Antropología

Cada uno de nosotros lleva, desde el nacimiento hasta la muerte, el nombre que otros eligieron. En el acto de nombrar se define una de las pocas situaciones para las que el hombre no tiene opción.

 

Las estructuras políticas patriarcales tienen nacimiento en el seno de la organización familiar, y se institucionalizan hace 4000 años en los Estados de las antiguas sociedades del Mediterráneo. Esta forma de organización social, lejos de ser “natural”, fue y es una forma histórica de relación contingente, que necesita ser revisada a la luz de nuevos procesos.

 

En uno de mis primeros viajes a Laguna Fría tuve el privilegio de conocer a Don Octavio. Llegué un mediodía de mucho calor, y su hijo (que estaba levantando una casa nueva para ambos), me dijo que tendría que esperarlo un rato, ya que su padre estaba terminando de rondar el alambre a caballo.

Hasta aquí y con sólo diez minutos en el lugar ya había aprendido dos cosas: primero, que no se visita a nadie al mediodía de un mes de febrero, con 40° a la sombra (que por la amplitud térmica característica de la estepa patagónica, no se sospechan la noche anterior).

Segundo, que mi perspectiva de la vejez debía ser revisada.

Me habían comentado antes de salir de Chacay -el poblado más cercano donde estuve haciendo noche-, que la hora en la que pensaba salir no era la más adecuada y que mi futuro entrevistado era un hombre anciano ya, pero robusto y de buena salud. No di demasiado crédito a la recomendación del horario, y si bien no tenía porque sospechar de su energía, imaginarlo de a caballo, trabajando a esa hora, supero mis expectativas. Había cumplido ochenta y nueve años hacia unos meses. Entonces, un dato trivial como la edad, se convierte en medular para sopesar la amplia gama de experiencias en estos espacios.

Unos mates muy calientes cebados en un jarro quemado por fuera, fueron difíciles a pleno sol, mientras esperaba que el hijo terminara la fila de adobes que estaba levantando. Mi transpiración debió desatar su clemencia, pues me invito al fresco debajo de una parra que rodeaba la casa vieja.

Las presentaciones de rigor, los objetivos de mi investigación, la sequía y las uvas que ya estaban por madurar, fueron los temas con los que atravesamos esa primera sensación de extrañeza. Claro que llegar acompañada de vecinos muy conocidos acortó las distancias.

Después, como es esperable, ellos comenzaron a hablar de sus familiares y conocidos, de la próxima esquila, del aumento de cabras, y yo callada tomaba nota, e intentaba sin mucho éxito descansar mi espalda después de la hora y media de viaje en medio del polvo blanco que levantaba la camioneta sobre la huella que nos condujo a ese punto alto del cerro, frente a una laguna casi seca. Como don Octavio tardaba, su hijo decidió cocinar unos corazones de cordero saltados a la cacerola para agasajarnos, menú por cierto nada prometedor para mí, salvo por el detalle del arroz. La casa vieja era como la mayoría en la meseta: de adobe con ventanas chicas para evitar el frío y el viento, con una cocina a leña en un rincón opuesto a la puerta de entrada. El cocinero ya había mojado el piso para a asentar la tierra y dar mayor frescura a la cocina, que tenía una mesa grande y unos bancos de madera alargados en los cuales, pensé, podía acomodar mi mochila, mis apuntes, el grabador y conversar de sobremesa con Octavio. 
Ese fue mi tercer error. Si quería una entrevista, alertó su hijo, debía esperar a que se levantara de una corta siesta a fin de hacer bien la digestión, sentencia que confirmó mi baqueana con un leve movimiento de cabeza. Luego, con unos amargos, podríamos hablar.

A esa altura ya esperaba con impaciencia su llegada, porque especulaba con la hora de la comida, de la siesta, y con el tiempo que me quedaría para dialogar con él. Mi intención era volver al pueblo antes de oscurecer. Apuros, tiempos que aprendí rápido que no manejaría, salvo con muy buena predisposición de la familia o las personas invadidas por mis preguntas, que dicho sea de paso, cada vez fueron menos, dejando que el silencio fuera el principal generador de los relatos.

Estábamos recorriendo los corrales de pircas cuando vimos acercarse a tranco corto al dueño de casa. Pasó frente a nosotros, a unos treinta metros. Saludó tocando el ala de su sombrero y sin más siguió para la casa. Se bajo del caballo con la misma facilidad con la que caminó para acercarlo de la soga a tomar agua, con la que también aseó su cara y sus manos, para luego extenderlas y saludarnos. Con una mirada penetrante, directa a los ojos, y sin preámbulos preguntó ¿Le hacemos a unos mates?, mientras escuchaba de la boca de su hijo quien era yo y a que había venido, cuestión que siempre agradezco, porque las presentaciones formales no son mi fuerte.

La gente del campo suele poner en la mirada la firmeza que no deposita en su mano cuando la tiende. No aprietan el saludo, y menos cuando no conocen, haciendo sentir esa precavida distancia social que irán morigerando o no mates. Porque el mate es algo que no se niega a ningún visitante, y la aceptación o el rechazo se hace saber por la cantidad de veces que se cambia la yerba, o si se comparten tortas fritas. 

Como vio que iba acompañada de buenos vecinos, y que su hijo ya se había adelantado agasajándonos con una comida, fuimos directamente a arreglar la mesa y disponer el vino de la damajuana para comenzar a almorzar.

