UMBRAL

…y hace del límite un espacio literario.

En “las orillas” define un territorio original que le

permite implantar su propia diferencia respecto

del resto de la literatura argentina

Beatriz Sarlo: Borges, un escritor en las orillas.

Existe en la cultura argentina una percepción y valoración común que nos ubica en los márgenes. Quien habla desde el centro dice: “el lejano sur”, y  quien vive en ese sur aparentemente lejano repite la locución como si estuviere alejado de sí mismo, como si al hablar de sí hablase de otro. Habla de sí como otro; es el otro que habla por él. Reproduce de esta forma la visión excéntrica, enajenada del dueño del verbo y adopta una perspectiva de sí distorsionada por la mirada del otro significante.    

Somos, ¡qué duda cabe!, fronterizos. Somos “el interior”, expresión que denota una centralidad hegemónica. Por lo que escribimos en márgenes culturales, en los límites de toda significación central. Somos fronterizos no por una cuestión de geografía o vida histórica, sino por vivir, pensar y desear desde donde comienza el desconocimiento, la subestimación, el olvido incluso.

Se escribe por lo tanto en los márgenes de un imaginario nacional.

Todo borde o límite es un campo de confluencias y rechazos, un cruce de significados donde se producen las contradicciones. La frontera es el espacio que une o el signo que separa, lugar ambivalente que tanto suma como divide, zona de bifurcación y convergencia, sitio de expulsión pero así mismo de  inclusión.

La frontera, en tanto borde, vive la tensión centrípeta del movimiento central, dicho de otra manera, en la frontera se del movimiento centralizador; y cuando se vive en los márgenes culturales se vive en el límite de sus acotadas posibilidades.

 

EN LAS ORILLAS DE UNA TRADICION

Siempre escribimos en una determinada tradición, sea dentro o fuera de ella. Adoptamos y adaptamos aquella que nos fortalece y tiende a favorecernos y proyectar las propias ilusiones. Pero si nada de esto satisface, si los patrones de la tradición prestigiada y legitimada no favorecen, entonces se inventa un pasado. En realidad, siempre estamos re-creando y reelaborando una tradición.

Modelamos con nuestros testimonios una tradición (palabra cercana a traducción, cercana a traición). Cumplimos con el parricidio y fundamos una paternidad, el inicio de una serie de un ciclo, que cuando algo termina algo también comienza. Una orilla puede ser tanto un comienzo como un final.

Pero elaborar la propia tradición es trabajar al borde del abismo, listos a ser convertidos en disidentes en apóstatas de un pasado consagrado.

Sin embargo ¿no es acaso una verdad fuerte, digamos primaria que para un patagónico sea más importante las figuras de Luis Piedra Buena o de Francisco Moreno que Mitre o Sarmiento? Y estoy convencido que nuestro héroe de la Resistencia nativa no es el apache Gerónimo sino Valentín Sayhueque el jefe manzanero.

Crear una tradición es exponer una nueva perspectiva del mundo, mostrar otras posibilidades de relación, invita a la apertura  antes que al cierre, busca el asombro, todavía.

Trabajamos al borde de una cultura, no podríamos sin embargo ser iconoclastas con nuestra tradición (nacional, se entiende), la que no da para ser tan radicales, aún no pesa demasiado para abandonarla, pero sí posibilita que podamos ser precursores. No es poco.

 

CRÍTICA Y TERAPÉUTICA

Si el escritor tiene una función en la sociedad no sería otra que enriquecer la sensibilidad e imaginación de sus contemporáneos, volver más lúcida la percepción o sugerir nuevas como inéditas posibilidades de vida que la cultura administrada deja cerradas.

A su vez, la escritura en tanto arte es critica yesterapéutica, tantoconfronta como cura. Crítica, que en tanto mirada impugnadora de la realidad no podría convertirse en el discurso conservador y sumiso a los poderes sin degradarse como arte. Y terapéutica de la enfermedad insolidaria y consumista que nos está destruyendo.

Nadie escribe si está conforme con la realidad heredada. Pero si la escritura es manifestación del malestar del mundo, también es cierto que escribimos para captar los instantes huidizos del goce de vivir.

La producción literaria puede enfocarse o interpretarse como catarsis psicológica, confesión biográfica —formas saludables para continuar apegados al principio de realidad—; como mímesis, producción imaginaria determinada sociológicamente o como crítica social y política del sujeto frente a estructuras bloqueadoras; pero su principal hermenéutica debería ser dada desde su propio texto, la literatura vista desde el lenguaje, desde su propio ser significador, digamos desde su fundamento.

