Que la historia copie a la historia, es sorprendente,

pero que la historia copie a la literatura, es inconcebible.

J.L.B.: Discusión 1932

Y mientras la historia desarrolla su narración con pretensión de verdad, “la ficción es un discurso que informa de lo real, pero no pretende representarlo ni acreditarse en él” (Roger Chartier: “La historia o la lectura del tiempo”).

En el 2001 escribí el ensayo El Eco de la Letra, en el que doy mi versión de cómo se formó el imaginario patagónico, es decir, la imagen que nos hacemos cuando pensamos o nos representamos nuestra región. Por lo que la pregunta en torno al imaginario sería: ¿qué es “patagonia” para el argentino común?, y más aún, ¿qué imagen tenemos, cómo representamos los patagónicos a nuestro sur?        

Ahora bien, el imaginario que todos consumimos, esta representación o simple  idea que tenemos de nuestro ámbito de actuación, y, por consecuencia, de nosotros mismos, si les digo a ustedes que es producto de la escritura van a creer que estoy como quien dice, macaneando.

Entonces, para que ustedes me crean, teniendo en cuenta que soy un aficionado a fantasear, debido a que la realidad no me convence, les voy a contar la historia desde otra perspectiva, por tal motivo les pediría que hagamos un “pacto de ficción”.

Se cuenta, y se lo hace con un tono tan veraz como si efectivamente hubiera acontecido; que a un lugar patagón del que sí quiero acordarme, llegaron a una bahía, tras un largo perlongar por las frías costas australes, allá por el Ano del Señor de MDXX, navegantes europeos.

¿Que quiénes eran? todos lo sabemos; Magallanes y sus secuaces. Por lo que, y de acuerdo a lo manifestado por el escrito debido al señor Pigafetta, sería el capitán de la expedición quien, al encontrarse con los habitantes nativos, exclamó ¡“Patagón”!. Enfático nombre y una impresionante (e impresionable) definición que nunca tuvo que ver con las extremidades de la gente vernácula que cubrían sus plantas con pieles de guanaco; por el contrario, como había leído en el largo viaje marino la novela de caballería “Primaleón”, no tuvo otra ocurrencia que denominar de esa infame manera, es decir de “patagón”, al nativo Chonk.

El susodicho “patagón” no sólo no era el héroe de la epopeya, ni el príncipe de la fábula, por el contrario, pasaba a ser un personaje además de feo, desagradable, más bien horrible, una suerte de bicho que sale del oscuro y frío páramo: en una palabra, Patagón será, a la vista del invasor un ente tan monstruoso que había que destruirlo. O sea —acoto yo—, que desde el vamos nos trataron para la mierda.

De los primeros escritos que fueran aceptados como las sagradas escrituras patagónicas, se dio nacimiento a distintos mitos y leyendas sobre los primitivos habitantes australes, como que eran gigantes, bestiales y hasta caníbales.

Así es como se fabricó “El Dorado”, una ciudad hecha de oro, se dibujó “Trapalanda”, se deliró con la “Ciudad de los Césares” y otras fantasías que  quemaron las molleras de conquistadores y colonizadores. Tales quimeras dominaron por siglos la imagen del País Tehuel, me refiero a este sur-del-sur, como se dice ahora.

Después, tres siglos después, se lanzó sobre este territorio la Conquista a sangre y fuego del llamado “Desierto” cuyo objetivo fue exterminar la población tehuelche-mapuche, ocupar el territorio para la clase terratenientes y el nuevo Estado capitalista.

I -Lo inconcebible, como diría Borges, es que tales hechos se efectuaron a partir de la lectura de distintos escritos: memoriales, informes, diarios de expedición de viajeros científicos y aventureros de toda laya.

Dicho de otra manera; que tales escritos como mapas, se transformaron en prácticas productivas. Es así que la obra del jesuita Thomas Falkner “Descripción de la Patagonia y de sus partes contiguas de la América del Sur” de1774 dará lugar a la creación de las primeras poblaciones blancas: Nuestra Sra. del Carmen en 1779 y Nva. Colonia de Floridablanca de1780. (Remito a El Eco de la Letra. Una genealogía patagónica. 2001)

A partir de los escritos de Darwin “Viaje de un naturalista alrededor del mundo (1831/36) aparece el mito del Desierto. Del viaje explorador de George Chaworth Musters, anotado en Vida entre los Patagones, en el que como quien no quiere la cosa, hace un inventario de las mejores tierras que pasarán a manos de compañías… cómo les diría...: inglesas.

Tras los pasos de Antonio de Viedma, de Darwin y Musters, el perito Francisco. Moreno continuará el reconocimiento del territorio austral con el propósito de establecer la plena soberanía del estado argentino; de su experiencia exploradora publica Viaje a la Patagonia Austral (1876/77). Al año siguiente aparece el informe preparatorio para la conquista territorial por parte de Estanislao Zeballos: La conquista de quince mil leguas. A éstos le seguirán todo el corpus escriturario de las expediciones de Carlos Ma. Moyano, de Ramón Lista —quienes serán gobernadores del Territorio Nacional de Santa Cruz— de Agustín del Castillo o Clemente Onelli, entre otros, para la definitiva colonización y explotación de la región patagónica.

II-Ya en el siglo XX, los pioneros y primeros pobladores escribirán sus impresiones, sus experiencias y recuerdos en diarios, en memorias, en crónicas. Así lo harán los colonos galeses Lewis Jones, Abraham Matthews, John Daniel Evans, los maestros Emilio Ferro, Julián Ripa, el pionero Andrew Madsen, el poblador Ascencio Abeijón entre tantos, tantos otros.

