El centellear amarillento de las luces de los puer­tos —Ingeniero White a estribor, y Galván a babor —, van muriendo lentamente, por los rayos del sol, el que a su vez en forma paulatina dora las aguas dormidas de la bahía.

La ciudad se va empequeñeciendo a nuestras es­paldas y una sutil bruma marina la cubre, difumándola. Sólo algunas lucecitas que parecen vidas ago­nizantes, se perciben en un ligero pestañeo desde nuestro avión, que en fugaz carrera se aleja. Es a ellas, a quien dirijo mi última mirada...

Sobre la extensa pampa cultivada, cuyas semen­teras con su obscuro verdor cubren la tierra, se le­vanta como un páramo de arenas candentes y roji­zas, la extensa cadena de médanos, de "Cabeza de Buey". Más allá se divisan los bosques de sauce, que calman las islas y riveras del río Colorado, que ser­pentea graciosamente entre el verdear exuberante de los alfalfares.

Desaparece este vergel, para presentarse el paisaje agreste y árido, formando un espectacular con­traste sus pequeños bosques naturales de "chañar" y de "alpataco", y sus dilatadas tierras arcillosas. Rompe de vez en cuando la monotonía del panora­ma, algunas lagunas salitrosas, que los rayos sola­res imprimen un delicado color de rosa pálido y des­de donde se levantan atemorizadas, grandes banda­das de flamencos y patos silbones. Estamos sobre las pampas del partido de Patagones, límite de la pro­vincia de Buenos Aires con los territorios del Sud.

En lontananza, brillante y platinado, aparece el caudaloso río Negro, y en una de sus caprichosas curvaturas, de frente a una escala de pequeñas islas de frondosa vegetación, se destaca el pueblo de Ge­neral Conesa, con las grandes instalaciones del inge­nio azucarero "San Lorenzo" y, una gran exten­sión de cuadriculados verdeclaros, que son los ta­blones de remolacha, bajo riego, para la industria. ¡Nos hallamos bajo el cielo de la Patagonia!

La visibilidad va disminuyendo a medida que avanzamos sobre las tierras del sud. Hoy una luz ex­traña, pálida, mística, que progresivamente se va tornando tenue y mortecina a pesar de alumbrar un radiante sol, en un cielo enteramente despejado.

¡Todo es extraño en esta Patagonia! Y más ex­traña aún para mí, que surcaba sus cielos por pri­mera vez.

El horizonte presenta ahora un matiz "temple de acero", indicio de nuestra proximidad a la costa del mar. Dentro de unos minutos, se percibirá en todas sus formas, el gran golfo, que según la carta de ruta que he terminado de consultar, acaricia las playas de San Antonio Oeste. Cruzamos las vías del ferro­carril del Estado —que une el hermoso lago Nahuel Huapí, con la Capital del Territorio de Río Negro—, a la altura del Kilómetro Cinco. El Golfo San Matías está casi debajo de nuestros pies, y más al oriente, un montón de casitas con sus techos colorados, que semejan un engarce de rubíes en torno a una gran turquesa: es el pueblo San Antonio.

Nuestra segunda etapa del vuelo a la Patagonia ha finalizado. Solo descendemos diez minutos pira cargar combustible y nuevamente en las alturas, el inmenso y profundo golfo "San Matías", de aguas tranquilas, cual un espejo de esmeraldas, se ensan­cha a nuestra vista. Inmaculadamente limpia y trans­parente en toda su profundidad, deja ver las algas marinas con infinita profusión.

La hélice en su fugaz rutina, sigue dando vueltas vertiginosamente y al espejarse en las cristalinas aguas se asemeja a un engarce de platino en la ga­llarda figura del avión, que corre afanosamente tras de ella, como aterrorizado de perder tan preciada joya.

¡Al fin me encuentro frente a uno de los múlti­ples panoramas que me imaginara repetidas veces, y que ansiaba mirar de todo corazón!

Las olas acariciadas por la brisa, rompían en las roquerías de la acantilada costa, formando precio­sas cascadas de nacarina espuma. Cual si una mano inteligente la hubiera esculpido, se levanta solitaria sobre la rústica rivera, una meseta de un colorido amarillento y de doscientos metros de altura aproxi­madamente. Parece un enorme pedestal hecho de exprofeso, para instalar un moderno campo de aterrizaje: es la meseta "Baya".

¡La mano del hombre habría tardado siglos para modelar esta soberbia mole que cual atento vigía, está erguido frente a la inmensidad del Océano!

Más adelante, frente a "Punta Sierra", la pro­fundidad de las aguas ha disminuido, cambiando fundamentalmente de tono... ¡Esto no es agua, es un clarísimo y diáfano cristal azul, a través del cual, en este día sereno, también se puede ver el fondo!

Con gran sorpresa, contemplo un gigantesco ti­burón, que evolucionaba pesadamente por la costa, en busca de algún "infeliz mortal", para satisfacer su feroz apetito.

A esta altura cambio rumbo cinco grados al oeste, pues pude ubicarme a la vista de Puerto Lobos.

Al oriente, se destaca en su forma original, la Península Valdéz. Tomo la hora y calculo que apro­ximadamente a los treinta minutos finalizaremos la tercera etapa.

Divísase ahora el golfo Nuevo, en cuya rivera con hermosas playas balnearias, está ubicado el pintores­co Puerto Madryn.

Dos elevadas torres metálicas de la Radiotelegra­fía, pintadas en su color característico, me orientan en la ubicación del campo de aterrizaje de Trelew.

Cierro el gas, y después de un amplio planeo, ate­rrizo en uno de los ángulos del campo, próximo a las instalaciones, donde me esperan con el combustible listo.

¡Hemos finalizado la tercera etapa!

Quince minutos después reiniciábamos el vuelo hacia la última etapa de ese día, quizás la más te­mible para los aviadores por lo intrincado de su to­pografía, y hasta ahora para mí, de raros fenómenos atmosféricos: era la de Comodoro Rivadavia, en la que había que trasponer algunas veces, heroicamente, una barrera de traicioneros cerros.

El pueblo de Trelew queda allí abajo, como es­condido en un valle ubérrimo que es emporio de ri­queza agrícola. De ese bello panorama de un verde esplendor, se destacan hermosos frutales de toda va­riedad. La aridez de las pampas, que rodean a este floreciente y tributario jardín, me ha inducido de­signarlo "El Oasis Patagónico".

A través del verde valle, voy tomando toda la altura posible, pues, hacia el otro extremo nace una pampa alta, de unos cuatrocientos metros de altura y se prolonga hasta cerca de Comodoro Rivadavia. Debemos volar un largo trecho sobre ésta dilatada llanura que se encuentra en nuestra ruta.

Navego a compás y a escasa altura. Debajo del avión aparece sobre un fondo de ripio una recta ca­rretera, denominada "La Picada". No se desvía ni un grado de nuestra ruta y, se asemeja a una cinta ocre interminable. Ha sido trazada sin duda con teo­dolito, por los Ingenieros de la Dirección de Vialidad. Esto me indica que vamos volando en el rumbo exac­to, pues la carretera se dirige a Comodoro Rivadavia.

El paisaje de la región es tan monótono, que por momentos me hace dar sueño, debiendo distraer la vista con las tropillas de guanacos, que huyen a ga­lope tendido, con las orejas gachas, como enojados de este "bicharraco" que los espanta con su veloz figura y su escape atronador.

La pampa, ahora sufre una metamorfosis repen­tina transformándose en una topografía singular producida por evoluciones milenarias: moles graní­ticas volcánicas que forman un extenso cordón de picachos escarpados y en curiosa degradación de Occidente a Oriente; se truncan en forma brusca y árida, para morir seccionados en las playas del bravío golfo San Jorge, donde se levanta imponente el solitario y soberbio cerro Pico Salamanca de seis­cientos metros de altura.

¡Hermoso y soberbio pico, cual si una mano mis­teriosa lo hubiera tallado a cincel!

El golfo San Jorge, no muestra sus fauces titá­nicas y demoledoras: ¡está como dormido! La rique­za y feracidad de la vegetación submarina, se adivi­na a través de las oscilaciones cromáticas del agua, entre la tonalidad ascendente, desde el azul zafiro hasta el verde esmeralda. La mansedumbre del gol­fo en este diáfano día, deberá trocarse en furia, cuan­do sus aguas sacudidas por los violentos vendavales del oeste, se estrellen con ímpetu, sobre las acanti­ladas roquerías y arrecifes, para elevarse con vio­lencia, coronándose de blanca espuma.

Vuelo sobre la costa, a una altura de tres mil pies. El panorama se presenta en toda su plenitud de detalles: las torres metálicas, de los pozos petrolí­feros que cual "Hitos" y balizas, dispuestas en forma irregular, adornan singularmente esas agrestes mo­les de la época terciaria, que esconden en sus entra­ñas una riqueza incalculable de "oro negro". Topo­grafía original cuyo aspecto desde las alturas pare­ce ser como si una mano sabia hubiera derramado con profusión, esa gradación volcánica de aspecto fantástico y aterrador, imponiendo así un profundo respeto para que resultare inviolable su cofre maci­zo, que desde épocas inmensamente remotas, guarda­ba silenciosamente su enorme tesoro: ¡PETRÓLEO! Allí, como escondido en el corazón de esas cum­bres rojizas, en un valle árido, que en otrora quizá fuera un brazo de las turbulentas aguas, se recor­ta solitario, sobre un contorno de ripio, en forma de polígono irregular, un parejo campo de aterrizaje de la tonalidad de las cumbres que lo rodean.

iComodoro Rivadavia...! Hemos cumplido nues­tra cuarta etapa a través de la Patagonia.

Volamos en un día de intenso frío. No estaba acostumbrado a soportar estas temperaturas muy frecuentes en la Patagonia. El termómetro marcaba diez y seis grados bajo cero y el sol, asomaba pálido a través de un enorme girón de "cúmulus", que se desplazaban hacia el nor-oeste. Es el cielo caracterís­tico de la región austral, que aparece de continuo preñado de nubes.

A nuestras espaldas, se percibe aún la corola de engallados e impresionantes cerros, que circundan a Comodoro Rivadavia. Entre ellos, se destaca con so­berbia apostura, el cerro "Chenque", que como lo in­dica esta voz araucana, guarda en su seno, restos mortales de una raza que la civilización ha extingui­do.

A la altura de Bahía Nazaredo, abandono la costa colmada de lobos marinos, para volar más al sud, pa­ralelo a las vías del Ferrocarril del Estado, que une a Puerto Deseado con la Colonia Las Heras.

Nuestros ojos volvieron a familiarizarse con las llanuras que dejáramos en la Provincia de Buenos Aires. Surcamos ahora sobre una extensa planicie, que nos ha endulzado un poco la existencia pues en caso de una "panne", tendríamos lugar propicio para descender.

Continuamos sobre la vía férrea, pasando sobre la Estación A. de Biedma y más adelante otra, deno­minada Pampa Alta. Abandonamos después de unos minutos las vías, que en gran curvatura alejábanse de la línea recta de nuestra ruta. Si bien, en ese momento se veía claramente y muy próxima, la costa marina, me embarga empero la duda de haber equi­vocado el rumbo, pues no se percibía ni el mínimo detalle de las poblaciones de Puerto Deseado. Más de pronto y como al conjuro de una varita mágica, apa­rece, bajo un panorama yermo, oculto entre las ba­rrancas que mueren en la playa. ¡Bien tienes el nom­bre! —pensé—. Lo he "deseado" bastante durante el trayecto de esta pampa alta, que lo ocultaba en su terminación trunca, junto al mar.

Aterriza próximo a un precipicio, desde donde pude apreciar en todas sus formas, —por estar ubi­cado en un desnivel de doscientos metros— el mon­tón de casitas diseminadas que componen el pueblo, con sus característicos techos colorados.

Se me entregó aquí un cargamento de material de radio, con la orden de trasladarlo hasta el Lago Buenos Aires —situado en pleno corazón de la cor­dillera andina—, donde se encuentra una Estación Transmisora de Radiotelefonía que dejó de funcio­nar, ignorándose las causas debido a que la gran cantidad de nieve que cubría los campos y los cami­nos, hacía imposible toda comunicación por vía terrestre.

Descendimos hasta el pueblo en un automóvil y allí recobramos energías al lado de una estufa a car­bón de piedra. Ya repuesto del frío me puse a estu­diar la carta de navegación, tirar los rumbos, y en­terarme por boca de los pobladores, acerca de la mo­dalidad de la región, su clima y topografía, que en­contraríamos en nuestra ruta.

