extensas y de super­ficie abollada, con tonos verde graso, y herrumbre acar­minado; parecen alfombras de lana alta, pero son pantanos traidores, donde perecen caballos, vacas y ovejas que se hunden poco a poco sin salvación posible. Caen chubascos, ora de nieve que se hiela al tocar el suelo, ora de grani­zo que blanquea el campo.

Pero ya no miro más el paisaje, pues me embargan las emociones de los pasos difíciles. Hay que cruzar un puen­te en que recién se rompieron unas tablas. El chofer tapa el agujero mediante un par de palos y pasamos con el Jesús en la boca.

En cada hondonada hay pozos de agua y de fango. El auto tiene que retroceder para tomar envión. Disparamos "en primera", saltando locamente en medio del estrépito del motor y del agua barrosa, cuyas salpicaduras forman una cortina de rayos oblicuos a ambos lados y producen un rumor de olas hendidas por la proa de un barco.

Por fin, vemos una casa o galpón, adonde penetra el chofer en demanda de datos i especio al camino.

Por lo visto, hace una hora que andamos errados. Hay que dar contramarcha bajo la mirada curiosa de algunos peones que, cobijados en la galería, se aprietan, inmóviles, las manos en los bolsillos. No se mueven, no hablan, no sonríen. A través de la cortina brumosa de lluvia parecen un grupo estatuario de granito gris.

Después de algunas peripecias de la misma índole, lle­gamos por fin a una pequeña estancia hospitalaria, en me­dio de la sorpresa general y de un diluvio espectacular.

Al día siguiente, reanudamos la marcha en dirección al lago Fagnano. Cambió la suerte porque no llueve más, pero no cambiaron los caminos. Al contrario, están peores que nunca. Las turberas se multiplican y los "planchados" también. Nos empantanamos otra vez en medio de un bos­que. Afortunadamente, llega una cuadrilla de peones de la Dirección de Vialidad que nos saca del barro profundo, con trabajos de palas, de sogas y a costa de empujones. Lue­go el automóvil tiene que cruzar parte de una laguna, si­guiendo a un ginete que hace de guía. Se envuelve el motor con bolsas y también salimos del paso. Uno se torna te­merario y fatalista en la Patagonia...

La cantidad de cementerios de árboles esqueléticos se vuelve impresionante. Pero aquí son los troncos más altos y pelados, más secos y blanquecinos. Su conjunto recuer­da los campos de batalla europeos, segados por la metra­lla. Dan una sensación única de desolación esos osarios de cadáveres gigantes color ceniza y carbón. Uno se pregun­ta involuntariamente cómo fué necesario semejante desas­tre, tan magna catástrofe para castigar seres que fueron an­taño florecientes. Hasta se ven dos troncos que se tumba­ron uno contra el otro, quedando en pie, asidos por sus ra­mas enroscadas como en un abrazo conmovedor de ago­nía, de desesperación o de extraña despedida.

Recuerdan algunas partes del paisaje cuadros del fa­moso pintor bretón Yan d'Argent, él que plasmó en sus co­nocidas telas las actitudes de maldición y de amenaza que cobran ciertos troncos y raíces de Bretaña, a la luz cre­puscular, trayendo a la memoria leyendas folklóricas de fantasmas y de aparecidos.

Ahora ya estamos en el "Monte alto" en medio de ár­boles de veinte a cuarenta metros de altura y de un me­tro de diámetro. Para abrir el camino fué necesario derribar unos cuantos de ellos y se ve que la mayoría de sus troncos están podridos en el medio, debido a la vetustez y al clima lluvioso.

El automóvil salta, columpiándose, cabeceando y ro­lando como barquito en un temporal, sobre un "planchado" de un kilómetro de largo. Por fin, el cerebro hecho una pa­pilla en el cráneo por los golpes, llegamos a la última cum­bre, desde la cual se divisa el lago Fagnano: inmensa sá­bana de un azul verdoso —mineral profundo—, separada por una línea clara y horizontal de la Cordillera Darwin. Esta cierra el horizonte: transparente, luminosa, copada con nieves vaporosas, en todos los tonos azulados y esfumados, con destellos de plata.

Acantilados rocosos o cubiertos de arboleda rodean al lago. El conjunto es de tonos fríos, de valores duros. La at­mósfera es severa, melancólica. En la playa, unos grupos de árboles retorcidos entrelazan sus tronces secos y oscu­ros que se destacan nítidamente sobre el azul del agua. Be­lleza helada y áspera. Serenidad altiva e imponente. Sole­dad absoluta. Calma. Silencio. Frío en el alma.

 

ALMIRANTAZGO

Frío, viento. Mar de fondo. El vaporcito tiene que fon­dear frente a Puerto Sara, pues no hay bastante agua para atracar. En San Gregorio, mientras descargan y debido al fuertísimo viento, hay que largar amarra de repente, dejan­do en tierra a dos pasajeros, los que después tuvieron que alcanzarnos por tierra en el otro puerto. Ahora llueve. Tam­bién llueve al llegar a Puerto Yactum, en cuyo fondeadero hay un aserradero; triste y sucio. Llueve igualmente en Puerto Arturo. Sigue lloviendo en el Almirantazgo. Del lado norte se costean altas montañas cubiertas de árboles y moteadas con nieve en las cumbres. Nubes blanquecinas flotan y andan despacio a media altura, en cordilleras de aspecto fantasmal que se esfuman detrás de la cortina de lluvia en una atmósfera brumosa. Aguas verdosas y barro­sas. Planos gris pardo. Cielo de humo. Hacia el Sur: man­chas oscuras y separadas: son islotes. Más allá se divisa vagamente el perfil de una larguísima punta. El día se cie­rra cada vez más y ahora no se ve absolutamente nada, ni siquiera la cordillera que costeamos de muy cerca, que­dando ella convertida en una masa informe, algo más es­cura que la niebla. Mi desolación es completa. Diría con Verlaine: "Llueve en mi corazón como llueve afuera, etc."

Navegamos como a ciegas en el silencio y la soledad; pa­reciera en una alba indiferenciada región del Limbo.

Sin embargo el ambiente inmediato es curiosamente luminoso y transparente. Cada detalle del vapor, chorrean­do bajo la lluvia helada, brilla con colores nítidos y valores fuertes. Al rato, principia a aclararse un poco. Amaina el chubasco. La Cordillera Norte muestra espacios de tin­tes más vividos entre desgarrones de nubes. La niebla se hace menos compacta, más ligera y fluida. Hacia el Sur se engendra la perspectiva con algunos planes, se super­ponen gradualmente perfiles de montañas. Igual como en un escenario de ópera, por medio del sabio empleo de po­derosos reflectores, se definen progresivamente contornos y matices en los telones que estaban sumidos en la oscuridad, ahora surgen paulatinamente detalles delicados y vaporo­sos a través de la bruma.

