Las estructuras políticas patriarcales tienen nacimiento en el seno de la organización familiar, y se institucionalizan hace 4000 años en los Estados de las antiguas sociedades del Mediterráneo. Esta forma de organización social, lejos de ser “natural”, fue y es una forma histórica de relación contingente, que necesita ser revisada a la luz de nuevos procesos.

Si recurrimos a su significado literal, patriarcado significa gobierno de los padres, y fue utilizado para designar un tipo de relación en la cual la autoridad de la familia la ejercía el hombre, padre y jefe, quien era el dueño de los bienes, del patrimonio. Dentro de esos bienes estaban la mujer y sus hijos, además de sus esclavos, sobre los cuales el pater tenía poder absoluto de vida y muerte. Gerda Lerner lo ha definido en sentido amplio, como “la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y niños/as de la familia y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres en la sociedad en general[1]. La figura del rey reproducirá luego, en forma ampliada, los privilegios de los jefes familiares, de clanes y de tribus, mediante un complejo y eficiente aparato burocrático-administrativo que tendrá en la invención de la escritura otra forma de control y de regulación de las conductas, sobre poblaciones en constante crecimiento vegetativo.

Los códigos jurídicos, manifestación escrita de la ley, fueron centrales en este sentido, pues estos estados buscaban implantar nuevas formas de regulación social a prácticas y preceptos de larga data, clánicas y tribales, sobre las cuales intentaban imponer su dominación. El Código de Hamurabi (1750 AC.) o el Código Deuteronómico[2] (S. VII AC.), por ejemplo, reflejaban algunas pautas de comportamiento pre-existentes al estado que se habían mantenido consuetudinariamente durante siglos, y a la vez organizan y crean nuevos mandatos, adecuados a las nuevas realidades políticas y sociales (guerras, diásporas, exilios, etc.).

Una pregunta que cabe hacerse en este punto es la de si todas las sociedades, en su origen, tuvieron en la organización patriarcal su forma y su contenido. Es difícil saberlo. Sin embargo, la arqueología que ha trabajado exhaustivamente con sociedades anteriores a la constitución de los estados, ha observado diversos grados de poder, tanto femenino como masculino, a partir de los vestigios materiales que han podido relevar (ajuares, cetros ceremoniales, esculturas de personas de status, etc.). Estudios realizados a partir del arte rupestre han permitido establecer una especie de mapa social del lugar y del significado de lo femenino y masculino, a través de la representación de animales considerados totémicos, realizados en el marco de trances chamánicos. Las estatuillas de las llamadas Venus prehistóricas, esas mujeres de caderas anchas que representaban la fertilidad y la generación de la vida, eran símbolos de intercambio entre grupos en tiempos pre-estatales.

La antropóloga Peggy Reeves Sanday,[3] interesada en las relaciones entre géneros, hizo un amplio análisis de más de ciento cincuenta sociedades  tribales de distintas partes de África, Asia y América en el siglo XX. Sus estudios indican que estas sociedades mantenían muy diversas formas de relación entre hombres y mujeres, que lejos están de abonar la tesis de la universalidad del patriarcado. Pone así en discusión la “naturalidad” del poder y dominio masculino sobre las mujeres, y propone argumentos para desafiar esa temida sentencia de Freud que todavía nos acecha, de que “la naturaleza es el destino”. Es necesario entonces seguir profundizando ciertos interrogantes que son medulares a nuestro entender: ¿Cómo se originan las relaciones establecidas entre los sexos? ¿Por qué en algunas sociedades las mujeres fueron consideradas importantes e indispensables en los asuntos políticos, económicos, religiosos y en otras no? ¿Cuál es la relación entre diosas femeninas y dioses masculinos con el poder de los jefes, de las elites políticas y religiosas? ¿Bajo qué condiciones o contingencias históricas fue posible la derrota del poder de las mujeres?

 

La mayoría de los trabajos etnográficos y etno-históricos que se encargan de analizar esta problemática, ponen el acento en que las sociedades con una organización familiar de auto-subsistencia, ligadas a la agricultura y la domesticación de animales, tuvieron en el poder femenino un gran sostén, asociado con la perpetuación del ciclo reproductivo de la vida y las estaciones naturales de fertilidad. Por su parte, aquellas sociedades orientadas externamente, que dependían de recursos de la caza, el pastoreo y el intercambio a grandes distancias, en las cuales los grupos de hombres conforman un equipo importante para la subsistencia por su desempeño en las campañas guerreras, privilegiaron el poder y dominio social de los hombres. Es necesario  comprender entonces que los roles sexuales de una sociedad son parte de su configuración social y cultural y no su consecuencia.

