Escribir crítica, otra forma de ser de la ficción.

Nicolás Rosa

 

Lo siguiente es una búsqueda, el rastreo de una genealogía por insospechados derroteros, sabiendo de antemano que esta empresa no deja de ser una aventura más, una insistencia en relatar la otra gran aventura, aquella de la gestación del Sur que hoy nombramos “Patagonia”.

Hay, por lo tanto, preguntas imprescindibles para saber en qué escena histórica aparece el nombre que nos identifica, el porqué de esa de-nominación al igual que sus proyecciones significantes; dado que el nombre escrito ha sido la clave que permitió captar el momento de la aparición del Sur austral en la Historia.

La conclusión a lo arribado para iniciar el presente ensayo puede exponerse en pocas palabras:

La Patagonia es una creación de la escritura…

La que puede parecer simple ocurrencia provocadora; sin embargo generaciones de itinerantes que describieron sus viajes por todas las latitudes del Mundus Novus en busca de Eldorado permiten llegar a esa conclusión, ya que aquello que hoy parece crónica de un sueño, fue causa eficiente y movilizadora de aventuras hiperbólicas.

América, en la mentalidad del conquistador resultaba un maravilloso espejismo, y esa obsesión, esa “perpetua ausencia de una ciudad imaginaria” (Irma Cuña): Trapalanda o Linlin, Ciudad de los Césares o Elelén, ocuparán por siglos los delirios del imperio católico.[2]

Obnubilado por sus quimeras, el conquistador deformará aquello que percibe, imagina otro mundo y sobre ese mapa virtual se lanza a desfacer sus propios entuertos con los sesos calcinados por Amadices, Esplandianes y Palmerines, dragones, santos, cruzados y místicos de ambición, elaborarán la cartografía mitológica de sus deseos.[3]

 

I

 

LA CANCIÓN DE LA TIERRA

Pero antes de la Letra y de su Eco, antes que la escritura se imponga con su interminable rumor, mucho antes, en una impensable edad se escuchará la voz de la Tierra nacida del silencio de las cosas. De esa indeleble matriz emergerá un día el verbo nombrando el asombro de existir.

Al brotar la Palabra de su inmanencia terrestre —cifra de la condición humana— nombra la donación de la vida, y expresará el espectáculo del mundo, en el tiempo inmemorial cuando Tierra-Hombre-Cielo eran lo Uno y Uno era Todo.

Si el silencio es el ámbito de la materia, el lenguaje articulado resulta el intento de traducir el mundo palpitante de las cosas y de los cuerpos. El lenguaje, en tanto verbo encarnado, surge como materia emocionada en la onomatopeya convertida en poema para iluminar el abismo de los tiempos.

Por lo que será en el mito donde se despliegue la imagen primaria que el Antiguo tenía de sí y de su entorno.

De la percepción holística del mundo, del animismo naturalista nacerán los mitos creadores de la comunidad humana. El mito, en tanto concepción de la vida, consiste en el relato acerca del origen del mundo, de los dioses, de los hombres y su cultura. Relatos que conformaron los ciclos cosmológicos, teogónicos y etiológicos de la humanidad.

Narra el mito un acontecimiento arquetípico y ejemplificador efectuado por seres extraordinarios, dioses, héroes o seres fabulosos y en un tiempo primigenio considerado por Mircea Eliade como “tiempo sagrado”. El mito tiene una realidad sagrada al tratar de realidades permanentes de la condición humana, dígase muerte, amor, nacimiento, dolor, el alimento, la reproducción, el trabajo de las “divinidades civilizadoras”.

Por lo que podríamos concluir que de los mitos derivan las creaciones del hombre: religiones, filosofías, arte, ciencias, políticas, historias.

Los mitos apuntan a  construir y establecer una identidad. Son certezas de un pasado común y de un destino compartido. En virtud de ello, la celebración del mito asegura la pertenencia a un ámbito de solidaridades y arraigo, por lo que debe entenderse el mito como potencia cultural imaginativa, movilizadora y aglutinante de una comunidad.

En tanto mensaje de una enseñanza, el mito se transmite y funciona en la oralidad, los ritmos, los tonos o la gestualidad que acompaña y enfatiza el mensaje. El mito se presenta como realidad que se vive y revive por el rito celebratorio.

 “Memoria, transmisión oral, tradición: tales son las condiciones de existencia y supervivencia del mito”; escribe el antropólogo Jean Pierre Vernant.

Cada relato es una nueva y distinta manera de narrar lo Mismo permanente. Taumaturgia del orador, magia retórica que subyuga al auditorio haciéndolo partícipe de lo narrado. Podríamos asegurar que cada relato oral es una inédita interpretación de lo conocido. El mundo del mito es el mundo de la magia y de la participación sin mediaciones con la naturaleza, de ahí que los pueblos originarios, como toda sociedad elemental, vivían un mundo indiferenciado.

Para los Antiguos, ellos eran el mundo y el mundo era ellos, de ahí que se autodenominaran Chónke (Ramón Lista escribe Tzchon, yTeófilo Schmid Tsoneca o Zson); es decir, el Hombre, centro del mundo y partícipe con las demás parcialidades que componían el Todo, por lo cual, al pertenecer a la Tierra (Mapu, Pachamama, Coatlicue, etc) la tierra les pertenecía. No es que fueran “dueños”, concepto de propiedad que ignoraban, sino conciencia absorta  e indiferenciada  de la Unidad.  

Si el relato oral es la matriz de la escritura, el silencio es la placenta de la palabra humana que brota misteriosa de la mudez cósmica traduciendo los mensajes de la Tierra.

Bien ha escrito Manuel Molina que los tehuelches eran reacios a contar sus mitos: “son celosísimos en su permanente custodia, (de ‘la Lengua’) de modo que no debe llegar nada a oídos de los indiscretos so penas gravísimas, inclusive la muerte”. Y cita la experiencia de Papón, informante de Lista, apodado por sus paisanos de Sherpe o zorrino, por haber sido éste animalito quien comunicara a los gigantes enemigos dónde se encontraba el héroe Elal y, por haber violado la confidencia, el dios-héroe lo castigó a llevar su hediondez.[4]

 

LA PALABRA COMO ACCION

Entonces, la palabra aún incontaminada, se vuelve canto se vuelve danza. Es el cuerpo que se expresa comentando en el Kaañi en el Choique Purrún y al son del Koólo, del Chelper, del Cultrun el texto terrestre.[5]

Por lo que en el principio fue la voz, el canto de la Tierra, gutural, oscura, quejumbrosa, sorprendida. La voz acompañando la danza evocativa y ritual. Era la piel del mundo que danzaba y entonaba la invocación. Una oralidad creadora de mitos y leyendas, una voz contando y cantando el esplendor de la Tierra y de sus Hijos, cuando las formas rituales ordenaban la vida social.

Del acto a la palabra y la palabra como acto. Los Antiguos del Sur tuvieron en alta estima la palabra. En los mapuches, el bien decir era signo de prestigio y de honor. Si el primogénito de un cacique no sabía arengar y persuadir por la palabra era excluido de la sucesión.

“El Nguempín, ‘dueño de la palabra’, desempeñaba funciones sacerdotales en las rogativas, pero también las de orador y poeta. Era el archivo oral de los hechos de la raza”.[6]

La palabra como acto. De hace más de cien siglos, un arborescente coro de manos nos hablan en el río Pinturas, en el Bajo Gualicho, en Güer Aike, en El Manzanito, en Vaca Mala, en Arroyo Lechuza, en Lago Puelo, en la Punta del Lago Viedma, en Lago Strobel y Cañadón Sandoval, en Cerro del Indio, en Los Toldos, en Piedra Parada, en Cerro Yanquenao y en tantos recónditos lugares patagónicos donde exorcizaban sus miedos y convocaban el Deseo. Casimiro Biguá decíale a Musters que las pictografías eran obra de un espíritu de la noche. En cambio para nosotros es presencia de la opaca fugacidad del tiempo de los hombres.

Pictografías rituales, grafismos arcaicos convocando el alimento, el vestido, el calor. Pinturas rupestres, rogativas ancestrales de los Antiguos padres de los Tehuelches. Epifanías de vida y epifanías del arte. Gestos, colores y formas que vehiculizaron un significado holístico que se nos escurre.

 

LA VOZ DE LA TIERRA

La voz y la danza, y cuando el hombre canta suena el cultrún, sístole y diástole de la inmensidad. Voz del cultrún sonando a corazón oculto, lento, cadencioso y grave, monótono, sordo, opaco; sonido que emana del cuero del animal. La mano soleada y terrosa que insiste sobre el parche pardo y tenso en el que se pintaron caminos hacia los cuatro horizontes del aike y en cuyos extremos y sin salirse de la circunferencia cultrunera que simboliza la Mapu o el mismo Cosmos, se diversifican las líneas formando un signo que tal vez sea el Rastro del Avestruz que brilla en la luminosa noche del cielo austral.

Es, sin duda, la voz de la Tierra la que se escucha. La mano terrosa del nativo percutiendo cueros. Una piel contra piel en el acto celebratorio de reconciliación y comunión del hombre con el Todo. Suenan las sagradas trutrucas y pifülcas creando un clima ritual en el choique pürrun o loncomeo, danza que parodia el andar de los seres del aike, el simulacro de vuelo del avestruz, la gracia del tero, el sonido subterráneo del tucu tuco, el vuelo del águila, todos hijos del viento y de “Nuestra Tierra” (Ush Güent).[7]

La orquesta consistía en un tambor hecho de un pedazo de cuero estirado sobre una vasija y de una especie de instrumento de viento formado con un fémur de guanaco agujereado, que se coloca en la boca y se toca con los dedos o con un arco corto de crin de caballo. Cuando todo estuvo listo, y mientras varias de las viejas cantaban en su estilo melodioso, la banda empezó, y cuatro indios embozados en frazadas de tal modo que sólo se les veía los ojos, y con la cabeza adornada de plumas de avestruz, entraron marchando en el círculo y se pusieron a dar vueltas lentamente alrededor del fuego, al compás de la música. Después de dos o tres paseos, el tiempo empezó a acelerarse gradualmente hasta que los hombres tomaron una especie de trote; y, como a la quinta vuelta, bailando rápidamente, siempre a compás de la música, arrojaron sus mantas y aparecieron acicalados de pintura blanca con la que se habían pintado todo el cuerpo y provistos de un cinturón de campanillas atravesado desde el hombro hasta la cadera, que sonaba acompañando sus danzas. Los cuatro primeros eran los jefes Casimiro, Orkeke, Crime y Camilo, que, después de bailar con grandes gesticulaciones, tratando de no pisar el fuego e inclinando grotescamente a uno y otro lado sus emplumadas cabezas, a los sones del tambor, se retiraron por breve tiempo a descansar, para volver a aparecer luego y bailar una danza diferente. Cuando ésta hubo concluido, se presentaron otros cuatro, y así sucesivamente hasta que no quedó uno que no se hubiera divertido, inclusive los muchachos. [...] El baile estaba estrictamente limitado a los hombres; a las mujeres sólo se les permitía mirar”.[8]

Siempre, antes de la letra, estará la voz. El habla es la madre de la escritura ya que previo a la Historia están los mitos, el “epos”, el poema que hace recordar, cantar y danzar a los hombres para tejer lazos comunes de solidaridad y pertenencia.

Reunirse, cantar, danzar para agradecer los orígenes y saludar a sus héroes; en especial Elal, quien enseñó al Chonk a cazar y a protegerse de los helados vientos, de la tétrica nieve, a recoger los frutos del mundo.

Hubo un tiempo primordial en que Hombre y Naturaleza era una sola comunidad, pero al llegar otros hombres, el texto de sus vidas, la trama que componía la cultura holística del Tehuel será quebrada de manera irreparable.

Al chocar la civilización invasora con las culturas de la Tierra, se producirá la sistemática destrucción de éstas, siendo sustituidas por un sistema espiritualista, negador y mutilador del cuerpo y, por extensión, de la Naturaleza.

Cuando el Espíritu nombra, aquello que es deja de ser. A partir de entonces los habitantes del sur austral dejan de ser lo que ellos decían que eran: Chonk, El Hombre. Ellos eran Aónikenk (Gente del sur) o Gününa Küna, Mapuches o Pehuenches. Pero entonces el invasor nombró y los Antiguos fueron, a partir de entonces, indios, fueron bárbaros, fueron argentinos o chilenos.

Toda una rama del género humano se extinguió por las balas, el alcohol y la cruz. Era el Verbo del Espíritu descarnado, universal y violento abatiéndose sobre la piel de la Tierra.

 

TRADUCIR, INTERPRETAR

Al descubrir la civilización del Libro la fantástica oralidad de los pueblos de Abya Yala[9] o del Tawantisuyu, traducirá el imaginario autóctono al lenguaje escrito, contaminando y desnaturalizándolo con su lógica formal y su filosofía dualista. ¿Qué sentido de las cosas y de sus vidas, qué imagen del mundo tenían los pueblos originarios? ¿Podríamos con el racionalismo de la lógica formal no contradictoria comprender su imagen del mundo?

Con buen criterio ha escrito William M. Hughes:

“...una dificultad para conocer su idioma y su modo original de pensar fue que estaban habituados al castellano, el que necesariamente había impresionado y en cierto modo modificado su memoria primitiva de pensar y debido a ello también a su idioma”.[10]

La tradición, así como las imágenes del mundo que hoy creemos que tenían los antiguos pueblos autóctonos ¿hasta qué punto no es más que una imagen anémica del asombro primigenio? Y lo que nos queda, ¿no es sólo el sonido apagado del nativo, el grito quejumbroso del vencido que ha reemplazado al ronco y festivo del cazador impiadoso y certero?