De repente, casi instantáneamente, luce una leve clari­dad, una fosforescencia verdosa, algo como una enorme joya de jade, fantástica, opalescente, iluminada desde aden­tro, engarzada a medias en un metal fluido, plateado, y ro­deado por un gris perla delicadísimo: es un ventisquero que emerge paulatina y majestuosamente de la lejanía, ase­mejándose al abrir espectacular de una puerta mágica, so­bre alguna región misteriosa, como acontece en los cuentos de hadas. Un poco más allá, una luminosidad rosada se transforma en un promontorio de altísimas rocas de imposi­bles marfiles y corales. Uno queda pendiente de otras reve­laciones inesperadas y maravillosas, pero es nada más que una mirada fugaz la que nos es permitido echar a la Tierra de Promisión; pues el vapor sigue su marcha, una alta pun­ta montan ora se alarga y corre a esconder el espectáculo fantástico. Encima de la cumbre, a lo lejos, las alturas ne­vadas de la Cordillera Darwin dominan ahora las nubes bajas y recortan su festón dentado de nieve centelleante so­bre un cielo cerúleo pálido.

Luego el vapor enfila a izquierda la caleta de la Pa­ciencia, limitada por imponentes cerros. Están cubiertos con robles secos, de troncos finos, altísimos, blanquecinos, con las copas de verde grisáceo y acarminado. Es la región de los aserraderos instalados en los lindes de los montes.

 

CANALES FUEGUINOS

NIEBLAS — CALEIDOSCOPO — TEMPORALES. VENTISQUEROS

 

NIEBLAS

El viajar por los canales fueguinos se parece a un cine­matógrafo en que es el espectador quien se desliza entre dos larguísimas, inmensas pantallas, sobre las cuales pa-8an los panoramas en tecnicolor, con "ralentisseur", a de­recha e izquierda del barco.

Nuestro pequeño escampavía navega lentamente, soli­tario, silencioso, por las soledades extrañas y brumosas. Llueve. Cuando deja de llover, llovizna, luego vuelve a llo­ver. El barquito gris, chorreando agua por todas partes, la que transforma las cubiertas bajas y también las otras en charcos flotantes, adelanta lenta y prudentemente sobre las olas gris acero, envuelto en la niebla gris malva.

La lluvia helada cae, pesada, persistente, apretada. El viento sopla con ráfagas bruscas, logrando despejar espa­cios en que vuelan nubes de llovizna y de espuma arrancada a las olas encrespadas. No se ve horizonte alguno. Ha­cia lo alto, claridades, pálidas, grisáceas, lívidas; hacia aba­jo, una vaga línea horizontal más clara que el mar. Entre los dos, una masa amorfa que bien puede ser nubes como montañas. A veces, sin embargo, parece que se acentúa al­go el valor de esa masa brumosa. Ilusión. El punto oscuro se borra lentamente, se disuelve otra vez en el tono gris uniforme que satura el ambiente.

De repente, más cerca, una mancha informe acaba de afirmarse. ¿Qué será? ¿Un islote, una península? Una ráfaga de viento deshace un poco la cortina de niebla y se define algo de un gris verdoso y un barroso marrón. Ha de ser un islote. Ya se esfuma despacio alejándose paulatinamen­te. Pero acaba de salir otro de la bruma. Un momento se ve un vago acantilado copado de vegetación, luego, brus­camente lo traga una nube humosa. Ya no es más que una masa más oscura que se confunde rápidamente con la nie­bla. Ahora lo que un rato antes parecía una nube, cobra un perfil levísimo que podría ser la cumbre de una monta­ña. Escudriñando con mucha atención se puede distinguir un contorno caprichoso que se separa lentamente del cielo lívido y se alarga poco a poco. Luego la línea cae de re­pente, casi perpendicularmente. Es un promontorio. Su masa se oscurece. A su base una franja clara lo separa del gris sucio del mar. Se aproxima; se nos viene encima. A través de la neblina se adivinan acantilados rocosos, superficies verdosas, huecos pardos. Ahora hay que levantar la cabe­za para ver el cielo pálido y sulfúreo. La sombra de la mo­le obscurece el agua que se pone de color acerado con profundidades verdinegras y reflejos metálicos. Sargazos flo­tan y se mecen al pie de las rocas. Luego el promontorio se esfuma paulatinamente y vuelve a confundirse con las nubes.

A proa, aparece una punta en la llovizna. Atrás de ella otra, y otra todavía más allá, en planos cada vez más te­nues y sutiles. Sus perfiles se superponen en valores deli­cadísimos y se recortan caprichosamente, afectando todas las formas imaginables, aún las más imprevistas e invero­símiles. Para ellas no hay dibujo demasiado imposible o movido. Todo lo que el cerebro pueda idear como línea se encuentra en esos parajes ,para plasmar islas, promonto­rios, penínsulas, cordilleras, cerros, islotes diminutos o gran­des, alargados o altos, peñascos de acantilados perpendicu­lares y de cumbre puntiaguda, rodeándoles otros más pe­queños, de contornos cuadrados, redondos, triangulares, et­cétera. Se ven bahías salpicadas de archipiélagos, islas que parecen penínsulas, penínsulas que parecen islas. Todo su­mido en la bruma grisácea, medio sumergido en el agua de acero bruñido. Hacen pensar en seres del Limbo, que erran, impotentes, en la semioscuridad: fantasmas que fra­casan angustiosamente en un vano intento de plasmarse para lograr la pretérita existencia, cobrando forma nueva y definida.

Después de ver desfilar esas visiones fantásticas duran­te unas horas, uno termina por perder el sentido de la rea­lidad. Se tiene la sensación alucinante de haber viajado no en el espacio sino en el tiempo, hasta retroceder a la época bíblica de la creación de la tierra, según rezan las palabras del Génesis: En el principio crió Dios el cielo y la tlorra, y la tierra estaba desnuda y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo, y el espíritu de Dios era ¡levado sobre las aguas."

Dijo también Dios: "Júntense las aguas que están deba­jo del Cielo en un lugar y descúbrase la seca". Y fué hecho así. Y llamó Dios a la seca: Tierra y a las congregaciones de las aguas llamó Mares.

Uno se figura estar en el período de las sucesivas formaciones geológicas en que dominaban los elementos ga­seosos y líquidos, asomándose recién los continentes. Épo­ca de caos, de gestación de la madre tierra en su afán de procrear, de engendrar entidades cada vez menos amorfas, nacidas de la nada.

