Aquello que podríamos llamar “literatura patagónica” tiene una génesis nómade, proviene en su mayoría de extranjeros a la lengua y al territorio. Recién a mitad del siglo XX comenzaría a escribirse en Patagonia y por patagónicos —nacidos o asumidos como tales— literatura propiamente dicha.

Como he escrito en otra parte (El Eco de la Letra): en el origen de Patagonia está la ficción, es decir, las novelas de caballería donde asoma victorioso Primaleón de Olivia (1512) derrotando al monstruoso “Patagón”.

Hubo, desde el inicio una ficción originaria, un período de narraciones metamorfoseados en mitos: el bárbaro primitivo, el cavernícola, el patagón. Seres de un submundo que hay que civilizar, o hacer desaparecer, que ocupan el “desierto”, el territorio útil a la explotación que invita a colonizar y explotar.

De aquellas narrativas fundadoras surge una praxis política-económica y una consigna civilizadora del desierto en tanto tierra de nadiea conquistar y depredar. A la etapa descubridora le seguirá el momento de la explotación y de elaboración de la imagen de Patagonia como “reserva”, como “patrio trasero” de la semicolonia argentina.

El imaginario patagón crece como imitación a la “marcha hacia el oeste” de los pionners norteamericanos, con esa intención se escribió la “Australia Argentina”, ideología epigonal de la generación de Alberdi y Sarmiento quienes imaginaban hacer del “desierto” una California sudamericana.

Y cuando hoy leemos en aquellas escrituras de viaje, de memorias, de crónicas, descripciones y apuntes etnológicos como el subsuelo de la escritura patagónica, comprobamos que una epopeya ha permanecido oculta en ajados expedientes burocráticos.

Una literatura es la serie de obras que arman una tradición, una estructura cultural, un sistema de producción y consumo compuesto por la escritura, el libro, su  venta y su lectura. Una literatura es un proceso cultural que comprende el canon literario, la biblioteca, la difusión de la obra, la crítica literaria, el conocimiento público del autor, la enseñanza.

Las narraciones de viajeros han ido perfilando el ciclo novelesco de los inicios, una genealogía identitaria nacida de la dura experiencia trashumante y pobladora. 

El lector que espere de esta región un London o un Quiroga, deberá antes hojear la escritura de los viajeros que hemos citado extensamente. Ahí y sólo ahí se encontraría la literatura que aún no es. O mejor aún, tales escritos resultan el subsuelo a partir del cual se elabora la escritura literaria de la región. Quiero decir que si hubiera un modelo para escribir literatura patagónica, el mismo se encuentra en lo que vendrá (lo que vendrá es el resultado de una acumulación de experiencias transformadas en letra), o bien ya se ha realizado y la desconocemos, o bien (y es lo más seguro) está en curso. Lo que es cierto es que en estos tiempos globales una nueva tradición está en marcha. 

Vivimos los patagónicos una etapa de nuestra historia en que nos preguntamos por nosotros mismos, por nuestro pasado, por nuestra realidad, por aquello que nos diferenciaría de los demás compatriotas. Y esta preocupación de bucear en el pasado ha ido gestando una literatura perpleja ante el descubrimiento del rico yacimiento de historias extraordinarias que el pasado patagónico devuelve. Así es como nuestro escritor encuentra su propia y singular imagen del mundo, manifestando su más íntima y fiel representación.

La época exige un lenguaje apropiado siendo el momento histórico el que genera una nueva sensibilidad la que a su vez crea formas inéditas para nombrarlo y representarlo.

Nuestra literatura recién va saliendo de la crónica, de las historias de vida, de la memoralia, del testimonio informal; poco a poco se atreve a erigirse en escritura literaria propiamente dicha, es decir, en obra de lenguaje, en escritura estética, estilística, en aquello que la convierte en narrativa pre-ocupada por el cómo de la expresión.

 

LOS TÓPICOS

Entre los tópicos que he señalado para identificar la literatura patagónica indicaba el desierto dado que se escribe en y acerca de un territorio en que la experiencia del paisaje determina la experiencia narrativa.