Producida la derrota, con su carga de humillación y muerte, la raza vencida se refugiará en un hondo mutismo para preservar La Lengua ante cualquier contaminación por su falso empleo e interpretación.

Hemos mencionado la situación de Papón informante de Lista. Por su parte un estudioso escribe: “Hay entre los aborígenes, un hermetismo tradicional que ha sido motivado y mantenido por la actitud de algunos blancos desaprensivos, que se han burlado de las características con que las ceremonias son presentadas. Solamente los muy amigos del indígena, entre los que me cuento, logran ser invitados a acercarse a las mismas.[11]

Cuando la voz de la Tierra calló, se escuchó el amargo silencio del oprimido. Una lengua utilitaria silencia la otra lengua que, humillada y crucificada tendrá su resurrección en los antropólogos, etnólogos y lingüistas del siglo XX y, posteriormente, en el arte de poetas y músicos buscando su propia identidad, seducidos por la sintaxis y las modulaciones telúricas perdidas. Somos así, testigos del retorno de la Lengua de la Tierra, es sin duda la esencial palabra poética la que regresa.

 Debido al fuerte impacto de aculturación sufrido por los pueblos nativos y pese al honesto y sincero trabajo de los investigadores, nada de lo que hoy conocemos como leyendas, relatos y mitos de la cultura de los pueblos autóctonos del Sur podría ser tomado como fenómenos prístinos del imaginario patagón. Por lo que, ¿deberíamos creerle a Ramón Lista, primer recopilador del folclore austral, cuando habla de la “religión” de los “Tzonecas”?

Mas allá de una concepción religiosa (una religión salvacionista, supone una sociedad jerarquizada, supone una comunidad dividida por intereses económicos y sociales), deberíamos pensar en una concepción mágica y mitológica de los pueblos autóctonos; mito y magia en tanto embriones de cualquier idea religiosa. El dogma religioso resulta la institucionalización del sentimiento de lo sagrado, el discurso que prescribe acerca de lo bueno y de lo malo, de la perdición o salvación. Toda religión más que un discurso referente a la divinidad, consiste en prescripciones sobre la conducta humana.

Los colonizadores interpretaban —no podrían hacerlo de otra manera— los fenómenos culturales del nativo (costumbres, imaginario) desde sus propios valores y significaciones sociales.

Es cierto que Ramón Lista (1894) no fue ni el único ni el primero que se interesó por las creencias de los antiguos patagones; D´Orbigny, Schmid, Hunziker, Bridge y otros lo hicieron antes que el argentino, sin embargo éste tuvo el interés etnológico por transmitir el corpus de creencias de los “Tzonecas”, fue su interés un tanto tardío, ya que, cuando el investigador actuó, el genocidio contra el habitante autóctono —que él mismo practicó en Tierra del Fuego—, ya se había consumado.

Como bien lo expusieron viajeros dignos de confianza, el Antiguo no tenía religión, su religación era con la Madre Naturaleza; pero al ser colonizados  por la violencia, se les impuso adorar a un inaudito Dios de un pueblo extraño, adusto, único, absoluto, autoritario, escrito e invocado; y con él les llegó la Muerte, impiadosa, autoritaria y brutal a imagen y semejanza de ese ser inaccesible e inimaginable cuyo signo es un instrumento de tormento.

Viajeros como Viedma, Schmid, Musters, Fitz Roy, entre otros, quienes de alguna manera familiarizáronse con los patagones, coinciden en admitir que el Hombre del Sur no adoraba divinidades, no rendían tributo a ningún panteón de seres mitológicos, ni se complicaban en ritos que convocasen a aquellos.

“Su religión viene á ser solamente una especie de creencia en dos potencias: la una benigna que solo gobierna el cielo, independiente y sin poderío en la tierra y sus habitantes, de la cual hacen muy poco caso; y la otra á un tiempo benigna y rigorosa, la cual gobierna la tierra, dirige, castiga y premia á sus habitadores, y á esta adoran bajo cualquiera figura que fabrican , ó que se hayan hallado en las playas, procedidas de algunos navíos náufragos; como son mascarones de proa, ó figuras de las aletas de popa, y estas son las que estiman y prefieren para sus cultos por suponerlas aparecidas. A esta deidad da por nombre Camalasque, que equivale á “poderoso y valiente”.

Escribe en 1783 Antonio de Viedma para referirse a los aborígenes de territorio de Santa Cruz.

A su vez, el misionero Theófilo Schmid anota en su diario de 1861:

Salí esta tarde, con Casimiro, para visitar a un anciano ciego. Allí supe que entre los patagones existe la creencia en un Ser Supremo, al que llaman “Hela” (Helal, anota Milcíades Vignati) y está casado con la hija del sol. Parece, sin embargo, que tal creencia sólo es compartida por algunos, pues la mayoría no se preocupa por cosas invisibles. No consigo descubrir entre ellos un solo acto que pueda asimilarse a un verdadero culto, a excepción, quizá de una costumbre, observada por unos pocos, de golpearse la coronilla con las manos cuando el fuego chisporroteaba ruidosamente; dicen, entonces, que el Dios está hablando”.[12]

Más adelante agrega el misionero:

 

“No poseen un entendimiento desarrollado en lo que respecta a religión; Dios —el Supremo Hacedor de todo lo creado— es para ellos un desconocido”.

“Estos indios —dice Fitz Roy refiriéndose a los fueguinos— no están ciertamente exentos de ideas sobre una existencia espiritual y sobre presencias benéficas y malignas, pero jamás presencié ni oí acto alguno de carácter decididamente religioso, ni menos pude convencerme de que tuvieran idea alguna de la inmortalidad del alma”.[13]

Y para no cansar con citas, termino remitiéndome a Gregorio Álvarez quien se remite a Juan Benigar (La religión araucana):

“La desesperante vaguedad de la idea de Günechén (Dios o Ser Supremo) permíteme suponer que se trata de una designación moderna, forjada bajo la influencia del cristianismo. No se ha fijado la concepción que representa, simplemente porque carece de función imprescindible en el lenguaje religioso de los indios”.[14]

Las creencias del Hombre-sur están ligadas a principios cósmicos y a entidades funcionales antes que a entidades abstractas. Tanto Elal aquí en el Sur, como Viracocha entre los incas o Quetzacoalt con los méxicos, son divinidades de la vida, dioses solares al igual que Dionisos o Mitra, siempre renacidos para dar al hombre sus destrezas y sabiduría. No se los podría concebir como seres sufrientes, ni amargos, ni rogantes, tampoco predicaron la culpa que humilla y degrada. Son, en cambio, seres trágicos y devinientes para afirmar a los hombres del cuidado que se deben a sí mismos, de la propia construcción que debe hacer el mortal de sí en tanto ser inmanente-de-la-Tierra, su único e insustituible hogar, su aike, su paradero; el aquí y ahora donde desplegará con inteligencia sus habilidades demiúrgicas. 

No sólo la ausencia de un imaginario religioso tal como el hombre moderno lo concibe, al tehuelche igualmente se le perdía en la bruma de los tiempos sus propias tradiciones. Leamos lo que escribe un testigo irrefutable: 

Casimiro me informó que en el tiempo antiguo los viejos acostumbraban cantar las tradiciones de la tribu y también una especie de plegaria. Es muy de sentir que esta costumbre hay caído en desuso. Varias veces traté de obtener informaciones sobre sus antepasados, pero todos mis esfuerzos fueron infructuosos. Cuando les preguntaba cómo habían viajado sus tribus antes que se introdujeran caballos en el país no podían concebir que ese estado de cosas hubiera existido alguna vez”  (Musters).

 

EL RESCATE

Debemos a viajeros científicos y pobladores pioneros, a naturalistas, historiadores, etnólogos, antropólogos, lingüistas o arqueólogos rescatar del olvido y la negación a las culturas originarias, por lo que, dado el interés por conocer el verdadero pasado de la región hoy tenemos cierto conocimiento de la imagen del mundo de los pueblos originarios.

Aquí, en este breve ensayo sólo mencionaré además de los ya citados y a citar, algunos autores y sus obras que aportaron con sus investigaciones un conocimiento más claro y preciso acerca de los pueblos tehuelches y mapuches, como el Diccionario Araucano-Castellano de De Augusta, el vocabulario de los misioneros Schmid y Hunzitker, exploradores como Georges Claraz, de investigadores como Tomás Harrington, Milcíades Alejo Vignati, Federico Escalada, el salesiano Molina, Berta Koessler-Ilg, Gregorio Álvarez, Rodolfo Casamiquela, Curruhuinca Roux, Enrique Perea, Echeverría Baleta, y sus respectivos informantes entre otros.

 

 

II

 

LA GÉNESIS OCULTA

 

 “Que la historia copie a la historia, es sorprendente,

pero que la historia copie a la literatura, es inconcebible.

J. L. Borges: “Discusión” 1932

 

En busca del paso interoceánico, la expedición de Hernando de Magallanes recala en la bahía de San Julián para pasar el invierno y efectuar trabajos de reparación en las naves. Es abril de 1520. Meses después, hacia junio y según el cronista de la flota, Antonio Pigafetta, un hombre de gran estatura y de figura imponente se les presenta ejecutando extrañas danzas:

“Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país. Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca.”

 

De esta manera describirá el veneciano Pigafetta al primer hombre austral que vieran ojos europeos; y continúa:

“Estaba en la playa casi desnudo cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz: lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante. Al vernos, manifestó mucha admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos que pensaba que habíamos descendido del cielo.

Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos eran escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita. Tenía también una especie de calzado hecho de la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada de una tripa del mismo animal; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro. De la misma especie de pedernal fabrican utensilios cortantes para trabajar la madera.”

Más adelante agrega el cronista: “El Capitán general (por Magallanes) dio a este pueblo el nombre de PATAGONES.”[15]

El aborigen de la costa atlántica austral fue designado a partir de este encuentro con el nombre de “patagón”, cuya etimología se creyó referida al tamaño descomunal de sus pies. Sin embargo, ni en castellano ni en portugués, menos aún en italiano el aumentativo de patagón:”patudo” o “patón”, es el adecuado.

Luego, los historiadores de Indias —López de Gómara y Fernández de Oviedo—, en el intento de explicar aquello que nunca vieron echarán a rodar la leyenda y forjarán el mito de salvajes, de gigantes, caníbales, íncubos, endriagos tal vez.

Los “patagones” serán considerados gigantes, es decir, seres deformes para la perspectiva europea, una suerte de monstruos prehumanos. Sin embargo, pese al aspecto “desemejado” y brutal, los nativos muestran una conducta pacífica y hospitalaria, gestos que no serán recíprocos por parte de los “civilizados”.

Si bien el mismo Pigafetta imprime en su mapa las palabras “Regione Patagonia”, en múltiples cartas del siglo XVI nuestra región será denominada indistintamente como “Tierra de los Gigantes”, “Tierra de los Patagones”, o “Costa de los Patagones”.

“Recién será —puntualiza Ma. Rosa Lida— en el siglo XVIII que se agrega el sufijo de lugariapor el que queda creado el topónimo PATAGONIA”.[16]

 

LA ETIMOLOGIA

Sin embargo, el origen del topónimo popularizado, no surge respecto de la talla de los primitivos habitantes del austro, tiene en cambio una génesis oculta, podríamos decir que inverosímil debido a que los términos patagón-patagones proviene de la escritura.

Debemos a la investigadora María Rosa Lida de Malkiel la restitución de la verdadera etimología oscurecida por el prejuicio y el lugar común, señalándola en los libros de caballería tan consumidos por los descubridores y conquistadores hispánicos del siglo XVI; como ser la novela “Primaleón, perteneciente al ciclo de los “Palmerines” con ediciones de 1512 a 1588.

La interpretación por ser tan insólita como valiente fue objetada en un intento de refutación por parte de Leoncio Deodat forzando el término “patagonia” como equivalente a “Tierra de indios pobres, de escaso valer” (sic). De igual manera se pretendió dar un origen quechua a la palabra, dando por hecho que Magallanes dominara este idioma americano.

En suma, que la etimología de patagonia-patagón-patagones, resulta el topónimo dado a los habitantes de la región austral atlántica por el marino portugués al servicio de España, Hernando de Magallanes.

El étimo “patagón” proviene del monstruoso personaje homónimo del “Primaleón o Segundo Libro de Palmerín de Olivia”, o también; “Libro Segundo del emperador Palmerín”, edición de 1512 en Salamanca.[17]

Obra perteneciente a las muy famosas novelas de caballería andante a las que, casi un siglo después, supo liquidar con fino sarcasmo el genio de Cervantes. Tales lecturas eran, según Lida “muy familiares” a los hombres del siglo XVI, afirmación corroborada por el hispanista Leonard Irving en “Los libros del Conquistador”[18] donde efectúa una detallada estadística de la literatura leída por la generación de descubridores y conquistadores, al igual que los libros que viajaban a las Indias.

Esta literatura fue ampliamente conocida y reconocida por todos los públicos: del ventero al rey, marinos aventureros, reformadores religiosos o hambrientos buscadores de oro y poder.

Según Menéndez y Pelayo: “Palmerín de Olivia carece de originalidad, y no es más que un calco de Amadís...”, sin embargo, “a pesar de su nulidad, gustó tanto que tuvo inmediatamente un libro segundo” en 1516”.[19]

Cervantes, en su inmortal obra, tiene la siguiente opinión: “Y abriendo otro libro vio que era Palmerín de Olivia, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de Inglaterra; lo cual visto por el licenciado, dijo: —Esta oliva se haga luego rajas y se queme, que aún no queden de ella las cenizas…” (Don Quijote de la Mancha, Capítulo VI)    

 

NOMBRAR ES DOMINAR

El topónimo “patagonia”, en tanto nombre, tuvo, como se observó, un origen ficcional generado ante la asombrosa impresión hacia el Otro desconocido.