Sólo el genio de un Stravinsky podría describir esos es­tados de ánimo, interpretar con armonías adecuadas ese grandioso trabajo de dramático alumbramiento de los mun­dos, como lo hiciera el inspirado artista en su célebre "Con­sagración de la Primavera", donde supo plasmar magistral-mente el esfuerzo y el dolor de la creación penosa e irre­sistible.

 

CALEIDOSCOPIO

Según la zona, el estado del tiempo y la hora, es dable contemplar todos los panoramas en los Canales Fueguinos. Costas erizadas de arrecifes o coronadas por tupida vege­tación como en Irlanda; riberas asoladas y mares de azul cerúleo y cobalto, como en Italia; cumbres nevadas como en Suiza; islas color ocre y azul, como en el Mediterráneo; acantilados hoscos y pelados, como en Noruega; archipié­lagos rocosos, como en Grecia; ventisqueros y mares de hielo., como en los Alpes; neblinas brumosas, como en el Canal de la Mancha; cielos rojizos, como en Egipto; perfi­les fantásticos de altos cerros empinados como en las orillas del Rin: todo ello en una escala reducida y de un modo fugaz.

Se observan, igualmente fenómenos atmosféricos ex­trañes y efímeros debidos probablemente a la densidad y humedad variable del aire en el que se refracta la luz de cielos movibles e inquietos.

En Wulaia, por ejemplo, durante un par de horas bri­lló el sol con rara intensidad (en sí es un milagro fueguino) con una temperatura muy baja y húmeda y se produjo, en el panorama de islas diseminadas en el mar, una sinfonía de todos los azules y verdes conocidos: ultramarinos, cobal­to cerúleo, veronés, esmeralda, jade, turquesa, etc., mos­trándose el cielo, el mar, las islas, los peñascos en forma de catedrales y de castillos, las nubes, como sumergidos en un vapor color azul verdoso. Parecía como un trabajo de aguada en azul, con los matices y tintes más variados y reinados. Hasta el color y los detalles del mismo barco pa­recían azulados.

En ciertos momentos, cuando llega un chubasco, el cie­lo se pone gris oscuro, pero las montañas, los acantilados y las lomas que están a ambos lados de los canales, inten­sifican su colorido y se vuelven perfectamente lila en los valores oscuros y nítidamente rosa y azul verdoso en los valores claros; el mar cobra una profunda tonalidad ver­de azulado, picado de olitas espumosas y blanquísimas. Constituye el conjunto, cuadros del más puro impresionis­mo, dignos del pincel de Monet.

En otros momentos (y el fenómeno fué ya observado y pintado por artistas en Río de Janeiro), el panorama, espe­cialmente en el Canal de Beagle, aparece a través de una tenue bruma color gris malva, gris azulado o gris plateado, ofreciendo a la vista todos los tintes de ese matiz en los distintos planos, con efectos fantásticos y escénicos, debi­dos al sol, cuya luz dora los contornos de las nube, filtran­do sus rayos a través de vapores delicados. No se sabe dón­de terminan las cumbres de las montañas, pues los planes aparecen sintéticos y las nubes descienden muy bajo en los valles. El aspecto general es etéreo, vaporoso, irreal.

Huelga agregar que en una zona donde los chubascos son la regla constante, se producen arcos iris con mucha frecuencia. Hay días en que casi siempre se ve uno formán­dose o desvaneciéndose en algún punto cardinal, cuando no en dos sitios distintos, a la vez. Algunos aparecen su­mamente cerca.

Es factible observar efectos inexplicables: puesto ya el sol y cubierto el cielo de nubes oscuras, se muestran en el Este, sobre un fondo coralino brillantísimo como en Egipto, nubes rosadas, malva, doradas, etc. También se pueden ver haces de rayos dispuestos en abanicos, con matices pla­teados y áureos que proceden de alguna parte debajo del horizonte, en el mar, como si allá hubiera un inmenso reflector que iluminara las nubes; éstas a su vez colorean las montañas con los mismos tonos produciendo los efectos más absurdos e inverosímiles. Si algún artista se atreviera a pintarlos, se le tacharía de impostor, pues parecería no ha­ber ley física capaz de explicarlos, al menos a primera vista.

Lástima que a todo haya que contemplarlo tiritando a causa del frío húmedo y penetrante, pese a las varias capas superpuestas de prendas de lana y de pieles a las que es necesario recurrir en pleno verano, con los pies en los charcos si uno está a bordo o en el barro si se está en tierra.

 

TEMPORALES

 Los temporales suelen producirse a menudo y repentina­mente, siempre sin truenos y relámpagos. Se borran las nubes y el cielo se ensombrece tomando un color gris ce­niza oscuro. La lluvia interpone un tejido transparente, co­lor gris malva sobre las montañas, el mar cobra un tinte verde lechoso, luego se desencadena el huracán. El mar pi­cado forma olas cuyas crestas espumosas y deshilachadas, arranca el viento, formando con ellas una nube baja que vuela a ras del agua por algún tiempo. Luego el mar se torna sombrío, verdinegro, con fulgores metálicos de acero y reflejos amarillentos. Todo el barco se estremece, los vi­drios, sacudidos, saltan, rechinan y chirrión; los aparejos se tuercen, se estiran en todos los sentidos. La granizada crepita en todas partes, las cubiertas de proa y de popa se vuelven verdaderos charcos. El barco lucha, no adelan­ta. A veces tiene que volver atrás en busca de algún fon­deadero, caleta o ensenada protegida por acantilados. Y aún allí, a pesar de estar anclado, gira lentamente como un trompo, rolando y cabeceando, requiriendo toda la aten­ción de la oficialidad y de la tripulación para no echarse sobre las rocas.

La lluvia helada forma regueras que se  insinúan por las escotillas en las escaleras interiores y los alojamientos. En el barco, sobrepoblado de humanidad aburrida, no hay un sitio disponible en donde estar. Hay que refugiarse en la litera oscura como nicho y esperar, melancólicamente, que los elementos desencadenados se sosieguen y permi­tan reanudar el viaje.

 

VENTISQUEROS

Los glaciares son numerosísimos, muchos entre ellos todavía sin nombre. Algunos se encuentran en lo alto de las cumbres, en las cordilleras. Otros en la misma orilla de los Canales o de las ensenadas. Tienen a través de la bruma un leve fulgor frío y fosforescente, verdoso y azula­do; a lo lejos parecen inmensos fuegos fatuos de cemen­terios, inmóviles en medio de la neblina.