EL PODER DE LAS RELIGIONES

En estas configuraciones sociales, el papel desempeñado por las religiones como aparato legitimador del poder, no es en absoluto menor, ya que estudiando las leyendas o mitos de creación se puede observar el lugar que lo femenino o masculino tendrá en ellas, y por lo tanto la conducta que se esperará de hombres y mujeres. Los llamados libros sagrados, como la Torah, la Biblia o el Corán, han sido producto de recopilaciones orales y de textos escritos en distintas épocas por elites que dieron forma y significado a la existencia comunitaria, de acuerdo a tradiciones heredadas y a circunstancias sociales y políticas específicas del momento en que estos códigos normativos fueron elaborados. Determinados “dioses fortalecen” así su poder en circunstancias de gran turbulencia social, de guerras y diásporas, en las cuales era necesario encontrar significado a esas nuevas condiciones, representando las preceptivas que se buscaba imponer en términos de mandatos o voluntades divinas. Los monoteísmos, con la entronización de un Dios por sobre otros, omnipresente, omnicomprensivo, omnipotente y castigador de la desobediencia, tiene en estos escenarios políticos su origen y explicación.

El dios “creador” necesitaba nacer para crear a los hombres que lo crearían. Su permanencia o su caída estaban ligadas a los intereses de las elites y con la suerte de los ejércitos en las grandes batallas. Un ejemplo paradigmático fue el de Constantino en el año 300 de nuestra era, que desde Bizancio unificó un imperio tambaleante, y que llevó al dios de las comunidades cristianas como el oficial del Imperio Romano. Los árabes hicieron lo propio conAllāh que significa en árabe “El Dios”, y que dio origen a la religión islámica.

 A América, Asia y a África, ese dios único de los cristianos y los musulmanes  llegó simbolizado en la cruz y en la medialuna que los conquistadores impusieron a los nativos de los nuevos territorios  a colonizar.

Las religiones monoteístas, de pretensiones universalistas, legitimaron su origen en la “revelación” de estos dioses a un puñado de hombres, que a través del manejo de la escritura (un saber negado a las mayorías, pero sobre todo a las mujeres hasta épocas relativamente recientes), construyeron los dogmas a partir de los cuales reglamentaron los derechos y las obligaciones.

La idea de rebaño y de pastor (figura masculina), atraviesa el imaginario colectivo de estas sociedades, cuyos dioses, profundamente beligerantes y guerreros, eran el espejo de las sociedades que los crearon.

De este modo el triunfo de lo masculino sobre lo femenino, permite pensar en el avance de la autoridad patriarcal del hombre sobre la mujer, en sociedades en donde la guerra y la conquista son centrales. En ellas, se privilegiaba el nacimiento y la educación de los niños-hombres por sobre el de las niñas-mujeres, que fueron relegadas en la adultez, de acuerdo a su status, al espacio doméstico, limitando progresivamente su función al ámbito secular, en regímenes sociales que buscaban controlar y dominar, fundamentalmente, su sexualidad y su capacidad reproductiva. De este modo fueron subordinadas en la escena política y religiosa, así como sujetas al matrimonio monógamo y a la exigencia de la castidad, que tampoco nada tenía de “natural”. El mayor botín de las guerras no solo eran las mercancías saqueadas y los esclavos, sino el cuerpo de las mujeres sobre las cuales los guerreros imponían la fuerza y la devastación de la violación, que iba dirigida a ellas, pero sobre todo a sus dueños, es decir a otros hombres que vivían para recordarlo o morían por defenderlas.

Pero estaríamos haciendo un análisis sesgado si sostuviéramos que sólo la guerra, la violencia y la legitimación de la religión son las únicas causas de la subordinación histórica femenina.

 

EL PODER DEL STATUS Y LA CLASE SOCIAL

 

Entiendo que la subordinación de unas mujeres por otras, en términos de status o pertenecía de clase, ha jugado y juega hoy un rol para nada desdeñable en el análisis. Una mujer awilu en Babilonia antigua, es decir una mujer “libre”, campesina o perteneciente a la élite política como esposa del rey, participaba activamente del sistema de dominación sobre otras mujeres. Sara  permitió, en la épica bíblica, que la esclava Agar tenga un hijo con su esposo, para no ser despreciada por no otorgar descendencia al clan. Las mujeres de altos dignatarios castigaban a las esclavas que no obedecían sus órdenes, así como en épocas posteriores las señoras de la nobleza europea o el patriciado americano se construían a sí mismas en el espejo “invertido” de su sirvienta india o negra, y se identificaban con otras mujeres “nobles” por su pertenencia de clase y no sexual. Los análisis de la historia de la relación de las mujeres entre sí y con los hombres, no deberían soslayar nunca los conflictos y componentes étnicos, de status y de clase, pues, en cada caso, las condiciones históricas van creando modelos de pertenencia y de identidad, que legitimados por la educación en la “tradición”, y que pasados por la saga de lo sagrado se enseñan como “naturales”, y se transmiten de padres a hijos. Inclusive, aun cuando las condiciones históricas cambian, los roles, los estigmas, los derechos y deberes tienden a permanecer en el  tiempo, pues su persistencia en el plano de las mentalidades colectivas (mucho menos elásticas que las condiciones históricas), es mucho más prolongada.  

Otro grave error que se comete al analizar el patriarcado, y en especial el rol de las mujeres, es el de “tentarse” con la explicación de ciertos discursos instalados, que sufren hoy fuertes y certeras críticas.