¿Cómo nombrar lo diferente, de qué manera clasificar aquella singularidad que resulta desemejada, salvaje, brutal; que come carne cruda, que viste con pieles de animales, se aparea con éstos, que habla un lenguaje rudimentario y demás conductas propias de la fauna?

Nombrar es significar. El nombre confiere desde un imaginario común, a cada cual su individualidad para distinguirlo (conocerlo, controlarlo) de lo indiscriminado; por lo que al nombrar al temido desconocido se ejerce la violencia de la posesión, habida cuenta que la violencia es consustancial a la naturaleza humana. Violencia fue nombrar de “caribes” (cuyo étimo es “caníbal”) a los pueblos de las islas de Cuba y Santo Domingo.

Pero habrá más, la realidad copiará a la ficción. La historia novelesca, me refiero al “Primaleón” dice:

“Y este Patagón dizen que lo engendró vn animal que ay en aquellas montañas, que es el más dessemejado que ay en el mundo, salvuo que tiene mucho entendimiento y es muy amigo de las mugeres. E dizen que ouo que auer con vna de aquellas patagonas, que ansí las llamamos nosotros por saluajes, e que aquel animal engendró en ella aquel fijo; y esto tiénenlo por muy cierto, según salió desemejado, que tiene la cara como de can, e las orejas tan grandes que le llegan fasta los hombros, y los dientes muy agudos e grandes, que le salen fuera de la boca retuertos, e los pies de manera de cieruo. […]

E como él (Primaleón) ouo muerto los leones, fue sobre el Gran Patagón, e cuando lo vido ansí, tan dessemejado e cosa tan estraña de mirar, tomóle en voluntad de lo lleuar preso, e si él lo pudiesse lleuar en sus naos, que le sería grande honra, porque su señora Grindona lo viesse. [...]

—Ora vos dexad de esso —dixo Primaleón—, e ruégovos que vamos de aquí e lleuemos a Patagón biuo, preso, porque todos lo vean. [...] E como llegaron a la mar entraron en vna varca e subieron en la nao adonde estaua Patagón preso, en cadenas, en vna cámara. [...] E tenía la cara tan espantosa que ponía pauor a quien lo miraua, e no pareccia sino el mesmo diablo, que parecía que por los ojos echaua fuego, e tan disforme estaua que no ay hombre que vos lo pudiesse contar e gimiendo muy fieramente de verse ansí preso.”[20]

Y siguiendo a la novela al-pie-de-la-letra”, los expedicionarios excitados por la lectura la adoptan por referencia; secuestran a los Chonkes con engaños, los engrillarán, y dada su extraña cordialidad, los dejarán morir.

“Magallanes mostró empeño en quedarse con los dos más jóvenes de aquellos salvajes. Para conseguirlo empleó la astucia más bien que la fuerza; el recurrir a ella habría costado la vida a más de uno de nosotros. Regaló a todos cuchillos, espejos, cascabeles, cuentecillas de vidrio; tantas cosas, que tenían las manos llenas. Enseñóles después unos anillos de hierro (que no eran otra cosa que grillos), y, viendo cuánto les gustaban, se los ofreció también; pero tenían las manos tan ocupadas, que o podían tomarlos, observado lo cual por el Capitán general, les hizo entender que se los dejaran poner en los pies, y con ellos se marcharían, a lo que accedieron por señas. Entonces nuestra gente les puso los anillos, y pasaron la clavija de cierre, que remacharon con presteza. Mostráronse recelosos durante la operación, manifestándolo así; pero el Capitán general los tranquilizó. Apercibidos, no obstante, del engaño, se pusieron furiosos: bufaban, daban tremendos alaridos e invocaban a Setebos, o sea  al demonio, en su ayuda.”[21]

Por supuesto que el “dios” del salvaje no podría ser más que un “demonio”. No de otra esta manera se escribirá la primera página civilizadora que otros repetirán como letanía.

 

LA MIRADA COSIFICANTE

¿Por qué Magallanes —según Pigafetta— al ver por primera vez al nativo de estas costas exclama “¡Patagón!” y no, por ejemplo, “Palmerín”, o “Amadís”, o algún otro héroe de las novelas de caballería en lugar de mencionar a un ser grotesco, salvaje y monstruoso?

Queda claro que desde el primer momento hubo la mirada discriminadora que subestima y cosifica al Otro diferente, un mirar y un decir que demonizaba la Diferencia. La mirada enajenante y extraña del invasor naturaliza al Otro y lo ubica en el orden de lo irracional.

De acuerdo a la óptica extranjera, el hombre americano se encontraría más cerca de la variedad zoológica que de la especie humana. Para el conocimiento europeo, que comienza a encontrarse con otros pueblos del mundo, el hombre de este continente aparece como naturaleza antes que como cultura.

El Otro, en tanto absoluta alteridad, es esa Cosa de la que todo se ignora y a la que hay que someter a la mirada analítica para controlar.    

Pese a todo, habrá otra visión y también un trato más comprensivo hacia el nativo. Está claro que los primeros que aceptaron al hombre de América como parte de las razas humanas en tanto desemejado-semejante, en tanto el “prójimo” de las Escrituras fueron aquellos misioneros comprometidos con la causa del indígena; como un Metolina, un Vasco de Quiroga, Sahagún o Las Casas, entre otros. Pero en ellos, cristianos al fin, primó la piedad y la compasión, formas eufemísticas del poder y la discriminación. Siglos después, Antonio de Viedma, influenciado tal vez por la concepción roussoniana del “buen salvaje”, apunta  en su Diario:

“Generalmente tienen estos indios índole muy dulce e inocente... Y refiriéndose a las mujeres tehuelches: Para andar a caballo y para montar guardan suma honestidad, no permitiendo que se les vea parte alguna de su cuerpo. […] Las mujeres no son tan altas pero lo bastante con proporción a su sexo.

Todos son de buenos semblantes, y entre la mugeres las hay muy bien parecidas y blancas, aunque curtidas  por el viento y del sol como ellos. No se encuentra hombre ni mujer flaco, antes todos son gruesos con proporción a su estatura: lo que, y usar ropas del cuello a los pies, habrá contribuido a que algunos viageros los tengan por gigantes.”[22]

Dado que se menciona a los “gigantes”, leamos las conclusiones del misionero Teófilo Schmid:

“Muchos creen aún que los Patagones son verdaderamente gigantes de seis a ocho pies de altura y a menudo se me ha preguntado si eso es verdad. Pues bien; se ha exagerado a este respecto, aunque puede considerárselos altos, teniendo en cuenta que la estatura media de los hombres oscila alrededor de 5 pies 9 1/2 pulgadas, en medidas inglesas. Caile, el cacique, mide unos 6 pies 2 pulgadas; Watchy era algo más alto todavía. Las mujeres son, por lo general, bajas; la mayoría no excede de 5 pies y una o dos pulgadas, aunque algunas son verdaderamente altas, llegando a 5 pies y 8 pulgadas.”[23]

A mitad del siglo XIX, el viajero George Charworth Musters anota:

“No merecen (los tehuelches) seguramente los epítetos de salvajes feroces, salteadores del desierto, etc. Son hijos de la naturaleza, bondadosos, de buen carácter, impulsivos, que cobran grandes simpatías o antipatías, que llegan a ser amigos seguros o no menos seguros enemigos

 Poca inmoralidad observé en los indios cuando estaban en sus desiertos nativos; pero en las colonias, una vez que la embriagues los degrada.”[24]

Y hacia la misma época el misionero anglicano Stirling atestigua:

“...mi impresión está lejos de ser pesimista, pues veo que se trata de una gente con muchos rasgos de carácter por demás favorables, es una raza magnífica, bárbara y supersticiosa por cierto, pero sin hábitos crueles”.

Por su parte Abraham Matthews, pastor galés, tendrá palabras de agradecimiento hacia los nativos:

“Pero cuando llegó el cacique indio Francisco... con sus perros y caballos veloces, y su habilidad para la caza, recibimos mucha carne a cambio de pan y otras cosas.

Adiestró, además, a los jóvenes en el manejo de los díscolos caballos y vacas, proporcionándoles el lazo y las bolas. Recibimos también instrucciones útiles en la práctica de cazar animales silvestres, y en consecuencia varios de nuestros jóvenes llegaron pronto a ser hábiles cazadores.”[25]

 

 

III

 

 EL IMAGINARIO

 “Lo imaginario es, primordialmente, creación de significaciones y creación de imágenes o figuras que son su soporte”. […]  “El imaginario no es un nuevo universal ni tampoco un sustrato biológico. El imaginario es el núcleo de ser y del modo de ser de la psique humana singular, por un lado, y de lo histórico-social por otro.”[26]

El imaginario es un texto de significaciones, energía social que determina, que impulsa, que hace pensar, amar, comer, vestirnos, escribir. Por lo cual, como resulta del anónimo obrar colectivo es producción de subjetividades que posibilita enmarcar y ordenar lo real caótico de la existencia.

Lo que hay son imágenes y figuras que adquieren un sentido determinado de acuerdo con cierta representación del mundo elaborada por determinada sociedad; por lo que el imaginario social resulta el discurso de poder condicionante de valores sociales, un instituyente cultural formador de conductas, de ideas y principios que rigen la sociedad, fragua la identidad colectiva y establece horizontes de sentido.    

El imaginario patagónico ha ido construyéndose e instituyéndose en torno a una cartografía elaborada por un sinnúmero de transeúntes que explicitaron en la escritura un espacio para la imaginación y la leyenda. Fueron escritos semillas que abonarían tanto el porvenir histórico como la utopía.

Los inquietos pioneros que con tenacidad y asombro leyeron el espacio austral en el idioma de sus cuerpos, diagramaron mapas, crearon toponimias y un origen (un simulacro de origen, porque el Origen pertenece al tiempo intemporal de lo sagrado, el de los dioses y el de la naturaleza), y suscribieron la historia propia, personal, como La epopeya del Sur.

 

EL DESIERTO EN EL IMAGINARIO ARGENTINO 

Hubo en la conformación del imaginario austral dos formas de ver lo Mismo, una dualidad de imágenes cargadas de intencionalidad para representar y describir una “terra incógnita”, entendida como “desierto”, “fin del mundo” y el paradójico lugar de la “utopía”, de la “última esperanza”, “región-del-futuro” en tanto lugar del porvenir donde el Progreso y la modernidad tomarían cuerpo.

El desierto en tanto espacio a civilizar tras liquidar a la población nativa siguiendo cánones usamericanos, el desierto, territorio a conquistar y poseer para construir el porvenir sobre la explotación de la tierra y la humillación de los cuerpos.

En el principio fueron nautas descubridores, a éstos les continuaron piratas y corsarios, tras ellos, colonizadores y evangelizadores, munidos todos de espada y de cruz, la cruz como sangrienta espada, poniendo de relieve el sino de la Historia que es violencia y es dominio.

Hasta bien entrado el siglo XIX el Tehuel, el Sur, figuraba en las cartas como página en blanco “Terra incógnita”, “Tierra de indios”, parte “Inexplorada” o bien, “País no conocido”. Lo que se dibuja es el silencio no la mudez de un lugar incontaminado. El desierto como exceso, como mal según Sarmiento.

Finalmente se asentará el estado capitalista, pragmático y utilitario y el desierto será aquel que percibía Leandro Alem:

“[...]esa especie de fantasma, lo que se temía, el desierto inaccesible, el desierto impenetrable para nosotros y que era recorrido por esa gavilla de bandoleros que se llevaban nuestra hacienda, que saqueaban las poblaciones, que hacían cautivos y que volvían a internarse en ese mismo desierto en donde se creía que no podíamos penetrar”.

Tierra de fronteras o directamente “la frontera”, límite de la civilización con la barbarie. Continente en disputa, tierra de nadie, mundo hostil y baldío que por ocuparlo “el salvaje” pertenece más al mundo natural que a la cultura, de ahí que sea concebido como territorio desocupado.

Después, la civilización del rémington, la viruela y el alcohol expropiará al nativo la tierra para convertirla en terrenos de especulación bursátil.

El ministro Julio A. Roca fue claro al respecto cuando en su mensaje al Congreso expresa entre otras humanitarias ideas:

[...]someter cuanto antes, por la razón o por la fuerza, a un puñado de salvajes que destruyen nuestra principal riqueza y nos impiden ocupar definitivamente, en nombre de la ley del progreso y de nuestra propia seguridad, los territorios más ricos y fértiles de la República [...] extirpar el mal de raíz y destruir esos nidos de bandoleros que incuba y mantiene el desierto.”[27]

El Informe Oficial de la Campaña al Desierto dejará expreso:

“[...]los indios eran unos ensoberbecidos dueños de la campaña, impunes en su destrucción y robo; dictando condiciones, atreviéndose a ofrecer batallas campales; ricos en caballos, campos y audacia, burlando la vigilancia y riéndose de la persecución... (El avance de Roca) los dejó temblando, fugitivos, errantes por estériles campañas, desalojados de sus mejores invernadas, escarmentados en sus desesperadas tentativas de invasión, sin monta ni víveres... (En la época de Alsina) se hablaba de que todo se podría cambiar entre 10 o 20 años, pero un solo hombre afirmaba que bastaba un año a lo sumo (para terminar con esta situación). Lo probó, realizándolo. [...]

“Se trataba de conquistar un área de 15,000 leguas cuadradas, ocupadas cuando menos por unas 15.000 almas, pues pasa de 14,000 el número de muertos y prisioneros que ha reportado la campaña. Se trataba de conquistarlas en el sentido mas lato de la expresión.

Era necesario conquistar real y eficazmente esas leguas, limpiarlas de indios de un modo tan absoluto, (e) incuestionable... destinado a vivificar las empresas de ganadería y agricultura...