Después de beber café con cogñac, emprendimos el regreso al campo, para acondicionar la carga, que era un poco excesiva n que ocupaba casi la totalidad de la cabina destinada a los pasajeros. Después de estar una hora el motor en marcha para obtener temperatura, —tiempo mucho mayor al que es­taba acostumbrado en el clima de la provincia — em­prendimos el vuelo hacia la Colonia Las lleras.

Pampa desolada y extraña... A través de ella abrigaba la esperanza de encontrar en Colonia Las Heras, una colonización de florecientes cultivos, que alegrara mi espíritu un tanto decaído por la topogra­fía yerma, que en ese instante se deslizaba ante mis ojos.

Hacía ya una hora que habíamos partido, y el paisaje no ofrecía ninguna variación. Más, poco a po­co, fué matizándose por los lunares blancos, que si­nuosamente derramados, contrastaban con el ocre de los campos, como buscando refugio tras los restos de la paupérrima vegetación patagónica.

—¡Nieve! —exclamé—. Solo la había visto en mi tierna infancia. Asombrados en Buenos Aires, contemplábamos una noche invernal, la inmaculada blancura de sus copos que descendían quedamente, formando arabescos al menor soplo de brisa. ¡Nunca más desde entonces la había vuelto a ver!

El manto níveo, fué cubriendo progresivamente las llanuras, hasta quedar sepultadas en su blancura infinita.

...Y ahora un nuevo y hermoso espectáculo ca­paz de estremecer las fibras al espíritu más sensible. Mágicos reflejos iluminan el poniente con atorna­solado colorido. Es "Febo" que se ausenta derraman­do primorosamente, sus últimas flechas encendidas que despiden suaves destellos de infinitos matices.

Colonia Las Heras, se percibe en occidente, desde donde el astro rey, al trasmontar los picachos de la cresta andina, lanza sus últimos fulgores, y en un beso de rubí, adormece a la naturaleza toda.

¡Colonia Las Heras! Un pueblito de Alaska, con sus techos y calles cubiertos de nieve. Con sus "velas" de hielo, pendiendo de los aleros a modo de caireles. Casitas de juguete, casitas de chapas, pero... ¡ni una planta!... ¡ni un arbolito!... ¡ni un rosal!... Siete días consecutivos a través de los ventana­les de un modesto hotelito, vi descender en silencio los copos, que cual blanca espuma, formaban volutas caprichosas, para disgregarse con el arrecio impera­tivo del huracán.

La temperatura había descendido a veinte grados bajo cero y la nieve continuaba su incesante caída, sepultándolo todo despiadadamente...

La vida se deslizaba día a día, al lado de la estu­fa. Todo era extraño en nuestro derredor: las cos­tumbres y modalidades de los habitantes nos causa­ba verdadera sorpresa; cada conversación, versaba sobre una tragedia de los hielos, o las nevadas, y todos ellos se realizaban en torno al "templo del ca­lor".

—Beba mitad Whisky — me invita un parroquiano.

—Muchas gracias, señor, a nosotros nos está ve­dado hacer uso del alcohol, no obstante reconocer, que casi es necesario en estas alturas y con este cli­ma austral.

Todos desfilaban por el mostrador. Con la ma­yor naturalidad, beben. . . una, dos, tres botellas... Beben, hasta quitar las penas que turban sus cere­bros en este destierro triste y maldito...

El mecánico y yo, permanecemos aislados y pen­sativos ante este cuadro desolador. Mi vista se extiende hacia la lejanía, en horas de extática contemplación, y mi pensamiento vuela hacia esas regio­nes ignotas que debo surcar, cuando los temporales de ésta "Siberia Argentina", hayan cesado en mostrarnos sus garras abiertas.

Los cohetes de las botellas derraman sin cesar su contenido ambarino, y al golpear en los bordes de las copas, arrancan notas cristalinas, que llegan has­ta nuestros oídos, como una conmiseración.

Aun estoy apesadumbrado junto a la ventana y con la vista vaga en el horizonte. La atmósfera per­lina se va velando con la penumbra, y el manto de la noche se extiende sobre las pampas heladas. ¡Nues­tro séptimo día de inactividad, ha terminado!

El sol, asoma entre las ondulaciones del macizo andino… Son las ocho y media...

A pesar del intenso frío, abro la ven­tana para observar detenidamente el cielo. El espacio terso y azulado, produce en mi ánimo una agradable sensación, que se traduce en agilidad y decisión, pa­ra preparar con rapidez el viaje a la cordillera.

Llamo al mecánico, quien está profundamente dormido, y, entre ambos llevamos con energía loa petates, mantas y un termo con café y leche, un automóvil que nos aguarda en la puerta.

Nos aprestamos a iniciar la etapa más brava, en que debemos jugarnos la vida.

Un gran número de pobladores nos despidió en el hotel. Hicieron votos por nuestra felicidad, más en sus rostros, denotábase una honda pena y cierta languidez pronunciada, que hasta llegó a emocionar­me.

Trepamos al auto y detrás de nosotros nos acom­pañaban otros tres coches. Un camión iba adelante, abriéndonos huella entre la nieve que tenía un espe­sor de treinta centímetros. Llegamos hasta el avión, que estaba amarrado a un alambrado, distante siete cuadras del hotel.

¡Pobre Flecha de Plata!... Yacía semi sepulta­do entre la nieve; sus alas cubiertas con una gruesa capa de esa cristalización atmosférica, y en los bor­des posteriores de las mismas, pendían equidistan­tes, cristalinos colgajos de hielo, que cual estalacti­tas heridas por el sol, emanaban purpurinos y vio­láceos destellos.

Ardua fué la tarea para librar al avión de los hie­los, que como tentáculos, se hallaban adheridos en todas las hendiduras y partes vitales de los coman­dos; las ruedas y el patín de cola, no habían escapa­do tampoco a la prisión de este cristalino pulpo.

¡Era aquel cuadro, una escena típica del polo, y no daba lugar a dudas, que el simpático "Flecha", es­taba en la lid de su destino!

Fué necesario romper el hielo en forma contun­dente y con mucha dificultad, ya que se peligraba destrozar con los golpes, parte de la estructura y la célula de los timones. En esa tarea ímproba se halla­ba ocupado el mecánico, ayudado por algunos volun­tariosos señores.

Mientras les contemplaba a la distancia, un viejito feble, de barba crecida, un tanto rubicunda y ca­nosa, se me acercó. Era el que había permanecido al cuidado del avión, durante esas noches gélidas, deba­jo de una carpita de lona que había ubicado detrás de unas matas devastadas por los fuertes vientos.

¿Usted es argentino? — me preguntó.

—Sí, señor, — le contesté sonriente.

¡Ah!, ¡así me gusta! — prosiguió, mientras se acariciaba la barba, cuyos pelos en torno a la boca, estaban escarchados, semejando hilos de cristal.

Vea m'hijito: yo, yó vivo aquí, hace más de trainta años. ¿Soy norteño, sabe? Y me alegro mu­cho, cuando encuentro un argentino n'este páis'e pu­ros gringos. ¡Cha...! ¡Si por momentos cuasi me ol­vido que estoy en mi patria! Le vía decir también, que los gringos son como hacha pal trabajo… ¡Pucha! ¡Si son guapos! Como l'iba diciendo, aquí, amigo, es fiera la carrera... En cuantito uno quiere acordar, se muere escarchao por esas pampas, y ricién lo encuentran a uno pa'l verano, como palo e'duro.

Me interesó la exposición do eso viejito poblador, por lo que le hice una serie de preguntas, acerca de las costumbres y modos de vida, en esa naturaleza agreste e inhóspita.

Se apartó los pelos, que le molestaban en la boca, y prosiguió:

¡Vea! Como usted es nuevito po éstos pagos, si no lo toma a mal, le vía a dar un consejo.

—Diga no más amigo, ¡cómo no! — le alenté pa­ra que hablara.

Usted parece un mozo guapo, pero aura se va jugar una carta brava. ¡Dios lo ampare n'este via­je!... ¡Sobre todo en la pampa 'e la muerte! y, la meseta del güenos aires que va tener que cruzarlas de seguro en algún otro vuelo… ¡Ay!... Pero si ayí no viven ni los guanacos! ¡Ayí sí, que es fierazo si tiene que bajar… la nieve carga como hasta un me­tro y Dios no quiera que eso le ocurra! ¡Pero si ha de sucederle, le aconsejo, pá salvarse el pellejo! no se aparte mucho de ese "bicho", hasta que lo vayan a campiar con alguna tropiya, ¡Pero eso sí! yebe bas­tante carne... porque ayí, no hay ovejas, y yébese tamien unas cuantas boteyas del juerte, pá pegarle al trago, que sino, no hay quien resista.

La nieve es mala amiga y suele dar sueño, pero, en cuantito se durmió, ya está con su presa, lo hace vitima enseguida.

Aproveché que la preparación de la máquina du­raba mucho más del tiempo calculado, e invité al viejito curtido por el viento glacial, a que tomara asien­to en el automóvil, a mi lado, y prosiguiera con su filosofía adquirida a través de largos años, en esas tierras australes. Luego le invité con un cigarrillo, y prosiguió ilustrándome con su vasta experiencia.

Po ayí, no hay nenguna población serca; aura, si se viera el camino, podría dir po encima d'él; pero usted vé, que está todito tapao y por casualidá podían caer serca de alguna población.

Aura, si usté baja y ande se encuentran se vé población, ¡largúese! siempre que sea e'dia claro y que no vaya a ver cerrazón, o que no vaya'estar ne­vando, porque entonces usté empieza dar güeltas en el mesmo sitio y le parece que vá en güen rumbo, has­ta que se cansa y le dentra el sueñito, y si se sienta descansar, ¡ahí no más está listo! no hay nada que hacer... entrega no más el rosquete.

—Y en ese caso, ¿Cómo debiera hacer? — le pre­gunté.

¡No se largue! amigo. No se largue, si no yeba siempre Ia vista ande está la población y cuando no tenga que caminar, quédese saltando, aunque sea de­tras de una mata, pa que no le agarre el sueño.

Y aura le vía dar otra lesión... pá encontrar Carne. Usté sabe, que cuando la nevasen es juerte, como ésta, las ovejas están tapadas y entonces se amontonan unas encima de otras y se hace una estiba e' tres hileras a beses.

—¿Y cómo viven durante el invierno en esa for­ma? — le interrumpí, incrédulo y risueñamente.

¡No!... ¡No e'chacota, amigazo! y no le ví'a mentir a usté, que es un hombre joven y progresista, y entonces tengo'el deber, pa enseñarle las albersidades de acá, pá que no lo vayan'a'garrar sin perros.

Traté de disimular las ganas de reír y lo alenté, para que continuara su relato, que por cierto era bastante interesante.

Como l'iba diciendo, las ovejas se amontonan detrás de unas matas encuantito empiezan a caer loa primeros chubascos, y entonces la nieve las vá tapan­do, hasta que hacen com'una cueva, y dispues, cuan­do les dentra'l'ambre, se van comiendo la lana una a las otras, hasta que cuasi quedan esquiladitas.

—Y las que están abajo, ¿cómo pueden soportar la carga de las otras, durante tanto tiempo?

¿Esas?... ¡Puff! las de abajo suenan enseguidita y cuando yegan los ovejeros a sacarlas, las encuentran más aplastadas que leña'e vaca.

—¿Y cómo se puede saber, donde están sepul­tadas las ovejas? —inquirí.

Eso es ,lo que l'iba esplicar, como podría en­contrar la carne: Si yega a algún laó por casualidá, en medio 'él campo, nunca tiene que apartarse como le i'dicho del "bichito" aquél, —dijo señalando al avión— siempre debe tenerlo a la vista como si jue­ra su casa, porque pá dormí le vá serví, porque aquí, sobre la nieve, si no tiene muchas pilchas y peyones, se va dir endureciendo hasta que queda como calambrao, y en cuantito la sangre deja e circular, se vá en menos que canta un gayo pal otro lao.

—Bueno; vayamos al asunto de la carne, — volví a insistir.

