Elogia las costumbres, las tradiciones,

los modos de aparecer y su búsqueda forzada,

dolorosa, no hace sino evocar una banal intención de exotismo.

Franz Fanon, Los condenados de la Tierra.

La construcción discursiva en general, y la literaria en particular, escrita —o más bien: edificada— en el espacio de la Patagonia argentina, ha brindado, además de un corpus tan vasto como su territorio (primer lapsus), una modalidad de percepción de la realidad a través de la Letra, altamente codificada. De esta manera, lectores comunes y lectores experimentados,[1] en algún momento de nuestra experiencia estética, probablemente hemos sido tentados por la superficie textual, y afirmamos sin tapujo —y sin vergüenza—: “¡eso es literatura patagónica!” (Segundo lapsus).

Intentaré en este breve escrito, a través de cierta exégesis de los lugares comunes,[2] proponer una forma de lectura crítica intrusiva en esa red de referencias mencionadas, que las precisa como punto de partida, para deshilvanar la trama de una estética construida con ciertos puntos luminosos como guías.

Los recortes espaciales para el estudio de la literatura, provocan en general una tendencia interpretativa de carácter folklorizante, esencialista, y —en cierta medida nacionalista. La remisión de lo narrable a un tiempo pretérito, a un lenguaje (de lo)

arcaico, a un universo cultural museográfico o al hincapié en la geografía natural o

inusitada de las provincias, logran que toda literatura regional cimentada en esos rasgos, se transfigure en el fetiche.

Y como consecuencia, a las denominadas literaturas regionales, en Patagonia, en Cuyo, Mesopotamia, por mencionar esos lugares cuya demarcación supone más un carácter geopolítico, que no radicalmente cultural; se las categoriza con extrañas premisas, podría decirse ontológicamente distanciadas de las que se adjudican a la literatura rioplatense. A ésta no se le demanda que dé cuenta en su literatura sobre el entorno biogeográfico de producción. Claro que este problema deviene de la historia general de este país, de la constitución de su imaginario nacional, de la deformación de las conciencias intelectuales instituyentes del canon, de la deformación de las conciencias de clase, en definitiva.

Sin embargo, una interrogación primera podría versar acerca de cuánta universalidad se pierde al codificar un texto, referenciándolo como esos mapas físicos que estudiamos en el colegio, pero utilizando el mapa de una literatura regional con dichas referencias enmarcadas en tanto términos, tropos, ideologemas sedimentados a modo de indicación cuasi científica para su comprensión (validación de su carácter regional); o de otro modo, preguntarnos si universalidad y región son necesariamente un triste oxímoron, o finalmente, si estas ideas que formulo no se han constituido ya en un lugar común[3] en los estudios de las literaturas regionales, y sobre todo en el estudio de la que nos convoca.

Este planteo se constituye en tercer lapsus, sólo para observar por dónde viene esta retórica. Sucede que el lugar común se adentra en las conciencias doctas y echa raíz —o hace rizoma— al punto tal que, en el momento de acercarse a nuestro objeto, éste ya nos transforma, o nos seduce, y nos pervierte con su fatalidad inherente, efecto que se produce desde el comienzo de todo registro escrito en la región.

Ahora bien: cuando leemos desde una cierta postura crítica, comenzamos a percibir ese constructo como no ingenuo, como perfectamente articulado a una ideología subyacente, y así llegamos a la posibilidad deconstructiva de los lugares comunes en la historiografía literaria sobre Patagonia.

 

Tópicos y Lugares comunes

 

En algunas situaciones, los lugares comunes también se denominan tópicos. Claro que el uso de un tópico, en literatura, clásicamente ha sido bien considerado, como una forma ilustrada de enmarcarse en una tradición o como un rasgo erudito de pertenencia cultural. La vida, la muerte, el amor, tienen sus tópicos universalmente conocidos. Los tópicos han sido trabajados con excelencia por los próceres de la literatura mundial —o por el canon.

No obstante, cuando un tópico atraviesa su propia época y tendencia, y sedimenta, y sin embargo continúa en uso hasta el desgaste —más no vigente—, estamos ante un camino sin salida, donde el auxilio de aquella tradición que resguardaba esos lugares ya no es posible: no legitima. En la literatura escrita en la Patagonia argentina abunda esa clase de tópicos, y los estilos que han hecho abuso de sus motivos, han sido el Regionalismo y el Indigenismo —ambos se hallan, actualmente, en alegre decadencia.