Se ganó así un territorio que es otra Argentina en extensión. [...] En un año se hizo lo que no se pudo realizar en 300 años.[28]

Pasada la tormenta del genocidio, un testigo irreprochable podrá decir: “Mi pesimismo estaba en la verdad: treinta y cuatro años han transcurrido desde que el cacique Nancucheo desapareció defendiendo el suelo en que nació, desde que con medios violentos, innecesarios, quedó destruida una raza viril y utilizable y desde esa fecha, aún cuando ya hay en la región florecientes pueblos y la cruza en parte el riel, estorban su progreso concesiones de tierras otorgadas a granel a potentados de la Bolsa, una vez que la frontera avanzó lo que hace que decenas de leguas estén en poder de un solo afortunado, el que espera que las valorice el vecino.”¿Para qué sirven aquellas tierras?”, era la frase consagrada que escuché a no pocos de los que tenían en sus manos la fortuna y aún la suerte de la patria...”[29]

El explorador y luego gobernador del Territorio de Santa Cruz, Ramón Lista se lamentará:

 “¡Pobres tehuelches! Cuán felices no seríais de nuevo, si al despertar una mañana, alguien os dijese que los hombres blancos se habían marchado para no volver jamás. ¡Ah! sí, lo que os falta, lo que echáis de menos, lo que entristece vuestro espíritu es la libertad perdida, la libertad antigua en medio de los campos desiertos, sin el fantasma de la civilización invasora.”[30]

Pero hubo otros “desiertos”: el bíblico de los galeses, éxodo del pueblo elegido y la dura generosidad de la tierra prometida; visión inquebrantable y tenaz de los peregrinos fundadores del oasis chubutense.

Estará también el desierto de los que expulsa el sistema de mercado, desierto de los desclasados, los excluidos, fugitivos sociales, desertores, proscriptos, apátridas del mercantilismo como Cruz y Fierro:

 

Yo sé que allá los caciques / Amparan a los cristianos, /Y que los tratan de “hermanos”/ Cuando se van por su gusto /A qué andar pasando sustos... /Alcemos el poncho y vamos.

El desierto, soñado espacio de vida feliz incontaminado de civilización.Sueño dorado de los orígenes adánicos, de la existencia primigenia fundadora de linajes libres y puros. Horizontes de huidas liberadoras, tierra prometida donde hombre y naturaleza se reconcilian.

Al fin, el desierto como región de la Utopía (“La invisible ciudad que se pisa”), lugar del no-lugar, compensación ante una sociedad escindida; metáfora de un conflicto cuya resolución proyectamos hacia delante en un borroso lugar, pura ilusión, espejismo de nuestros deseos, proyección de nuestras carencias.

 

LA ESCRITURA COMO DIFERENCIA EN LA REPETICIÓN

Repetir es la razón de ser de la literatura.

“Escribir para no morir, como decía Blanchot —cita Foucault— Los dioses envían las desdichas a los mortales para que las cuenten; pero los mortales las cuentan para que las desdichas nunca lleguen a su fin, y que su cumplimiento se sustraiga en la lejanía de las palabras, allí donde éstas que no quieren callarse, cesarán al fin”.[31]

El sino de la literatura consiste en recrearse a sí misma. Un decir ininterrumpido para huir de la muerte o del olvido, otra forma que adquiere la muerte en la escritura como bien lo deja entrever la bella y joven Scherezada en sus interminables historias entrelazadas noche a noche para postergar su final, o el tejido de Penélope como texto de esperanza.  

La literatura es el lenguaje que se produce y reproduce a sí mismo, que crea su propio espacio de representación y autorreferencia, su propia, exclusiva y singular realidad virtual.

Homero, en el Canto VIII de la Odisea efectúa un pliegue en el relato, cuando el astuto Ulises, al llegar náufrago al país de los feacios donde recibirá honrosa hospitalidad, escucha de un aedo sus propias aventuras de la guerra de Troya, y ante la viva presencia del recuerdo de sus camaradas, cubre el rostro con su sayo para que los presentes no vean sus lágrimas.

Virgilio, que sigue a Homero, en La Eneida el héroe, al arribar a Cartago donde reina Dido, observa en el palacio, escenas de la guerra de Troya de donde ha huido contemplándose a sí mismo en las imágenes.

También el ingenioso caballero Cervantes presenta al arrebatado Alonso Quijano comentando cómo otros, Alonso Fernández de Avellaneda, no ya cita, sino arrebata, copia, imita y plagia sus andanzas, a tal punto que en el  Prólogo al Lector de la Segunda Parte, debe decir:

“¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas, y nació en Tarragona!”.[32]

Volviendo a los nuestros: estos diálogos en el tiempo, estos engarces, estas continuidades, conexiones y contaminaciones no son ninguna novedad en nuestra literatura.

En Estanislao del Campo encontramos trenzando una continuidad de filiación política y estética con su predecesor y lejano maestro; Hilario Ascasubi, por tal razón llamará a su personaje “Anastasio el Pollo”, pues considera a “Aniceto el Gallo” de Ascasubi su modelo poético.

A su vez, Ricardo Güiraldes llamará a su famosa creación “Don Segundo Sombra”, por ser “El Gaucho Martín Fierro” paradigma de la literatura gauchesca, el primero, si no en el tiempo, en la valoración y formación del canon literario nacional; mientras que don Segundo sólo una sombra de Fierro será.

La repetición engendra la diferencia. Repetir para conocer, para adaptarse. El músico repitiendo los tonos, los ritmos, la melodía para una feliz interpretación; el poeta, al repetir antiguos metros crea diferencia. En el arte, la repetición producirá la excelencia.

Repetición de lo Mismo pero repetición en la diferencia. Hacer la diferencia es diferenciarse de lo Mismo. Diferenciar es hacer resaltar lo singular en lo homogéneo, tener otra mirada sobre lo mismo, crear lo nuevo.

Lo que se repite en la escritura patagónica será la aventura del viaje, la emoción del camino y el proceso de la escritura como cauce comunicativo, testimonial, catársico y, por supuesto; el placer de leer el camino andado.

Pero, ¿quién o quiénes repiten esos ecos? ¿Quiénes provocaron el derrame incontenible de experiencias y testimonios? ¿No son acaso los que siguiendo picadas, veredas, viejas sendas tehuelches, fatigaron entradas, remontaron ríos hacia sus nacientes?

Descubrieron para todos el lugar de los silencios, de severos horizontes, de cielos luminosos, hallaron y hollaron paisajes insólitos. Ellos, los pioneros, elaboraron la epopeya del asombro y del trabajo, de la ambición y el lucro. Es a ellos que debemos la imagen de patagonia. 

Siempre habrá alguien que inicie la serie de las repeticiones:

“En el fondo de esta ensenada que forman las sierras, hay dos piedras como dos torres, la una más alta que la otra, cuyas puntas muy agudas exceden a todas las sierras vecinas en altura, sin nieve en ellas, y les llaman los indios Chaltel. Por el N son estas sierras muy tendidas en forma de meseta como de E á O, con varias cañadas á trechos que por cada una de ellas baja un arroyo caudaloso, y manifiestan serlo mucho mas. Por el S y O de la laguna, forman su costa las mismas sierras sin meseta ni salida alguna, llenas de un tegido de picachos cubierto todo de nieve, y dicen los indios que aquella parte es intransitable, y que jamás han visto pasar ni para allá ni para acá alma viviente, ni creer que se halle aquí fiera alguna, y es formada de la nieve, y por un costado de esta rambla bajaba mucho agua que entraba en la laguna, del mismo modo que cuanta de toda la sierra produce la nieve derritiéndose: con lo que sin duda tiene mucho fondo la laguna, y lo informa así su color semejante al del mar, sin embargo de que los arroyos todos le entran de un color blanquecino gredoso.”

Diario de Antonio de Viedma. Día 21 noviembre de 1782.[33]

     Repetición y diferencia:

[...]En el fondo sólo distinguimos una pequeña cadena de cerros; el horizonte, sobre ellos, está toldado de nubes plomizas y oculta las Cordilleras pero, en un momento que se hace un claro entre los vapores agolpados, vemos el negro cono del volcán y una ligera columna de humo que se eleva de su cráter.

Los tehuelches me han mencionado varias veces, y con terror supersticioso, esta “montaña humeante”. Es el Chalten que vomita humo y cenizas y que hace temblar la tierra; sirve de morada a infinidad de poderosos espíritus, que agitan las entrañas del cerro y que son los mismos que hacen tronar el témpano que se desmorona en el lago. [...] grandioso espectáculo debe presenciar el salvaje, al pie del Chalten, cuando en la noche del fuego brota del centro del agua congelada en las altas montañas e ilumina como gigantes faros con sus rojizos resplandores las blancas nieves de los Andes y las azules aguas del lago, mientras la densa columna de negro humo oculta las brillantes estrellas del sur.

Este volcán es la montaña más elevada de las que se ven en estas inmediaciones y creo que su cono activo es uno de los más atrevidos del globo; su cráter, situado a una altura que calculo a la vista de 7.000 pies, no guarda la nieve, y su color negro, igual al del pico más agudo, situado en su costado oeste, se destaca sombrío de la nieve de la base. Viedma cita en su diario esta montaña, al decir que hay dos piedras como torres que los indios llaman Chaltel, pero no dice que sea un volcán. [...]

                                                           Francisco Moreno: marzo, 2 de 1877[34]

 

Y un avance en la repetición:

“Desde aquí se distinguen perfectamente los contornos del Chaltel, elevado pico, que en nuestro viaje de 1877, con el señor D. Francisco P. Moreno, tomamos por un volcán guiados por las contestaciones afirmativas que nos daban los indios. […] Al observarlo hoy con la mayor atención y desde hace varios días, ayudado por un atmósfera completamente clara y por un buen anteojo, de que entonces carecíamos, no sólo no he podido notar la menor señal de humo ni rastro de ceniza en sus flancos, sino que el examen de sus contornos y su cima me han convencido que no es un volcán ni activo ni apagado, y sí un notable y bonito pico de formación eruptiva”.

                                          Carlos Ma. Moyano. Día 31 de diciembre de 1879.[35]

 

Diferencia en la repetición:

“Frecuentemente iba hasta un punto que dominaba el Río de las Vueltas, y desde allí tenía la más maravillosa de las visiones. El amanecer sobre el cerro Fitz-Roy constituye un cuadro como para cautivar al exigente artista. Los picos de la montaña se perfilan nítidos en la luz del alba, en contraste con la profunda sombra del bosque a su pie; luego, de repente, los primeros rayos del sol levante parecían jugar sobre la cimas, como luces de San Telmo en los masteleros de un barco. Después era imponente verlos extenderse hacia abajo, hasta revelar en púrpura la totalidad del cono del Fitz-Roy, como si le hubiera tocado la vara dorada del mago; el valle entero se inundaba de luz, y centenares de metros más abajo serpenteaba el Río de las Vueltas, deshaciéndose en cantidad de arroyuelos, como hilos de plata en gigantesco estuche verde. Mi pluma no alcanza a describir su hermosura, por más que haya hecho hace años una pobre tentativa, intitulada Ven a nuestrasbellasmontañas. A veces me quedaba horas hipnotizado en mi contemplación, mientras los siervos pastaban apaciblemente en mi derredor, y no podía menos de inclinarme reverente meditando sobre la frase:’Gracias, mi Dios; sé que estás aquí, junto a mí’”. 

                                                                                        Andreas Madsen.[36]

 

Sigamos ejemplificando el tópico diferencia/repetición en la literatura de viajes. En 1874 el joven explorador Francisco Moreno, con 22 voluntariosos años, emprende el viaje de exploración a las nacientes del vertiginoso río Santa Cruz; lo acompaña el más joven aún Carlos M. Moyano, futuro primer gobernador del Territorio Nacional. Tras seis días de penurias sirgando el bote escribe en su Diario:

“En este paraje el valle es más ancho; enfrente el río vuelve a correr al pie de unas mesetas bajas que se dirigen del este y sudoeste, pero que tienen  siempre el mismo aspecto  terrible y árido: ‘La esterilidad se extiende como una verdadera maldición sobre el país’”…Cita sin aclarar la famosa frase del científico Charles Darwin en Viaje de un naturalista alrededor del mundo del 22 de abril de1834, frase que tanto escandalizara a chauvinistas. Todo el Diario de Moreno está mechado de tales expresiones que el paisaje provoca:

“Reina una aridez espantosa. […] Es un espectáculo que ejerce melancólica influencia sobre los viajeros. […] La aridez continúa, la sabana de piedras, los arbustos que viven muriendo, le comunican un abatimiento con el que sólo la energía puede luchar.” (F. Moreno, id.)

  

IV

 

VIAJES Y  VIAJEROS

Patagonia comienza a aparecer en la historia del mundo con un viaje, y todo viaje es una historia que en sí misma contiene otras.

La inmediatez del camino se expresa en el cansancio de los cuerpos,  en el asombro, en el anhelo de nuevos horizontes, el encuentro insólito con lo ignoto. El viaje es una experiencia nómade.

Andar es construir un espacio. El tehuelche era nómada, no viajero; viajero es el extranjero, el extraño al lugar que atraviesa cuya única obsesión consiste en cruzar rápidamente las monótonas mesetas. El nómade, al andar en busca del alimento recorría su propio cuerpo, es decir las prolongaciones telúricas de su piel. Al transitar el espacio de su escasez, establecía sus aikes, paraderos donde se estacionaba; y ese estar-siendo en distintos lugares de acuerdo a las estaciones, será su hogar.

El nómade fue Hijo dilecto de la Tierra Madre, fue así “tierra que anda” y sabiéndose tal fue Señor del Aike.

Tehuelche, “gente bravía” en la apreciación de los bravos mapuches, Tehuelche, por igual, “gente del sur”.