¡Ah!, sí... éste... entonces empieza a cami­nar despacito y medio agazapao, dentro la nieve, mi­rando ansina, más o menos de refilón y con él lomo pal lao 'el sol...; aura sí... tiene que dir cerrando y abriendo los ojos, porque esta, es media traicione­ra señalando la nieveen cuantito usté dentra a mirar mucho tiempo de fijo, lo dentra a'ensegueser y a yorisquiarle los ojos y yá no hay nada que hacer, vá quedando como viejo e setenta, que no ven más que'asta la naris.. . Güeno, vamo adentrar otra vez en la güeya: usté vá medio agazapao, caminando más o meno' por los cañadones o los reparos, o en algún "mallin", y entonces vá ver asi como un'umito, ansi­na como el'umito del cigariyo, ése, amigo es el vapor e la respiración de las ovejas... ¡vaya seguro al umito! escarba y ayí tiene carne pá unos días. .

A esta altura del relato, el motor mostró sus bríos, en una larga acelerada de prueba. Me despedí del buen viejito, prometiéndole escucharlo a mi regreso, si tenía un poco de suerte en el viaje.

¡Dios lo ampare!— me dijo, extendiéndome su mano callosa y curtida por la dura labor de los cam­pos.

Después de varias tentativas, sobre una calle de nieve pisoneada con un rodillo de cemento armado, pude despegar con gran dificultad.

Eran aproximadamente las once. El cielo más lejos de lo común, mostraba su terso azul, y el sol bri­llaba con esplendor. Tomé el rumbo, sin más instru­mento que el compás de navegación. Todo era unifor­me, y los tintes obscuros que pudieran delatar la topografía, habían desaparecido con la gruesa capa de nieve que lo cubría celosamente.

Para evitar la deriva, ya que la topografía no me aportaba ningún conocimiento, busqué en el ho­rizonte dos picos salientes de la cordillera, que con­cordaban con el rumbo del compás, y hacia ellos me dirigí.

A poco andar, el compás, por efecto de los cerros cargados de minerales, "enloqueció", oscilando incesantemente, como buscando el punto de apoyo magnético, que lo mantenía en equilibrio hasta ese momento.

Forzosamente mantuve la dirección hacia el pico más elevado que había elegido dentro de la ruta, y lo ubicaba constantemente en la proa. Sin embargo, no estaba seguro si ese punto de referencia me llevaría hacia buen rumbo, pues me hacía sospechar, que con anterioridad, mi compás hubiera adolecido de algu­na desviación, —y aunque pequeña— de suma im­portancia, ya que no era posible efectuar la correc­ción con las desconocidas referencias de tierra.

En este dilema me encontraba, cuando de pronto advertí un horizonte infinitamente blanco, y de ba­jo nivel con respecto a nuestra línea de vuelo, —que se acercaba hacía nosotros.

Mi vista estaba casi agotada por el espejismo que producía la nieve. No me di exacta cuenta en el primer momento, de lo que significaba esa cinta, que radiosamente afectada por los rayos solares, emanaba los tintes irisados. Más cuál no sería mi sorpresa, al en­contrarme frente a una niebla traicionera, que como un mar de copos de algodón, se arrastraba implaca­ble sobre las mesetas y los picos helados, cubriéndo­lo todo con su hermetismo característico.

Traspuse esas ondulaciones níveas y arrolladoras, y navegué ciegamente sobre ellas, hasta haber cum­plido el singlaje que calculaba necesario para encon­trarme sobre el lago. Más… ¡todo era profundo si­lencio! ¡Silencio, que jamás a través de los siglos, fuera conmovido por los estertores fragorosos del insaciable progreso humano!

Di varios giros sobre el sitio en que imaginaba estaría el lago, sin poder precisarlo. Pero tan solo asomaba imponente, —a través de ese "maremágnum" cándido—, el picacho del cerro Lápiz, de tres mil metros de altura, que cual un brazo gigantesco, con el índice apuntando al cielo, parece que quisiera decir: ¡Alto ahí! ¡Fantasma del progreso! No os de­jaré descorrer el velo que guarda un secreto tesoro de la Naturaleza, y que jamás ojo humano escrutó desde la altura.

Tres horas de labor ímproba, contra estos elemen­tos que cual sudario, espetaban me entregara vencido en la lidia pavorosa para sucumbir inánime, contra las abruptas paredes de los Andes.

Más, si bien no fui su presa, retorné doblegado; y como una aureola misteriosa, me acompañaba el fantástico arco iris de los aeronautas, en cuyo centro, plásticamente reproducida la sombra de mi nave, —al igual que aquella bíblica estrella, que guiara a los Reyes Magos hacia la cripta del Redentor—, parecía señalarme el sendero invisible, que surcara momen­tos antes.

Continué mi marcha acelerada, a través de los campos desiertos, en dirección al punto de partida.

Miré atrás, y vi la niebla que en un níveo tul que­daba allí suspendida al borde de una acantilada me­seta.

¡La niebla! ¡La implacable niebla, me había ven­cido!

Hízose presente, en el campo de aterrizaje, una cantidad de pobladores, movidos por la curiosidad de nuestro inesperado regreso. Entre ellos, estaba muy solícito el buen viejito, a quien supuse "in-mente", la encarnación del personaje creado por el inmor­tal José Hernández: "El Viejo Vizcacha", transfor­mado en consejero de los aviadores.

Lo saludé cordialmente y con presteza me dijo: ¿No se lo había dicho, mocito, que la carrera era brava?

—¡Sí, efectivamente! —le expliqué— ¡La nie­bla es terrible! ¡Lo había cubierto todo y me ence­guecía, hasta no poder ver los instrumentos! Es una niebla para mí muy extraña y si se quiere "miste­riosa" y rara…

¡Sí, señor! —me contestó—. Para usté, que es nuevo po estos pagos todo le va dir con dificulta... y, a más, en tratándose de las sierras, ¡mire que son medio mal arriadas y se suelen enojar, cuando yega un forastero..., lo desconocen!

—¿Y qué hacen, cuando se enojan? — le pre­gunté en forma suspicaz.

¡Se tapan amigo! ¡Se tapan! ¡Y es lo que le pasó a usté; lo han desconocido y entonces no hay caso, no se dejan ver hasta que se confíen!

Después de amarrar en buena forma al avión, para que no lo fuera a tomar de sorpresa uno de estos comunes vientos fuertes, nos dirigimos al ho­tel, con la idea de iniciar una nueva tentativa al día siguiente.

Dos días de prolongada espera! Una nieve fina, de ligeros copos, continuaba su silencioso e incesante descenso. Absorto, contemplaba ese panorama "si­beriano", a la par que pensaba, que el "Flecha" ya­cía nuevamente semisepultado en las cristalinas par­tículas.

Al tercer día me incorporé en la cama a eso de las nueve de la mañana, y después de arrojar al sue­lo las seis "damas de compañía" —que me rodearon durante toda la noche, llenas de agua caliente—, des­corrí la cortina de la ventana (en la Patagonia no se usan los postigos, por la carencia de luz). El cie­lo estaba límpido y tranquilo. Alguno que otro nu­barrón, se dejaba ver a través de los vidrios empa­ñados.

Desperté al mecánico, que dormía un sueño re­parador, y con las manos colocadas sobre el pecho, como orando. Nos aprestamos para intentar un nue­vo lance. Fué una tarea pesada la de preparar nues­tro avión, para hacer una segunda tentativa.

El "viejo Vizcacha" había permanecido junto al "Flecha de Plata", cuidándolo con celo, durante esas noches terribles, en que el termómetro registró vein­te y dos grados bajo cero.

Despegamos, después de haber dejado en tierra las valijas y todos los demás elementos superfluos, a los efectos de alivianar la carga y con ello poder tomar mayor altura, durante el vuelo.

En la mitad del trayecto, alcancé a ver la estan­cia "El Puma", indicándome que llevaba buen rum­bo, pero esto no era suficiente, la niebla arrolladora, se venía hacia mí, en forma desafiante, y no qui­se insistir. Mis ojos estaban doloridos y era necesa­rio conservar la energía visual para una oportuni­dad más propicia. ¡Tenía razón el viejo, se había vuelto a "enojar" la cordillera!

Regresé eludiendo el ataque, y, con más interés y más deseo de hacer otra tentativa al día siguien­te, esperando tener mejor suerte. Nuevamente los habitantes del pueblo de Las Heras, se volcaron al campo de aterrizaje, ávidos de las noticias de interés que les pudiera aportar, en esa segunda tentativa frustrada por los elementos invencidos hasta ahora.

Todos se interesaban acerca de las poblaciones que había visto en el trayecto; iban nombrando las estancias, a medida que les informaba de las carac­terísticas de cada "casco" de las mismas. Luego de un prolongado cambio de ideas entre ellos, llegaron a la conclusión, de que efectivamente, la estancia en que yo había maniobrado para regresar, era la de "El Puma", como me lo había imaginado.

A la mañana siguiente me desperté en medio de un silencio sepulcral. Durante casi toda la noche, había azotado sin tregua el glacial viento sud, acom­pañando sus embestidas con una tupida granizada de albas "grageas" —muy común en la zona cordi­llerana—, que rechinaban con los torbellinos en las paredes de chapa de nuestro cuarto. El sincrónico murmullo del alero, no me dejó dormir hasta altas horas de la noche. Pensé que ese profundo silencio, se había tornado en una nevada copiosa. Salí al pa­tio y aun cuando el intenso frío hacía castañetear mis dientes, observé detenidamente el cielo, y sobre todo el horizonte, hacia el lado de la cordillera.

En el poniente se divisaba la cerrillada de "El Puma", que nos había ocultado la niebla en las dos oportunidades que en vano tratamos de cruzarla. Me mostraba ahora en un purpurino claro, su soberbia y salvaje contextura.                     .

Un sano optimismo se despertó en mí, ante este panorama despejado. Corrí en seguida a desayunarme y preparar el equipaje, para iniciar lo más pron­to posible el vuelo que, no dudaba a juzgar por la perspectiva de esa mañana, lo veríamos coronado por el éxito.

La hélice remolineaba, formando una aureola plateada y refulgente, y un pequeño torbellino, pro­vocado por ella, elevaba partículas de nieve, que gol­peaban con fuerza sobre los timones de profundidad. El frío arreciaba y aguardé dentro de un automóvil, hasta que el mecánico finiquitara los preparativos para iniciar el tan anhelado vuelo, al lago Buenos Aires.

¡Despegamos!... La silueta imperativa del "Flecha de Plata", se proyectaba en veloz carrera, sobre la candidez infinita de la nieve. Fui trepando en seguida... ¡El altímetro iba marcando mil pies! ¡Dos mil!. . . ¡Tres mil!... ¡Cuatro mil!... ¡Cin­co mil pies! Nos encontrábamos ya sobre una mese­ta, de unos setecientos a ochocientos metros de al­tura, que se dejaba ver por primera vez; pero, ¡oh, terrorífico cuadro!, la "alba muerte" nos aguarda­ba por doquier, en esa inmensa desolación. Este as­pecto fantásticamente salvaje, me producía un acen­tuado estupor. Volamos sobre las aguas del afluente del río Deseado, que corre entre dos abruptas y ele­vadas paredes, cubierto por una gruesa capa de hie­lo que semejaba a una gigantesca serpiente.

A medida que avanzaba, se iba diseñando en el horizonte —de un colorido celeste claro— la gran­diosa cadena del macizo andino. Divisé nuevamente la estancia "El Puma", que se encuentra ubicada en la falda de una meseta próxima al cauce del río.

Más adelante, hizo su presencia —ya más rastrera y opaca—, la característica niebla del lugar, que estaba como felino en acecho, entre las quebra­das, del río Fénix. El cerro Lápiz, se divisaba en to­da su galana apostura, y con su índice peculiar, apun­tando al cielo. Al sud, bordeamos la meseta más alta e inexplorada del lago Buenos Aires, cuya superfi­cie es de sesenta leguas cuadradas y de dos mil me­tros de altura, y que por estar perennemente cubier­ta de hielo, parece desde el espacio, un enorme "tém­pano".

A esta altura nos enfrentamos con la cortina de niebla, que la encaré resueltamente, confiado en la visibilidad que me ofrecía la cordillera. Tras ruda y afanosa lucha, la crucé, dejándola atrás como una franja ancha que se extendía de sud a norte.

Con una sonrisa irónica y un gesto de satisfac­ción, le indiqué a mi mecánico la estela, que iba ca­prichosamente sutilizándose allá, abajo, humillada entre los peñascos solitarios y sombríos.