III-Junto a los memoriosos aparecerán los trabajos etnológicos y antropológicos que inician el rescate de la cultura de los pueblos originarios, sus creencias, sus costumbres, su lengua: me refiero a la obra de Tomás Harrigton, de Federico Escalada, Gradin, Berta Koessler-Ilg, Gregorio Alvarez, Rodolfo Casamiquela, Enrique Perea, Echeverría Baleta; y no sigo la lista ni cito la bibliografía porque es abrumadora.

En el citado “El Eco de la Letra” señalé una genealogía, intentando poner de relieve de dónde proviene la literatura del Sur, por lo que la moraleja de esta fábula dice: esto que llamamos “Patagonia”, a saber, su geografía, su economía, su sociedad, al igual que el imaginario y su representación fue, a no dudar una invención de la escritura.

Hoy aquí, intento bosquejar algo parecido a una introducción a la literatura patagónica cuyo primer capítulo sería el correspondiente a los escritos de viajeros, exploradores y pioneros, incluyendo el renacimiento de la cultura de la Tierra (me refiero al folclore tehuelche-mapuche), en tanto cauces literarios y raíces imaginativas.

Sin embargo, la narrativa ficcional del Sur, es decir, la literatura propiamente dicha, se iniciaría recién con La Tierra maldita de Lobodón Garra de 1933; a la que le sigue la novela Lago Argentino, de José Goyanarte de 1946; la serie de cuentos de Setenta veces siete, de Dalmiro Sáenz de 1957, Los dueños de la tierra de 1959 de David Viñas, o Tierra sin tiempo de Huberto Cuevas Acevedo de 1977. 

Con tales obras aparece una literatura de imaginación que habla de la vida de los de abajo, los omitidos por el discurso del poder, la que nos acerca al palpitar del alma humana.

La ficción patagónica tiene en las vertientes señaladas su cantera y el escenario para el despliegue creativo, son raíces rizomáticas expandiéndose en nuevos textos que van creando la trama de nuestro imaginario a contraluz de la identidad hegemónica y enajenante. 

 

 

MATRICES NARRATIVAS

 

Si indicamos a viajeros y pioneros como el sustrato de la literatura patagónica, no implica que tales escritos pertenezcan a la literatura propiamente dicha. Hago esta aclaración porque no podríamos concebir que los escritos de un Musters, Moreno o cualquier otro viajero o pionero sean Literatura; de hecho no lo son, no pertenecen al género que hoy por hoy entiendo por literatura o escritura literaria propiamente dicha, es decir la ficción,es decir,la obra de imaginación.

Los primeros escritos no constituyen textos literarios ni escritura estética, en cambio se constituyeron como la escritura fundadora del discurso estatal en Patagonia; me refiero a los informes, documentos, diarios y memorias de exploradores, asalariados estatales o privados. Escritos emanados del poder político y económico tanto nacional como foráneo.

Tales textos deben ser considerados documentos de la vanguardia en la conquista y posterior explotación del sur territorial. Textos operativos, escritos subordinados a una praxis encaminada a la realización de una estrategia geopolítica que consistió en establecer de manera definitiva el espacio soberano del estado nacional argentino. A partir de tales escritos se tendrá una representación cabal del territorio para la ocupación; expresaron la visión ideológica de la Generación del 80 constructora de la Argentina moderna.   

Aclarado lo anterior, deberíamos reconocer que en tales escritos hay buenos momentos literarios que muestran ciertos esbozos de escritura estética, valga como ejemplo la huida cinematográfica por el Collón Curá de Francisco Moreno, o la descripción que hace Musters del cacique Sayhueque y su entorno en “Vida entre los patagones”; como tantas páginas sentidas de Ramón Lista o de los colonos galeses.

A su vez, en la crónica de los pioneros: diarios, memorias, artículos en publicaciones, revistas o diarios, encontramos una mayor preocupación por adornar el texto con un lenguaje más pulido que podríamos ubicar en el umbral de lo literario.

Por lo expuesto, considero que recién comienza a producirse narrativa ficcional hacia la segunda mitad del siglo XX a partir de la novela de Juan Goyanarte, “Lago Argentino”, sin desconocer el valioso antecedente de “La tierra maldita” de 1933 de Luis Franco, relatos situados en los mares del sur.

Una segunda o tercera corriente fundadora de la narrativa patagónica (la primera la señalo en los escritos de viajeros exploradores, la segunda en la de los pioneros) resulta de los trabajos antropológicos y etnológicos referentes a costumbres y cultura de los pueblos originarios expuestos por Berta Köesler Ilg, Federico Escalada, Gregorio Álvarez, Rodolfo Casamiquela o Echeverría Baleta, quienes han rescatado el folclore mapuche y tehuelche que constituyen un riquísimo manantial temático para la literatura de nuestro sur.

Tratándose de una de las últimas regiones del país —junto a los territorios de Chaco y Formosa— incorporadas a la soberanía del estado nacional, la problemática cultural de la región es sin duda novedosa dentro del ámbito argentino.

Por pertenecer a la periferia cultural del país, la temática de nuestra literatura difiere básicamente no sólo de aquellas en boga, incluso del canon rioplatense. Y es además novedosa por aparecer recién en la década de los setenta del pasado siglo.

Lo que podríamos denominar “temática patagónica” es la diferencia respecto al canon argentino, es en sí misma un género que se constituye con la mezcla de géneros, una escritura híbrida que deriva de su propia genealogía y cuya forma se debe a inmanencias patagónicas transformadas en historias, en crónicas, en poesía y hasta en ensayos que nos está indicando que hubo en este espacio imaginario, una epopeya en espera que la literatura austral la verbalice.