En un pie de foto de un libro sobre Patagonia se lee: “mujer indígena con chivas”, y aclaraba el editor en otro renglón que estas mujeres, en el medio rural patagónico, “de tanta soledad habían olvidado hablar y se escondían de la gente”. La foto impresa en blanco y negro destacaba el rostro de la mujer, que presentada de esa manera, parecía formar parte de una especie en extinción o de un catálogo de rarezas exóticas. Algo así como de mujeres en el “corazón de las tinieblas”.

Hubiera disfrutado esa misma foto sin epígrafe alguno, presentada solo como un hecho artístico, como un puente entre una sensibilidad y la mía.

Ya sea por torpeza o con intenciones de marketing, este ejemplo promueve, a través de frases tan malogradas como ésta, una representación de “personas” en el verdadero sentido de la palabra (en latín), es decir de máscaras, de estereotipos. La palabra viene de personare “resonar” y alude a la máscara que los actores usaban en el teatro. Ésta tenía un orificio a la altura de la boca y daba a la voz un sonido penetrante.

La foto de esa mujer junto a sus chivas se me presentó entonces como una “máscara” que estereotipa a los sujetos, que parecen habitar un tiempo congelado. Un ícono que sigue alimentando un imaginario de soledad, exotismo y desamparo, tan potente en ciertos relatos.

Al no publicar nombres ni fechas, uno no podía saber quién era la retratada, ni cuando había sido sacada la foto. Tampoco era una imagen artística, ya que el epígrafe anulaba sin retorno esa pretensión. Los verdaderos artistas saben de sutilezas.

La foto de la “mujer con chivas” podría haber sido sacada hace un año o setenta, ya que no había otras referencias que pudieran ubicarnos, y los detalles de la ropa no ayudaban mucho. Porque cierto es que la ropa de las pastoras van de la mano de lo que se adapta a la ocasión. Es difícil que alguien que vive del pastoreo en Patagonia, use otra cosa que alpargatas o zapatillas, polleras o pantalones remendados, por los agujeros que producen las espinas de ciertos matorrales. Una camisa clara para refractar el calor o un saco o poncho en época de invierno, termina de componer el ajuar necesario. Ni más, ni menos.

Cuando observé que el libro estaba editado en Comodoro, pequé de prejuiciosa y dije; “No hay nada que hacer, las cigüeñas de tanto picar profundo ¡les agujereó las ideas y están empetrolados!”. No me sentí orgullosa de mis reflexiones y busqué otras explicaciones posibles; como que los alumnos del taller de arte, autores del libro, habían sido dirigidos por un desinformado docente. O que en el apuro de lanzar un nuevo éxito de ventas for export, no revisaron los epígrafes.

O lo que es peor, que sí lo habían hecho.

Sabemos que la palabra Patagonia se ha convertido en un fetiche y vende todo el tiempo y a costa de muchas mendacidades. La cuestión es que este libro anda vagando por allí, en manos de un público que puede pensar que las pastoras de chivas son mudas o hurañas de tanta falta de contacto con la gente en el medio de la nada.

Según los autores, para un rostro como ese alcanza con ese comentario. No he visto fotos de terratenientes como los Menéndez Behety, los Ferro o los Benetton, o de misioneros como Thomas Bridges o Juan Muzio, que digan, “estanciero o misionero patagónico”, sin más. Por lo contrario, los conocieron varias generaciones, por la circulación de libros con sus biografías, sus fotografías y sus nombres bien marcados.

Estas eran mis cavilaciones mientras llegaba (luego de atravesar un gran pedrero), a un campo en el norte de la meseta del Chubut, en el verano del 2005. Los vecinos me habían dicho que era allí donde vivía doña Antonia, que se dedicaba al pastoreo de chivas. Me recibió cordialmente y convinimos desde el inicio, no publicar su apellido. Tres horas más tarde entendí ese silencio.

Su hijo mayor y sus dos nietas trabajaban en los corrales alimentando a los caballos y sigilosamente pasaban cerca de nosotras perfilando un saludo. El menor era esquilador y estaba de gira con la comparsa. Una de sus nueras amasaba pan en la cocina y nos observaba desde la ventana. Apoyadas sobre un viejo sauce que sombreaba la casa de adobe, ella comenzó su relato sin que hubiera muchas preguntas de mi parte, ya que habíamos convenido que el encuentro estaba destinado a conocer su historia de vida.