Respiré hondo, y en voluble suspiro, mi pecho que­dó emancipado. Es que la había vencido. Había ven­cido a una de las más poderosas enemigas de la ae­ronáutica, y que ahora quedaba como ocultándose traicionera en las profundidades grietosas de la des­olada topografía.

Me quité los lentes de cristal amarillo que me había proporcionado un atento vecino de Las Heras, para que no me afectara la vista, el fuerte res­plandor de la nieve. Pude divisar con lujo de deta­lles, el fantástico paisaje que se deslizaba a nues­tros pies.

Nuevamente la brújula perdió el rumbo y empe­zó a girar incesante en semicírculo, de derecha a izquierda. La mano gigantesca del cerro Lápiz, me guiaba ahora en mi destino. Ella, también se había doblegado. Y muy lejos de darme el ¡alto!, parecía llamarme hacia su lado, en el inmenso escenario de montañas nevadas, donde las nubes "nimbus" se dis­gregaban como velos, sobre las taciturnas crestas mi­lenarias.

Con la limpidez de un espejo, reflejaban las dor­midas aguas del extremo este del lago. No había du­das, que a pesar de la desviación del compás, y la nulidad de los puntos de referencia, marchábamos en ruta segura, hacia el final de nuestro accidentado vue­lo. El instinto de "pájaro", me había guiado a través de esa ruda naturaleza patagónica, que por su im­presionante aspecto, tornábase por momentos en un paisaje maravilloso.

Consulté el horario, y calculé que estaríamos en­cima o muy próximos al pueblo de "El Nacimiento", donde debíamos aterrizar. La meseta de "El Puma" se había tronchado ya en forma brusca, y el macizo mostraba a babor, su abrupta pared, que perpendicularmente muere en las diáfanas y azuladas aguas del lago Buenos Aires.

Con ojo de águila, empecé a escrutar un blanco "golfo", que nace en las roquerías de la meseta, más, no pude ver el pueblito en el primer momento.

Cerré el acelerador, e inicié el planeo hacia esa concavidad, pues la altura me impedía divisar cla­ramente, por los fulgores que emanaban de la nieve. Descendí hasta quinientos pies, y cambió entonces la perspectiva en un ángulo inclinado, que me per­mitió ver las paredes de un puñado de casitas es­parcidas, como si fueran fragmentos de un cerro dis­gregado, por quien sabe qué remotos sismos. Allí, en esa gándara, estaba el pueblo, como engarzado en la indolente quietud austral.

El escape del motor, rompió el silencio ambiente, y se largaron sus moradores a la calle, con una acen­tuada admiración, que se traducía en múltiples ges­ticulaciones.

La espesura de la nieve me hizo pensar que la ca­potada era casi inevitable. Era necesario aterrizar allí, pese a todo sacrificio, ya que los repuestos que llevábamos para la radiotrasmisora, se traducirían en medio expeditivo para las llamadas de asistencia médica, en auxilio de esa población alejada de todo centro de civilización.

Le grité al mecánico que se trasladara al asien­to posterior, a los efectos de cargar más la "cola", fuera del centro de gravedad, e hice varias pasadas sobre el sitio elegido para aterrizar.

Reduje el gas, e inicié el planeo; el mecánico se aferró dentro de la cabina, y yo hice lo propio, asido con la mano izquierda en el tablero de instrumentos como esperando el golpe. Deslicé sobre el ala dere­cha y luego izquierda; nivelé instantáneamente el avión, haciéndole perder velocidad a tres metros de altura, para dejarlo caer pesadamente...

En un temblor brusco, se arrastró diez metros, para detenerse de sopetón, inclinándome de bruces sobre el parabrisas, al levantar la cola. Con la ca­beza apoyada en el borde de la cabina, golpeé con la palanca en el pecho, para dar apresuradamente motor... Fué una fracción de segundo decisivo... y, la hélice arrojó con violencia un torbellino de nie­ve contra el parabrisas, cubriéndolo totalmente.

—¡Nos hemos salvado! — grité con todas las fuerzas de mis pulmones.

La Providencia no quiso... ¡Quizá en pago de nuestra obra!...

Y... llegamos a destino... ¡Llegamos donde ja­más hombre alguno había surcado sus aires en vue­lo!... ¡Donde jamás había llegado un avión, y don­de hay seres humanos, que nunca creyeron que un hombre pudiera volar como los pájaros!...

Descendí a tierra, y mis pies, calzados con unos pesados zapatones, se hundieron en la gruesa capa que cubría la tierra.

Las ruedas del avión estaban más de la mitad, sepultadas en los sesenta centímetros del frío ele­mento. Tras ruda tarea y ayudado por unos veinte hombres, que se trasladaron apresuradamente en ca­miones, al campo, logramos arrastrar al avión a tra­vés de esa pesada espesura de nieve, hasta un sitio seguro, donde lo amarramos convenientemente a unos postes del alambrado.

Ahí quedó el "Flecha de Plata", como soñando en la nueva página de su historia austral...

El radiotelegrafista de la estación, trabaja afa­nosamente, para reparar el desperfecto sufrido. El mecánico y yo, que no entendemos de radio, trata­mos de ayudarle en lo posible.

Anhelaba fervientemente que funcionara cuanto antes la radio, pues me imaginé, nos creerían perdidos e infelices víctimas del frío. Pensé que los diarios, en el transcurso de estos cinco días, en que no tenían no­ticias nuestras, ya que el único medio de comunica­ción era la estación radiotelegráfica, empezarían a dar informaciones alarmantes acerca de nuestro des­tino, y quizás, hasta comisiones a caballo, vendrían en nuestra búsqueda, exponiendo sus vidas entre las im­placables nevazones.

Escuchamos impresionados la estación radiodifu­sora de Río Gallegos, pues nos llamaba insistentemen­te, recomendando a las estaciones de Lago Argentino, Cañadón León y Tamel-Aike, que comunicaran cual­quier indicio de nuestra transmisión. Más, con todo el pesar, que nos producían esas llamadas de verdade­ra incertidumbre, permanecíamos silenciosos: ¡nues­tro transmisor no emitía ninguna onda!

Afuera, la borrasca de nieve azotaba en forma dis­plicente, las desiertas calles.

Las antenas de trasmisión y recepción, están cu­biertas en forma cilíndrica, de una gruesa y cristali­na envoltura de hielo.

El viento aúlla en el alero y hace estremecer las casuchas donde se halla instalado un trasmisor.

Van ya seis noches, que en la lúgubre soledad, es­cuchamos los insistentes llamados de todas las esta­ciones, y han ordenado que salgan comisiones en nuestra busca.

Séptima noche: Ya no nos llaman, temen por nuestras vidas, y sólo se consultan entre ambas esta­ciones, si han escuchado señales. Las comisiones han regresado a sus lugares de partida, por no haber po­dido enfrentar los temporales de nieve, que en forma trágica azotan toda la comarca.

Escuchamos silenciosos y con honda pena, éstas transmisiones, que nos sumieron en profundas medi­taciones.

Octava noche: llamadas lacónicas entre las esta­ciones, que demuestran haberse perdido toda espe­ranza de encontrarnos con vida, y sólo se limitan a preguntarse fríamente, con un dejo de resignación: "si han escuchado alguna señal extraña, que pudiera ser emitida por nosotros".

Nuevamente hacemos funcionar al transmisor, pa­ra hacer una última llamada, pero ya sin esperanzas. "¡Aló!... ¡Aló! ¡Río Gallegos!. .. ¡Lago Buenos Aires, lo llama!.. . ¡Lago Buenos Aires, llama a to­das las estaciones del territorio de Santa Cruz!... ¿Aló?... ¿Aló?... ¿Aló?... ¡Lago Buenos Aires llama a Río Gallegos y a todas las estaciones del te­rritorio de Santa Cruz! ¿Aló?... ¿Aló?... ¿Aló?... ¡Lago Buenos Aires lo está llamando!... ¿Aló?... ¿Aló?. . . ¿Aló?.. . ¡Lago Buenos Aires transmite y llama!. . . ¿Aló?. . . ¿Aló?. . . ¿Aló?.. . ¡Llamada ge­neral!... ¡Lago Buenos Aires llama y transmite!... ¡Lago Buenos Aires, llama en general!... ¡La esta­ción que me escuche, le ruego que conteste y haga una retransmisión a Río Gallegos!... ¿Aló?... ¿Aló?.. . ¿Aló ?... ¡Llamada en general para todas las esta­ciones del territorio de Santa Cruz!... ¡Voy a dar cambio! ¡Voy a dar el cambio al que me haya escu­chado!...  ¡Cambio!...  ¡Cambio!...   ¡Cambio!..."

Después de una pausa silenciosa, sintonizamos el receptor. Entraron primeramente los silbidos carac­terísticos de una onda, y luego se sintió la llamada en signos Morse, que nos hizo pensar, que nos llamaban en telegrafía, para que los escucháramos mejor, por si había descargas.

Esto nos causó una alegría única. Mas, tronchó­se instantáneamente en decepción y en una expresión de desagrado. ¡Era el telégrafo de un barco japonés!

Continuó el radiotelegrafista con la sintonía y el murmullo de una onda poderosa, nos hizo estremecer, más nadie pronunció una palabra. Era un silencio de singular expectativa, cuando de pronto, se escuchó una voz altisonante y jubilosa, que llamaba insisten­temente:

"¿Alóooo?... ¿Alóooo?. . . ¡Laagoo Buenos Aiiires!... ¿ Alóooo!... ¡Lo he escuchado perfectamen­te!..."

Una sonrisa de espontánea alegría se dibujó en nuestros rostros; parecía, que me había liberado de un enorme peso, que oprimía mi pecho... ¡ Fué ese un instante de intensa e indescriptible emoción!...

¡Ya no se ponía en duda nuestra existencia!... Mas, a juzgar por los insistentes pedidos, al dar el cambio, las estaciones radiotrasmisoras de Cañadón León y Río Gallegos, dejaban entrever aún un dejo de duda, por la suerte que habíamos corrido en el difícil aterrizaje, que se traducía en las repetidas preguntas acerca de nuestro estado de salud, como así también, por las condiciones en que se encontraba el avión.

Rápidamente se hizo funcionar al transmisor y se largó la onda al éter, en llamada general, dando la fe­liz noticia de que estábamos sanos y salvos, e igual­mente el "Flecha de Plata", que descansaba cubierto por el cándido manto.

Las nueve de la mañana. Una febril actividad se desarrolla en el campo de aterrizaje. Palas, y gentes laboriosas y humanitarias que las empuñaban, nos ayudaron en la dura tarea de trazar una calle entre la nieve, para facilitar el decolaje, ya que el rodillo no había dado resultado, por la acentuada cristali­zación y la falta de humedad en la misma. A pesar de la buena voluntad de los que gustosamente cooperaron bajo esa temperatura glacial, el trabajo no se pudo realizar en forma perfecta, que asegurara un "despe­gue" exento de incertidumbre, pues el grueso espesor que cubría la tierra, fué arrojado a ambos lados de la calle, formando dos cordones de un metro y medio de altura, por lo que lógicamente hubo de darse por terminada la labor, cuando apenas ésta tenía cinco me­tros de ancho.

¡Este fué el resultado final, de una labor penosa!...

¡Tendríamos que jugarnos nuevamente nuestras vidas, y no había lugar a dudas o términos medios; despegar con felicidad, o… sepultarnos para siem­pre, en el regazo de la "alba muerte"...

Arrojé una moneda al aire, que describió una se­rie de volteretas, para caer en la palma de mi dies­tra, y... ¡me dijo que sí!

Fijé el crucifijo en mi altímetro portátil, para te­nerlo siempre ante mis ojos... El me ayudaría en es­ta difícil situación... mi corazón me lo anunciaba, y, por otra parte, habría escuchado las plegarias, ¡mil veces repetidas! por aquella "almita en pena", que me lo había obsequiado, y que hoy, estaría rogando por mi ventura.

Recordé en ese instante todo cuánto me dijo al posarlo sobre mis labios.

"El, te acompañará cuando te marches... ¡Llévalo siempre a tu lado; te encaminará por el sen­dero dorado de tu vida!... ¡Será la estrella que guia­rá tus pasos!... Estará a tu lado con su fuerza po­tente y misteriosa y te alentará en la lucha por los aires..."

—¿Listo? — pregunté.