Por un lado el del evolucionismo, que proclamaba que el desarrollo de las sociedades es acumulativo (“tiempo es progreso”), y que es una herencia de la biología y el positivismo del siglo XIX, que no escatimaba esfuerzos en alejarse de esa “animalidad”, de ese “salvajismo” que postuló como propio de sociedades “pasadas” o “primitivas”, es decir, todas aquellas que no fueran occidentales y cristianas.

El otro discurso es el de cierto romanticismo que interpela fuertemente al capitalismo burgués del siglo XVIII; ese de “todo tiempo pasado fue mejor”, de factura si se quiere Rousseauniana, que creía en los “buenos salvajes” y en un idílico estadio de humanidad; en un tiempo inmemorial de pretendido igualitarismo tribal. A Rousseau se lo podemos permitir, pero en la actualidad es un absurdo anacronismo y una falacia total. Para quienes todavía defienden la tesis de que tiempo es progreso, a pesar de la tesis de Walter Benjamin de que “todo acto de civilización es también un acto de barbarie”, les podemos recordar solo dos situaciones de los miles de ejemplos aterradores de violencia sobre las mujeres en el siglo XX.

1- “Más de 20.000 bosnias musulmanas fueron sistemáticamente violadas por las fuerzas serbias en la campaña de limpieza étnica orquestada por Milosevic. Algunas dicen que les cuesta demasiado vivir, y que si no se matan es por sus hijos, muchos de ellos fruto de las violaciones que rompieron sus vidas. En Bosnia el uso de la violación se implantó como táctica de guerra, como parte del esfuerzo por «limpiar» de musulmanes la región.”[4]

2- "Me temo que estaremos aquí mucho tiempo", dice Rahima, de 35 años, mientras se acomoda el velo y alza a sus dos mellizas. Aquí, es la cárcel de Kabul para mujeres, donde Rahima pasa sus días con otras 28 afganas y sus respectivos hijos, que son encarcelados con ellas. Rahima dice que fue a prisión por negarse a casarse con su cuñado después de la muerte de su esposo, rechazando así la costumbre tradicional afgana.  "Muchas se fugan de sus casas con un hombre y, para un gobierno islámico, ése es un gran delito", dice Khatol, la guardiana, que ha trabajado diez años en la cárcel. "Me entristece verlas aquí, pero cometieron errores. Deberían haber tenido matrimonios verdaderos, no por amor."[5].

Aquellos  soldados  serbios  fueron paridos por mujeres, tenían esposas, hijas o hermanas, y sin embargo no pudieron verlas en el rostro de aquellas que torturaron y violaron. La guardiana de la mujer afgana que está presa por no acatar la ley patriarcal no puede, por miedo o convicción cultural, ver en esas mujeres presas a compañeras de género y de sometimiento. Ella es guardiana antes que mujer. Víctima y victimaria en el mismo sistema.

NO SOLO CUESTIÓN DE MUJERES

El patriarcado como forma de dominación, lejos de estar superado nos atraviesa diariamente. A pesar de los extraordinarios avances en las condiciones de vida y los derechos de las mujeres en las últimas décadas, el patriarcado aún configura las prácticas de violencia material y simbólica entre hombres y mujeres. El cuerpo de la mujer ha sido y es un trofeo que se gana o se exhibe tanto en la India como en Estados Unidos.[6] La condición patriarcal va más allá del “oriente” o del capitalismo. La apropiación de cuerpos de mujeres y de hombres y su uso como “cosa” y como mercancía, afectó y afecta a la integridad tanto física como moral de aquellos caídos en la servidumbre, la esclavitud o la violencia domestica en todas partes del mundo. Poder alejarse del análisis dicotómico del patriarcado como la institucionalización del poder de hombres versus mujeres, permite pensar al “poder” como una instancia abarcadora de esferas que superan las construcciones del género y lo generacional (y que en realidad la subsumen), y que preceden además a nuestra época, desde larga data.

Me pregunto sobre el final si será por esa complejidad de las formas en la que se materializa el poder y las relaciones patriarcales, que la figura paradigmática de mujeres como por ejemplo Malinche, todavía se discuten hoy en el imaginario americano. ¿Se retorcerá en su tumba después de 500 años al compás de las voces que no acuerdan en si debe ser odiada por haber sido esposa de Hernán Cortez, o compadecida por su condición de doble víctima, primero de los caciques aztecas que la cedieron como esclava a los caciques mayas vencedores de Tabasco, y que luego la ofrecieron como tributo de guerra a los españoles, inaugurando un largo proceso de  mestización forzada en el marco de la conquista  de América?

 



[1] LERNER, Gerda. La Creación del Patriarcado. Ed. Crítica. 1986.

[2] Uno de los cinco libros que forman el Antiguo Testamento.

[3] REEVES SANDAY, Peggy. Poder femenino y dominio masculino. Sobre los orígenes de la desigualdad sexual. Ed. Mitre. Buenos Aires. 1981

[6] MEDRAZZA, Sandro. (Compilador) Estudios postcoloniales. Ensayos fundamentales. Ed. Traficantes de Sueños. Madrid. 2008