Desde un vacío provocador —el desierto geográfico, una nada, un no lugar, un vacío histórico, una soledad humana—, la literatura patagónica construye y crea formas de experiencias límite, por lo que el Sur consiste en un lugar abierto, un aike que se brinda a toda experiencia, el espacio de “lo posible”, como u-topía, tierra de(l) futuro, digamos de nunca.

Se escribirá desde un desierto, el cultural, del despojo étnico, desde el olvido “viviendo al sur de los olvidos”, según Raúl Mansilla, es decir, en la total omisión.

Se ha dicho y escrito hasta el hartazgo que este lugar es el del fin del mundo, y se supone que quienes lo dicen lo hacen desde el centro tanto geográfico como cultural, pero para los patagónicos, el mundo no termina aquí, por el contrario comienza en esta larga península austral. Es una cuestión de perspectivas.

Los patagónicos escribimos para situarnos, literatura brújula para encontrar aquello que perseguimos. Por lo que nuestra diferencia reside en el estar, en el lugar (el aike de los tehuelches), el espacio donde desarrollamos nuestras vidas; el lugar y la situación que determina toda relación y trato con el otro, que lo que acaba por diferenciarnos no es más que nuestra situación marginal en el espacio cultural nacional.

 

DIFERENCIA EN LA IDENTIDAD (Lo particular en lo general)

Deberíamos partir de la idea de que “la identidad” no es una esencia a la que hay que acceder y pertenecer quién sabe por qué artilugios. Los buscadores de identidad andan a la pesquisa de ésta como si fuese la perla en el molusco, por lo que si la identidad algo es, sólo puede consistir en una permanente construcción del sujeto hacia su autonomía en su relación con la identidad modélica y paradigmática. Es así que lo que denominamos “identidad patagónica” que supimos consumir —me refiero a la imagen heredada acerca de este país sur— consiste en la mirada paternalista del Otro, viajero extranjero o compatriota que dejara sus impresiones estampadas en textos que ofician de canónicos. Es a esa mirada semicolonial que los patagónicos han adherido sin crítica. La identidad implica un modelo, un significante paradigmático impuesto por el discurso hegemónico “nacional”.

En esta pesquisa, comprobamos que aquello que Nos diferencia es, en primera instancia el Lugar, el espacio, el cuerpo territorial de nuestra existencia. Y   comprobamos además que este lugar es distante del centro hegemónico por lo que  tomar distancia, distanciarse, resulta imprescindible y elemental acto de afirmación.

Distanciarse, diferenciar, diferir. Al distanciarnos hacemos la diferencia. Distanciándonos del Otro adquirimos la propia mirada, comprobamos que al estar en otro lugar vemos diferente, se tiene otra y particular perspectiva de lo Mismo. Es, entonces, el lugar —el aike— el aquí (y el ahora) lo que determina la mirada y la perspectiva del mundo.

Lo cierto es que la llamada identidad se compone de una serie de diferencias por lo que una identidad acaba siendo una totalidad de multiplicidades. Así como la personalidad del individuo se va formando como una narración desde los primeros años, así también una sociedad en el tránsito de sus generaciones va conformando su idiosincrasia por lo que, al señalar nuestras diferencias respecto a la identidad modélica, dibujamos el perfil de la propia idiosincrasia, marcamos el estilo, la forma de una convivencia.

Y porque para querer hay que conocer, cuando nos preguntamos por Patagonia lo hacemos por nosotros mismos, recurrimos a la geografía física y humana, y porque nos interesa el presente concurrimos al pasado, sea lejano o inmediato. Algunos escribirán la macro historia de la región y de sus pueblos; otros, asombrados, describirán el país reconociéndose en las costumbres de sus pobladores, escucharán atentos sus minúsculas historias. Y entonces, afinada la sensibilidad del vivir aquí, surgirá el deseo por nombrar lo indecible, lo olvidado o censurado; escribirá magnificando lo inmanente de la convivencia, la intrahistoria de la historia, aquello de lo que nadie se atrevió a decir o fue dicho en secreto a media voz: a partir de entonces reiniciará el viaje de descubrimiento de una realidad que reclama ser narrada y leída de otra manera, donde lo fantástico se torna real y el verbo de la inmanencia se sustancializa.

De ahí que los patagónicos no tenemos por qué parecernos a nadie, por el contrario, se trata de encontrarnos con nosotros mismos.