—¡ Listo! — contestó el mecánico. Abrí el gas y la huella abierta parecía se iba cerrando a mi paso con sus dos cordones de nieve, que estaban en acecho, para que en un pequeño desvío de las ruedas, le entregara su presa! Un segundo, en que un mundo se agolpa en el cerebro, y… ¡la figura del avión pasó como una sombra de la edad moderna, dejando un recuerdo imperecedero en este pueblito soñoliento: el recuerdo del progreso!...

Los habitantes levantaron sus ojos, paría seguir la trayectoria que se perdía en el horizonte.

El zumbido del motor que se aleja, les permitió retornar a su vida monótona y triste, en la inmen­sidad de los hielos y las nevadas...

Volamos bajo un cielo matizado de nubarrones, rumbo sud. Ochocientos kilómetros que separan al Lago Buenos Aires de la capital del Territorio de Santa Cruz, debemos cubrirlos en un solo vuelo y emplearemos aproximadamente cinco horas, en sal­var esa distancia.

A pesar del frío, voy tomando altura; la precordillera y las mesetas, son elevadas a la salida del lago. La dirección que llevo ahora, es diametralmente opuesta a Colonia Las Heras.

Febo aparece por momentos a través de algunos girones de nubes, proyectando sus rayos de infinita majestad, sobre las inmensas y cándidas pampas, que emanan tintes de hermosos coloridos, como un piélago de brillantes lentejuelas.

La nieve continúa encegueciéndome con sus fuer­tes resplandores, a medida que es herida por los ra­yos del sol. Temo, que la blancura infinita se torne en el manto obscuro de la tragedia, cuando deba ate­rrizar después de ésta prolongada etapa.

Llevamos tres horas de continuo vuelo, y he visto dos "isbas" solamente, escondidas entre esas agrieta­das tierras.

Las ondulaciones, aunque pronunciadas, no se perciben por el espejismo que produce la nieve. Solo las grietas, que como enormes y profundos precipi­cios se recortan con la penumbra de sus agrestes paredes, contrastan con la monotonía del glacial pano­rama. Pienso: ¿qué sería de nosotros, si tuviéramos que hacer un aterrizaje forzoso en esas desoladas nie­ves, que todo lo cubren siniestramente, sin saber qué accidentado terreno guarda su capa en hermético y profundo silencio? —¡Sin duda moriríamos con una sonrisa sarcástica, hasta que la fría mortaja en sua­ves volutas cubriría nuestros rostros!—

Todos estos augurios, producían en mi ánimo una sensación horripilante, y, trataba de ahuyentarlos de mi imaginación, tornando la vista hacia el table­ro de instrumentos los cuales no podían ser percibi­dos por mis retinas, a veces, hasta transcurrido un minuto, después de la constante reflexión producida por este mar de "iscatón".

Al Este, diviso tenuemente un horizonte azulado y brumoso. ¿Estamos ya próximos al mar, o será simplemente una ilusión óptica?

Miro el reloj, que se encuentra ubicado junto al altímetro portátil, y llevamos ya cuatro horas y sie­te minutos de vuelo efectivo. Esto contribuyó a afir­mar, sin lugar a dudas, que estaríamos muy cerca de la costa.

A intervalos, dirigía la mirada hacia el interior de la cabina, a fin de dar un descanso a mis ojos, —que ahora me punzaban en forma aguda— para lue­go volver a escrutar el horizonte azulado.

Después de unos minutos, se evidenciaba la pro­ximidad de la costa, porque los campos fueron ma­tizándose, señal característica que se pronuncia has­ta cincuenta kilómetros de la costa, por la diferencia considerable de temperatura, con el centro y oeste del Territorio. Me tranquilicé pensando que mi vista volvería paulatinamente a la normalidad, si es que la cantidad de nieve seguía decreciendo, más... no cambió, y solamente veía tierra a manchones en las partes elevadas, ofreciéndome así, mejor visibilidad.

Apareció la costa de los mares bravíos, colmada de promontorios y arrecifes. Estábamos a la altura del Puerto Santa Cruz, internándonos luego, en Cañadón Vacas, donde una serie de fenómenos atmos­féricos nos sacudió prolongado rato.

Más tarde cruzamos la Bahía de Puerto Coyle, de una topografía pobre y carente de todo atractivo na­tural, donde se dejaron sentir también en forma brus­ca, las evoluciones de la atmósfera.

Consulté la carta en esta altura de la ruta, com­probando que el mar se alejaba en una ligera curva­tura con respecto a mi línea de vuelo. De manera que procuré ubicarme a la vista de la Bahía, para prose­guir con la mayor exactitud, la navegación a "esti­ma".

El terreno fué elevándose hacia el sud, que cal­culaba en unos trescientos metros sobre el nivel del mar; de pronto, tronchóse como por encanto la pam­pa más alta y apareció de improviso el río Gallegos. En la parte opuesta a mi rumbo y sobre un despla­yado, está el pueblo Río Gallegos, que es la capital del Territorio de Santa Cruz.

Sus calles estaban cubiertas de nieve y los techos de las grandes manchones, dejaban ver su característico color rojo. Describí dos amplios círcu­los, bajo un cielo espectral, que fué admirado con cu­riosidad por los habitantes, a quienes tributé así, mi más cordial saludo.

Los dos meses que faltaban para terminar el in­vierno, fueron inmensamente largos y crudos para mí, que no estaba acostumbrado a soportar las temperaturas australes. De mi modesta "prisión", que así puede llamársele a la casita de chapa en que ha­bitaba solo, veía desencadenarse verdaderas borras­cas de nieve, que hacían helar la sangre. Dos meses pasé junto a la estufa, sin poder hacer otra cosa que leer… y leer siempre. El vivir encerrado, quizá no resulte molesto para los habitantes que han nacido en estas regiones, y otros que, por los largos años en que habitan, ya se han acostumbrado. Es que "hasta el ansia de la luz se pierde, cuando se vive mucho en la tiniebla". Yo en cambio, en éstos lugares era un ave prisionera y cuanto más vivía en la tiniebla, más ansiaba la luz, siendo así, que el prolongado encierro solo hacía crispar mis nervios con frecuencia. Por momentos, la lectura me hastiaba y llegaba a arro­jar los libros con furia contra el suelo.

Alguien me había dicho, y con cierta razón: ¡Ya se cansará usted de leer! ¡yo también hice lo propio cuando llegué a estas tierras, lleno de ilusiones y optimismo, y, ahora solo busco consuelo en el alcohol, el elixir de los Dioses! —y reía con una frenética carcajada irónica. ..

Más, yo no debía hacer lo mismo, porque mi pro­fesión a la que abrazo con verdadero cariño, me lo impedía y solo buscaba consuelo en el papel: en las cartas que dirigía a mis familiares, donde volcaba todas las angustias que envolvían mi corazón, en es­te prolongado destierro. ¡La Patagonia, que yo por cierto no había soñado!

Escucho la radio, que si bien es un descubrimien­to, que toma gran parte en las "siete maravillas" de la edad moderna, no hacía más que contribuir a ahon­dar mi pena. Es que me acercaba tanto a Buenos Aires con su música tristona y dulce, que por momentos olvidaba que me separaban dos mil trescien­tos kilómetros en línea recta, de esa "Perla de! Pla­ta".

Luego, cuando retornaba a mis cabales, apoderá­base de mi una honda tristeza, una nostalgia infan­til, que me sumía en un recogimiento evocativo, y desfilaban por mi mente, desde lo más dramático, hasta lo más sublime, que cobija esa gran urbe, y ansiaba como nunca, estar en ella...

Era una noche gélida, en que el viento sud, azo­taba haciendo trepidar las chapas de mi cuarto, y la nieve se disgregaba trémula, al embate del vendaval, para amontonarse en las aceras, cual mortaja incle­mente. Con ojos inanimados mire a través de la ven­tana de mi habitación el cuadro de esa lóbrega no­che austral. En la infinita soledad espiritual, me arrebujé en el lecho, que me aguardaba cálido. La radio, suavemente dejaba oír en la penumbra incier­ta de la alcoba, las melodías de una canción porteña : "Mi Buenos Aires querido... cuando te volveré a ver...".

¡Buenos Aires! — evoqué, — a tí, que te cantaron todos los poetas con la fuerza inconmensurable de su espíritu y en cada poema se fué un girón de un cora­zón porteño; por tí, los literatos derramaron el oro de sus plumas y con sendas loas, describieron en un matiz inconfundible lo típico de tus barriadas; a ti que la paleta de los insignes artistas de la pintura, plasmaron en sus telas la clásica vida del Riachuelo, y por ti, los divos de la música volcaron en el penta­grama la melodía infinita de su evocación; yo tam­bién, desde el lejano rincón de la República, en la nostalgia de esta hora, quiero cantarte!...

 

BUENOS AIRES

Buenos Aires ciudad misteriosa,

ciudad de los tristes...

Ciudad del curioso que quiere sondearte;

ciudad, tu que fuiste la madre de todo,

¡la ciudad sublime!...  yo quiero evocarte...

Tienes en tu seno, todos los destinos:

La vida del hombre, que no tiene suerte;

la del potentado, que vive contento;

la del miserable, que espera la muerte; y la de una madre, con su sufrimiento!...

Tienes Buenos Aires, todos los destinos:

la niña mimosa, con su almita herida;

la mujer esbelta, con traje de tul;

la dama coqueta, que va por Florida,

la que en un diván yace adormecida, en un sueño azul!

Tienes ciudad bella, todos los placeres:

los cuerpos felinos, de los cabarets;

las divas que bailan, con música loca;

la mujer sin alma, que perdió la fé,

las que danzan tristes! las que fuman rubio, las que toman coca!

Tienes ciudad grande, todos los dolores: La madre que gime en el lecho frío; los niños que lloran y que imploran pan! el huérfano triste, que está en un asilo, y llora a sus padres, que no volverán! Tienes Buenos Aires, ciudad misteriosa: un sitio elegido, que invita d soñar, donde corazones que sufren de amores, curarán su mal

donde los poetas, donde los bohemios se van a pensar;

¡Quién no te conoce! ¡Jardín del ensueño! ¡Alma del porteño! ¡Bello Rosedal…

 

Llegó la primavera sin pájaros que cantan, y sin flores que embriagan con su perfume. Solo adornan la cerca de mi casa, dos sauces solitarios, cuyo pau­pérrimo desarrollo, hablan con esa muda elocuencia que evidencian sus troncos abatidos por la intensa lucha librada con el persistente huracán. La nieve fué disolviéndose paulatinamente y la tierra mostra­ba su rojo arcilloso, cubierto de canto rodado, que ahora echaba a andar por esas calles impulsado por el persistente viento del oeste.

Esperé la entrada del verano, en que el frío ele­mento dejaría descubierta toda la topografía, para lanzarme a través de la cordillera y los lagos, que a la par que me permitirían admirar sus bellezas, me serviría de práctica, para conocer todas las poblacio­nes diseminadas en el vasto Territorio, y que casi to­das ellas necesitaban el auxilio de la ciencia médica en las inexorables estaciones invernales, en que quedan interrumpidas todas las comunicaciones terres­tres, y durante el verano, por las grandes distancias que las separan de los pueblos de la costa, donde únicamente en ellos, pueden encontrar alivio a sus ma­les.

Largo número de amputaciones, desgraciadamen­te se han practicado, por no haber llegado a tiempo la asistencia médica, y otras vidas que han sucum­bido, presas de las garras de la "alba muerte"...

Bajo un cielo extraño, por su limpidez, iniciamos el vuelo hacia el Lago Argentino. Eran las once, de una hermosa mañana, cuando el "Flecha de Plata", dejaba la tierra con galana soltura.

El sol radiante se espejaba en la gallarda contex­tura verdemar, de su fuselaje. Tres pasajeros me acompañaban en la iniciación de aquel vuelo, que haríamos a través de los picos helados de la cordi­llera, y los diáfanos lagos escondidos en el regazo del macizo.

El río Gallegos estaba a nuestros pies y al borde de una meseta acantilada, que tuve que trepar tres­cientos metros, para poder cruzarla hacia el noroeste.

Luego fué declinando la meseta en una pampa alta y agreste, hasta el pequeño río Coyle, que cru­zamos a la altura de un "mallín" verde seco.

A lo lejos, se destacaban como nacidos del cora­zón de la llanura, los cerros Baguales, de la precordillera, con sus cimas colmadas aún por la nieve, a pesar de la entrada del verano. Al norte, se ocultaba el río Santa Cruz, que por momentos aparecía de­trás del corte perpendicular de la pampa, donde tra­zara su poliforme cauce, desde épocas remotas.