Al acercarse, se dibujan rocas sombrías, sábanas de hielo, nieves que se confunden con las nubes, acantilados majestuosos que dominan el mar. Constan los ventisque­ros de prísmos altísimos, algo parecidos a tubuladuras de órgano, alineadas en filas apretadas, de aristas agudas y secas. Su inmovilidad, su silencio, su soledad asustan y fascinan. Uno queda mudo, arrobado, como enajenado, preso de angustia ante su misterio. Se siente pequeño, te­merario como en las leyendas antiguas los que se atre­vían a descifrar el peligroso enigma de la Esfinge. Parecen las agujas de hielo una hilera de fantasmas, un frente de aparecidos hostiles y amenazadores, que no quieren o no pueden revelar algún secreto espantoso del más allá.

Al pasar delante del ventisquero Romanche cuyos acantilados de hielos son estupendos por la altura, se despeñar, avalanchas. Se nota primero, en lo alto de la lejana cumbre, como un hormigueo de nieve en la blanca pen­diente, luego se forman excavaciones y montones de hielos rotos que como persiguiéndose, chorrean y resbalan hasta el borde del abismo. Entonces las masas se despegan con estrépito y caen lenta y majestuosamente al precipicio co­mo nubarrones, pesados, espesos, blancos, en medio de un fragor como de trueno lejano. Su caída al mar levanta una nube altísima compuesta de pedazos de hielo; de espu­ma y de agua, la que perdura un buen rato, elevándose despacio, luego vuelve a caer lentamente. Cuando se di­sipa esa nube, se ven los blanquísimos témpanos uno en­cima del otro, oscilando, derrumbándose al pie del ventis­quero.

Inician entonces su viaje de fantasmas errantes, pe­regrinando a lo largo de las costas rocosas, donde se des­agregaran lentamente. Espectros lunares, pálidos y miste­riosos, ciegos y mudos, se deslizan majestuosamente por grupos, como resignados ante la fatalidad ineludible que los desterró trágicamente de su gélida patria.

 

ZORROS PLATEADOS

 En los alrededores de Punta Arenas, a tres cuartos de hora de automóvil, se encuentra un importante criadero de zorros plateados y de vesos (cruza de hurones y de eskunes). Está situado en un cerrito, entre montes diezmados por el viento. Es la sucursal de un criadero de California; se explota con los mismos métodos y con mayores benefi­cios, debido a la relativa baratura de la comida de los animalitos, la que en Chile cuesta cuatro veces menos que en los Estados Unidos. Pues los señores zorros están bien alimentados y todos y cada uno de ellos come más y me­jor que una persona mayor. Reciben, dos veces al día, a las siete y a las cuatro, una sabrosa papilla compuesta de carne de liebre o de caballo, huevos de pingüinos o de gaviotas, verdura, fruta, legumbres, cereales, "cochayuyo" y "luche" (algas marinas que constituyen un típico y exce­lente plato chileno) huesitos triturados, sal y cal. Hay, para ellos, una cocina muy bien puesta, con ollas, fogones, má­quinas de motor eléctrico para picar carne, etc. Hay tam­bién varias huertas que producen espinacas, zanahorias, nabos magníficos, repollos, lechuga, acelga, verduras que a los habitantes de Punta Arenas les gustaría tener, pues escasean mucho, pero nadie sabe cultivar la tierra como lo hacen en el criadero, con abonos costosos y sabiamen­te elegidos.

La explotación se divide en ocho secciones cubiertas con jaulas grandes y chicas, de tejido de alambre. Las madres zorras están solas en su jaula por recibir una alimen­tación más abundante y elegida, y también para que los padres zorros no maten a la cría de los demás. Sus ojitos amarillos tienen una expresión huraña y melancólica. A los pocos meses se largan los zorritos en un corral grande cerrado por un altísimo cerco de tejido de alambre, hacién­doles, en la planta de las patitas, una incisión para que no puedan cavar pequeños túneles debajo de los alambra­dos con el fin de escaparse. Cuando uno se aproxima, em­prenden los animalitos una loca carrera a brincos larguísi­mos. Son ligerísimos; apenas si ponen las patitas en el sue­lo: casi parece que volaran a ras del suelo. Si no fuera por el hocico puntiagudo y la tupidísima cola, se confun­dirían con los gatos negros por los movimientos escurridi­zos.

A los ocho meses, se matan por medio de una inyec­ción de cloroformo en el corazón. Abren los ojitos muy grandes y se quedan muertos. La piel, después de trabaja­da, queda una tercera parte más larga.

Los vesos son muy simpáticos. Tienen un cuerpo re­dondo, muy largo y onduloso como el de una serpiente, pa­titas bajísimas, nariz negra, húmeda y ojillos vivísimos. Vi­ven en casillas de madera, hundidos en paja, pero acuden, presurosos, para curiosear y morder, si pueden, a las visi­tas que tratan de acariciarlos. Vimos una madre con ca­torce críos que parecían ratitas blancas.

El personal, muy numeroso, vive y se desvive para dar de comer a los zorros. La empresa gira con un capital muy elevado: está constituida en compañía que prospera y co­mercia principalmente con los Estados Unidos.

 

BARRO Y CARBÓN

 En Punta Arenas, se aconseja a los turistas que vayan al criadero de zorros y a la mina de carbón. De puro abu­rrimiento uno va.

Un auto, pagado doble, de acuerdo a derecho, cuando se trata de extranjeros, me lleva a una pequeña estación. Luego me siento en el banco de un diminuto vagón, entre un grupo de mineros embarrados y un "chiporro" (cordero) brioso, que topa a los que lo molestan.

Hasta ahora brillaba el sol (milagro fueguino) pero na­turalmente principia a llover fuerte, a granizar y a nevar. Viento frío. La línea de trocha angostísima, serpentea en el lecho de un profundo torrente de cantos rodados y pedre­gullo. El trencito traqueteando estrepitosamente entra en un cañadón que se hace cada vez más estrecho y más alto. Acantilados de arcilla amarilla con nieve en los huecos. Arriba, contra el cielo, se perfilan grupos de árboles de ramas peladas y atormentadas.

Se llega al sitio de la mina: Un par de casas de made­ra delante de las cuales unos fogoneros y obreros reciben las tinas de carbón que llegan como del cielo, a lo largo

de una soga de alambres retorcidos, desde el borde del cañadón sito a doscientos metros de altura. Esta mina, en vez de estar en la profundidad del suelo de acuerdo con lo que enseña en las escuelas, está en la cumbre del ca­ñadón.