Viajar y escribir. Andar y anotar lo andado. El camino como vivencia y absorción de un mundo desconocido, la participación del cuerpo en las distancias, en la dinámica y en la estática de las cosas. La experiencia errabunda elaborará un corpus literario tanto escribiente como lector.     

La letra de los viajes comienza a inscribirse ante todo en la fisiología del andante. Con la memoria del cuerpo se irá componiendo la escritura del Sur. Pero es un esfuerzo inútil, porque la letra se afana en describir la intensidad palpitante que es inasible e inexpresable.

En los viajeros escritores el verbo se corporizará en el lector como verbo encarnado, en el placer de leer, en la emoción del relato y en el transferido deseo de horizontes.

El viaje como tópico literario y desdoblamiento de la experiencia en sensaciones y en escritura. Para George Gadamer, lo esencial de la experiencia es que no puede agotarse en lo que se dice de ésta ni con lo que puede captarse de su significado. 

La experiencia del viaje es inenarrable, pertenece a niveles emotivos, de ahí que tanto la experiencia y su relato son dos realidades y prácticas diferentes que, sin embargo, la escritura busca trabajosamente representar y transmitir.

Partir, iniciar el camino es ya comenzar la escritura que crece con el propio viaje y que, al regreso, se convierte en letra memoriosa, testimonio de un peregrinar por el ignoto territorio de la patria y el subjetivo del viajero. El viaje es una gestación de obra y su experiencia resulta la cantera de donde la escritura extrae sus materiales.

El viaje como género narrativo ha sido creador de mitos. Al nombrar por vez primera aquello que siempre estuvo, crea una toponimia nacida del asombro, señala referencias, impone historias y una nueva imagen del lugar.

Quien puesto a narrar su viaje, atestigua lo extraordinario y sorprendente; expone el lado fantástico de lo habitual. Para el pionero, el camino consiste en dejar que el azar y lo imprevisto lo sorprenda, afronta el suspenso de la incertidumbre como un juego; abierto al peligro, oscila entre depresiones y euforias dejándose  ganar por las distancias.

El viaje será el evento que cambia todo; transforma a quien lo realiza y cambiará a los que reciben noticias del errante, por lo que habrá un antes y un después del viaje pionero.

 

LOS VIAJEROS   

El viaje como experiencia se ramifica en múltiples sentidos, habría así un viaje de aprendizaje y un viaje identitario, un viaje colonial de apropiación y conquista; el viaje del ocio y el viaje metafísico. 

Viaje de aprendizaje, camino hacia la fuente de la cosa buscada; es el viaje paradigmático de  Félix de Azara, de Alejandro Humboldt, de D´Orbigny de Darwin, entre otras avanzadas que generan el descubrimiento de una realidad y que convocan a emular.

El viaje identitario como búsqueda de lo que se debe ser y donde el aparecer del Otro puede ser una amenaza o nuevas relaciones que crean a su vez nuevas identidades.

El viaje identitario muta al viajero, pero igualmente los nativos que hospedan y acompañan a Musters sufrirán cambios. Habrá encuentros y desencuentros, conflictos y armonías como lo acontecido entre Moreno y Sayhueque, 

En cambio el viaje colonial es, por su naturaleza, negación del Otro, el colonizado. Variante del viaje colonial serán el vagabundeo estético de la aristócrata Florence Dixie o del inglés Chatwin.

El Viaje metafísico no puede ser proyectado ni preparado como se prepara la mochila porque en cualquier recodo de este camino, el peregrino se enfrentará de improviso con su nada. El viaje metafísico es el ámbito del evento de la nada. Aquí, al toparse con estos espacios blancos de significados, el vacío, la abrumadora soledad le revelará al hombre la nada de sentido que lo rodea y lo atraviesa. Aquí, la nada geográfica convoca a la nada filosófica y, si se sale indemne de ese vacío seguro que retornara a su vida más pleno y fuerte, convencido al fin de la inmanencia y relatividad de las cosas, que aquello que llena de sentido su aventura es la misma errancia, hacer el camino.

Viajeros de todo tipo y condición. Viajeros en todas direcciones cubriendo de nombres los blancos espacios de la terra nulis. Viajeros que repiten con sus pasos las inéditas sendas recorridas por el Tehuel. Viajeros que dejan su experiencia trashumante en la letra, la que proyecta sombras y confieren relieve a la escritura. De alguno de esos andariegos de pampas y cordilleras tenemos noticias, pero, ¿qué de aquellos de los que nunca sabremos? Sombras pesadillezcas que adivinamos, anónimas tragedias personales, borrosas epopeyas desconocidas, tan ciertas y tan reales que han quedado ancladas en el paisaje como una hebra de lana en una mata espinosa, una resonancia que intuimos y necesitamos para construir nuestra propia memoria.

Hay una larga y fatigosa lista de los primeros patagoniantes, sombras nómadas cruzando el tiempo. La Historia recuerda algunos nombres: la del capitán Juan Rodríguez Serrano, náufrago junto con su tripulación de la nave “Santiago” de la flota descubridora de Magallanes. Ellos serán los primeros nautas terrestres no patagónicos que recorren la costa atlántica de Puerto Santa Cruz a Puerto San Julián. La historia, es decir la escritura, rescata algunos nombres de la expedición, como los de “Antonio Da Costa, Baltar Ginobes, Bartolomé Prior, Gaspar Díaz, Ioaga, Ryxart, además de 7 carpinteros, 10 marineros, 2 lombarderos, 7 grumetes, 2 pajes, 3 sobresalientes” (suplentes).

A fines del siglo XVII el misionero jesuita Nicolás Mascardi parte de Chile y accede al Nahuel Huapi. Las crónicas cuentan que llegará a los lagos Musters y Colhué Huapi, a Puerto Deseado incluso al Estrecho de Magallanes. Nada se sabe dónde dejó sus huesos.   

El indio guaraní y peón salinero, Hilario Tapary, emprende viaje en 1753  de San Julián hasta Santa María de los Buenos Ayres. Su vagar abarcará un año y nueve meses.

En 1883; de la tribu del cacique Orkeke, la hermana mayor de éste, Walampa, es dejada abandonada por las fuerzas del ejército argentino al deportar a toda la tribu tehuelche que será embarcada en el vapor “Villarino”. La anciana Walampa con 80 años caminó 400 kilómetros de Puerto Deseado a Puerto Santa Cruz.

1937. Guillermo Isidoro Larregui, “el vasco de la carretilla” viaja de Paso Ibáñez —hoy Comandante Luis Piedra Buena— hasta la Capital Federal.

Una infinita miríada de pasos recorre en cualquier dirección de la rosa de los vientos la tierra sureña. De los nombrados tenemos noticias, tenemos la letra. ¿Y de los otros?

¿Quiénes eran aquella “chusma” cautiva compuesta de niños, mujeres y ancianos que el ejército de línea arreará a pie, desde el río Senguer hasta Valcheta (900 kilómetros) y que en el trayecto, a los que por el cansancio o las heridas no podían seguir más, se les cortaba de un sablazo los tendones de los pies?

 

AL PIE DE LA LETRA

La invención de Patagonia es obra de la literatura de viajes, y fue así:    

En el siglo XVIII los burócratas iluministas de Carlos III, leerán, muy preocupados por cierto, el escrito del jesuita Tomás Falkner: “Descripción de la Patagonia y de sus partes percontiguas de la América del Sur”, fechada en 1774 donde sugiere a las autoridades británicas ocupar estas heredades, hecho que alarma a tal punto a la corte del rey español, que éste decide establecer poblaciones en los confines de su reino, por lo que a su orden se erige en enero de 1778 el Fuerte San José en Península Valdés, a cargo de Juan de la Piedra.

Meses después, el 22 de abril de 1779 crean el fuerte Nuestra Señora del Carmen bajo la responsabilidad de Francisco de Viedma; y en diciembre de 1780 Antonio de Viedma, hermano de aquel, funda en la actual San Julián: Nueva Colonia de Floridablanca.

El texto de Falkner que pondrá en alerta roja a las autoridades españolas decía:

 

“Si alguna nación intentara poblar este país podría ocasionar un perpetuo sobresalto a los españoles por razón de que aquí se podrían enviar navíos al Sur y destruir en el todos sus puertos antes que tal cosa se supiese en España, ni aún en Buenos Aires...”

La alarma hispana está claramente expresada en la Real Orden del 24 de marzo de 1778:

“Con el fin de que los ingleses o sus colonos insurgentes no piensen establecerse en la Bahía de San Julián o sobre la misma costa para la pesca de Ballenas en aquellos mares a que se han dedicado con mucho empeño, ha resuelto S.M. que se den órdenes reservadas y bien precisas al Virrey de Buenos Aires y también al Intendente de la Rl. Hazienda, previniéndoles que de común acuerdo y con toda la posible prontitud disponga hacer un formal Establecimiento y Población de dha. Bahía de San Julián” […][37]

Dos meses después, en las “Instrucciones” del Conde de Floridablanca, aparecen nuevos fantasmas que recorren América, son los de la emancipación de las trece colonias norteamericanas producida en agosto de 1776:

“Desesperanzados los Yngleses de recobrar las vastas posesiones que ven subtraídas de su dominio en América Septentrional, con tanto menoscabo de su marina y comercio, y consiguientemente de su extensivo poder, les es ya indispensable pensar en hacer alguna adquisición en América Meridional, la que le sirva al mismo tiempo de empleo y fomento a sus pesquerías, navegación mercantil y fuerzas navales y prometa a la Potencia Británica para lo necesario alguna indemnización de la gran pérdida que ha padecido.[...] Se sabe que han levantado planos y hecho varios reconocimientos, lo que debe excitar nuestra vigilancia y nuestras precauciones [...] Dos son los parages principales a donde desde luego debemos dirigir nuestro conato para ocuparnos inmediatamente y formar con ellos alguna población: Bahía Sin Fondo y Bahía San Julián... y enviar socorros a fin de que no se malogren por la falta de auxilios, ni se repita el lamentable suceso de Puerto de la Hambre poblado por Pedro Sarmiento de Gamboa.”[38]

Estos documentos aclaran fehacientemente que serála escritura el disparador de hechos prácticos que llevara a movilizar cuantiosos medios materiales y humanos para dar lugar a la creación de las primeras poblaciones blancas en Patagonia.

 

OTRAS LECTURAS

Juan Manuel de Rosas leerá el Informe del piloto Basilio Villarino de 1781 sobre la navegabilidad del río Negro, y también con seguridad la obra del sabio Félix de Azara, “Viajes por la América Meridional” (1808). A partir de ésta y otras lecturas de Informes, Documentos y Memoriales se extenderá la frontera de la Confederación Argentina hasta Choele Choel.

En 1833 y el naturalista Charles Darwin visita al caudillo bonaerense en su campamento. El hecho será de suma intrascendencia para la ciencia y los futuros viajeros científicos.    

Francisco Moreno, sigue en la lectura y en el terreno los pasos de don Antonio de Viedma, al capitán Fitz Roy, a Darwin, los misioneros Teófilo Schmid y Juan Hunziker, a Guillermo Cox o al piloto Basilio Villarino ajustando lo visto y escrito por sus predecesores e incluso corrigiéndolos; de esta manera, el lago que Viedma en 1782 define como laguna y que descubre para los ojos europeos es redescubierto por los ojos argentinos del teniente Valentín Freiberg en 1871 y definitivamente agregado al inconcluso mapa patagónico como “Lago Argentino” en la denominación del naturalista Francisco Moreno y nombrando a la otra cuenca lacustre situada más al norte de “Lago Viedma”, subsanando así el error del español que creyó que el mencionado lago era fuente del río Santa Cruz.

Repetición de lecturas que conforman una cadena de diferencias: Agustín del Castillo lee y corrige a Moyano y a Lista y éste a su vez a Moyano y a Moreno.

Luis Jorge Fontana, primer gobernador del Territorio del Chubut sigue a los galeses, continúa a Musters y a Moreno en una atenta persecución de páginas y horizontes.[39]

A su vez, Francisco Pietrobelli se detiene en  Fitz Roy:   

“Pensé que el único remedio era una salida más directa al mar, salida que estimaba podría hallar en Rada Tilly, geográficamente más cercana y en condiciones favorables para el fondeo de pequeños vapores, dato que había conocido leyendo el libro “Derrotero”, del famoso capitán Fitz Roy”.[40]

Sabido es que el capitán de la “Beagle” era admirador y estudioso del excepcional piloto del siglo XVI, Pedro Sarmiento de Gamboa. 

Letras pata-agónicas, ahora sí de etimología pedestre. Letras provenientes de las penurias del camino, del frío, del hambre, la soledad. Escritos como botellas al mar, flechas lanzadas al tiempo, a probables y anónimos lectores. Letras que configuraron un imaginario y una realidad.

 

V

 

 

LA NOVELA DEL PAIS

Hacia la segunda mitad del siglo positivista, la escritura patagónica, mejor dicho, con temática patagónica, adquiere otro tono no muy distinto al precedente si bien más pragmático y perentorio, como en un gesto de quitarse el lastre colonial, y ponerse al ritmo de la historia moderna. Pareciera que la velada advertencia de Thomas Falkner —de ocupar el sur baldío— volvíase a poner en consideración dada su actualidad en el proyecto nacional.

El lenguaje de los dirigentes de la Generación del Ochenta, empeñados como estaban por ensanchar los horizontes territoriales y darle un formato definitivo y modernizador al estado nacional, es optimista.[41]

Lo efectuado por esa generación fue un acto de tensión vital tan grande que desbordó toda praxis y toda imaginación geopolítica de los argentinos acostumbrados a un país bonsai y portuario.