Al oeste, a proa y babor de la aeronave, se divi­san los excelsos picos del macizo Mayo, Peineta y Ba­lado, totalmente cubiertos con el níveo manto; más próximo y pequeño, el cerro Centinela, con su apos­tura de vigía, en rara y singular forma.

Voy trepando, pues la meseta ahora asciende en forma pronunciada, a medida que nos acercamos a la cordillera. ¡Seis mil pies de altura y bajo un cielo espectral y característico de la Patagonia! Navego en línea recta, hacia uno de los picos más altos y hermosos de la cordillera que se encuentra en direc­ción exacta a nuestra ruta al Lago Argentino: es el Fitz Roy, que consagra el nombre del célebre Almirante inglés, en sus expediciones científicas y carto­gráficas de la Patagonia.

Tronchóse en forma perpendicular y brusca, la pampa de la precordillera, de mil doscientos metros de altura, para morir precipitada en las márgenes del lado Este del lago, y al Sud del nacimiento del río Santa Cruz.

El lago muestra, cual bruñido metal, sus azula­das y dormidas aguas.

Me dirijo ahora por su rivera sud, hacia el oeste, en dirección al cerro Comisión. Pasamos sobre un pequeño embarcadero del puerto Irma y nos interna­mos sobre la ensenada Malogro, donde frente a ella, aparece el pueblo Calafate, que está próximo a las márgenes sud del lago y en la falda de una elevada cordonada que lo aprisiona. El pueblito está allí es­condido en una cuenca, rodeada de asidas y escuetas crestas, y encalladas y soberbias moles con sus testas heladas. ¡Cuadro fantásticamente hermoso!...

Inicio el planeo y aterrizo en un campo de forma poligonal, en uno de cuyos extremos se halla ubicado el cementerio. Mi deseo de corazón, hubiera sido no aterrizar allí, para no profanar el silencio de las tumbas, más, no hay absolutamente ningún sitio en otro campo, por pequeño que fuere, que se adapte, ni para un aterrizaje de emergencia. ¡Dios me perdo­nara este acto involuntario, muy propio de la era en que andamos; ciclo de la radio y la aviación; vida acelerada, que hasta la paz de los sepulcros turba!

En tierra, nos vemos empequeñecidos, frente a esos picachos, ligeramente inclinados, que parecen saludar majestuosamente.

Me alejo a pie, para inspeccionar el campo, ya que vamos a reiniciar nuestro vuelo enseguida. El "Flecha" se recorta desde lejos, en ese amplio esce­nario de montañas nevadas y parece un humilde "pa­jarito" acurrucado y temeroso. Debemos decolar en dirección oeste, que es de donde sopla ahora un viento de regular velocidad, con tendencia a aumentar. En el extremo opuesto, el campo es tronchado por el río Calafate. Espero que el viento disipe un poco las nu­bes, para tener mayor visibilidad a los efectos de que no me tome de sorpresa la brusca aparición de las barrancas ocultas del río.

En ese caos de luz, el cielo se vuelve más tenue y aparece, a través de nubes disgregadas, el astro Rey.

Doy motor y nos lanzamos por la pendiente del campo, en dirección oeste, ayudándome la velocidad del viento para un despegue en debida forma, y apro­ximadamente a cien metros del río.

El escape del motor, se repite fragoroso en los antros de los ventisqueros. Tomo rumbo norte, cru­zando transversalmente —por el medio— el Lago Argentino. Las aguas han comenzado a agitarse por el fuerte viento, perdiendo todo el encanto de quie­tud, que tenían a mi llegada.

Llevamos viento de babor, que nos sacude sin pie­dad sobre los gigantescos peñascos y afilados picos. Por momentos, creo que estrellará con su potente fuerza nuestra frágil navecilla, contra las abruptas paredes.

Con la mano izquierda, intento tomar una foto al cerro Redondo, más, el movimiento tan brusco del avión, no me da tregua y mi máquina fotográfica es golpeada repetidas veces contra la ventanilla lateral.

Navegamos en dirección longitudinal, por el co­razón inexplorado y salvaje de la cordillera. La som­bra del avión, se proyecta sobre la cumbre de terrible aspecto, que refleja tintes de rara coloración, cambiando diametralmente de tono, por la perspec­tiva y proyección solar.

El Lago Viedma, nos muestra su majestad azurina, atesorado entre la cándida nieve, plasmada en torrente fantástico de hielo de sus ventisqueros. En las agrestes laderas que bajan a besar las matizadas aguas del lago, emergen furtivamente y en divino contraste con la inmaculada blancura de la nieve, el intenso verde obscuro de la floresta. Al oeste, en ese proscenio maravilloso de la naturaleza, desfilan an­te nuestra visual, —deslumbrando con su radiosa belleza—, los ventisqueros, que cual gigantescas es­talagmitas, caen en degradación precipitada, hacia las márgenes de las diáfanas aguas, degenerando en "fiords, heleros, y glaciales, que mueren en las sal­vajes paredes de detritus morénicos.

La arrogante figura del pico Fitz Roy, luce su te­so, que se refleja con la candidez de un gigantes­co "asfódelo". Más al este volamos sobre un sendero natural, que zigzaguea entre la variedad morfológi­ca, como si una mano sublime lo hubiera trazado, pa­ra que siguieran su ritmo, las "ojotas" de los Tehuelches, sendero silencioso, nunca hasta hoy hollado por el pié de la civilización.

Este es el Paso de los Indios, utilizado por una ra­za, de la que no queda más que el recuerdo de sus vi­das y costumbres.

A esta altura, un furioso golpe de viento nos hace caer trescientos pies, instante, que sincrónicamente siento a mi espalda los golpes que han pegado con sus cabezas, los pasajeros en el techo de la cabina. El viento ha aumentado considerablemente de velocidad. La nieve es arrancada de los picachos por el vendaval y sutilizada cual blanca espuma, que se va preci­pitando por los peñascos, hacia las concavidades de reparo.

Hago un cálculo basado en la escala de "Beau­fort", apreciando que la velocidad del huracán pa­sa de los ciento treinta kilómetros.

Nos dirigimos hacia el lago San Martín, en cuya proximidad se divisan los cerros Torre, Bonete y As­tillado. La aterradora violencia del viento que se precipita desde el Pacífico, nos zarandea sin piedad, entre un descubierto de la cordillera, y no he podido admirar con tranquilidad, este extraordinario pai­saje de impresionante belleza.

Nuestra frágil aeronave, se hunde y se eleva a intervalos de segundos, con verdadera vehemencia. Sólo se siente entre el escape estrepitoso del motor, los golpeteos de los pasajeros, que están confundi­dos con el equipaje de viaje. Los bandazos repercu­ten en las células, con ruidos opacos, y flexionan las mismas en forma poco tranquilizadora para el pi­loto. Los fuertes torbellinos, sacuden los timones y alerones, haciendo temblar violentamente la palan­ca del comando, como si quisiera separarse de mis manos.

Estoy aferrado y maniobro con decisión, en esta lucha contra los elementos de la Naturaleza, que pa­rece quisieran ocultarme sus más agrestes y fantás­ticos secretos.

Cada "onda ascendente" que nos eleva, me acu­mula energías y esperanzas para no sucumbir en este abismo infernal, que nos sepultaría para siem­pre, en el silencio de los hielos milenarios. Estamos sobre las márgenes sudeste del lago San Martín; el avión se ha detenido en su veloz carrera, dándole frente al viento en una gigantesca garganta que for­ma la cuenca del lago, hacia el océano Pacífico.

Intento penetrar sobre sus aguas, que se agitan y se estrellan con vehemencia sobre los despeñade­ros perpendiculares, cuyas caprichosas cavidades es­tán colmadas de líquenes y criptógamas.

Visto que mi avión no avanza ni un palmo, me dejo desplazar —dándole un pequeño flanco al vien­to—, hacia la península Chacabuco, para poder ad­mirar sus amenos prados y la virginidad de la ex­uberante floresta. Sólo percibo, casi quieto sobre ellos, una variedad de pequeños islotes pletóricos de frondosa vegetación, y en sus riberas, algunos gi­gantescos troncos abatidos por la soberanía del hu­racán patagónico.

Nuestra aeronave, ahora retrocede frente al em­bravecido viento del oeste, que al estrangularse en la angosta garganta noreste, aumenta su velocidad, peligrando despedazarnos siniestramente sobre las cimas en que la sabia natura ha derramado sobre ellas, su inmenso tesoro de radiosa virginidad.

A nuestra derecha, se encuentra la meseta de la "Muerte", perennemente cubierta de hielo, con su cumbre plana, que permanece inmutable ante los bravíos ventarrones, que en frenéticos torbellinos, se arrastran sobre su cima cristalina.

Nuestra nave es vencida por la fuerza impe­riosa del elemento etéreo y vamos retrocediendo, im­potentes en esa titánica lucha frente al soplo funes­to del vendaval.

Somos unos vulgares e insignificantes "microbios aéreos", ante este fantástico poderío. Hemos retro­cedido, siempre con la proa al viento, hasta el cerro Kach-Aike,  donde decido abandonar el intento de internarme sobre el lago San Martín. Giro suave­mente, sin inclinar la máquina, dejándola desplazar con mucho cuidado, para tomar el rumbo diametralmente opuesto y alejarnos de la cordillera con vien­to de "cola", que nos empuja como una exhalación.

En diez minutos de vuelo —desde que abandona­mos la cordillera—, hemos recorrido sesenta y cinco kilómetros y nos encontramos sobre el paraje cono­cido por Piedra Clavada. Dado lo avanzado de la hora, decido aterrizar.

Tomé un ángulo de inclinación longitudinal, y a pleno gas, busco el suelo, sobre un campo de la costa del río Chalía. Los pasajeros, asesorados por el me­cánico, se largan prestamente al tocar tierra fuera de la cabina, y con los ganchos y cables, sostienen de las alas al "Flecha" que se debate contra las fuer­tes ráfagas. A duras penas logramos amarrarlo a un alambrado, donde quedó fuera de peligro.

Al día siguiente, despegamos a las ocho de la ma­ñana, hora en que el viento había amainado un po­co, pero no obstante, conservaba una velocidad de ochenta kilómetros. Tomamos rumbo noreste, ale­jándonos aún más de la cordillera, para el regreso de nuestro itinerario, volar paralelo a ella y explorar lo que nos resta del lago Buenos Aires hasta el de San Martín.

Nos dirigimos hacia Cañadón León, con viento de costado, que aumentaba progresivamente. La atmós­fera está revuelta y nos sacude sin tregua; quiero to­mar una foto; pero los fuertes movimientos me ha­cen golpear la máquina fotográfica, y debo desistir de mi intento.

El motor aturde con su escape estrepitoso en cada "vacío" y aumenta al patinar la hélice, hasta cuatrocientas revoluciones.

La atmósfera está rarificada y por consiguiente hay muy poca sustentación. Me empeño en tomar la mayor altura posible, ya que las "ondas descenden­tes" amenazan aplastarnos en los despeñaderos de la topografía impresionante sobre la que volamos. Só­lo pude ascender a tres mil quinientos pies, costándome sacrificio mantenerme a esa altura, porque los bandazos violentos y continuos me hacían des­cender a veces en un segundo, lo que tardaba cinco minutos en recuperar.

Volamos ahora sobre una quebrada pampa, bor­deando la meseta del lago Cardiel, que no pude cru­zar por su gran elevación, obligándome a cambiar el rumbo. Al noreste, se divisa solitario entre la polva­reda, el cerro de La Ventana.

Calculo el horario, de acuerdo a la velocidad que llevamos en ese instante, y deduzco que aun nos fal­tan diez minutos para llegar a destino.

El cerro La Ventana, se encuentra a nuestra dies­tra. Volamos entre un cañadón, que secciona la me­seta del Cardiel, de mil quinientos metros de altura.

Por primera vez en mi experiencia de aviador, tengo la sensación de volar entre un elemento ex­traño. Pongo todo el tecnicismo adquirido en mis años de volador, para sostener a la aeronave den­tro del horizonte; mas, todas mis maniobras resul­tan infructuosas para procurar la estabilidad entre ese océano aéreo, cuyas olas invisibles, azotan furio­samente al avión, en todas las direcciones; fenóme­nos producidos, desde luego, por la violencia del vien­to huracanado, cuyas corrientes son radiadas al cho­car contra los resistentes accidentes topográficos.