De los variados componentes que hacen al Regionalismo, el Viento es, sin duda, el más antiguo, el invencible, el tópico altamente patagónico. Junto a él, regionalista por antonomasia, deviene la geografía parca por un lado: salvaje, brutal, inmemorial, cuya conquista se transforma en epopeya, y que cuando es por vía pacífica, da lugar al discurso respaldado por la aparición del mito del buen colono[4], y toda su pompa discursiva.

Por otro lado el territorio puro, virginal, y que produce hombres de su especie (determinista por excelencia) erige el mito del buen salvaje.[5] Luego los indios, hombres de barro, de tierra, de triste historia de derrotas, proveerán terreno a cierta petrificación antropológica del personaje clásico: el indio de raza muerta, sobreviviente de un holocausto, el personaje que sólo puede reivindicar el pasado, pero un pasado ignoto, sin referencias posibles: sin empirismo alguno. De esta manera, el Indigenismo Latinoamericano —racista por excelencia—[6] se transfigura en el Indigenismo de nuestra región, algo mezclado con prefiguraciones territoriales nacionalistas en relación con el rescate de aquel perdido mundo tehuelche —en franca contraposición al mapuche, siempre chileno en esas narrativas.[7]

Estos tópicos mencionados raudamente darán lugar a una diversidad de formas cuyo fondo es siempre el mismo, pero que sin embargo, gracias al travestismo inherente al artefacto estético, brindan a esa literatura una apariencia de gran diversidad, de evidente continuidad temática, de unidad: de ser sistema literario, allí donde tan sólo hay sinonimia, réplica realista, paisaje bello, vacío, paisaje del recuerdo. O forma, forma, forma.

Y sean tal vez éstas (las formas) responsables de que la crítica académica no haya reparado sino hasta el tiempo actual, en la necesidad de abrir el juego: desde la concepción sobre qué es la literatura y qué tipos de textos le constituyen, cuestionando la figura —imagen del escritor, y ampliando el aparato teórico y metodológico desde el cual nos interrogamos sobre nuestro objeto de estudio. Pensar en herramientas más complejas, pero que finalmente nos acerquen sutilmente a las posibles nuevas lecturas: espacios desconocidos para el lenguaje, o crítica emergente.

 

La crítica y los otros lugares comunes

 

Lo que habitualmente denominamos crítica está constituido en general por un conjunto de lectores experimentados, cuya antigüedad —preparación de la sensibilidad lectora, originalidad de percepción— en el ejercicio de la lectura les habilita para socializar las reflexiones que tales lecturas les provocan, en ámbitos de institucionalidad. Las Universidades son de ordinario los espacios que nuclean a esas personas.

En relación con nuestro objeto de estudio, el abordaje se orientó generalmente desde y hacia otros ámbitos. De esa manera, la crítica académica se encargó de analizar y rebatir ciertas miradas de otros Otros: viajeros, exploradores, navegantes, naturalistas. Parafrasear autores instituidos, y abrir debates. Elaborar la red de redes discursivas que constituyen el espacio textual patagónico: referencialidad por excelencia. Polifonía.

Utilizando la comparación como el método. O bien, considerando oportunamente los textos de algunos individuos cuyo discurso —en general etnocentrista, interesado, o peligrosamente parcial, plasmado en textos de gran circulación social, y de mercado— dio lugar a un género denominado literatura de viajes.

La crítica y la Academia en nuestra región, han sido muy fructíferas en el estudio de estos textos (pienso en Pigafetta,[8] en Darwin,[9] en Musters,[10] en Chatwin,[11] en Hudson[12]) o en la lectura de las miradas de escritores argentinos —consagrados también sobre esta Patagonia. Pienso en Payró,[13] en Giardinelli,[14] Roberto Arlt.[15]

Existen trabajos inmejorables en relación con esos temas, con esos autores.

