Cada uno de nosotros lleva, desde el nacimiento hasta la muerte, el nombre que otros eligieron. En el acto de nombrar se define una de las pocas situaciones para las que el hombre no tiene opción.

 

Antón Ponce de León Leiva afirmaba que el niño trae, desde el vientre, una frecuencia vibratoria que tiene mucho que ver con su nombre. La madre siente esa vibración y le pone el que le corresponde. Sin embargo, suele suceder que por imposición del padre o de algún familiar se lo designe de otra manera, con el nombre equivocado lo cual genera angustia y frustración hasta que el hombre encuentre el nombre que le corresponde y decida cambiarlo para cumplir con su destino.

¿Podría imaginarse algo o alguien que anduviera por este mundo sin nombre? No tener nombre equivale a ser tan vil y mezquino que no se puede nombrar. El lenguaje popular hace sus aportes al respecto: si es capaz de algo así no tiene nombre, ...tan espantoso que no tiene nombre, etc.

Nombrar, entonces, es trascendental en la vida de los individuos y así lo entienden mapuches y ranqueles, herederos ancestrales de la tierra que les dio su nombre. Mapu (tierra) che (gente) Gente de la tierra.

En estrecho contacto con la naturaleza encontraron en ella la fuente propicia para nombrarse. De ella tomaron el cüngá, linaje, estirpe, alcurnia, apellido. Y de ella abrevan los apelativos o “nombres de pila”.

Ayelén, Rayén, Cullén, Nahuel, (alegría, flor, luna, tigre) hombres y mujeres designados por el medio donde andarán la vida.

Los principales linajes mapuches son conocidos en nuestra historia de conquistas y genocidios. Quizá lo que se desconozca, en todo caso, es su significado. Los curá (piedra) pertenecen a la estirpe de los Namuncurá (pie de piedra) o de los Callfucurá (piedra azul) y los gner (zorro) acuñaron el nombre de bravos ranqueles.

En su trato familiar solían nombrarse con la primera palabra o elemento (nombre y una sílaba o una letra del segundo elemento, o apellido) Por ejemplo: Millaleu  por Millaleuvú (río de oro), o Curiñ por Curiñamcú (aguilucho negro).

En cambio, en sus juntas, reuniones o celebraciones, usaban el nombre rigurosamente completo, sin alteración alguna de sus componentes.

El  Üiellcan es la ceremonia de imposición del nombre entre mapuches y ranqueles. Desde el nacimiento se coloca al niño en el copulhue (cuna), especie de parihuela. Al año más o menos, cuando la criatura se prepara para caminar, se lo pone en un corralito alargado y angosto, hecho de caña, el quelquel. Ésta es la oportunidad para imponerle el nombre, en la ceremonia del Lacutún, según Gregorio Álvarez, que a su vez toma las palabras de Epopeya India, de Rafael Housse.

El nombre no lo eligen los padres sino un pariente o amigo que se propone como padrino y que debe, a cambio de ese honor, ofrecer una oveja o un caballo. La familia contribuye con la chicha o muday (aguardiente).

Para el día elegido se invita a familiares y amigos. El objetivo es invocar a Nguenechen, el dueño de los hombres, para que éste favorezca al niño con sus dones. Dos ancianos y dos ancianas desempeñan el rol de intercesores.Dice Housse textualmente:

 

El padrino toma al ahijado en sus brazos, en tanto que un sacrificador hunde el cuchillo en el corazón de la víctima llevada para la fiesta, recoge la sangre en cuatro jarros de greda y los pasa a los ancianos. Cada uno de estos, con idéntico gesto, eleva el suyo al cielo diciendo en el mismo tono: Que el pequeño sea feliz y viva luengos años. Este mismo deseo lo repiten todos los concurrentes.

 

Los cuatro intercesores mojan entonces el pulgar en la sangre y trazan una cruz roja sobre la frente y las mejillas del padrino y del ahijado, es decir que quedan cuatro cruces en cada lugar de la cara. En ese momento el padrino impone al niño su nombre, o la madrina si se trata de una niña, y se sientan a esperar el festín que consiste en la carne asada del animal sacrificado y el muday.

Entre padrino y ahijado se establece, a través de esta ceremonia, un parentesco por el cual el niño guardará respeto y obediencia y el padrino asumirá la responsabilidad que le cabe, sobre todo en caso de muerte o enfermedad de los padres.

Este ritual difería un tanto retrocediendo en el tiempo. La misma familia, poco después del nacimiento, buscaba un padrino que traía un luán (guanaco) el día de la celebración. Sobre el animal, echado y maniatado, los asistentes iban depositando sus regalos. Armas si era varón, juguetes para las niñas.

El padrino arrancaba el corazón del guanaco y frotaba con él la frente de su ahijado, al tiempo que le imponía un nombre que la concurrencia repetía cuatro veces. El padre tomaba, entonces, a la criatura en sus brazos y el padrino levantaba el corazón pidiendo que se le concediera al bebé larga vida, intrepidez y elocuencia.

La palabra está ligada a este ritual tanto como a cualquier otro en el pueblo mapuche, porque la palabra implica un valor sustantivo en esa cultura. El  huepive o cuitrufe, elegido por las machis, es el encargado de guardar la memoria de su raza y difundirla. El lonco (cacique) debe tener el don de la oratoria para ejercer su mandato con eficacia, de allí la importancia de la elocuencia, equiparada al coraje y a la salud en la rogativa del ceremonial.

También es notable la repetición del número cuatro: cuatro jarros, cuatro ancianos, cuatro cruces. Este número responde a la cosmogonía tetralógica mapuche. Cuatro son los elementos (agua, tierra, fuego y aire) cuatro los puntos cardinales (norte, sur, este y oeste) y cuatro la expresión binaria de la pareja de los jóvenes y los ancianos.

Gente de la tierra, sus hijos (no sus dueños), la perpetúan con su nombre y apellido. Y en este mundo de hoy, regido por la globalización y la tecnología, será como un remanso de agua fresca encontrar Ailenes y Lihués conviviendo con los Jonathan y las Jennifer de la penetración cultural.