HISTORIA Y LITERATURA

Debería empezar hablando de mi identidad de escritor patagónico.

He comprobado que hay lectores de algunas de mis obras de ficción que las leyeron no como literatura sino como historia real, por lo que, debido a esa interpretación me consideran e incluso me presentan como historiador. 

No soy historiador, a lo sumo he sido y sigo siendo un atento lector de historia y de historias, sólo eso. Es cierto que los personajes de mis relatos (no todos) fueron personas reales que me sirvieron como disparadores; porque cuando la literatura se apropia de personajes o hechos históricos, lo hace para mostrar otras posibilidades de vida o describir aquello que no es propiamente asunto de la escritura histórica, como las pasiones, los deseos, los sentimientos, en una palabra, el lado oculto, guardado de las personas.

Mientras la historia construye la memoria colectiva, la ficción se dedica a describir la memoria afectiva. La historia habla de trascendencias, la literatura de insignificancias e inmanencias. Es así como la ficción llena las lagunas de vida que ha dejado con su silencio la historia, no compite con ésta, pero escribe las hojas en blanco o en las entrelíneas de los libros de historia.

El tema se presta para recordar los versos de Bertold Brecht que dicen: 
“Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?/ En los libros figuran los nombres de los reyes./ ¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?…”

Parafraseando a Brecht, diría que la historia, al enseñarnos que San Martín cruzó los Andes no se detiene en aquellos infantes negros o criollos que murieron en el intento.

Mis relatos no son textos históricos ni intentan decir una verdad del pasado, no son más que formas en que imagino el pasado común que no me fue dado vivir. Pongo como ejemplo la novela Diario apócrifo de un riflero que escribí para llenar los vacíos de cotidianidad en un momento de nuestra historia chubutense. 

Ahora bien, por qué hago esta distinción entre historia y literatura, temática que fuera discutida a nivel nacional en las décadas de los ochenta y los noventa.

Lo que primero distingue la escritura de la historia de la escritura literaria es el lenguaje. Mientras la historia, en tanto ciencia, emplea el lenguaje denotativo, técnico, lineal, cronológico, “objetivo”; la literatura, en tanto arte, produce un lenguaje connotativo, es decir subjetivo, polisémico, de significados, de figuras, de formas y tropos. La escritura literaria emplea un lenguaje metafórico que los formalistas denominaron autónomo. 

Y mientras la historia escribe y describe el pasado, la ficción se dedica a la verticalidad espesa del presente, trabaja con la simultaneidad de tiempos y la polifonía de voces. Si la historia es la escritura de la distancia, la ficción es la de las inmanencias. Aquella se empeña en reconstruir el pasado, ésta construye en presente un imaginario a realizar.

Toda historia compone un museo de la memoria colectiva; a su vez, la imaginación literaria trae del olvido memorias inéditas que resultan epifanías.

 

A QUÉ LLAMAMOS IDENTIDAD

¿Por qué se edita y, consecuentemente, se lee con avidez historias patagónicas?

A mí se me ocurre que esto sucede porque los patagónicos estamos en un proceso de autoconciencia, la etapa de búsqueda y descubrimiento de lo que comúnmente denominamos “identidad”.

Toda identidad tiene que ver con la pertenencia, con la pregunta por nuestro lugar en el mundo; el lugar, la estación o la patria donde podamos desarrollar en plenitud nuestra existencia.

Sin embargo, vivimos en un mundo de cambios veloces donde los individuos no somos más que hojas a merced del violento torrente global. 

Somos contemporáneos del tercer período global en la historia humana, en tal sentido estamos globalizados del cerebro a las tripas, pensamos y actuamos de acuerdo a lo que consumimos, todo lo que vemos, oímos, conversamos, creemos, leemos o pensamos son productos que nos vienen de fuera de nosotros y que aceptamos sin digerir, sin la menor duda, sin que pase por el tamiz de la elemental crítica.

Sufrimos la experiencia de tres décadas de políticas neoliberales en tanto culmine de un capitalismo ya no productivo sino usurario que provocara el desplome de un sistema de vida fundado en los paradigmas de la modernidad, como fueran el racionalismo individualista, el sistema nacional-estatal, las ideas de progreso e igualdad, valores que imprimían un orden del mundo. Tales valores se volatilizaron junto a las utopías que convocaban a la acción transformadora. 
La globalización neoliberal provocó una implosión social tan grande que su fuerza centrípeta hizo estallar los dogmas, los discursos de verdad, las tradiciones, las culturas e incluso las formas de vida, cortando el cordón umbilical de los sujetos (colectivos e individuales) con su pasado y su lugar. 