Francisco Moreno, Carlos Ma. Moyano, Luis Jorge Fontana, Ramón Lista, Félix Olascoaga, Agustín del Castillo, Carlos Ameghino, Clemente Onelli entre otros, cubrirán con actos posesorios las vacías páginas de las cartas geográficas, ocuparán de topónimos el impenetrable silencio de los espacios convirtiéndolos en escenario de relatos de propias y ajenas andanzas, abundantes en audacias, incertidumbres, peligros, y coraje de precursores.

Textos que al brotar de suelos recorridos, circularán de la imagen a la mano que escribe para descifrar en la escritura aquello marcado por el camino; insólitas y hondas vivencias, sensaciones fuertes, inolvidables, deslumbramientos de cielos implacables donde un paisaje estalla.

Escritura corporal la de pioneros, marca que permite traslucir la singularidad vivida, la tensión que el relato crea. Escritos borroneados sobre un escenario severo e inconmovible. Será la epopeya del poder en expansión, escrita y protagonizada por generaciones de héroes y antihéroes, fideles y traidores, criollos, gringos, onas, tehuelches y mapuches, resultará el escrito polifónico de un país en marcha.

La escritura literatura es un hecho solitario. La escritura del Sur que en parte comentamos, preliteraria en su forma, aunque trate de etnología, de geografía o historia, no deja de presentarse como relato autobiográfico, donde el escritor imprime su historial personal, donde lo público y lo privado se confunden, se complementan, se contradicen.

En perspectiva literaria, la Historia del Sur austral adquiere otro interés y otro sentido. En última instancia, toda historia, al ser relato escrito, implica de por sí una selección de temas como de datos y una particular perspectiva del pasado por lo que toda historia contiene una gran cuota de invención.

El proceso de formación del imaginario patagónico resulta una espiral de acontecimientos conformada por la experiencia (del viaje), la escritura (del viaje) y su lectura, y viceversa: lectura-experiencia-escritura.

Hay lecturas creadoras y lectores hiperbólicos, quijotescos. Lecturas embargadas de intención: Musters declara haber leído “con delicia” la obra de Darwin y la narración del capitán Fitz Roy; textos de compatriotas que, según confesión, lo impulsaron a llevar a cabo el mandato de reconocer para el imperio este Sur.

Sabemos que lectura y vida son cara y ceca de la existencia, que en estos raros lectores, lo leído necesita ser vivido. Las emociones que la lectura provoca son desencadenantes del Deseo, que se vuelven experiencias de vida.

Los exploradores del siglo XIX no leerán a Falkner, a Darwin, a Villarino por el simple placer ocioso o erudito, serán en cambio, lectores activos, quijotescos, empecinados por reproducir empíricamente lo leído. Sus lecturas confirman un estado de espíritu tan aventurero como científico. Leyendo el país del telhuel, construirán mapas, cartas orientadoras, derroteros para no naufragar en el desierto.

Ya en el viaje estos peregrinos lectores harán a su vez una impensada doble lectura en la que les va su suerte. Producirán así correcciones o confirmaciones, variaciones sobre el cuerpo del país: Moreno, al remontar el río Santa Cruz sigue la ruta marcada por Viedma y Fitz Roy.

Sin embargo, de poco valdrían tales guías sin el apoyo irremplazable de los habitantes autóctonos, de los tehuelches amigos. Sin ellos, Musters no hubiera podido efectuar su increíble itinerario longitudinal; ni Moreno hubiera accedido a los ocultos y maravillosos lugares, ni los peregrinos del “Mimosa” echar raíces en el Chubut.

Lecturas cartográficas, lecturas salvavidas. Cartografías de la epopeya  individual y discursos del poder estatal.

 

LA SEDUCCIÓN DE LA LETRA

El huinka Moreno lee a aquellos inocentes en adánica ignorancia de la escritura la magia hipnótica llamada libro. Lee a los tehuelches que acompañaron a Musters párrafos de “At home with the Patagonians” donde ellos, oyentes ágrafos de un lector que les lee, escuchan aquello que efectivamente ocurrió en sus vidas.

Del libro surge una nueva recreación de lo vivido. En el descifrar de caracteres se hace presente y actualiza el pasado convivido y que ahora, el “Tapayo” (así nombrarán familiarmente los indios al explorador) vuelve a actualizar.

Los oyentes, libres entonces, han sido ya capturados por la escritura. Ahora son signos, son letras, fantasmas que emergen al abrirse el aparato “libro”. También ellos han sido cazados, enredados en esos juegos de magia convertidos en historia escrita, se los ha disecado, han dejado de ser la letra del mundo para pertenecer al mundo de la letra, han sido transferidos a una cultura que calcula, clasifica, fija y separa a Ellos, que son y dejarán de ser, parte inescindible del mundo.

Siendo aún, ya son leyenda, siendo presente, son igualmente pasado sólo posible de ser convocado por el juego mágico de lo escrito. Sus vidas han quedado suspendidas en esas páginas. Aún no los capturó la fotografía (no tardará mucho), pero ya están cristalizados en la narración.

Ellos tal vez intuyan que en esos signos que hipnotizan está su desaparición y olvido, pero podría ser igualmente por qué no, el retorno.

Los intrusos blancos les hicieron conocer el espejo donde se vieron reflejados, ahora “el moreno” les muestra otro espejo hecho de palabras que presentan aquello que no está, una nueva memoria, un raro y fantástico eco surgiendo de la nada, una suerte de recuerdo convocado a voluntad.

Para los güenena küna que atentos escuchan el relato de Musters por boca del Perito, la realidad se ha vuelto ficción, sólo que, ahora, para nosotros, la ficción son ellos y la realidad es Moreno leyendo; pero también somos nosotros leyendo a Moreno que lee a Musters a los güenena küna.

“Nada más plácido, relativamente, que la sonrisa de la buena india cuando le muestro las ilustraciones del libro de Musters y le refiero lo que dice de sus amigos los tehuelches. La muerte del valiente Castro, en las alturas del río Chico, las penalidades del invierno, la caza de toros salvajes y tantos otros cuadros de la vida nómada en esas regiones trazados por la pluma del explorador inglés aunque abreviados por mí, son fielmente reducidas por María a sus compañeros que no comprenden el español. Ella ha conocido a Musters y lo recuerda perfectamente; me dice: “Musters mucho frío tenía; muy bueno pobre Musters”. 

Las penalidades que este valiente marino sufrió, y que aumentan el valor de su excelente relato del viaje, fueron más tarde materia de largas conversaciones.”[42]

 

EN LA DERIVA DE LA LECTURA

La primera lectura de un libro de viajes acerca de un país que el lector ignora, me refiero a la dirección de sus ríos, la orografía, el relieve de sus parajes, cañadones, cimas y cuevas, escarpas y sendas, amplitudes pampas y valles estrechos, la fauna, el clima. Ese lector se internará en una narración de ficción por más que lo leído se designe de científico. Sabrá tal vez como el autor a dónde va, pero al igual que aquel, será absorbido por la incertidumbre y el desconcierto ya que para el lector virgen, la grafía en la traducción de los nombres, le parecerá tan extraña como incomprensible.

Confirmando lo que decimos, podríamos citar al respecto algunos nombres de la topografía que anota Musters en su viaje: Oshir, Mowaish, Eletueto, Eke, Yolk, Henno, Geylum, entre otros.

¿Podría ubicar el lector patagónico poco versado en geografía histórica a qué paraje se refirió el viajero inglés? Y sin embargo ese andar a tientas, ese vagar en un espacio desconocido y en un tiempo pasado es justamente lo que apasiona de tales relatos.

A veces, el viajero se apiada del lector: 

 “Para facilitar al lector la comprensión de nuestra ruta divagante y la disposición intrincada de estas montañas y ríos, el croquis que ofrecemos puede ser de utilidad; éste  no pretende ser exacto, pero proporciona una idea de la región atravesada y de nuestros movimientos entre Henno y Teckel”.[43]

Que en la grafía toponímica actual serían Genoa y Tecka.

El azar y lo imprevisto como parte de la magia del camino. Así describe Moreno los momentos en que llega al lago Argentino:

“Nada puede expresar mi entusiasmo en estos momentos que el caballo asciende y desciende jadeando la cadena de médanos, aguijoneado por la espuela, hasta caer extenuado en un pozo o embudo formado por el remolino de viento entre la arena movediza. El ruido es mucho más sensible pues parece que detrás del médano choca el agua; ya se oye el ruido del cascajo que rueda a su impulso; trepo la oleada de arena y encuentro al grandioso lago que ostenta toda su grandeza hacia el oeste. Es un espectáculo impagable y comprendo que no merece siquiera mención lo que hemos trabajado para presenciarlo; todo lo olvido ante él. Las aguas azul-verdosas penacheadas por las corrientes vienen ondulando a desparramarse sobre estas playas. Moviéndose a la distancia se ve un cristalino témpano que balancea, fantástico, su blanco castillo en las profundas aguas del centro que minan su base, mientras que el sol radiante derrite manchones de nieve nueva sobre la elevada cumbre de “Castle Hill”, inmensa fortaleza geológica destruida por las inclemencias y el tiempo. De un chubasco renegrido que se cierne sobre los canales del pacífico, se destacan blancos y azules picos, otros tantos jirones del manto patrio que se divisa en el horizonte. [...] Es deber mío ir a anunciar a los compañeros la buena nueva, y arrancándome a la contemplación que me absorbe desde el médano árido, ante el espléndido panorama que se desarrolla frente a mí, me alejo no sin haber antes penetrado a caballo en el agua, mojándome todo lo posible; pueril satisfacción de un deseo largo tiempo arraigado.”[44]

Instantes similares serán vividos por Luis Jorge Fontana al encontrarse por vez primera con el lago que hoy lleva su nombre:

“Nunca habíamos tenido tanto deseo de ver el más allá.

Llegó un momento en que no pude dominar la impaciencia porque los minutos me parecían horas, y picando espuelas me lancé a la carrera, siguiéndome todos, con igual entusiasmo. [...] El corazón me decía en sus continuos latidos que subiendo a la cúspide nos hallaríamos en presencia de algo sorprendente. [...] Así fue, en efecto, porque momentos después dominando las alturas, salió inmediato y espontáneo de nuestros labios un grito de suprema admiración.

Lo que así fascinaba nuestro espíritu era la presencia de un lago de muchas leguas de extensión con sus aguas verdes y tan agitadas como las del mar, en los momentos de borrasca. Las olas venían con su murmullo turbulento, coronadas de blanquecina espuma a estrellarse contra las piedras esparcidas en la playa, salpicando las orillas, después del choque, con lluvia fugaz de hilos cristalinos y chispeantes.”[45]

La vuelta sobre sus pasos de los expedicionarios:

“Día 9. miércoles. Partimos a las 9 1/2ª.m. y desandamos nuestro camino de noviembre; llegamos al río Sacamata a las 3p.m. Deduciendo las vueltas, calculo que hemos recorrido unas cinco leguas con rumbo E.N.E., de aquí por dos leguas fuimos hacia el S.O. y acampamos a las 5p.m.”[46]

 

El ánimo exaltado de los Rifleros ante el Valle Encantado su Cwm Hyfryd que hace cantar a John Davies el soldado, lo que no había ocurrido desde la salida de Rawson, o sea, a un mes y medio de la partida. Son manifestaciones de lo nuevo y de lo insólito, de lo azaroso del camino que la lectura, también errabunda, nos regala.

 

LA MALDITA CONQUISTA

La escritura también es una forma de moral, la letra de una conducta que realiza juicios de valor. La conciencia social nunca estuvo aletargada pese al natural optimismo y a la impetuosa voluntad de exploradores y colonizadores. Pero esas voces críticas que denunciaron los malos tratos infligidos a la población autóctona en la conquista del territorio, no fueron ni muchas ni suficiente para ser tenidas en cuenta por los poderes decididores pese a la autoridad y al prestigio de un Lucio Mansilla, del Perito Moreno, o de los misioneros de las órdenes religiosas que hiciéronse eco del despojo y el dolor de los pueblos nativos.

Todo viajero que conociera de cerca y, más aún si ha convivido con los tehuelches supo de la actitud pacífica y del carácter amistoso de este pueblo hacia el “huinca”.

Un experimentado testigo dará cuenta:

“...acaso sean los patagones, de todas las naciones salvajes, las menos inclinadas a atacar o engañar a los extranjeros.”[47] 

Estas voces de tolerancia serán tapadas por la euforia expropiadora terrateniente enancada en la cresta del avasallante progreso liberal.

Tras el holocausto de la población tehuelche y mapuche y el inicuo despojo de la tierra repartida entre la oligarquía, cundió el desaliento patrio y, muchos de quienes participaron en la ampliación de la soberanía nacional sintiéronse totalmente defraudados. Así lo sintió un testigo irreprochable, el Comandante Prado:

¡Pobres y buenos milicos!

Habían conquistado veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron —siquiera en el estercolero del hospital— rincón mezquino en qué exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo.

 

“Al verse después despilfarrada, en muchos casos, la tierra pública, marchanteada en concesiones fabulosas de treinta y más leguas; al ver la garra de favoritos audaces clavada hasta las entrañas del país, y al ver cómo la codicia les dilataba las fauces y les provocaba babeos innobles de lujurioso apetito, daban ganas de maldecir la gloriosa conquista, lamentando que todo aquel desierto no se hallase aún en manos de Reuque o de Saihueque.”[48]

También Francisco Moreno, el Perito, tendrá palabras amargas ante la suerte corrida por sus amigos tehuelches:

“Mi pesimismo estaba en la verdad; treinta y cuatro años han transcurrido desde que el cacique Ñancucheo desapareció defendiendo el suelo en que nació, desde que con medios violentos, innecesarios, quedó destruida una raza viril y utilizable, y desde esa fecha, aun cuando ya hay en la región florecientes pueblos y la cruza en parte el riel, estorban su progreso concesiones de tierras otorgadas, a granel, a potentados de la Bolsa, una vez que la frontera avanzó, lo que hace que decenas de leguas estén en poder de un solo afortunado, el que espera que las valorice el vecino. “¿Para qué sirven aquellas tierras?”, era la frase consagrada que escuché a no pocos de los que tenían en sus manos la fortuna y aún la suerte de la patria. [...].