Sin embargo, vale mencionar aquí que metodologías de trabajo como la de Ariel Williams, desde la cátedra específica de Literatura Patagónica, de la institución instituyente por excelencia, proponen una forma diferente de lectura: desde una concepción del canon como algo que fluctúa o se cuestiona, desde el desplazamiento permanente del objeto. Esa ruptura se evidencia en la incorporación año tras año de un corpus diferente y contemporáneo de lectura, y en la profundización desde los postulados del Neomarxismo o Materialismo Cultural, de los debates en pugna en ese campo cultural. Claro que Williams es, además, un excelente poeta, como Ricardo Costa,[16] Sergio de Matteo,[17] Claudia Sastre,[18] Raúl Artola,[19] Juan Carlos Moisés,[20] Liliana Ancalao,[21] entre muchos otros, que han creado vías alternativas a la crítica académica, con amplios canales de circulación por fuera del camino señalizado de la lectura patagónica, por fuera del patrocinio del canon nacional como referencia autorizada.

Raúl Artola hablaba de los riesgos del lugar común como propios de visiones esquemáticas, ironizando sobre algunos bandoleros famosos y el extraño color de las culturas nativas,[22]que convocan frecuentemente la atención de los divulgadores de lo simbólico, y que jugarían para el mismo bando que los operadores turísticos adoradores de las ballenas.

Intentos desperdigados y poco difundidos, con una existencia aún de cierto carácter virtual para las percepciones canónicas, pero que gracias al logro subjetivo de hacerse a un lado de las luces del fetiche, pueden pensar la Patagonia desde un lugar más intimista, que escape al vacío, al contexto, al pensamiento eternamente dual: al mito.

 

Las teorías poscoloniales y su fuerza como aparato conceptual

 

Los críticos lectores podremos haber caído en la tentación de el lugar común en algún momento de nuestras carreras —analizar el tópico del viaje desde una lectura simple de construcción discursiva, observar cómo la maravilla del territorio extasía la mirada del europeo— (y nada más allá), percibir cómo algunos retratan con alta fidelidad aquel salvaje exotismo de los primitivos. O bien, creer en la arqueología de los originarios que esos textos reconstruyen.

El objeto de estudio pudo haber logrado seducir la percepción del crítico, y éste, mimetizado, pudo haber poblado sus ilustrados trabajos con codificaciones estancas. En esta línea metodológica, el trabajo crítico dudosamente dará lugar a percepciones creativas (una de sus misiones —si se quiere—, o bien: el rol del crítico), muy al contrario: constatará el mito realista, hará que sus lectores consideren que la literatura patagónica es un gran corpus radicalmente aprehensible, carente de conflictos, monofónico, y fatalmente objetivo.

Así es como una literatura se transforma en el fetiche, a partir de la coalición entre el discurso literario y su metadiscurso.[23] Cuando el discurso hechiza su objeto, los efectos mágicos de ese acto lingüístico se miden a partir de la sobrevaloración establecida por buena parte de una cultura tradicional.[24] La fetichización de ese universo referencial y lingüístico, ha tenido que ver con un largo proceso de constitución de los Estados Nacionales que precisaban la cristalización de las culturas originarias.

Por otro lado, la cultura tradicional y folklorista que mencionaba al comienzo de esta ponencia, hizo rizoma hasta tal punto en varias generaciones, que había sido improbable la posibilidad de ejercer el desmantelamiento de tanta autoridad sustentada en una línea de pensamiento altamente positivista de las ciencias sociales.

La manipulación simbólica que puede ejercerse a través de un fetiche codificado en tropos del lenguaje largamente reiterados, cuyo sistema de referencia es ampliamente ideológico, así como las finalidades de un trabajo tal, entran en retroceso en esta nueva etapa que desde hace pocos años atraviesa la investigación literaria, favorecida por los aportes teóricos de los Estudios Poscoloniales por un lado, y de las modalidades de lectura propuestas por Said, como líneas de pensamiento y análisis que no eluden el conflicto, las tensiones, las retenciones. Por esto es que abordamos esta problemática en el contexto de las Jornadas en Ciencias Sociales, porque intuimos que el discurso histórico y el discurso literario en Patagonia, han ido de la mano en esta senda frecuentemente monológica que sólo lleva hacia la verdad del discurso autoritario.

Y eludir ese universo teórico en estos tiempos, significa también ocupar una postura definida, e ideológica.