¡De pronto, una irresistible ráfaga, seguida casi simultáneamente por otras dos, de igual intensidad, hacen perder por completo la estabilidad, aplas­tando al avión en sentido perpendicular!

—¡Caemos! —grité desesperado, ante lo impre­visto del acontecimiento, a la vez que instintiva­mente accionaba el comando, para imprimirle al ti­món de profundidad, la posición máxima de elevación.

Percibía como alaridos los gritos de los pasaje­ros, ante lo inminente de la muerte trágica, que in­evitablemente sobrevendría a esa precipitada caída. La tierra se "aproximaba" vertiginosamente, y, se­mejante a un monstruo mitológico, pretendía tra­garnos entre sus fauces, que así aparecía la configu­ración del terreno, con sus salientes agudos, pero… ¡felizmente! como a cuarenta metros de altura, so­bre un peñasco sombrío, que nos aguardaba al igual que un gigantesco sarcófago, se detuvo la vertigino­sa caída, quedando la aeronave suspendida de golpe como por una misteriosa mano, para, a los pocos segundos, deslizarse nuevamente en vuelo correcto entre el estrépito del motor a través de esa gargan­ta pétrea. Nuestros corazones, tardaron buen rato para volver al ritmo normal después de sus agitadas palpitaciones.

Repuesto de la conmoción, consulté el altímetro. ¡Habíamos descendido tres mil doscientos pies, en la mínima fracción de tres segundos, que a todos nos parecieron tres eternidades!

Los pasajeros yacían entremezclados con los pa­quetes y herramientas, y algunos de ellos un poco magullados. Mi cabeza golpeó tres veces contra la roldana del techo corredizo de la cabina, y el casco de aviador ostenta aún hoy, tres cortes producidos en ese impresionante descenso, que, a la par de otros acontecimientos, llevaré latente en mi imaginación.

Seis minutos después, aterrizábamos sobre una meseta de cuatrocientos metros de altura, cercana al pueblo de Cañadón León. Al descender de la má­quina, un silencioso, pero fuerte abrazo, selló como un broche de oro, la comunidad de nuestros senti­mientos.

El viento arrancaba aullidos horrorosos de la cumbrera del modesto aposento, en el que nos ha­bíamos alojado durante nueve días.

El buen "Flecha de Plata", se distinguía entre la polvareda de esa elevada meseta, como un pequeño chingolo sobre un gigantesco montículo de piedra.

"Impetum" —nombre con que me he permitido denominar al viento patagónico, a falta de otro téc­nico que lo identifique— cesó de soplar con su fuer­za avasalladora y nos brindó la oportunidad de pro­seguir nuestro vuelo rumbo noroeste.

Nos dirigimos hacia la meseta del lago Buenos Aires, la que no pudimos cruzar, porque nuestro avión no nos daba el "plafond", a causa del excesivo peso que llevábamos, limitándonos a bordearla, no obstante ofrecernos un espectáculo impresionante y desolador.

Luego, navegamos sobre el río Pintura, afluen­te del río Deseado, en su nacimiento, en cuya des­embocadura se destaca, con rara magnificencia, el cerro del mismo nombre, de una variedad hermosa de colores, predominando desde el anaranjado al oro, y del rojo de púrpura hasta el violeta acero.

Todo lo que tiene de original y bello este cerro, lo tiene de traidor para la aeronavegación, por su acentuada atracción magnética, cuyo fluido obra poderosamente sobre el compás, enloqueciéndolo, fe­nómeno éste que ya experimenté en anteriores vue­los realizados desde Las Heras, al lago Buenos Aires. En esa oportunidad no pude localizar al factor que perturbaba la estabilidad del mismo, dado que entonces volaba sobre la niebla, bajo cuyo manto se ocultaba el bonito cerro; en cambio ahora, lo había "pescado" en el preciso momento que me hacía la mis­ma jugarreta.

Llegamos al lago Buenos Aires, con la idea de re­gresar al día siguiente, más, los fuertes vientos nos obligaron a permanecer ocho días, después de los cuales, emprendimos el retorno, a lo largo de la cor­dillera.

El día era hermoso y una suave brisa ondulaba las profundas aguas del lago. Nos internamos en el corazón agreste del extremo norte, cerca del lago Gío, para pasar luego sobre el Posadas y punta sud­este del lago Pueyrredón, siguiendo sobre la desola­da meseta, de la que emerge como una gigantesca ánfora, el cerro Belgrano. —Al oeste, casi enfrente, en pose arrogante se destaca el pico más alto del Territorio de Santa Cruz: el San Lorenzo, de tres mil quinientos metros y por consiguiente es el rey, del cordón cordillerano.

Cambio rumbo dirigiéndome hacia el lago Strobel, al que cruzo, dejando el Quiroga al oeste, muy próximo a nuestra línea de vuelo.

Sobre el lago Cardiel en cuyas dormidas aguas se espeja la galana silueta del "Flecha de Plata”, descri­bo para solazarme, dos amplios giros aprovechando para tomar algunas vistas de su záfira fontana.

Al oeste, nos muestra sus hielos con fulgores de aderezo la meseta de la Muerte. En ese maremágnum policromático, me extasío a través de su cruce, hasta el brazo del lago San Martín, denominado Cancha Rayada y luego de seguir sus laberintos, tomé rumbo a Río Gallegos, donde aterrizó tres horas después, sa­tisfecho del magnífico vuelo realizado.

Encuentro en la habitación, varias cartas de mis familiares, que me reclaman sin cesar, y también, algunas de Perla, en las que me suplica retorne lo más pronto posible.

Trato de conformarlos a todos, con cariñosas con­testaciones, pero sin dejarles entrever que aun no he llevado a cabo mi propósito, lo que me propongo hacer en una prolongada permanencia en el Territo­rio.

¡Ocho meses llevo en la Patagonia! Ya el verano se aleja y en el transcurso de todo ese tiempo, he realizado ciento diez horas de vuelo, por sobre todo el territorio. Muy poco me falta por conocer ahora, y sólo espero otra estación invernal, que me ofrezca al igual que la anterior, muchas ex­periencias.

Abrí un paréntesis en mis actividades aéreas, pa­ra dar lugar a que el mecánico examinara detenida­mente el motor y avión, y lo dejara en condiciones de cumplir cuarenta horas más de marcha, después de cuyo término, —que se cumplirá durante el in­vierno— debemos llevarlo a Buenos Aires para so­meterlo a un prolijo ajuste general.

El verano, se despidió como el primer día de su entrada. Parecía querer grabar en mi imaginación, su postrimer despedida.

El viento bramaba incesantemente sobre el ale­ro, desde hacía nueve días. Me había crispado los nervios esa interminable nota gemebunda.

Arrojé con violencia sobre una silla un libro que terminaba de leer. La lectura, era el único solaz en mi prolongado encierro…

Fui a la galería a observar a través de las vidrie­ras, el empuje titánico y arrasador del huracán aus­tral. La atmósfera se hallaba empañada en un tinte amarillento y las piedras pequeñas de canto rodado, repiqueteaban a intervalos sobre las chapas de mi vivienda.

El anemómetro, marcaba rachas de ¡cuatro kiló­metros por minuto! momentos, en que Eolo parece lanzar con fuerza despiadada, todas sus iras sobre las pampas de la "Tierra Maldita".

Con gran sorpresa, veo una gaviota que lucha de­nodadamente de frente al viento arrachado y traicio­nero. Sus alas baten sin cesar y las violentas olas eté­reas la arrojan cerca del suelo, para elevarla en una fracción de segundo, en forma brusca.

Quedo perplejo ante este cuadro de imperiosa lu­cha, entre el elemento desencadenado con furia y el combate recio que por subsistir, le ofrece esa cándida ave palmípeda.

¡Veinte minutos aproximadamente, mis ojos con­templaron estupefactos, el batallar sin tregua de las alas plomizas, que en su elemento, con palpitar ins­tintivo, no lograba vencer los torbellinos funestos, que con implacable saña, acechaban su víctima!... ¡Mas, fué en vano!

La naturaleza, con poderío infinito, se impuso una vez más, y en forma vertiginosa, estrelló al ave con furia contra el muro, para caer vencida y exánime, bañada en sangre...

¡Corrí a la calle, para socorrer a aquella compañera de lucha, que había caído en la lid de mi sende­ro!

La tibieza de su cuerpo, fué transmitida a mis manos, y el corazón había cesado en su ritmo acele­rado. Las alas desplegadas se dejaron caer en un ago­tamiento profundo y ni siquiera el más leve ester­tor agónico, hizo vibrar por un instante la blancura impoluta de su pecho. Su cabeza se inclinó redimida, y por su pico se destiló la vida en gruesas gotas ro­jas…

¡Quizá, yo estaré ligado a tu destino, y fatal­mente corra tu misma suerte!...

Junio ha llegado silencioso con sus copos cándidos que caen mansamente a través de la atmósfera perlina y fría.

Los arbolitos abatidos, que adornan la acera de mi casa, se han vestido de blanco y duermen el sueño invernal ¡Un año va ya que los contemplo desde los ventanales y sigo el proceso de su desarrollo lento y tenaz!

El rozar de un murmullo suave de "frú-frú", se desliza por la cumbrera: es la gruesa capa de nieve que cubre el techo y se va plasmando en el alero en caídas cristalinas de hielo. Nada turba la paz del pa­norama devastado por el arrasador "Impetum" del verano. Es la hora triste, la hora melancólica, la ho­ra del augurio. Mi imaginación se remonta en este momento hacia la tibieza del hogar y añoro los afec­tos familiares, de que he carecido en esta prolonga­da separación.

Esta evocación fué interrumpida por un emplea­do de la estación de radio, quien me anunció que me necesitaban con urgencia. Concurrí al instante y es­cuché las llamadas lacónicas y repetidas desde el lago Argentino, que solicitaban rápidamente el avión, para traer un escarchado grave...

 

UN DRAMA DE LAS NEVADAS

 

Entre las huellas profundas de un cañadón, la nie­ve se ha estancado al soplo del viento sud... Un au­tomóvil avanza penosamente sobre esa capa voladiza, que lo va atascando en su marcha; se dirige hacia el lago Argentino y aún faltan cuatro leguas para lle­gar.

El estentóreo escape del motor, se aleja por las llanuras heladas, con la agonía de su máximo esfuer­zo; el volante maniobra incesantemente hacia atrás y adelante, y palmo a palmo, va avanzando con un trepidar bruto.

¡Ha sonado un estrepitoso ruido metálico en el di­ferencial! El coche se ha detenido en su marcha des­paciosa y el conductor desciende, y examina las rue­das; una de ellas se ha separado de su sitio: el "palier", se ha roto; se ha tronchado, y no es posible ninguna compostura, sin tener la pieza de repuesto.

En la cabeza de este hombre conocedor de la in­clemencia patagónica, bulle la incertidumbre. Sus ojos se han detenido vagos, en la larga carretera ocul­ta debajo del implacable manto. ¡Un momento de meditación y arrepentimiento, lo somete a una extá­tica contemplación del extenso panorama frío! El viento sopla del sud con su nota lúgubre y las partí­culas de nieve castigan su rostro con violencia.

Se lleva las manos a la cabeza, y da la última mi­rada interrogante a su automóvil, que tiembla, con el azote del sud.

¡Es en vano! —parece que quisiera decir— ¡na­die pasará por la huella quizá por muchos días!

Escruta la lejanía y se lanza a través de las pam­pas desoladas, con un gesto de indignación. Trata de no apartarse de la huella para no perderse a pesar de que en ella la marcha en más penosa. Sus pies se hun­den pesadamente en la blanca espesura y continúa la marcha, mientras el sol marchito se pierde en la atmósfera tenue y blanquecina del poniente.

Era realmente la hora de la desolación, donde la naturaleza parecía sostener la bravía lucha, contra la presencia indomable del hombre, que imprudente se arriesgaba a combatirla.

Trabajosamente, el hombre avanzaba paso a pa­so... ya más lento, mientras la noche gélida, iba tendiendo el manto sobre el sudario. Su pecho agita­do, se estremecía en escalofríos y la exhalación ge­mebunda de la fatiga, hería el silencio de la tiniebla. La boca entreabierta y espumosa, daba paso a la res­piración estrangulada por el excesivo agotamiento, que la dura marcha de tres leguas, había provocado. Dio un traspiés, y... cayó; se incorporó pesada­mente y volvió a caer de bruces, llenándose los pár­pados y la boca babosa de las frías partículas. Arran­có un quejido, y ya en un estado semiinconsciente volvió a caer contra un alambrado, para rodar so­bre la sábana blanca.