Está aún por escribirse la verdadera historia, desprovista de pasión y cálculo, que establezca lo que haya de cierto respecto a las luchas contra el titulado salvaje, [...] pero durante esa lucha se realizaron matanzas inútiles de seres que creyéndose dueños de la tierra, la defendían de la civilización invasora.[49]

En 1898 un escritor, testigo del holocausto del hombre del Sur, se compadecía:

“Sin embargo, esos indios, y especialmente los onas, no merecen suerte tan cruel.

Por su inteligencia, por sus condiciones de carácter, por su mansedumbre, eran acreedores a los beneficios de la civilización, y debió tratarse de conquistarlos poco a poco para ella. No ha sido así... Se ha hecho todo lo contrario, y se les ha cazado como a fieras, en nombre de los más altos principios de la humanidad”.[50]

Pero hay una página testimonial que quedó en el silencio de la privacidad, un impresionante documento de lo efectuado por las fuerzas expedicionarias contra el nativo patagón, en ésta, su autor, John Daniel Evans describe no sin pudor  y con el corazón compungido un verdadero campo de exterminio donde muere un amigo chehuache kenk:

“Los indios tehuelches durante el verano se instalaban en los valles de la cordillera con sus toldos y su ganado, entrado el otoño levantaban campamento y se situaban cerca de Glyn Du a la vera del río Chubut, es aquí donde frecuento al Hermano del Desierto que tantas destrezas me enseñó y en especial recuerdo a mi amigo, hijo de una de las mujeres de Wisel. Al principio no lo reconocí pero al verlo correr a lo largo del alambre con insistencia gritando Bara Bara (pan en galés), me detuve cuando lo ubiqué. Era mi amigo de la infancia, mi Hermano del Desierto, que tanto pan habíamos compartido. Este hecho llenó de angustia y pena mi corazón, me sentía inútil, sentía que no podía hacer nada para aliviar su hambre, su falta de libertad, su exilio, el destierro eterno luego de haber sido el dueño y señor de las extensiones patagónicas y estar reducidos en este pequeño predio. Para poder verlo y teniendo la esperanza de sacarlo le pagué al guarda 50 centavos que mi madre me prestó para comprarme un poncho, el guarda se quedó con el dinero y no me lo entregó, si pude darle algunos alimentos que no solucionaría la cuestión. Tiempo más tarde regresé por él, con dinero suficiente dispuesto a sacarlo por cualquier precio, y llevarlo a casa, pero no me pudo esperar, murió de pena al poco tiempo de mi paso por Valcheta”.[51]

 

VI

 

LA NOVELA DEL ESTADO NACIONAL

 

 “El Estado construye ficciones...

 una serie de narraciones para ocultar la violencia de los cuerpos”

Ricardo Piglia

 

A partir del siglo XIX, la literatura científica o pseudo científica, imprimirá en lenguaje neutro la novela del país terrateniente.

No se puede dudar que el discurso estatal en tanto discurso hegemónico dio lugar a la construcción de la denominada “identidad nacional”. Al escribir (Mitre y López) la historia del país, la clase dominante hará política de la historia para legitimar su poder. Confirmada la integración de la región patagónica a la Nación Argentina, la escritura científica se ocupará del territorio recientemente conquistado. Es el período del establecimiento de la soberanía nacional, imprescindible acto político para manejar la mayor cantidad de datos a los efectos de saber con qué tipo de territorio hay que contar para desplegar el programa del estado capitalista terrateniente. Esta orientación queda confirmada en el “Informe oficial de la Comisión Científica agregada al Estado Mayor General de la Expedición al Río Negro (1881)” documento donde figuran como colaboradores del avance de las fuerzas: Adolfo Doering, Carlos Berg y Eduardo Holmberg. Lectura del espacio efectuada por el pragmatismo utilitario de la generación modernizadora del Ochenta.

Son discursos del poder los informes, los diarios de viaje, los memoriales, la crónica, la etnografía, la antropología, la topografía, la zoología o la geografía. Todo un corpus de conocimiento hecho posible sólo cuando aquello sobre lo que se escribe es objeto, “cosa”, materia inerte.

 “La conquista de las quince mil leguas” de Estanislao Zeballos (1878) será el programa para la operación militar denominada “Campaña del Desierto”.

Novela del estado, escrituras en tanto discursos de poder que generarán acciones y efectos económicos, geopolíticos y sociales.

 

SOCIEDAD Y ESTADO

El pragmatismo de los exploradores argentinos de la Generación del Ochenta, conforma una cadena significante en el viajar, explorar, clasificar, informar o destruir. El obrar de éstos es la ejecución del mandato del estado moderno sobre el cuerpo territorial y la vida de los nativos patagónicos. Una cadena conformada por eslabones que van de lo escrito a la acción que pone en evidencia cómo se fue formando el imaginario de los argentinos acerca del Sur austral.

Los exploradores argentinos precedidos por los extranjeros, serán los últimos en aparecer en escena para declamar soberanía.  

Encontramos en estos escritos, el “discurso de la acción”, es decir, el relato de la experiencia del viaje y de la experiencia escrituraria como son el discurso del Estado y el de la sociedad civil. Hay un momento excepcional en esta historia que describe lo que acabo de expresar.

En la expedición de 1885 llevada a cabo por la Compañía de Rifleros del Chubut se escribirán dos tipos de relatos: el oficial y el privado, aquel efectuado por el primer Gobernador del Chubut, Luis Jorge Fontana, y el segundo que expondrá John Murray Thomas (entre otros) comandante de la expedición aludida.

Dos textos que son los respectivos “Diarios” de expedición.

El viaje exploratorio tiene dos versiones, dos miradas distintas aunque complementarias sobre lo mismo al testimoniar el acontecimiento y expresar una voluntad de poder. Lo que se manifiesta es una identidad de ideales y objetivos enunciados a partir de los respectivos intereses y expectativas individuales y sociales.

Tenemos así el proyecto político estatal y el de los particulares. El movimiento de autodeterminación de los galeses del Chubut no armonizaba del todo con los intereses del Estado Argentino al restarle a éste capacidad de decisión. Habrá, por lo tanto dos modelos políticos: la autoridad única, el poder unificado, centralizado y vertical del régimen oligárquico liberal, el “roquismo”, y la práctica democrática mutualista y cooperativa de los colonos.

Dos ideas y dos proyectos de país: el de la legalidad estatal expropiadora, y el de los pioneros fundadores libremente asociados. En última instancia ambos proyectos expresaban el capitalismo progresivo y en ascenso de la época. La expedición de los Rifleros del Chubut señaló las ilusiones y objetivos sociales complementarios al proyecto modernizador del Estado Nación.

En el teatro de la Historia que es dialéctica del conflicto, la novela del Estado se transforma en drama que acaba en tragedia y donde las víctimas siempre pertenecen al Común.

 

VII

 

 

EL INCESANTE MURMULLO                                

“La verdad es que se miraba muchas veces con recelosa curiosidad el hecho de que tomara notas, y se hacían averiguaciones para determinar sobre qué podía realmente escribirse en ese lugar, porque aunque la inteligencia tehuelche puede comprender que se escriban cartas a amigos o funcionarios, no concibe absolutamente que se lleve un diario; y si algún indio “ignorante” hubiera sospechado que se le iba a poner en letras de molde, no habría sido difícil que en vez de esperar la ocasión de destrozar al libro, se hubiese anticipado a todos los críticos destrozando al autor mismo.”[52]

La escritura errabunda es final del viaje físico y comienzo del viaje de la memoria como de la imaginación. Todo camino abre la posibilidad de la escritura; entonces, mientras descansa el cuerpo se recurre a la libreta de apuntes en la pesquisa por rescatar las vivencias y los lugares, un intento por captar el inefable momento del asombro; se buscará la expresión correcta, la anécdota de un incidente, la tensión narrativa. Trabajará la frase que lleve a revivir los momentos de intemperie, los horizontes inalcanzables, el secreto transcurrir de las cosas, los dolores del cuerpo, la desesperanza o la emoción ante inesperadas situaciones. 

A veces, la escritura es contemporánea al viaje, son las rápidas notas en la libreta de apuntes como diario del camino.

 

“Como escribir en el toldo era casi imposible por la curiosidad de las criaturas, que se apiñaban a mi alrededor para hacerme preguntas, por lo general llevaba el cuaderno de apuntes a mi retiro...”[53]

“Una escritura inclasificable recorre oblicuamente los saberes: del esbozo biográfico a la antropología, el apunte geológico, el detalle etnográfico, la geografía descriptiva, la zoología o la botánica, tratará de paleontología, elaborará proyectos económicos y políticos, contará historias contadas y a veces, entre líneas, aflorará la confesión íntima como bosquejo psicológico.

Huérfana de tradición, la escritura patagónica se gesta desde los bordes de la institución literaria y configura una proliferación de temas y géneros. Es una escritura nómade que contrabandea todas las temáticas, y ese recorrido oblicuo es su índole”.

   

VIII

 

 

QUÉ ENTENDEMOS POR LITERATURA 

 

 “¿Cuál es el poder de la ficción? Hay una red de ficciones

que constituyen el fundamento mismo de la sociedad”

Ricardo Piglia: “Crítica y Ficción”

 

La literatura en cuanto obra de imaginación es un rumor inagotable que viene de la aurora de los tiempos para contarnos las vicisitudes humanas. Una antigua voz que recorre los siglos y dice la verdad del hombre.[54]

La literatura, en tanto arte de la palabra escrita, pone de relieve y manifiesta con mayor énfasis el lenguaje polisémico; de ahí la literatura como oficio, el lenguaje elaborado generador de múltiples significados que enriquece la imaginación y el habla nativa.

Habitualmente se escucha en ferias del libro y más aún en reuniones de escritores preguntar: “¿hay una literatura patagónica?”

Formulada así la pregunta condiciona o lleva implícita su respuesta; la que concibe a la literatura basada en el costumbrismo regionalista.

Lo que caracteriza a la literatura propiamente dicha, en tanto obra de imaginación, más que el lugar geográfico —si bien lugar y tiempo son determinaciones consustanciales a la obra humana—, es su contexto histórico-social que condiciona (no determina) y problematiza las relaciones humanas. Y si bien los temas básicos de la literatura, como el amor, la soledad, el odio, la muerte, el antagonismo entre el individuo y la sociedad, entre otros, son universales; es el contexto, la situación, la posición social, ideológica y estética particular los factores que hacen diferente el lenguaje de la obra literaria. Por lo que, en la estimativa pertinente, lo que debería priorizarse es aquello por lo que una literatura es literatura, es decir, por el empleo característico del lenguaje por sus particularidades formales: imaginación, estructura, enfoque, estilo, y si es, al fin, obra de lenguaje.

La pregunta por el lugar donde se escribe no garantiza la calidad de una literatura. Una literatura es valiosa no porque se produzca en tal o cual país  sino por sus intrínsecos valores estéticos. Vaya como ejemplo la literatura de grandes escritores que escribieron en el exilio o incluso en otra lengua distinta a la propia.

¿Debería figurar Augusto Guinnar en la literatura francesa o John Burne en la norteamericana? ¿”Los hijos del Capitán Grant” y “El faro del fin del mundo”, son acasonovelas patagónicas? Cortázar escribe en París novelas y cuentos argentinos. Guillermo Enrique Hudson, escribe —según Borges— en un impecable inglés, páginas insustituibles para una antología literaria patagónica. Rodolfo Walsh nació en Choele Choel, pero ninguna página de sus cuentos y relatos menciona el lugar natal, mientras que Osvaldo Soriano, que nació y vivió su juventud en este país austral, no podría faltar en nuestra literatura.

Al fin, no es un hecho menor que es la literatura la que inventa “Patagonia”.

La “literatura” como institución, es signo de madurez cultural de una comunidad de lenguaje, por lo que la emergencia de un arte debe ser comprendida como decantación de un proceso histórico social de formación e integración y testimonio estético de ese devenir; es decir, la capacidad de presentar la vida desde una subjetividad cultivada.

Se necesitaron tres siglos para que aparezca con Bartolomé Hidalgo una poesía de neto carácter criollo, y con Esteban Echeverría una escritura “argentina”. Ellos crearon en sus cielitos y narraciones el idioma rioplatense, una lengua marginal, “menor” dentro de la lengua prestigiosa y universal.

Sería un tanto prematuro entonces preguntarse por una literatura que se realiza en esta región tratándose de un territorio culturalmente nuevo, cuando la definitiva colonización se completó recién en los últimos años del siglo XIX.

Así y todo, los tiempos de la modernidad tardía marcados por el veloz desarrollo tecnológico aceleran los cambios que antes insumían largas décadas, de ahí que hoy existe en el Sur una realidad literaria que convoca y provoca la pregunta.  

Aunque ya Juan Bautista Alberdi en su novela de 1871 Peregrinación de Luz de Día ubica en Patagonia su “Quijotania”, será a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en pleno florecimiento del modernismo y el realismo literario que el periodismo de los grandes diarios de la oligarquía portuaria se lanza rampante a descubrir-describir deslumbrado los inéditos lugares-paisajes del Sur.

Roberto Payró en “La Australia Argentina” y especialmente José Álvarez (Fray Mocho) “En el Mar Austral” quien se detiene en oscuros personajes del territorio semicolonial: loberos, buscadores de oro, peones de campo, marineros, aventureros de toda laya que dejaran jirones de sus vidas en el proceso de acumulación de las grandes fortunas de los nuevos dueños de la tierra.