La cuadrilla de mineros sube por lo que al principio a la distancia me pareció ser una escalera de peldaños, zigzagueando casi perpendicularmente contra el acantilado de arcilla blanda. Me avisan que hay mucha agua y barro en la mina. Está lloviendo. Efectivamente, saltitos de agua y chorros de espeso lodo fluyen como regueras desde lo alto. Pero no me puedo resignar al haber afrontado el frío, la llu­via y las incomodidades por nada. Emprendo la subida, la valija en una mano, la cartera y la cámara fotográfica en la otra. Antes de llegar al pie de la escalera, hay que subir una empinada colina de fango en el que se hunden, como si fuera manteca, mis zapatos de tacos Luis XV, hasta los tobillos. Los mineros que van delante se dan vuelta para mirarme; los que quedaron abajo alzan la cara para hacer otro tanto. No quiero dar mi brazo a torcer y sigo, pasando por encima de arroyos de agua y de otros de fango líquido.

Ahora, descubro que lo que parecía una escalera de peldaños es más bien de estilo de mano, hecha de troncos rústicos con travesaños muy separados. Serpentea contra la pared con un recorrido de trescientos metros. Allá arri­ba, en una casita de madera, diminuta por la distancia, está la entrada de la mina que corre por horas y kilómetros de­bajo del suelo del cerro.

Me parece que desde allá la vista ha de ser soberbia y sigo subiendo. Al rato estoy cansada y arrepentida. Pien­so en retroceder. Pero la bajada sería más peligrosa toda­vía. La escalera es sumamente resbaladiza con su capa de fango y la profundidad del precipicio que veo debajo me marea. A lo lejos, brilla el estrecho de Magallanes bajo el cielo gris plateado. Pero no estoy como para panoramas, sola, a medio camino, sin que nadie se ofreciera para ayu­darme. Opto por seguir. Pronto tengo que abandonar la va­lija con la intención de recogerla a la vuelta. Chubasco de granizada. También hay que franquear puentecitos de ta­blas bastante separadas, echadas sobre grietas del acanti­lado. Principio a preguntarme con mucho pesimismo cómo terminará la aventura. Todavía falta mucho para llegar a la meta. Hago señales a un minero que me mira desde la pla­taforma de la casita y que veo chiquito por la distancia. Se pone un dedo en el pecho como diciendo, ¿yo? Señalo enér­gicamente que sí. Baja lentamente hacia mí y acepta ayu­darme a terminar la ascensión. Me parece estar en la Torre Eiffel de París. Me tiemblan las piernas. Luego de recibir unas cuantas ráfagas de granizada más, llego a la dicho­sa plataforma, deshecha, el corazón latiendo a golpes y transpirada a pesar del tiempo friísimo.

Los mineros que salen de la mina en los vagones me contemplan, mudos con la sorpresa. Ni contestan a mis pre­guntas. Me invitan finalmente a subir a un vagón e inter­narme. No acepto. Me basta con ver la primera parte de las galerías, con sus soportes de maderámenes y las lám­paras eléctricas que cuelgan del bajísimo techo. Más allá una boca negra, húmeda, helada, en cuyos charcos de ba­rro de carbón chapotan ruidosa y pesadamente algunos mineros con sus botas de goma.

Ofrezco unos pesos al minero que me ayudó para que vaya a buscarme la valija y me lleve abajo por otro cami­no que dice ser más fácil, pero más largo. Emprendemos el regreso, que me parece más peligroso todavía, pues el sendero, sin baranda, costea cornisas resbaladizas al borde del precipicio. Bajamos, prendidos de la mano con gesto de minuet. Mi compañero lleva una gorra de la que cuelga una lamparita de mecha, traje roto y botas de goma. Estoy embarrada de arriba abajo. En el sendero se desliza, como bavando, un lento chorro de fango en que chapoteamos y resbalamos. Empleo mis últimas energías en sacar unas instantáneas, pero luego mi cerebro no atina a nada más, salvo a hacer frente a las peripecias del descenso. Ni si­quiera me acuerdo de la cara del minero.

Por fin llego abajo, mojada y deshecha. Hay que espe­rar casi una hora al viento frío, en compañía de unas niñas grandes y chicas que habían ido a los montes a recoger frutillas silvestres (única distracción de los pobres de la comarca). Por fin sale una locomotora en la que subimos todos, parados al lado del maquinista o sentados en el mis­mo carbón y regresamos a la estación, encantados por ha­ber terminado la excursión y resueltos a no reincidir nunca.

 

ESTANCIAS

 Los campos de Río Grande sugieren riqueza y prospe­ridad. Las inmensas llanuras ostentan un pasto natural al­to, verde, en que pacen las ovejas, hundidas en él hasta me­dio cuerpo. Los arroyos y las lagunas abundan, haciendo innecesario, que caminen los ovinos para ir a beber. Son gordísimos, de vellón estupendo, como volumen (raza Corriedale y Romney) a punto que si cae un animal, no se puede levantar y muere al poco tiempo, bs ojos arrancados por los caranchos. Las vacas son imponentes, hasta majes­tuosas por su tamaño y su calma soberbia: hacen compren­der la reverencia y el respeto de los egipcios y de los hin­dúes para con ellas.

Las estancias grandísimas de la Cía Menéndez y Behety, tienen algo de aldea y de manufactura con sus re­gias casas habitaciones, sus calles llenas de edificios: proveedurías, depósitos de materiales, garages, cocinas, come­dores, casas de peones, de ovejeros y de empleados, con­tadurías, bibliotecas. Todos con carteles. En la estancia "Ma­ría Behety" el galpón de esquilar, corazón y orgullo de la explotación, cubre casi una cuadra cuadrada. En él, se es­quilan hasta 120.000 ovejas con 36 máquinas de esquilar accionadas por electricidad. Para simplificar la tarea, un porta-vellón eléctrico trae los vellones al alcance del cla­sificador, personaje inglés muy importante, muy bien retri­buido, cuya función consiste en palpar y abrir los vellones, repartiéndoles, según su finura y calidad, en distintos renglo­nes. Este funcionario carga también con la responsabilidad de decidir, en los días de lluvia, si las ovejas están bastan­te secas para esquilarlas sin arriesgar que fermente la lana, después, por exceso de humedad.