Si la temática histórica domina en la ficción actual se debe a que hay una generación de escritores nativos y naturalizados que apuestan aquí su destino, una decisión que nos impulsa conocer el devenir histórico que desemboca en la actualidad.

Los patagónicos estaríamos rompiendo el velo paternalista de la “identidad nacional”; descubriéndonos en primer término y prioritariamente como patagónicos sin más, es decir, Gente del Sur, del Austro, del Tehuel; y en tal empresa nos convertimos en rastreadores de genealogías en tanto descendientes no ya de una línea sino definitivamente de todas ellas.

Nuestros antepasados nos convocan a conocerlos, por eso los textos que escribimos tejen la madeja de una nueva tradición, por eso rescatamos los nombres y las palabras de los Antiguos.

Si escribir es una forma de producir realidad, escribir en Patagonia es una manera de construir identidad.

El escritor construye ficciones que crean subjetividades, formas, realidades virtuales, figuras que muestran otras perspectivas del mundo que llegan a la sensibilidad del lector, son escritos que enriquecen e incluso transforman la otra subjetividad. 

Dije que escribir literatura es construir identidad por la simple razón que el material del escritor consiste en trabajar sobre la facultad o esencia de la naturaleza humana que es el lenguaje. 

La lengua es la materia de los afectos y las relaciones. Mediante el lenguaje nos comunicamos, establecemos relaciones, pensamos el mundo, construimos realidad. Si hemos accedido a la humanidad no ha sido sino mediante el lenguaje.

No podría tampoco dejar de mencionar la parte negativa del poder de la palabra, de la letra, de la imagen. Tengamos en cuenta —porque la cosa es dramáticamente actual— que quienes tienen la capacidad de trabajar con lo simbólico, pero que además tienen el monopolio comunicacional, al hegemonizar la palabra construyen realidad, colonizan las subjetividades y enajenan las conciencias.


¿IDENTIDAD O DIFERENCIA?

El término identidad expresa un concepto filosófico idealista que tiene que ver con un fenómeno cuyas características son la permanencia invariable y continua en el tiempo, es decir con algo estático y eterno. No es éste justamente el sentido que se le da a la palabra identidad en tanto categoría de la psicología social.

La identidad no es algo que hay que buscar ni algo que esté fuera de nosotros mismos ya que el primer elemento identitario por excelencia es el lenguaje, es decir, la experiencia del lenguaje en tanto núcleo anímico y social.

Ahora bien ¿desde qué identidad construimos Patagonia los patagónicos?

Toda sociedad está compuesta de identidades, si bien siempre hay una que al estar por sobre las demás hegemoniza la totalidad social. En nuestro caso, a esta identidad hegemónica se la llama “nacional”, compuesta por múltiples diferencias en la medida que una nación es un producto histórico, el que conforma un sistema territorial-social-económico-político compuesto de partes relativamente autónomas.

De ahí que la imagen que los patagónicos tenemos de nosotros mismos es la que impuso en el siglo XIX el proyecto hegemónico nacional.


Patagonia ha sido —junto al chaqueño— el último territorio a integrar la soberanía estatal. A esta mirada geohistórica y política deberíamos agregarle la cuestión antropológica y social, es decir; de cuántas identidades está compuesta nuestra sociedad patagónica. En tal búsqueda encontraremos distintas raíces y ramas genealógicas: en primer término la nativa, la que fuera casi aniquilada por completo cuando el Estado se posesionó de estos territorios; la de las colectividades de inmigrantes transatlánticos llegadas durante los siglos XVIII y XIX; está la de los comprovincianos y la de los estados vecinos. Todos ellos impregnaron con sus tradiciones, sus costumbres, su folclore, las actuales formas de vida aquí en el Sur. Esta pluralidad de factores genéticos nos está reflejando el arco iris humano que aquí vive y trabaja.

Ahora bien: ¿Qué sería lo más genuino de nuestra vida en común? ¿Cuáles serían los rasgos diferenciales nativos formadores de idiosincrasia? ¿No serían acaso los afectos, las energías generadoras del sentimiento de pertenencia y de una percepción diferente del mundo, aquello que produce identidad?

Nosotros, gente del sur, heredamos la rica arborescencia de raíces provenientes de distintos tonos y modos humanos, una genealogía multifacética que es el molde existencial del patagónico moderno.

Si la literatura argentina tardó tres siglos para encontrar su propia voz, los patagónicos deberíamos comprender que una tradición no se construye en un par de generaciones.

Al igual que la literatura, nuestra identidad se encuentra en permanente gestación, porque, consciente o inconscientemente tejemos noche y día el texto siempre distinto de nuestras vidas y porque al fin, a la identidad de la región la hacemos entre todos.