Es cierto que tanto Payró como Álvarez no escatiman críticas a las injustas condiciones en que deben vivir y desenvolver sus vidas los pobladores; pero este asomo crítico no va más allá de la descripción de un viajero de un territorio recién integrado al país, no es aún la letra rumiada por el propio poblador patagónico, no todavía el testimonio, la experiencia de los años, los trabajos, las angustias del amor, los duelos, los olvidos, los fracasos, la soledad de vivir en este Sur.

Esta experiencia existencial recién será testimoniada en la crónica de los galeses Lewis Jones, Abraham Matthews, John Daniel Evans, de un Andreas Madsen, Emilio Ferro, Julián Ripa, Ascencio Abeijón, Donald Borsella, entre otros.

Estos cronistas patagónicos del siglo veinte escriben en el espacio fronterizo de la literatura canónica, una escritura que no termina de ser historia apologética ni tampoco ficción; una escritura donde la literatura aún no es tal aunque comience a serlo.

 

IX

 

LA VOZ FRONTERIZA

 

“Cuéntanos cómo es el Sur; qué hace allí la gente;

por qué viven allí; por qué siguen viviendo.”

William Faulkner: “Absalón Absalón”

 

Como hemos descripto, hubo una ficción originaria un período de narraciones mitológicas a partir de la imagen del bárbaro primitivo, el cavernícola, el patagón, seres de un submundo a civilizar o hacer desaparecer por tratarse de un bestiario inclasificable que ocupa el “desierto” y obstaculiza la civilización. Una voluntad de dominio irá construyendo el imaginario sureño; al comienzo como deseo utópico y salvacionista y luego como acto explotador. No de otra manera se construyó esta imagen o representación de “reserva”, “patio trasero” que perdura hasta hoy, en tanto territorio productor energético y paisajismo exótico para el mercado turístico.

Hay un término que caracteriza de manera absoluta la literatura del Sur, me refiero a la palabra desiertodel que derivan múltiples significados e imágenes  a saber: lugar, borde territorial, frontera, límite, periferia. Términos que expresan además de la perspectiva del habitante, imágenes geográficas, históricas sociales o políticas, todas ellas resumidas en el concepto de margen cultural.

La imagen de frontera es una imagen lábil que tanto puede significar obstáculo o límite que separa, como espacio permeable, lugar de intercambios que provocan una perspectiva distinta respecto a la centralidad hegemónica.

Mencionábamos las crónicas, las memorias, los diarios, en tanto escritura preliteraria y fundadora de un decir particular, sustrato imaginario a partir del  cual se hará la literatura del margen. Escrituras de límites sociales, escritos fuera del ámbito de la cultura oficial, de su sistema de producción, distribución y consumo. En definitiva, literatura menor, subalterna, al margen del canon estipulado por el mercado global —que adopta la semicolonia— e invisible para la política cultural del país.

Ahora bien: ¿cuándo aparece un texto literario, un  lenguaje que habla por sí y de sí mismo, un lenguaje connotativo que desborda al primer lenguaje lineal, convencional, que lo enreda, lo hace extraño, lo pliega, le da un ambiguo espesor de significaciones, para decir de manera diferente aquello que jamás pudo decirse; cuándo comienza a escribirse obra de lenguaje, literatura propiamente dicha, de imaginación, al fin, obra de ficción?

Como un avance a esta inquietud anoto un cuarteto de obras que aparecen en el tiempo como verdaderos mascarones de proa de literatura patagónica; estas obras y sus autores serían: La tierra maldita de Lobodón Garra (1933), “Lago Argentino” de José Goyanarte (1946), los cuentos de “Setenta veces siete” de Dalmiro Sáenz (1957), “Los Dueños de la tierra” de David Viñas (1959).

Son narraciones de un mundo que poco y nada tiene que ver con la novela del Estado ni con la autoapologética memoria del pionero y sus crónicas.

Será a partir de la década de los 70 del pasado siglo y con un autor como H. Cuevas Acevedo (Tierra sin tiempo. 1977) o Héctor Peña que en Patagonia comienza a producirse una literatura de “contenido de verdad[55] es decir, la ficción literaria que echa dudas sobre la realidad y la verdad de la historia; la novela que vela y devela el acontecer social, una escritura literaria que socava el mármol de las solemnidades y las apologías para echar luz sobre oscuros orígenes y turbios linajes.

Si la literatura tiene una función (de acuerdo al momento histórico que vive una sociedad), consistiría en poner en foco las conflictivas relaciones del individuo con las estructuras sociales. El contenido de verdad en el arte es expresión de un inconformismo radical, de resistencia crítica a una inicua realidad. La literatura dice la verdad que el poder oculta y la sociedad calla.

    

X

 

SALIDA

En el mito griego la ninfa Eco, despechada por Narciso vagará solitaria repitiendo con tristeza su dolor; a partir de entonces el eco será resonancia de una voz que ya no existe. Resabio y continuación de todo mito, la literatura es el espejo o simulacro que multiplica ad infinitum la voz primera y devuelve su propia imagen (como Narciso ante el agua) contando aquello que alguna vez aconteció.

 “El Eco de la letra” —que trata de la primera escritura acerca del sur del sur— señala lo acontecido, lo escrito, leído y repetido en un constante retorno de lo mismo.

La literatura ha sido y sigue siendo una voz que desde los tiempos homéricos no deja de contar y un deseo que no tiene más remedio que repetir lo que viene diciendo sobre el destino del hombre.  

Lo que aún resuena aquí, en Tehuelnia, es el Eco de la Tierra, un antiguo rumor recreado en leyendas, cuentos y narraciones; todo un corpus imaginativo nacido de dos tradiciones: la inmemorial voz del Aike y el desbordar en la escritura de la experiencia de viajeros y primeros pobladores. Ambas vertientes —a las que debemos agregar la imprescindible obra de etnólogos, antropólogos, lingüistas y demás estudiosos que rescataron de la omisión parte del imaginario de los Antiguos— conformaron en el devenir histórico un imaginario diferente que hoy se expresa en una literatura en curso la que compone su propia tradición.

 

    

 



[1] En el presente ensayo intento poner de relieve una inédita genealogía patagónica emanada de la escritura, es decir, a partir de los primeros escritos sobre la región austral los que dieran nombre e imagen y terminaran por conformar el imaginario patagónico. (El “Eco” fue escrito entre los años 2001 y 2002 y dado a conocer en el portal de Internet “Temakel” del profesor de la UBA Esteban Lerardo. La presente edición ha sido reescrita casi en su totalidad). Setiembre 2009.

[2] GANDIA, Enrique de: La Ciudad de los Césares (Separata de Anales del Museo de la Patagonia. Tomo I) 1945.

[3] KOESSLER-ILG, Berta: Tradiciones Araucanas Tomo I Universidad Nacional de                                           La Plata. 1962. “Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”. CERVANTES SAAVEDRA: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Cap I. R.A.E. 2004

 

[4] LISTA, Ramón: Mis Exploraciones y descubrimientos en la Patagonia. LLARAS SAMATIER: Primer ramillete de Fábulas y Sagas patagónicas. RUNA Vol III. 1950.

[5] ECHEVERRIA BALETA, Mario: Raíz folklórica de la Patagonia. Río Gallegos 2004.

[6] ALVAREZ, Gregorio: El Tronco de Oro. Corregidor.1994.

[7] CASAMIQUELA, Rodolfo: En pos del Gualicho. Eudeba/Fdo.Ed.Rionegrino 1988.

[8] MUSTERS, George Chaworth: Vida entre los Patagones. pp. 219-222  El Elefante

Blanco. Bs. As. 2000.

[9] ABYA YALA: nombre dado por los pueblos Kunas de Panamá a la Tierra cuyo                          significado es “Tierra Fecunda” o “Tierra Virgen en plena madurez”. El Consejo Mundial de Pueblos Aborígenes adoptó este nombre en 1977 para referirse a nuestro Continente.

 

[10] HUGUES, William: A orillas del río Chubut en la Patagonia. 1967.

[11] ALVAREZ, G.: Id.

[12] SCHMID, Teófilo: Misionando por Patagonia Austral.1858-1865 Usos y costumbres de los indios patagones. A.N.H. 1964.       

[13] FITZ ROY, Robert: Narración de los viajes de levantamiento de los buques S.M. “Adventure” y “Beagle”, en los años1826 a1836; exploración de costas meridionales de la América  del Sud y viaje de circunnavegación de la  “Beagle”. Londres 1839. Bibl. del oficial de Marina. Bs. As.1933.

[14] ALVAREZ, G. Id.

[15] PIGAFETTA, Antonio: Primer viaje en torno al globo. Espasa Calpe 1943.

[16] La tesis de LIDA: “Para la toponimia argentina: Patagonia”, fue expuesta en 1952, en la Hispanic Review de la Universidad de Pennsylvania, Filadelfia. Una síntesis de la misma será difundida en la revista Argentina Austral en el número 263 pp.14/15 año 1953 y en: El cuento popular Losada 1976.

 

[17] GONZALEZ, Javier Roberto: Patagonia-Patagones: Orígenes novelescos del nombre. Subsecretaría de Cultura Prov. del Chubut 1999.

[18] LEONARD, Irving: Los Libros del Conquistador. F.C.E. 1953.

[19] MENÉNDEZ Y PELAYO Marcelino: Orígenes de la Novela. Tomo I cap. V.  Emecé 1945. Buenos Aires.

[20] PIGAFETTA, A.: Id.

[21] PIGAFETTA, A.: Id.

[22] VIEDMA, Antonio de: Diario. Municipalidad de Puerto San Julián 1880.

[23] SCHMID, Teófilo: id.

[24] MUSTERS, Id.

[25] MATTHEWS, Abraham: Crónica de la Colonia Galesa de la Patagonia. p. 35 Ed. Asociación San David. El Regional. Trelew 1975.

[26] CASTORIADIS, Cornelius: La Institución Imaginaria de la Sociedad. Vo.2; El imaginario social y la institución. Tusquets Bs. As., 1993 y Hecho y por hacer. pp.117 EUDEBA. 1998.

[27] MARTINEZ SARASOLA, Carlos: Nuestros Paisanos los Indios. Cap.V p.276, Emecé Bs. As.1996.

[28] INFORME Oficial de la Comisión Científica agregada al Estado Mayor General de la Expedición al Río Negro (Patagonia) realizada en los meses de abril y junio 1879 bajo las órdenes del Gral. J. A. Roca. Bs. As.1881.           

[29] MORENO, Francisco P.: Reminiscencias 1906-1919 Colección Identidad Nacional Secretaría de Cultura Nación c/Ed. Devenir: 1994.                      

[30] LISTA, Ramón: Los indios Tehuelches. Una raza que desaparece. Confluencia, 1998.

 

[31] FOUCAULT, Michel:   De lenguaje y literatura. Paidós 1996.

[32] CERVANTES SAAVEDRA: Id. Segunda Parte. Prólogo.

[33] VIEDMA, Antonio de: Diario id.

[34] MORENO, Francisco: Viaje a la Patagonia Austral 1876-1877, Ed. Solar. Bs. As.1972.  

[35] MOYANO, Carlos María: Viajes de Exploración a la Patagonia 1877-1890.

[36] MADSEN, Andreas: La Patagonia Vieja. pp. 40-41 Ed. Galerna Bs. As. 1975.

[37] VIEDMA, Antonio de: Id.

[38] VIEDMA, Antonio de: Id.

[39] MOYANO. Viaje, id; LISTA, Ramón: Mis Exploraciones y descubrimientos en la Patagonia1877-1880, Confluencia 1998; CASTILLO, Santiago del: Exploración de Santa Cruz y Costas del Pacífico.  Marymar  1979.

[40] PIETROBELLI, Francisco: Primeras Exploraciones y Colonizaciones de la Patagonia Central. Asoc. Italiana Comodoro Rivadavia 1971. 

[41] “El gobierno quería ver con sus ojos”, dice con acierto el historiador  Juan Hilarión LENZI en: “Carlos María Moyano marino, explorador y  gobernante”. Bs. As. 1962. 

[42] MORENO, Fco: Viaje… Id. 

[43] MUSTERS, G. Ch.: Id., y REY BALMACEDA, Raúl: Geografía histórica de la Patagonia 1870-1960 Ediciones Cervantes 1976 Bs. As.

[44] MORENO, Fco.: Reminiscencias. Elefante Blanco 1997.

[45] FONTANA, Luis Jorge: Viaje de exploración en la Patagonia Austral, 1886, p. 94. Marymar Bs. As. 1976.

[46] THOMAS, John Murray: Diario de viaje de la expedición de los Rifleros. Camwy, noviembre1985. Publicación del Museo Histórico Regional de Gaiman.

[47] FITZ ROY, Robert: id

[48] PRADO, Comandante: La Guerra al Malón (1907) p.127.  Eudeba. 1960.

[49] MORENO F.: Id.

[50] PAYRO, Roberto: La Australia Argentina. Eudeba. 1963.

[51] EVANS, Clery A.: John David Evans, El Molinero. Una historia entre Gales y la Colonia 16 de Octubre. 3ra edición. Rawson 1999.

[52] MUSTERS, G. Ch: id.

[53] MUSTERS, G. Ch: id.

[54] El concepto pertenece al filósofo alemán Theodor W. Adorno (Teoría estética. Hyspamérica 1984) que designa la correspondencia entre contenido material y la realidad histórica, política y social en la que se escribe. Sin embargo, Adorno amplía la idea declarando que el contenido de verdad en la obra de arte es implícito a la misma, es decir, una develación no expresada que sólo correspondería a la filosofía estética enunciarla. La problemática del “contenido de verdad” en la literatura y en el arte en general es un tema que va más allá de este acercamiento a la problemática literaria; lo señalo en tanto concepto rector para interpretar la literatura moderna.

 

[55] Ver nota 54.