La Compañía posee también sus frigoríficos propios en que se enfrían y se hielan las carnes para exportarlas di­rectamente a Europa; como también sus graserías para uti­lizar y aprovechar los animales viejos. Esos establecimien­tos y las estancias se parecen a pueblitos. Todos los edifi­cios tienen la misma característica: Techos colorados, pare­des amarillas, maderámenes negros, prolijos y nítidos, a punto de parecerse, desde lejos, a esos juguetes nuevitos que se regalan a los niños ricos para Navidad. Las casas administraciones pueden compararse con los hoteles con­fortables, lo que en realidad son, pues albergan, cada ve­rano, por unos días y con toda liberalidad a cuantas perso­nas deseen conocerlos. Son espaciosas, muy bien amue­bladas, con calefacción, invernáculos, jardines de invierno, galerías floridas, salón de billar, donde nunca se juega, sala con piano que nunca se toca. Recuerdan algo a los museos por su extensión, su sonoridad, su frescura, su silencio y, desgraciadamente, su falta de alma. Se las muestra a las visitas y no con poco orgullo, como si se tratara de una colección de objetos raros, lo que son en realidad, pues es­tos magníficos establecimientos rurales, levantados e insta­lados en esos lejanos desiertos, poco a poco, por medio de camiones y caminos pésimos, representan un esfuerzo ad­mirable, sino una hazaña. En realidad, la pieza habitada de la casa es el escritorio del administrador, en cuya chimenea arde, todo el año, un alegre y bienvenido fuego de leña.

Por lo general, las casas que siempre son de madera y de zinc, constan de un piso bajo. Cuando tienen un piso más y que están en él los dormitorios, al cundir un temporal se mece el edificio y hasta las camas, dando a uno la im­presión de estar en un faro de la costa.

La actividad dura únicamente los meses de verano, vol­viendo luego los esquiladores y los extras a sus hogares; queda el personal reducido al mínimum posible, esperando pacientemente, bajo la mortaja de nieve, que aminoren algo los rigores del crudísimo invierno fueguino.

 

ASERRADERO

 Los montes de Tierra del Fuego son increíblemente abundantes y tupidos. La lluvia constante favorece su cre­cimiento tanto como su podredumbre. Cubren los valles, las pendientes y las cumbres de los cerros con un manto, verdinegro de cerca y azulado a lo lejos. Los indios antes, y ahora los pobladores incendiaron vastas extensiones de bosques, con el fin de despejar el terreno y conseguir pas­tizales para los animales. Esos espacios cubiertos de tron­cos y ramas blanquecinos como esqueletos, tumbados en todas las actitudes imaginables, manchan de gris ceniciento el panorama. Los troncos más gruesos quedaron en pie, perfilándose contra el cielo una que otra rama de línea atormentada con ademán amenazador. Otros fueron derri­bados por algún vendaval y sus raíces gigantescas dibu­jan arabescos en el aire. El suelo está sembrado de frag­mentos que se asemejan a osamentas petrificadas de mons­truos antidiluvianos. Es como si hubieran pasado por allá ejércitos devastadores, cuyas luchas épicas dejaron los campos secos y estériles. El conjunto constituye un pano­rama curioso de lejanías con colores indefinidos, líneas sua­ves,  planes de  valores casi uniformes,  de  matices  delicados y vaporosos. Produce una sensación de melancolía y de desolación, de abandono y de soledad.

Algunos árboles alcanzan treinta y cuarenta metros de altura y su tronco varía entre setenta centímetros y un me­tro. Cuando el tronco mide 1.40 de diámetro, suele tener unos veinte metros de alto. Existen algunos aserraderos en la zona del Seno Almirantazgo. Están naturalmente casi en la misma playa. El de Puerto Arturo es el más importante de Tierra del Fuego. Funciona con nueve máquinas de se­rruchar y puede producir diez mil piezas por día, entre ta­blas y vigas. Sirven únicamente para carpintería común. Una vez derribados por los leñadores, los troncos son arras­trados por una yunta de bueyes hasta el aserradero, a lo largo de angostas huellas, en los valles y en las pendien­tes. Cerca del muelle, se levantan montones de maderas amarillentas, esperando al vaporcito que viene a cargarlas de vez en cuando. Cuando no hay muelle, se tiran las pie­zas al agua, se atan con sogas y se las remolca un bote hasta el barco.

Los empleados y obreros de la factoría viven con sus familias aislados del mundo y tienen que bastarse a sí mis­mos sin contar con asistencia médica, religiosa, policial, et­cétera. Terminan por acostumbrarse tan bien a su modo de vivir, tranquilo y monótono, que ni siquiera anhelan volver a la civilización y algunos consideran que su suerte es has­ta envidiable.

 

ORO

Palabra mágica, sonora. Vocablo color de sol, evoca­dor de luz dorada de riqueza, de lujo y de felicidad.

Sin embargo, qué sorpresa al ver de cerca el ambien­te ingrato en que se encuentra y la forma penosa en que se extrae. Los buscadores de oro no son aventureros mag­níficos, ni siquiera obreros bien retribuidos por compañías explotadoras de métodos modernos y perfeccionados. Son humildes trabajadores sin ocupación o recursos, dispuestos a jugar sus comodidades y su salud con el fin de conseguir los medios para dedicarse a alguna empresa más lucrativa y menos malsana.

El chileno no busca oro. Su naturaleza apática, su falta de energía se lo impide, pues la tuberculosis y el raquitis­mo hacen estragos aterradores en la población de Tierra del Fuego. Se buscan las causas en el rigor del clima, en la escasez de verdura y en la falta de cal ya que la poca que se puede conseguir, para la alimentación es insuficien­te. Tanto como la pobreza, es culpable el alcoholismo.

Por eso es que los buscadores de oro son en su mayor parte yugoeslavos o italianos. Existe mucho oro en Chile. Se encuentra principalmente en los Cordones de la "Isla", es decir, entre Porvenir y Río Grande y cerca de Punta Are­nas, en el cañadón Loreto. La búsqueda es libre. Hace unos cuantos años se formó y se arruinó una compañía co­mercial, cuyas dragas y construcciones, se ven todavía abandonadas en el altisonante pero desolado Río de Oro. Se encontraba, dicen, hasta un kilo de oro por día, pero re­sultó imposible vigilar debidamente al personal que se las arreglaba para quedarse con parte del precioso metal.

Actualmente, los emprendedores mineros, como se los denomina en la región, van a los Cordones por grupos o aislados, a varias leguas de distancia de toda zona habita­da. Levantan abrigos miserables en los cañadones, al bor­de de los arroyos. Medio hundidos en el barro helado, ba­jo la lluvia despiadada y continua, abren, a paladas, pe­queñas trincheras en las barrancas, para sacar tierras au­ríferas. La lavan en agua que traen desde los manantiales de las alturas, por medio de represas canalizadas en con­ductos rústicos de tablas movibles. Utilizan para ello tami­ces de hierro en forma de pantalla de lámpara, otros en forma de parillas. Cuando pueden gastar en ellas, calzan botas de goma. Se pasan los días chapoteando, pies y ma­nos en el fango y en el agua. Se parecen a humildes escarabajos color de lodo, moviéndose lenta y pesadamente en el barro, para arrancarle un poco de polvo de oro. Unos se pueden ganar cien pesos chilenos por día ($ 12.50 argenti­nos) otros diez pesos, es decir un poco más de un peso nuestro. Cuestión de suerte. Se cuenta de algunos mineros que ganaron 100.000 pesos chilenos en la temporada que dura de cuatro a cinco meses, en verano. El precio oficial de venta del oro es de 23 pesos por gramo. En la época en que pasé por la región, hacía pocos días que se había en­contrado una pepa de 365 gramos. En invierno, los mine­ros viven en modestas casas de pensión de Porvenir donde juegan y beben lo que ganaron con tanto esfuerzo. Sin em­bargo, muchos encontraron en el barro el capital necesario para comprar ovejas y labrarse una cuantiosa fortuna.