De allí en más todo parecía indicar que no llevaría mucho tiempo entrar en tema, salvo por el detalle del vino. Ellos tomaron con la misma moderación que yo, pero mi nivel de alcohol en sangre se activa rápidamente, así que luego de comer y reírnos de muchas anécdotas, yo fui la única que durmió una corta siesta debajo de los tamariscos, mientras ellos prefirieron caminar cerca de los corrales y luego seguir apilando adobes. Luego de una hora, aproximadamente, me sumé al trabajo. Aprendí a pegarlos, tanto que logre hacer una fila completa en poco tiempo, record que a nadie intereso más que a mí, por supuesto. 

Estaba tan entusiasmada que olvide la entrevista, hasta que Octavio me advirtió que eran las cuatro de la tarde y sin más se sentó en la cocina dispuesto a conversar de los “antiguos”. Abrió el fuego con una pregunta directa:

-¿Usted cree en los que curan con la orina?

Debe haber visto mi cara de desconcierto y me ahorró el momento de decidir si mentirle o no, adelantándose a mi respuesta. 

-Sabe que yo supe estar muy enfermo hace unos años, y me dijeron de uno que curaba así, y yo no podía más del dolor en los riñones, va, después supe que eran los riñones… ya casi ni salir de la cama podía, y anduve por acá en las salitas de salud, y tome unas pastillas, pero no había caso. Estaba mal, muy mal, así que un vecino de Gan Gan me vino a visitar y me contó que era muy bueno ese doctor o brujo, vaya saber que era. La cuestión que fui, me aloje en un hotel chico en Jacobacci, y al otro día llegue temprano con el orín de la mañana como me habían avisado. Entonces me dijo que lo iba a estudiar… y me mando de vuelta al hotel.

Ahí estuve dos días. La cosa que cuando volví me dijo; su problema está en los riñones… la orina esta turbia… y debe tener piedras… así que me acostó en la camilla, me frotó con un aceite o algo así, y yo salté del dolor… Luego me dio unos yuyos para hacer te y un agua en una botella. Traje dos o tres por las dudas… La cosa que paso no más de una semana que ya estaba curado… No podía creer, pero hay que creer, no hay que negarse, así que volví varias veces a tratarme y a agradecerle con unos chivitos. No tengo más que agradecimiento, me salvo la vida, porque ya estaba todo amarillo y chupado… ¿Así flaco vio?

Luego de ese primer relato, y de probar mi paciencia y mi respeto, me habilitó las preguntas acerca de mis intereses sobre la historia de su familia, y supe que su padre había venido de Chile buscando campo con una punta de ovejas. Para la década de diez viajó a Rawson a gestionar la tenencia del campo. Su padre sabía leer y escribir muy bien en castellano, así que los trámites, que eran en general engorrosos, los encaminó enseguida y pudo con el tiempo y las mejoras realizadas, firmar los papeles de arriendo con intención de compra, que concretó Octavio mucho tiempo después. El fantasma del desalojo, que era más que un fantasma para los pobladores pobres, y más para los aborígenes, pudo en este caso ser ahuyentado sin dificultades.

Como es bastante sabido por todos, este recorrido administrativo exitoso y sin disputas por alambres o pastos, o con la policía o los inspectores de tierras, no era el común denominador de toda esta primera época del re-poblamiento de las mesetas, luego del traumático vaciamiento operado por las campañas militares roquistas. 

Luego eligió contarme que su padre además de criar chivas y ovejas, oficio muchos años de maestro con todo aquel que quería aprender, chico o grande, y él se sentía orgulloso de ello, porque como es de esperar había sido su alumno de tiempo completo. Y así mientras les enseñaba en la cocina junto a sus hermanos, escuchaba las conversaciones que su padre mantenía con los vecinos o en ocasión de la ronda de la policía, en busca de alguien “fuera de la ley”. Me di cuenta rápidamente que el tema de los bandidos rurales no era por lejos, el más atractivo para él, cosa que confirmé luego en casa de otros pobladores. Sin duda es un tema que ha tenido mucha prensa, tal vez demasiada, en los ámbitos académicos y libreros, pero en el medio rural, en la vida diaria de estas familias, no tanto. Parece un cliché bastante agotado de tanto repetirse, ya que la mayoría “oyó contar” alguna vez, casi como para no decepcionar a los investigadores, que vienen por ellos una y otra vez, encantados por poder comprar y vender un far west patagónico. 

Debo reconocer que fue Octavio quien decidió no seguir con la entrevista, y en medio de la conversación se levantó de la silla, llevó la pava al fogón y me dijo ¿se queda para un chivo? 

Estaba cansado de revolver recuerdos, unos más que otros, según se notaba en sus ojos, y a esa altura volver temprano era lo último que me importaba. Recordé a tiempo que la historia oral se construye espasmódicamente, con diferentes tonos, entre grietas y silencios, y la invitación a cenar era una señal de aceptación, algo así como un rito de pasaje, que nos comprometía para futuras charlas. 

Mientras el sol se ponía detrás del cerro, los teros comenzaron a mentir su nido, y esos dos hombres, ya menos extrañados de mí y más entrañables para mí, empezaron a prender el fuego.

 

En un pie de foto de un libro sobre Patagonia se lee: “mujer indígena con chivas”, y aclaraba el editor en otro renglón que estas mujeres, en el medio rural patagónico, “de tanta soledad habían olvidado hablar y se escondían de la gente”. La foto impresa en blanco y negro destacaba el rostro de la mujer, que presentada de esa manera, parecía formar parte de una especie en extinción o de un catálogo de rarezas exóticas. Algo así como de mujeres en el “corazón de las tinieblas”.