 

El estereotipo residual: hacia una síntesis de aquellos lapsus mencionados

 

Podemos sintetizar las dos tendencias abordadas (Regionalismo, Indigenismo), como estéticas que se sostienen en el estereotipo residual. Políticamente esas tendencias se han perpetuado gracias a una intención consensuada de los actores sociales hegemónicos, que a través de la eliminación sistemática —por genocidio, integración o invisibilización— de grupos étnicos, han coordinado políticas culturales, sociales y económicas que desembocaron en la creación de un cierto imaginario colectivo en relación con los grupos humanos supervivientes, y con los territorios que habitan (o más animalmente: con su hábitat). Esa imagen estratégica propone una unicidad de lo regional y lo indígena, presentando a ambos como en estado de naturaleza pura.

De esa manera, el estereotipo residual adquiere fuerza precisamente por su carácter ambiguo: el discurso oficial —el que genera tradición—, que cuenta con todas las instituciones estatales (y por ende: ineludibles) a su favor, mantiene y difunde un estereotipo encubierto. Antes mejor: disfrazado. Centraliza en su discurso la imagen estereotipada del indio primitivo como estrategia de control sobre sus posibilidades de acción (que, sin embargo, siempre estarán latentes), pero esa incorporación adquiere fuerza en el sistema de representación, precisamente porque la realiza residualmente. La imagen presentada siempre será negativa, derrotista, aunque se la oculte bajo la apariencia reivindicativa, valiéndose de aquellos elementos constitutivos que sus artífices consideran más esenciales de la cultura estereotipada, a la que intentará suavizar u ocultar, para evitar la entrada del horror en el entorno discursivo, que sería —en otros términos—, una manera de aparición de lo emergente.[25]

Pensemos en lo residual como un efectivo elemento del presente[26] que se incorpora a través de la reinterpretación, la disolución, la proyección, la inclusión y la exclusión discriminada[27], de manera intencional, a un artefacto estético en el proceso de constitución de una determinada tradición. En el caso del indigenismo, el discurso estereotipante residual apela a la estrategia de aparentar una postura de cuestionamiento a los sucesos relacionados con la Historia (que son, precisamente, los que darán lugar al tono elegiaco) pero siempre enmarcados en un tiempo pasado.

Por esto es residual, porque toma la forma de ser discurso de oposición, alternativo, cuando propone en realidad un aura extinta a través de su literatura. Un aura yerta.

Adolfo Colombres lo dice en estos términos: las culturas dominantes y de masas en la actualidad —fetichistas por antonomasia— resemantizan “fragmentos del viejo universo simbólico, al que a la vez que se lo utiliza para otros fines, se lo desactiva como mecanismo de resistencia cultural”[28]

En esta línea de pensamiento, el intelectual colonizado, según Fanon, abstrae un tiempo precolonial que de una forma u otra le resulta impenetrable, y se orienta “hacia el pasado del pueblo oprimido, lo distorsiona, lo desfigura, lo aniquila”[29]

El crítico-autor que adopta idéntico paternalismo —entre los propios— resulta, él también, una figura ambigua.

Las dos tendencias mencionadas anteriormente —Regionalismo, Indigenismo— resultan abatidas en sus postulados (tropos, géneros y autores) a partir de estas lecturas críticas que trabajan desde una interpretación pormenorizada y no ingenua de su discurso construido uno-en-base-al-otro: discurso cómplice, que aun sigue siendo discurso colonial.



[1] Vitagliano, Miguel. Lecturas críticas sobre la narrativa argentina. Ministerio de Cultura y Educación de la Nación, Prociencia, 1998.

[2] Frase tomada de Leon Bloy, Exégesis de lugares comunes, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1977.

[3] Lugar común a partir de que Jorge Luis Borges abriera y sellara la polémica con su clase dictada en el Colegio Libre de Estudios Superiores y reproducida como el ensayo “El escritor argentino y la tradición” en el libro Discusión (1932).

[4] El mito del buen colono está íntimamente relacionado con la ardua labor de los pioneros, y su tarea epopéyica para instalarse y coadyuvar en el progreso de un país. Estas acciones, siempre, meritorias por la bondad del caso.

[5] Véase Ayilef, Viviana. Sobre los constructores de otredad, 2006.

[6] Véase Saintoul, Catherine. Racismo, Etnocentrismo y Literatura. La novela Indigenista Andina, Serie Antropológica Del Sol, Buenos Aires, 1988.