Durante el crucero que hicimos al Sur de la Isla Navarino en dirección al Cabo Hornos, subieron a bordo dos italianos, buscadores de oro y cazadores de focas, con una pequeña fortuna: 400 gramos de oro y 700 cueros de lobos marinos. Pero acababan de pasar cuatro meses en una is­la desierta, desafiando el frío crudo, el hambre, las enfer­medades, la soledad, pues de no ser recogidos por el va­por, hubieren tenido que seguir allá otros dos meses.

Al pasar cerca de otra isla, nuestro barco fué llamado por una fogata de humo. Los oficiales y marineros que lle­garon a tierra en la chalupa, volvieron con la noticia de que tres o cuatro buscadores de oro habían quedado sin víve­res y suplicaban se les diera harina en cambio de polvo de oro, pues carecían de dinero. Fueron a traerles una bol­sa de harina, llevando una balancita de farmacia para pe­sar la preciosa arenilla. Luego nos alejamos dejando para­dos en la playa lluviosa a los harapientos y hirsutos aven­tureros. Humildes héroes, resueltos a jugarse la vida para juntar a duras penas un poco más del codiciado metal, cu­ya posesión les infunde la esperanza de no volver más a las inhospitalarias arenas, por más auríferas que sean, ane­gadas bajo las heladas aguas polares.

 

ODISEA FUEGUINA

 No vamos a la guerra como Mambrú, pero sí estamos en pie de guerra y en viaje de soberanía en un escampa­vía de la armada. Este tiene un cañón, quince máusers, quince yataganes, cuatro pistolas. Los marineros pueden presentar armas y ser revistados. Llevan el yatagán cuan­do están de guardia y hacen a sus superiores una venia espectacular, con palabras sonoras y respetuosos, terminan­do el saludo con un no menos sonoro golpe del canto de la mano en el muslo derecho.

El viaje se hace varias veces al año a los Canales Fue­guinos y alrededor de la Isla Navarino. Se trata de impedir la ocupación posible de las islitas del Extremo Sur por al­guna potencia extranjera y, al mismo tiempo, de favorecer el desarrollo de la población, trayéndole víveres, correspon­dencia y cargando su lana, su hacienda y sus maderas. Hay tantos pedidos que, a pesar de la falta absoluta de comodidades de ninguna clase, el vaporcito está abarrota­do de gente y de carga. Lo que se llama pomposamente primera clase, es un camarote de doce literas, en donde se alojan mujeres y hombres por igual, al fondo del barco, al nivel de la bodega de carbón. En la misma se acomodan como pueden los pasajeros llamados de tercera, con sus perros ovejeros, echando sobre el mismo carbón sus colcho­nes y sus frazadas en medio de los enseres de toda clase, palanganas, cafeteras, calentadores de alcohol, etc.

El pasaje es heteróclito: un capitán de infantería, dos tenientes de artillería (todos en gran uniforme con sus ar­mas y pertrechos) un banquero, un maestro, una madre con dos "guaguas" (bebés), varias mujeres, etc.; algunos traen fra­zadas, toallas, paquetes, comida, botellas. Las mujeres duer­men en las literas de abajo, los hombres en las de arriba. En un tiempo  feliz hubo cortinas. Uno tiene que echarse sobre la cama, colgar echarpes, abrigos, etc., de la varilla de metal y luego  desvestirse  y vestirse  detrás  del telón improvisado.  Cuando alguien pasa sin precaución por el estrecho espacio del medio, o trepa a la cama de arriba, haciendo ejercicios de acrobacia, suele caer la varilla, de­jando a la vista al desafortunado ocupante, en medio de sus prendas,  adminículos y valijas. Los baqueanos traen sus frazadas, toallas, cortinas, jabón, vaso, etc. Los que co­men las vituallas de sus paquetes, tiran al suelo la piel de los salames, las cascaras de nueces y de naranjas, corte­zas de pan, etc., para mayor alegría de los perritos que entran, salen y duermen allí también. En un rincón, hay dos lavatorios. Se desciende al camarote por una escotilla provista de una escalera empinada, de travesanos de ma­dera y de bronce. De paso se ve el comedor, cuchitril os­curo con una larga mesa y dos bancos rústicos, cubiertos por dos bolsas de cotín rellenas de paja, en que duerme de noche el mozo, pomposamente  titulado "mayordomo". Es un joven pintoresco, desaliñado, siempre alegre y más que confianzudo. Se divierte en grande en sus funciones. Nos llama para el desayuno cuando se le antoja: a las siete si madrugó, o a las nueve si tuvo ganas de dormir. Entra al camarote gritando "¡Café, café!", golpea las manos, aparta las cortinas. A medio día y a la tarde, como los pasa­jeros están en la cubierta, los va a llamar haciendo con los dedos juntos delante de la boca el gesto de comer de significado universal. En los últimos días nos silbaba no más gritando: "¡A comer, a comer!"

Cuando llueve y siempre llueve, gotea agua del cielorraso, siendo recibida en un recipiente colocado en la me­sa del comedor. Cuando los marineros lavan la cubierta baja, con mangas de regar, se produce una catarata que inunda el comedor. Los mojados se dan a la fuga, se gri­ta mucho, se ríe, se protesta, se llama al teniente; éste man­da tapar el agujero con alquitrán y todo sigue bien hasta la próxima limpieza.

Hay días en que la lluvia es tan copiosa que la cubier­ta baja, con piso de palastro oxidado, se convierte en char­co, en el que tenemos que chapotear para entrar y salir de la escotilla. Gasté un par de zapatos en el viaje y un día tuve que ponerme botas de montar para poder salir bajo el aguacero.