El lenguaje, en tanto materia prima del escritor es lo que define la calidad del producto, de su elaboración depende la buena o no tan buena literatura.

 

LA ESCRITURA NOMBRA LO AUSENTE

La lógica del formalismo excluye los flujos libidinales, los abismos inconscientes, la espontaneidad del deseo, la potencia del acto, las ráfagas irracionales de la inmediatez, el mundo antes de cualquier signo, el azar de lo contingente.

La literatura y en especial la poesía trabajan con aquellos materiales que el saber formal y académico, los poderes-saberes no tienen en cuenta por considerarlos cuestiones menores y por ello intrascendentes, sin embargo: ¿qué conocimientos tendríamos del desarrollo patagónico sin la dura vida pinera del carrero patagónico rescatado por Ascencio Abeijón?, ¿cómo podríamos conocer detalles de la vida de los primigenios habitantes de nuestra provincia el testimonio rescatado por Enrique Perea del mapuche Manquel?, ¿en qué seminario académico se abordaría la obra fragmentaria de Omar Terraza?, ¿quién, sino un poeta recordará a Luisa, aquella prostituta que en sus últimos días vendía lotería?, ¿qué tesis etno o antropológica podría describir el mundo misterioso y sagrado de la machi como en las novelas de Hugo Covaro? Hay entre nosotros presencias ausentes que la literatura pone en evidencia.

Un genuino texto patagónico palpita atravesado por presencias fantásmicas enseñoreadas por silencios y desolaciones, y aunque hay textos donde el paisaje no es explícito, su fondo áspero y fatal se instala en la subjetividad de los seres y produce en la escritura una particular tensión estética.

 

USTED SE PREGUNTARÁ POR QUÉ ESCRIBIMOS

Pocos saben que Patagonia hace escribir al escritor y no a la inversa. Este territorio es un imaginario, un mito que nos fabricaron y reproducimos como espacio del misterio y asombro de nautas y exploradores espías, territorio de la ambición y el genocidio y, finalmente, región de reserva estratégica de energía, paraíso de la depredación y la explotación irracional.

Para el patagónico, su lugar —su aike— es duración que busca vivirse, permanencia donde se superponen los tiempos sin memoria.

El escritor patagónico territorializa sus afectos y alucinaciones; al describir sus fantasmas perseguidores, sombras hambrientas que corroen su interior y lo impelen a lanzarse al vacío de la exterioridad al componer una realidad verosímil, para que el semejante la comparta y se sienta reflejado. 

Por eso, pese a los obstáculos y a las dudas, alejados de los centros donde se cocina el gusto cultural, de los círculos donde se tejen y destejen famas, reconocimientos y decisiones, a pesar del mal tiempo o los problemas personales, el escritor —si es alguien que le erupciona sin más la sensibilidad y los afectos—, seguirá escribiendo porque no tiene más remedio que hacerlo o reventar.

Escribirá para aventar sus fantasmas, para aclararse las ideas, para asir lo que se fuga, para no enfermarse más de realidad, para exorcizar la soledad o el desamor o para hablar del su amor. Escribirá, escribirá,  escribirá, neurótico y feliz de esa dependencia literal, elaborará cuidadoso su terapia obsesiva, dibujando sus horas de insomnio, dibujará fatalmente el mapa de los deseos propios que, por analogía, son los de los demás y en tal tensión, nadie ni nada impedirá que desarrolle su prosa del mundo.

Escribir es liberarse de los nudos que se estructuran en lo social, consiste en  abrir ventanas y respirar otras posibilidades de existencia.

En el desierto plagado de antenas que impone la hegemonía audiovisual, la literatura no podría desaparecer; la imagino en cambio volviéndose una labor más sutil y refinada, más rigurosamente cultivada, tal como aconteció con la pintura al inventarse la fotografía y a la propia literatura con la aparición del cine. Con los nuevos textos, ambas formas se liberaron de la tiranía de la representación realista y lineal, esa liberación a su vez permitió captar y comprender más agudamente la compleja pluralidad de lo real; llegaban así, literatura y poesía a una madurez expresiva y estética desde sus propios lenguajes acompañaban y a veces predecían desde lo intuitivo y perceptivo la nueva visión científica: atomística, indeterminada y azarosa, molecular y cuántica de la diversidad y relatividad de todas las cosas.

Arte, ciencia, filosofía, en tanto distintos niveles que homologan una sensibilidad común a una época, construyen una imagen del mundo para huir del caos y acostumbrarnos al azar, como juego riguroso de la vida.