[7] En los últimos años, gracias a la labor inquieta del antropólogo Rodolfo Casamiquela, en articulación con otros estrategas del poder, esta postura adquiere posibilidad de divulgación e institucionalización con el aval —frecuentemente— de investigadores, docentes, políticos y otros multiculturales del momento. Claro está que desde la postura que sostenemos los evidentemente mapuche, intentaremos con nuestros propios rostros como evidencia, y nuestros comunitarios y ya abundantes títulos universitarios, refutar cada uno de los postulados racistas que, corporativamente, y en aras del despojo, han logrado instituir con gran consenso social.

[8] Pigafetta, Antonio, autor de Primer viaje en torno del globo.

[9] Darwin, Carlos, autor de Viaje de un naturalista por la Patagonia.

[10] Musters, George Chaworth, autor de Vida entre los Patagones.

[11] Chatwin, Bruce, autor de En la Patagonia.

[12] Hudson, Guillermo Enrique, autor de Días de ocio en la Patagonia.

[13] Payró, Roberto, autor de La Australia Argentina.

[14] Giardinelli, Mempo, autor de Final de novela en Patagonia.

[15] Arlt, Roberto, autor de En el País del Viento. Viaje a la Patagonia (1934).

[16] Costa, Ricardo. Fundación y Utopía, (ensayo) Un referente fundacional. Las letras neuquinas (período 1981-2005) y su (in) transferencia al campo educativo. El Suri Porfiado ediciones, Bs. As., 2007.

[17] De Matteo, Sergio. Su trabajo de recuperación de la obra de Juan Carlos Bustriazo Ortiz es altamente significativo. Por otro lado, desde la revista Museo Salvaje conjuga trabajo crítico con divulgación poética.

[18] Sastre, Claudia. Ejerce la crítica desde su blog que propone una biblioteca patagónica especializada en crítica.

[19] Artola, Raúl. Director de la Revista El Camarote. Cultura y arte desde la Patagonia.

[20] Moisés, Juan Carlos. Autor del ensayo Arte en las márgenes: Centro y Periferia.

[21] Ancalao, Liliana. Miembro de la Comunidad Mapuche Ñancolahuén, Divulgó en nuestra zona el

concepto de Oralitura.

[22] Artola, Raúl. Discurso pronunciado en la inauguración de la II Feria de la Palabra. Comodoro Rivadavia. 9 de julio de 2004.

[23] Ariel Williams, en su línea de trabajo, probablemente hablaría en estos casos de Formaciones

Culturales Hegemónicas, siguiendo a Raymond Williams.

[24] Colombres, Adolfo. “Fetiches, o la dinámica de los símbolos”, en Teoría Transcultural del Arte. Hacia un pensamiento visual independiente, Buenos Aires, Serie Antropológica Del Sol, 2004. p. 77.

[25] Pierre Bourdieu, afirma que “la búsqueda de criterios objetivos de identidad regional o étnica no debe hacer olvidar que, en la práctica social, esos criterios (por ejemplo la lengua, el dialecto o el acento) son objeto de representaciones mentales. [] Por ser esto así, y porque no hay sujeto social que en la práctica puede ignorarlo, la propiedad (objetivamente) simbólica, aunque se trate de las más negativas, pueden utilizarse estratégicamente en función de los intereses materiales pero también simbólico de su portador”. En “La fuerza de la representación”, ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos, Ediciones Akal, Madrid, 2001.

[26] Raymond Williams, “Dominante, residual y emergente”, en Marxismo y Literatura, Ediciones Península, Barcelona, 1997.

[27] Loc. Cit.

[28] Colombres, Adolfo. op. cit. p. 107.

[29] Fanon, Franz. “Sobre la cultura Nacional”, en Los condenados de la Tierra, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1961. Esta cita potencia su capacidad ilustrativa con otra aún mayor, en la cual se puede percibir la pertinencia conceptual de trabajos como los de este autor. En una postulación estadial, Fanon habla de tres momentos, el segundo de los cuales sería aquél en el cual los individuos se limitan al Recuerdo: “como el colonizado no está inserto en su pueblo, como mantiene relaciones de exterioridad con su pueblo, se contenta con recordar. Viejos episodios de la infancia serán recogidos de la memoria; viejas leyendas serán reinterpretadas en función de una

estética prestada y de una concepción del mundo descubierta bajo otros cielos”.