Al llegar a Navarino desembarcan casi todos los pasa­jeros. El mayordomo y el marinero que le hace de ayudan­te, están tan ocupados en hacerse confidencias divertidas que no piensan más en los pocos que quedaron. Nos lla­man para almorzar, luego se olvidan de ir a buscar la co­mida a la cocina, ubicada en la cubierta superior (dos pi­sos más arriba). La suelen traer con gran alboroto, a veces en una "sopera" ovalada de cuatro patas y de metal en­chapado que fué, seguramente, jardinera en otros tiempos, a veces en una olla de loza descascarada, otras en una lata de kerosén cortada por el medio y provista de un alam­bre a guisa de manija. A menudo hay que esperar más de media hora, sentados en la mesa hasta que se acuerden de buscar la comida. Una vez se olvidaron completamente que estábamos allá, esperando, tan ocupados estaban en su pequeña despensa, en tomar su "once" (merienda) y divertirse. Cuando oyeron nuestros gritos de protesta, vinie­ron a mirarnos con curiosidad y sorpresa y nos sirvieron luego con mucho alboroto y carcajadas lo que les había sobrado.

Se producen incidencias. Una vez se terminó la miel del desayuno y teniendo en cuenta el poco entusiasmo que sentíamos por el pan seco, convencimos al ayudante del mayordomo que pidiera un pote de dulce al "pulpo" (des­pensero) quien lo negó. Todo se sabe a bordo de un bar­quito. Interviene el teniente-contador. Investiga. Resulta que se solía suministrar la mermelada, pero el apetito de nuestros camareros impedía que ésta llegara hasta nuestra me­sa. Arde Troya. Algarabía. Testigos. Medidas disciplinarias. Se permuta el ayudante por otro más sobrio. No le gustó al exilado, a quien le duele mucho, pues en el comedor de los oficiales lo tienen al dedillo. Cuando nos encuentra nos mira con rencor y nos dice con amargura: "¡Y todo esto por la mermelada de Vds.!"

En cada fondeadero, bajan a tierra la oficialidad y los marineros. Los unos para cazar patos y guanacos (nunca aciertan) otros para recoger mejillones y frutillas silvestres. Los pobladores les regalan leche, crema, lechuga, corderitos, etc. Vuelven a bordo con paquetes de verduras, fuen­tes de víveres, los que por supuesto nunca llegan hasta la mesa de los pasajeros.

Un par de veces, es necesario "hacer carbón", es de­cir, abastecer la carbonera de la sala de máquinas con el carbón que llevamos en las bodegas de popa y de proa. El espectáculo de circo que se nos ofrece en las ciudades, resulta pobre y caro, comparado con la función gratuita que es dable presenciar. Igual como los obreros pintores que dejan las paredes debidamente empapeladas pero los zócalos y el piso sucio, y como los lustradores que dejan los pisos como espejos pero manchan los muebles y las paredes, los marineros desarman los respiraderos con ma­nos sucias; por poco arrancan la baranda del puente de comando con la tina que cruza el espacio entre la bodega y la carbonera central, colgada de la soga del guinche. To­do el barco está salpicado de barro de carbón. La tina; ta­za enorme de palastro oxidado por el tiempo y la vetustez, no se balancea más sobre las palancas remendadas con piolas y alambres. Así que tres o cuatro marineros tienen que empujarla por debajo, mientras cuatro o cinco más ha­cen fuerza con el peso de su cuerpo en el borde de la tina, con el fin de volcar el contenido en la cubierta. Los hom­bres que están encima no piensan sino en escapar cuanto antes para no quedarse enterrados bajo el carbón. La ti­na no se vuelca. Los de atrás doblados por el esfuerzo, en­furecidos, protestan amargamente con denuestos variados. Se reanuda la prueba. Los marineros de adelante se cuelgan todos a la vez, como escarabajos en la misma ramita. Por fin se vuelca repentinamente la tina recalcitrante, cubrien­do con carbón a los marineros que se han caído sentados y emergen del polvo negro, mientras los de atrás se des­ternillan de risa. Eso se repite exactamente cuarenta ve­ces, en medio de un vocerío descomunal, carcajadas, reproches, etc. Todos los habitantes de nuestro charco flotan­te vienen a presenciar la función, a ayudar y a aconsejar. Es un gran día.

En la isla Lennox, suben dos cazadores de focas y la­vadores de oro con setecientas pieles de lobos marinos y cuatrocientos gramos de oro, un chinchorro, un perro, una palangana, dos platos de loza, una cafetera y una chimenea. En otra isla desierta, tenemos que hacer máquina atrás, por haber visto una fogata en el acantilado de la costa. Se manda una chalupa a tierra para averiguar de qué se trata: son lavadores de oro que se quedaron sin víveres y ruegan que se les dé harina en cambio de polvo de oro, pues carecen de dinero. Les traen una bolsa y se pesa el precioso metal en la balancita de farmacia de a bordo.

En el canal de Beagle, se nos vara una chalupa car­gada de lona. Allá se pierde medio día, pues hay que vol­ver a buscarla a la tarde, cuando sube la marea. En Navarino, hay que mandar todas las embarcaciones a tierra para recoger pasajeros. Llegan cada vez más numerosos. De to­das partes se ven otras canoas que dejan la costa, car­gadas al máximum con gente y muebles. Entre ellos ca­rabineros ("vigilantes") con las esposas, los hijos, las sue­gras, etc. Todos traen camas, colchones, cajones transfor­mados en aparadores, chimeneas, canastos, gallinas vivas, corderos, perros, paquetes de verdura, macetas de flores. El teniente-contador, de gran uniforme, está sentado en la cum­bre de la carga. Sube la gente por cada escalera. Los ca­rabineros con los bebés en los brazos y la mamadera en la mano. Parece un abordaje pacífico.

Los marineros ayudan en la tarea con toda seriedad. Están acostumbrados. Por no haber otro sitio disponible se acomodan todos, mujeres, hombres, niños, perros, gallinas, en las bodegas de popa y proa. Sobre el mismo carbón ar­man las camas, abren los colchones, desparraman la lo­za, atan a los perros. Es una batahola indescriptible. El espectáculo es fantástico. A proa, están las ovejas, los cer­dos; la gente parada en todas partes. A popa, están Ios perros, las pieles de focas a salar y a secar y más gente parada. Ni que fuera un arca de Noé. Naturalmente llue­ve y de noche escarcha. Miseria humana. Vidas humildes y doloridas, sin horizonte, con pocas ambiciones y pocas esperanzas.

Es asombroso notar como las personas educadas por la civilización vuelven pronto y con naturalidad a la vida pri­mitiva, con qué facilidad se pierden los modales, las cos­tumbres refinadas, el respeto a las comodidades ajenas.

En los últimos días de esta odisea no podemos más. Estamos hartos de tanta promiscuidad, de tantas incomodi­dades, de tanto comunismo. Regresamos, por fin, al puerto de salida, malhumorados, hinchados, quemados por el vien­to, arrugados por el frío y bajamos al muelle con un pro­fundo suspiro de alivio.