En sus labios se dibujó una mueca irónica y su pecho se expandía en un abatimiento profundo…

Los claros del alba asomaron, coloreando los grandes nubarrones de oriente… Un ovejero se di­rigía a una tranquera para recorrer un cuadro, arreando una tropilla. El "puntero", dio una espan­tada, que llamó la atención del jinete, quien pronto pudo ver al hombre tendido, sobre la gruesa capa de nieve escarchada. Se apeó en seguida, y palpándolo, comprobó que aún respiraba… estaba como dormi­do. Ató el caballo al alambrado, y luego desnudó al caído, a quien con el rebenque de ancha lonja daba acompasados golpes en el dorso y en las piernas; después, con la blanda nieve que extrajo de debajo de la capa escarchada, empezó a darle fuertes fricciones por todo el cuerpo, hasta que la epidermis tomó un color rosado subido, —procedimiento éste, usado en el campo para restablecer la circulación sanguínea— enseguida, unas flexiones en las piernas y brazos, hicieron reaccionar al escarchado, hasta que recobró el uso de la palabra y entre el castañetear incesante de sus dientes, le explicó al ovejero lo que le había ocurrido.

Tomó el jinete al "congelado" y montándolo so­bre la cruz de su caballo, lo llevó a galope tendido, chapoteando la nieve, hasta el pueblito de lago Ar­gentino, que distaba una legua del lugar. Una vez allí, le dieron a beber Ron y aplicáronle fomentos de alcohol sobre los pies escarchados e insensibles ya.

 

Me apresté a llegar al campo de aterrizaje, pa­ra partir rápidamente, ya que debía cubrir una distancia de quinientos kilómetros y lo avanzado de la hora, me restaría luz, para el regreso. Era pues necesario partir sin pérdida de tiempo.

Mientras el motor tomaba temperatura, perma­necí al lado del teléfono, esperando me comunicaran desde la estación de radio, el estado meteorológico en la ruta a seguir.

Decolamos a través de ese tul perpendicular, que dificultaba mucho la visibilidad. La nieve, al cho­car contra el parabrisas, se congelaba instantánea­mente, por la propia velocidad del avión y me hube de valer de un destornillador, para ir despegando el hielo del vidrio, en cortos lapsos.

Aterrizamos… Inmediatamente demarqué una huella con el mismo avión, en idas y venidas repeti­das veces, en dirección al viento, luego coloqué a la máquina en posición de partir, en el extremo del campo.

El motor continuaba en marcha despaciosa, y yo, inmóvil en mí puesto de comando. Cuatro minutos después, un auto, en trabajosa marcha surcando una capa de treinta centímetros de nieve, se acercaba hacia nosotros.

Sobre sus espaldares una camilla, en que descan­saba un hombre joven, que gemía de dolor. Sus pies estaban envueltos con gruesos paños, y el rostro lí­vido denotaba la agudeza de su sufrimiento.

Impasible y emocionado, observé desde mi asiento, todas las maniobras del embarque, que ejecutaron cuatro personas con presteza y llenos de sentimien­tos humanitarios. El mecánico, ayudaba desde el in­terior de la cabina a acondicionar en la mejor forma, al enfermo.

¡Ocho minutos, y todo quedó listo!

El "Flecha de Plata" se arrastró por la pendien­te del campo, hacia el río Calafate, y despegó pesa­damente...

La luz tornábase mortecina en medio del trayec­to y los minutos eran contados por mis ojos, a muy cortos intervalos. Miraba al enfermo por una aber­tura de mí respaldar: su rostro parecía una masca­rilla de cera, denotando una profunda depresión angustiosa. ¡Quizá, el pensamiento ingrato de la pér­dida de sus extremidades inferiores!...

Esto me hizo dudar si llegaríamos a tiempo, y una honda pena e incertidumbre se agolpaba en mi cerebro. Los chubascos de nieve habían cesado y el cielo mostraba su aspecto espectral, colmado de es­pesos nubarrones.

Las encendidas nubes del poniente, se tornaron obscuras y la noche fué posándose suavemente sobre la "mortaja" de las pampas dormidas…

Las esferas luminosas de los instrumentos del ta­blero, empezaron a emitir en la penumbra un ago­nizante titilar fosforescente... Miré el reloj: aún me faltaba más de media hora de vuelo.

Nada podía ver a la distancia, a través de la in­cierta obscuridad, que paulatinamente se hacía im­penetrable. Sólo se percibía vagamente a nuestros pies, la gigantesca sábana blanca.

Navegamos en una obscuridad casi absoluta cer­ca de veinte minutos. Luego, a intervalos, percibí pobremente un horizonte ambarino, que fué tornán­dose en un resplandor rosáceo, para aparecer casi repentino, el centellear amarillento de la ilumina­ción de río Gallegos.

Tres hogueras dispuestas en forma triangular señalaban el radio de acción para aterrizar, manio­bra que realicé con alguna suerte, en perfectas con­diciones.

Un automóvil nos aguardaba junto al hangar, con el motor en marcha.

Acondicionamos al enfermo en la mejor forma posible y tomamos ubicación en el mismo coche, pa­ra acompañarlo hasta el consultorio, donde nos es­peraba el facultativo, quien ya había sido avisado de antemano, por intermedio de la estación radio­transmisora, del estado y dolencia del paciente.

Penetramos en el consultorio y se me permitió hacer acto de presencia en la intervención. Estaba impaciente, acerca del resultado de la sintomatología patológica, que el médico en un concienzudo diagnóstico, me haría conocer.

Mientras le fueron desvendados los pies al en­fermo, el doctor lo interrogó acerca de los porme­nores del accidente de "Gelures" y cuáles eran los procedimientos adoptados por quienes lo auxiliaron. Un tanto emocionado, el enfermo relató con lujo de detalles la odisea do aquella noche trágica, en que vencido por el cansancio, se entregó al blanco lecho exhausto, guardaba memoria muy vaga, se­gún lo que se desprendía de su relato, lleno de lagu­nas e incoherencias, hasta que fué auxiliado en la mañana siguiente, y agregó:

—Con hoy, son tres días; el primero, no he sen­tido casi ningún dolor, mas, después, comencé a sen­tir unas punzadas agudas y me salieron estas ampo­llas —señalando unas grandes flictenas, que cu­brían los dedos y el dorso del pie—, y temiendo que fuera gangrena, decidí pedir el avión, para trasla­darme rápidamente hasta aquí, ya que en auto no sería posible llegar.

El médico examinó detenidamente la parte afec­tada por la acción del frío, cuyo aspecto era impre­sionante, y sacudió la cabeza con indignación.

Me aproximé al facultativo, mientras éste pre­paraba una inyección, y lo interrogué acerca del es­tado del enfermo y de la gravedad que presentaba la "froidures", contestándome lo siguiente:

—Se trata de un segundo grado, que puede tener derivaciones, no obstante haberlo tomado casi a tiempo; quizás, unas horas más, hubieran sido de fatales consecuencias, ya que el alcohol que ha inge­rido y la fatiga del cansancio sufrido, obran mor­bosamente sobre el organismo, restándole la defen­sa. ¡Ahora bien; según la intensidad y duración de la refrigeración, puede dar lugar a la formación de un edema, y, agregado a ello la necrosis como tam­bién la patogenia de estas últimas complicaciones, es compleja, desempeñando el papel principal la interrupción completa y prolongada de la circulación y de la linfa. Es por ese motivo, por el cual le aplico esta inyección de acetilcoline y más tarde, veremos el proceso patológico del paciente.

Acto continuo, le aplicó al enfermo la inyección, y después procedió a tomarle la presión arterial, co­locándole primeramente a la altura de la tibia, el oscilómetro de "Pachón".

Los ojos avizores del médico, se posaron un lar­go instante sobre el oscilómetro, variándole la pre­sión a cortos intervalos, con la válvula de escape. El semblante del facultativo fué tornándose en una ex­presión más optimista, lo que dejaba entrever, que la inyección había surtido algún efecto.

Luego tomó un bisturí, procediendo a practicar incisiones en las flictenas, las que aparecían aureo­ladas con un círculo rojo moreno. El bisturí, pene­tró con facilidad en los tegumentos, emanando en seguida un líquido rojizo, y a través de otras incisiones, surgía una cerosidad blanquecina.

Terminada la intervención, el enfermo fué tras­ladado al hotel. Yo permanecí en el consultorio, pa­ra abusar de la acentuada amabilidad del médico, inquiriendo mayores detalles sobre la suerte que co­rrería el infeliz congelado.

Después de varias consideraciones, terminó diciéndome:

—La curación de las heladuras o congelaciones graves, se verifica lentamente, y, por consiguiente, no es posible determinar en el primer momento la evolución que puede verificarse en las regiones afec­tadas por el frío, y hasta si se quiere por reflejo las que no lo están. Por otra parte, como le digo, cada paciente es un nuevo caso, ya que en el momento de la reacción de la sangre que afluye abundantemen­te al territorio que estuvo isquemiado por el frío, no puede penetrar en los vasos obstruidos, por lo que sobreviene el edema; claro está, que este caso es de especial cuidado la aplicación del calor, que debe ser graduado muy lentamente, hasta tanto se veri­fique el proceso de la licuación de la sangre. En el que nos ocupa, tenemos que esperar y creo que den­tro de tres días, se podrá llegar a una conclusión categórica.

Me despedí del doctor, a quien prometí visitar periódicamente, hasta que se definiera la triste si­tuación del enfermo.

Ocho días que he vagado desde mi casa al con­sultorio médico, y he retornado sin más detalles que una simple expectativa en un proceso largo y pe­noso.

Pensé, mientras me dirigía nuevamente al con­sultorio, qué suerte correría, si algún día tuviera que aterrizar por esas mesetas colmadas de nieve, quizás pasaría por peores alternativas.

El consultorio estaba atestado de enfermos y tu­ve que esperar largo rato, a que me tocara el "turno", luego me apresuré para ir al encuentro del fa­cultativo, quien, al advertir mi presencia, me dijo sonriente:

—¡Por fin amigo, hoy llevará algo! —¡Qué!...  ¿Le amputó? —atiné a decir emocionado.

—¡No, hombre!...  No se asuste; lo hemos sal­vado…

 

¡También para mí, EL SEXTO DÍA DE TRA­BAJO HA TERMINADO!...

Los primeros soplos de la primavera, han azota­do los cerros aun vestidos de blanco, y allá... en la humilde y tradicional "ruca", oculta al reparo de una meseta helada, cual vestigio de una histórica raza que se extingue, alcanza el sincrónico escape de un motor, cuyo estrépito sacude la indolencia de la tribu... Un viejo tehuelche, asoma. Su tez curtida por el vendaval patagónico se ha plegado en una mueca de admiración; sus oblicuos ojillos hundidos en las órbitas, escrutan el cielo, bajo cuya bóveda preñada de nubes, la gallarda figura de un avión, en titánica lucha va cruzando…

¡Debajo de sus alas, ostenta la enseña patria!... Envuelto el indio en su raído "quillango" y ce­diendo a un impulso irresistible, se arranca el "cha­mal", que en otrora le sirviera para cubrir sus amo­res furtivos y con la resignación de los vencidos, ¡saluda al vencedor!...

Sus labios muy quedos, aguardaron el paso del "águila mecánica", sin sospechar siquiera, que en­tre el rugir del fragoroso escape, se esconde la enig­mática esencia del pasado: ¡el sueño azul de un ni­ño!, que con la mirada fija en la línea de vuelo, guía a la aeronave, hacia el sitio lejano: ¡a Buenos Ai­res !..., donde naciera el sueño de aquel niño, que ahora había realizado, y donde un corazón de mu­jer, late emocionado y espera el regreso de esa na­ve, que un día partió, para volver muy pronto y aún, no ha retornado...

El sincrónico escape se ha apagado... y la fi­gura del avión, empequeñecida, difámase en el ho­rizonte, como un punto...

El indio deja caer el "chamal" que había agita­do... Entra a su "ruca" y el mutismo de sus labios rompió para decir: "Pasó un aeroplano...".

 

Bajo un cielo gris, de frente al huracán em­bravecido y glacial, se pierde la silueta de una aero­nave, dejando tras de sí, una estela de amor y sa­crificio, en las libérrimas y salvajes tierras pata­gónicas...