Ella era la hija menor de una familia mapuche de Neuquén, venida en 1907 a poblar un campo fiscal cerca de Maquinchao. Todos hablan el mapuzundung en ausencia de extraños y creen en Futa Chao que, como Antonia me aclaró; “creó el Cielo, las nubes y estrellas, y la Tierra, con sus montañas, sus ríos, sus bosques, así como las plantas, los animales y a nosotros, los mapuches”. Su primer marido había sido un buen hombre, hasta que comenzó a trabajar de policía. Juntos se fueron a vivir cerca de Lagunita Salada y se había convertido en uno de esos que llevan la profesión a la casa y el revólver a la mesa. Con una economía exquisita de palabras me dio a entender el miedo que empezó a sentir en su presencia. Una puerta que rechinaba o sus hijos llorando, le colmaban fácil la paciencia y lo hacían presa de una intensa violencia, cuyo destinataria preferida, pero no única, era ella.

Cuando se iba durante semanas de gira policial, Antonia no desperdiciaba ocasión para salir a visitar a sus vecinos, para intercambiar su laboreo de matras y las verduras que cultivaba. Si daba la ocasión, también levantaba polvo en el cuadrilátero de algún galpón de esquila, al ritmo de la música. Su pasión era la música, le gustaba cantar y lo hacía muy bien.

Su marido no tardó en enterarse de estas “impertinencias”, y comenzó a descargar una y otra vez toda su furia sobre ella, que trataba de contener el llanto hasta que se desmayaba del dolor. Un día, su hijo mayor, que por ese entonces tendría nueve años, escuchó una vez más su llanto, buscó el revólver y le disparó a su padre, hiriéndolo tan gravemente en una pierna, que no pudo ya recuperar su paso firme, y quedó cojo para siempre.

Los vecinos, solidarios con su situación, declararon en el Juzgado de Paz que los golpes eran frecuentes, y que el disparo había sido en defensa propia. Así, Antonia y sus hijos se fueron a vivir lejos, al campo de su hermano, que en adelante sería el responsable de su seguridad. El marido tenía prohibido acercarse a la casa a riesgo de ir preso, o de salir maltrecho, según los códigos sociales no escritos de su comunidad.

Así fue como se hizo pastora de chivas, como lo habían sido su madre y su abuela.

Mientras su hermano construía una nueva pieza para alojarlos, ella se levantaba cada mañana y cantaba su tail mirando el sol, luego abría la puerta del corral y acompañaba al rebaño hacia el monte hasta el mediodía. Entonces volvía a la casa para ayudar en las tareas del hogar, y antes del anochecer al monte a traer a la chiva madrina detrás de la cual, obedientes, desfilaban las otras.

Con el aumento de la majada pudo, con los años, llevarse su parte y poblar otro campo junto a sus hijos ya adolescentes. Y así fue como llegó a este lugar del sauce al costado del camino, donde conversábamos tranquilas. Hace treinta años que es pastora de chivas, y sigue cantando en los bailes del pueblo y en el camaruco de su comunidad. 

Al atardecer y antes de que se marchara al monte a buscarlas, nos sacamos varias fotos para recuerdo mutuo. En ellas aparece con su cabello recogido, una blusa gris, un pantalón gastado por las matas y unos lentes oscuros para el sol.

A los que somos indios, cuando jóvenes nos cuesta que nos salgan arrugas, pero cuando llegan se marcan como huellas, y no se olvide que yo además canto y me gusta que me vean linda, por eso no me saco los lentes mientras pastoreo mis chivas…”, me dijo.

Antonia decidió contar su historia, pero con la expresa indicación de que ni su apellido ni sus fotos saldrían jamás en un libro.

Hoy sabemos que los antiguos indígenas recelaban posar para los fotógrafos. En su concepción la imagen era y es algo más que un objeto estético, es toda su alma, todo su devenir y el de su pueblo. Tienen en claro que la manipulación de la imagen es algo serio.

El uso discriminatorio de sus historias y algunos libros, en el apuro de vender fotos como mercancías, les dieron la razón una vez más.

La actitud del editor que fija una imagen a un pie de foto como este, es comparable al de muchos que piensan que tiene derechos a acampar en sus comunidades y, por un “status” pretendidamente superior, sienten que no están entablando una relación con un igual.

Y se van sin cerrar las tranqueras…